Por Javier Garciadiego*
Para Alfonso Reyes, fundar y dirigir la Casa de España, y luego su sucedáneo, El Colegio de México, fue una oportunidad que le obsequió el destino para poder pagar una deuda moral que había venido arrastrando por más de veinte años. Sucedió así: Alfonso Reyes era hijo de un político y militar muy poderoso durante la dictadura de Porfirio Díaz, a finales del siglo xix y principios del xx. La muerte de su padre durante un cuartelazo militar contra el presidente Madero al inicio de la Revolución mexicana, las amenazas de represalias contra la familia por parte de los revolucionarios y su firme creencia en que su carrera de escritor se vería favorecida si se hacía diplomático, lo convencieron de alejarse del país. Corría el año de 1913 cuando Reyes se embarcó rumbo a París, con el nombramiento de segundo secretario de la Legación y con la ilusión de hacerse intelectual en aquella Francia que enterraba al positivismo y en la que surgían nuevas corrientes filosóficas.
Carta de Juan Ramón Jiménez a Alfonso Reyes, fechada en Madrid el 29 de octubre de 1920, en la que agradece el envío de los nuevos tomos de la obra de Amado Nervo.
Juan Ramón Jiménez
Madrid, 1920
Para su desgracia, el triunfo de la facción revolucionaria en México y el estallido de la guerra mundial, sucesos coetáneos de agosto de 1914, lo dejaron desempleado y vulnerable. Sin recursos económicos ni empleo, y con la vida cotidiana afectada por el conflicto bélico, su sueño parisino devino pesadilla. Reyes decidió abandonar Francia y trasladarse a España, país neutral en el que se encontraba su hermano Rodolfo también exiliado, en el que tenía mejores relaciones con el mundillo literario y donde, por razones lingüísticas, seguramente tendría mejores horizontes laborales. Los seis años que pasó Alfonso Reyes como exiliado de la Revolución mexicana en España, de 1914 a 1920, fueron severos. Dada la influencia y riqueza de su padre en el México porfiriano, aquella estancia en España, con sus propiedades intervenidas en México y sus familiares perseguidos, más que un exilio fue un destronamiento. De hecho, Reyes tuvo que trabajar arduamente para lograr el sustento de su esposa y su pequeño hijo. Como dijera metafóricamente, sobrevivió.
Alfonso Reyes siempre reconoció que el apoyo de los amigos que inmediatamente hizo en España fue decisivo para la obtención de sus primeros trabajos. No solamente estos amigos le facilitaron su sobrevivencia, sino que le ayudaron espiritualmente a enfrentar «la ruina familiar». Al principio mantuvo a su mujer e hijo con el pago de una traducción anónima de un libro sobre la guerra y con un pago menor por escribir artículos para un par de revistas americanas. Para su fortuna, pronto conoció a Enrique Díez-Canedo en el Ateneo, quien lo presentó al director de la editorial La Lectura, «don Justo Acebal», lo que se tradujo en un contrato para preparar una antología de Juan Ruiz de Alarcón para su colección de «clásicos». Es muy probable que en 1915 el mismo Díez-Canedo lo introdujera con José Ortega y Gasset, quien le dio empleo en su semanario España y, posteriormente, en el diario El Sol, donde se encargó de la página semanal dedicada a historia y geografía.
Las amistades fueron multiplicándose, y con ellas las oportunidades laborales: en las oficinas de La Lectura conoció a Juan Ramón Jiménez, quien gratamente impresionado por su cultura literaria, lo presentó con Rafael Calleja, que le ofreció varios contratos en su reconocida empresa editorial, uno de los cuales fue preparar una edición de Juan Ruiz de Alarcón. Para ello se hizo lector asiduo, en la Biblioteca Nacional, donde conoció al grupo de jóvenes que, bajo el sabio mando de Ramón Menéndez Pidal, conformaban la sección de Filología del Centro de Estudios Históricos. Pronto Reyes fue invitado a colaborar en ese equipo, ganando así varias amistades nuevas, conducción, dirección intelectual y estabilidad económica. Como bien lo dijera el propio Reyes, allí estuvo «rodeado de compañía y consejo». A pesar de tanta mejoría, Reyes no estaba satisfecho del todo: le faltaba tiempo para escribir literatura de creación, propia, teniendo que dedicar todos sus esfuerzos a redactar «artículos erudículos»; de hecho, Menéndez Pidal y sus colaboradores lo convirtieron, temporalmente, en una «máquina de técnica literario-histórica».
Además de mejores ingresos, a partir de 1916 y 1917 Reyes comenzó a obtener el reconocimiento de los principales intelectuales españoles. Hizo amistad con Azorín y con Manuel Azaña, fue designado vicepresidente de la sección de Literatura en el Ateneo y, a pesar de ser extranjero, se le encargó la edición del Cantar de Mio Cid que publicaría la Editorial Calpe en su hoy legendaria Colección Universal. Puede decirse que el mayor mérito de Reyes fue haber alcanzado estos logros durante una etapa de renacimiento cultural en España.
Lejos de cualquier falsa modestia, Reyes se ufanaba de que si Juan Ruiz de Alarcón había conquistado a «la corte» durante el «siglo de oro», él había hecho lo propio durante la «edad de plata».
En 1920 sobrevino una transformación radical en la biografía de Reyes, cuando un cambio de gobierno en México le permitió reingresar al aparato diplomático, en el que pronto sería promovido. Así, pasó de exiliado a representante oficial de un gobierno, lo que cambió radicalmente su vida cotidiana madrileña: se fueron las «vacas flacas» y llegaron las «vacas gordas». La reintegración de Reyes al servicio diplomático implicaba varias ventajas: la primera fue permanecer en Madrid, ciudad que había aprendido a disfrutar; además, le permitía hacerlo en mejores condiciones socioeconómicas; sobre todo, le garantizaba permanecer cerca de sus amigos y colegas españoles. Su carácter de diplomático y su buena situación financiera le permitieron dejar de ser un «galeote literario», el autor obligado de una cuantiosa «morralla articuleril». Ahora, en cambio, pudo incluso patrocinar, con Díez-Canedo y Juan Ramón Jiménez, la revista Índice, y con José Moreno Villa la colección Cuadernos Literarios. Comprensible y predeciblemente, combinó su puesto oficial con su labor literaria: fue miembro del Club Góngora y de la Sociedad Amigos de Lope, ambas por invitación de Azorín; escribió en La Pluma, de Manuel Azaña y Cipriano Rivas Cherif; fue anunciado como colaborador inicial de la Revista de Occidente, y publicó varios libros. En forma paralela a su nombramiento, Reyes fue el embajador de la nueva literatura española en México: en efecto, un gran mérito de su labor fue introducir en su país la literatura española moderna. Cuando en 1924 Reyes fue enviado a otro destino diplomático, sus relaciones con numerosos escritores e intelectuales españoles eran ya constantes y fraternales.