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Alfonso Reyes

Diplomacia con discreto acento (3 de 3)

VII

Los primeros dos años de la estancia de Alfonso Reyes en Brasil, si bien parecen similares a los de Argentina porque debió emprender las tareas de rehacer la residencia oficial cuyo estado era calamitoso y porque las relaciones con México no se consideraban importantes, de hecho difieren sensiblemente con las de Argentina porque en Brasil ocurrió un episodio histórico trascendente y porque nuestro embajador se sentía íntimamente aislado, no obstante que el canciller Estrada proseguía apoyándolo de manera incondicional. Esto se acentuó hacia fines de 1931 debido a los cambios en la administración: Reyes resintió las consecuencias de la maledicencia en la Cancillería encabezada por Alberto J. Pani. Sin embargo, a partir de 1933 y con José Manuel Puig Casauranc como canciller, los tropiezos burocráticos pasaron a un segundo término.

Vicente Aleixandre, «Pasión de la Tierra». Dedicatoria del autor: «Para Alfonso Reyes, agradeciéndole mucho su Minuta y sus Romances del Río de Enero. Ahora este envío de un libro de México, con la admiración y la amistad de Vicente Aleixandre. Madrid, 1935»

Para Alfonso Reyes, agradeciéndole mucho su Minuta y sus Romances del Río de Enero. Ahora este envío de un libro de México, con la admiración y la amistad de Vicente Aleixandre. Madrid, 1935.

Vicente Aleixandre
Dedicatoria del autor en «Pasión de la Tierra».

El episodio histórico aludido consistió en el golpe de Estado de Getulio Vargas contra Washington Luís. Entre las múltiples consecuencias de la revolución, algunas repercutieron directamente sobre la Embajada de México en Brasil. Entre ellas destacó la solicitud de asilo para familiares de derrocado presidente Luís, directores de periódicos y personas no tan comunes y corrientes que buscaban un refugio para protegerse. En ciertos casos Reyes consiguió la extradición solicitada; en otros esperó hasta que menguaran los ánimos y pudieran salir a la calle. Las dificultades para seguir las huellas de los muchísimos, complejos y enrevesados cambios de la política pusieron a prueba la capacidad analítica y ponderación crítica de nuestro embajador, según revelan sus informes —que hoy son una invaluable fuente documental—. En esas reseñas cobraban vida los pormenores de pugnas de gabinete, de grupos de poder regionales, de partidos y banderías y de comisiones legislativas; también cobraba vida el entonces inefable espectro que hoy identifica la turbulenta historia de la revolución brasileña que igual se enfilaba hacia un régimen constitucional como hacia la dictadura.

La paradoja Reyes la ilustró con el «reajuste económico » emprendido por el gobierno: no resolvía la deuda, sino la fomentaba y, en lugar de estimular al exportador, constreñía sus actividades.

Entre los múltiples ejemplos de la agudeza analítica y crítica de Alfonso Reyes, conviene referir las negociaciones para solucionar el Caso Leticia y pacificar la región del Chaco, los problemas migratorios y de exiliados, el Congreso Constituyente que «sobre las rodillas» y en los pasillos de las secretarías elaboraban una nueva constitución, los conflictos surgidos por la radicalización de tendencias fascistas —que incluso llegaron a apedrear la Embajada mexicana por ser sede de un país «comunista»—, o los periódicos cuyas tendencias y simpatías eran un verdadero catálogo de contradicciones —que generaba a nuestro embajador una desinformación agravada por un cuerpo diplomático «rodeado por la clase conservadora, adinerada, aristocrática y sometida a influencias eclesiásticas», por lo que debía «hacer verdaderos esfuerzos de criterio para defenderse de esta contaminación»—.

A la par del análisis de estas características de la vida pública brasileña, Alfonso Reyes prosiguió su actividad de vinculación de la Inteligencia. Recién llegó a Brasil en 1930 comenzó a publicar su revista Monterrey, que remitía al mundo literario de todo el orbe y con el cual realizaba una discreta campaña de promoción mexicana (asuntos de la historia, autores y obras nacionales ocupan las más de sus páginas —que escribió y costeó a lo largo de doce números con tiraje de trescientos ejemplares y durante siete años)—.

Hacia 1934 y mediante gestiones entre él y su viejo y cercano amigo Ventura García Calderón —embajador de Perú en Brasil—, logró restablecer las relaciones diplomáticas entre México y Perú, rotas dos años antes; sin embargo, por razones diplomáticas el crédito de la gestión se lo atribuyeron al embajador español. Y entre 1930 y 1936 nuestro embajador y otras representaciones de México en Hispanoamérica se convirtieron en centros coordinadores entre los hombres que luchaban contra las tiranías de sus pueblos, tal como ilustra la correspondencia entre Reyes y el peruano Luis Alberto Sánchez, quien lo informa sobre la APRA y sus persecuciones.8

VIII

Aunque parezca una verdad de Perogrullo, es conveniente subrayar una cualidad: las actividades de un embajador están sujetas a las directrices de la Secretaría de Relaciones Exteriores o, en su caso, del canciller y, a su vez, por ser plenipotenciario dependen exclusivamente de él y de las condiciones del país en donde se encuentra acreditado.

Entre uno y otro extremo, debe haber una indisoluble reciprocidad, de lo contrario el fracaso de cualquier iniciativa es inevitable pese a la buena disposición de una de las partes. Esto ayuda a entender las misiones especiales encomendadas a Alfonso Reyes por los cancilleres Aarón Sáenz (con Obregón), Genaro Estrada, José Manuel Puig Casauranc (ambos con Calles) y Eduardo Hay (con Cárdenas).

La de Sáenz ya la referí: a mediados de 1924 el presidente Obregón encomendó a Reyes la visita a Alfonso XIII para ofrecer al rey la mediación mexicana en el conflicto entre España y las tribus marroquíes. La de Estrada consistió en una serie de tareas encaminadas a desbrozar el terreno hispanoamericano para propugnar por una política opuesta al imperialismo estadounidense y ajardinar la cohesión continental, como se perfila en las propuestas mexicanas ante la Conferencia Panamericana de la Habana en 1928 o se cifra en la Doctrina Estrada. La de Puig Casauranc transcurrió entre septiembre y octubre de 1933: encargó a Reyes un viaje a Chile con el propósito de interesar a ese gobierno en la propuesta (definir patrón oro o bimetal, moratoria y no intervención de Estados Unidos) que México haría en la Conferencia Panamericana a celebrarse en Montevideo (1933).

Los resultados de Montevideo no fueron los deseados. Sin embargo, entre ellos se asentó como precedente el Código de la Paz, elaborado por Manuel J. Sierra y Alfonso Reyes. Con modificaciones, Reyes la volvió a presentar como parte de la misión encomendada por Hay para la III Conferencia Panamericana Extraordinaria para la Consolidación de la Paz, convocada por el presidente Roosevelt y a celebrarse en Buenos Aires durante diciembre de 1936: la propuesta resultaba tan rotunda que no se aprobó entonces ni aún hoy día, porque —explicaba Antonio Gómez Robledo— implicaba «un pacto muy coherente de soluciones pacíficas, con definiciones muy precisas y muy severas de la agresión, con arbitraje obligatorio para toda clase de disputas, y contempla, por remate de todo, la creación de una corte americana de justicia internacional».9

IX

Alfonso Reyes regresó a México en 1938. Estaba a «disposición» en el servicio, mientras emprendía la construcción de su propia casa, la primera, pronto conocida como La Capilla. Por injerencia de su amigo Francisco Castillo Nájera, el presidente Lázaro Cárdenas decidió enviarlo a Brasil para abrir el mercado del petróleo mexicano, más cuando Getulio Vargas también acababa de hacer una nacionalización que parecía equivaler a la nuestra. Reyes, con pasaporte de embajador aunque no acreditado como tal, permaneció en Río de Janeiro realizando una negociación confusa en todos los aspectos debido a que Petronales —antecedente de Petróleos Mexicanos— estaba en plena etapa de recomposición general y, por lo tanto, aún no se podían precisar ofrecimientos ni realizar negociaciones —la única que emprendieron resultó un disparate—. Una vez más, el valor de la misión no estaba en los resultados, sino en lo satisfactorio de la estrategia de negociación.

X

Alfonso Reyes con Manuel Toussaint en Buenos Aires

Alfonso Reyes con Manuel Toussaint en Buenos Aires.

Nuestro embajador regresó a México a principios de 1939. Nuevamente quedó a «disposición » dentro del Servicio Exterior, aunque ciertamente desencantado. Cumplía cincuenta años y en su balance íntimo el saldo resultaba poco satisfactorio: durante casi veinte años se había venido ocupando de responsabilidades de Estado sin saldos visibles ni significativos. Peor aún, advertía que su obra literaria la había relegado a planos secundarios, al punto que el saldo real se reducía a muy pocos libros, todos ellos de compilación de textos de ocasión, y a unos cuantos poemas y relatos, que guardará en secreto por ser la expresión viva de una pasión amorosa que lo cuestionó profunda e íntimamente. A esto se suman dos características más: con tantos años de ausencia, conocía mal su propio país y la Ciudad de México, y los trámites administrativos para su retiro lo confundían y molestaban.

Alejo Carpentier, «Los pasos perdidos». Dedicatoria del autor: «Para Alfonso Reyes, nuestro maestro, con toda la devoción de Alejo Carpentier. Caracas, 1954»

Para Alfonso Reyes, nuestro maestro, con toda la devoción de Alejo Carpentier. Caracas, 1954.

Alejo Carpentier
«Los pasos perdidos». Dedicatoria del autor.

En medio del desánimo y sin deseos de aceptar un ofrecimiento para convertirse en full professor en la Universidad de Texas (en Austin), el 20 de marzo Reyes recibió la invitación del presidente Cárdenas para encabezar la recién creada Casa de España en México (1938), hasta entonces coordinada por su iniciador Daniel Cosío Villegas, también uno de los artífices de la inmigración republicana española. Don Alfonso de inmediato se ocupó de las tareas básicas para articular un proyecto educativo entonces formulado con rasgos coyunturales. A la vuelta de un año, luego de sortear cualquier cantidad de tropiezos y críticas, y en las vísperas de una sucesión presidencial, Reyes presentó al presidente Cárdenas el proyecto de transformación de la Casa, para convertirla en El Colegio de México.10

La «hazaña cultural» que en ambas instituciones encabezó Alfonso Reyes reveló la cristalización última de su labor diplomática y literaria.

El cosmopolitismo que adquirió y dominó tras su largo periplo en Europa y Sudamérica y la universalidad de su visión humanística de mundo, amén de su rigurosa formación como filólogo dentro del Centro de Estudios Históricos de España y al lado de Ramón Menéndez Pidal y de Raymond Foulché-Delbosc de La Sorbona y de su perenne afición a la cultura helénica, se convirtieron en la base de un proyecto cultural concebido a mediano y largo plazo, ajeno a la estrechez de nacionalismos y contrario a las limitaciones de dogmas y doxas.

Con el escritor mexicano Ricardo Garibay en un balcón de El Colegio de México, 13 de abril de 1955. Manuel Calvillo/Fotógrafo

Con el escritor mexicano Ricardo Garibay en un balcón de El Colegio de México, 13 de abril de 1955. Manuel Calvillo/Fotógrafo.

Si observamos con atención, la amplia y discreta labor de gestión emprendida por Reyes en provecho de «su» institución,11 ésta consistía en la articulación de intereses comunes, para decirlo con simpleza. Con una sonrisa en los labios o con un gesto de cortesía en sus palabras escritas, formulaba peticiones y ofrecía compromisos. Aquí subrayo una cualidad nítida en su nítida sintaxis, como ilustra una carta personal que envió al presidente Miguel Alemán, irreprochablemente elocuente de su habilidad argumental: al comprometerse el propio Reyes como persona (mas no como presidente de la institución), colocaba al presidente de la república en una situación de compromiso ante el país, el único verdaderamente beneficiado, más por ser un beneficio de resonancia a largo plazo e internacional.

Más allá de las características formales de las instituciones citadas, deseo subrayar el valor simbólico de la «institución imaginaria» (Castoriadis) concebida entonces por Alfonso Reyes. Como ilustran algunos pocos episodios casi escondidos en su correspondencia y en sus oficios diplomáticos, y netos en algunos ensayos, nuestro embajador tiene para sí mismo y para su institución el deseo de sintetizar un espíritu generacional normado por la Inteligencia. Su Opera Omnia ilustra lo abarcador del concepto: desde la cultura helénica hasta la popular inmediata, desde el saber acrisolado hasta el conocimiento empírico, desde el rigor de la razón lógica hasta la sensibilidad a flor de piel, todo ello dentro de la dimensión universal de Occidente y su historia y del orden humano sujeto a los principios éticos cifrados por Aristóteles y a los estéticos e intelectuales vigentes desde Platón y Plotino.

  • (8) La correspondencia con los hermanos García Calderón y Alberto Sánchez, entre otras muchas más, se encuentran inéditas dentro de los archivos de la Capilla Alfonsina. Agradezco a su directora, Alicia Reyes, su generoso apoyo para facilitarme el acceso a tan valioso acervo documental y su siempre amistosa disposición para aclarar dudas y ampliar información. volver
  • (9) Antonio Gómez Robledo, Idea y experiencia americana, México, Fondo de Cultura Económica, 1958. volver
  • (10) Cf. José Antonio Matesáns, Las raíces del exilio. México ante la Guerra Civil española, 1936-1939, El Colegio de México y UNAM, 1999; Clara E. Lida (con la colaboración de José Antonio Matesanz), La Casa de España en México. México, El Colegio de México (Jornadas 113), 1988; Clara E. Lida, José Antonio Matesanz, El Colegio de México: una hazaña cultural, 1940-1962, México, El Colegio de México (Jornadas 117), 1990; Clara E. Lida, José Antonio Matesanz y Josefina Zoraida Vázquez, La Casa de España y El Colegio de México. Memoria, 1938-2000, México, El Colegio de México, 2000; Alberto Enríquez Perea (compilador), Alfonso Reyes y el llanto de España en Buenos Aires, México, El Colegio de México y Secretaría de Relaciones Exteriores, 1998, y Alberto Enríquez Perea (compilador), Alfonso Reyes en La Casa de España en México (1939-1940), El Colegio Nacional, 2005. volver
  • (11) Además de El Colegio de México, Reyes hacía suya la responsabilidad de sacar adelante y «asear» El Colegio Nacional, el Fondo de Cultura Económica, la Universidad Nacional de México (recordemos: fue miembro de la Junta de Gobierno, que incluso presidió), la Academia Mexicana de la Lengua y el IFAL, del que fue uno de sus más decididos artífices y luego cercano colaborador. volver
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