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Alfonso Reyes

Diplomacia con discreto acento

Por Víctor Díaz Arciniega*

(1 de 3)

I

Alfonso Reyes volvió a París en noviembre de 1946, tras veinte años de ausencia de su muy querida ciudad. Sumaba 57 años de edad y presidía la delegación mexicana ante la sesión inaugural de la recién creada UNESCO. Leyó un discurso de circunstancia y, sobre todo, estuvo cerca de las comisiones que integraron los acuerdos que definirían las labores de la antigua Comisión Internacional de Cooperación Intelectual y Educativa, con la cual había colaborado en diferentes ocasiones. Formalmente, fue la última función diplomática que representó nuestro embajador, luego de siete años de haberse despojado de la casaca diplomática y retirado del servicio.

Durante el trayecto a París, el entonces presidente de El Colegio de México paró en Nueva York y en Washington, tanto de ida como de vuelta. En ambas mantuvo varias conversaciones de amistad y negocios, sin frontera posible en ellas dado el carácter de don Alfonso: con sonrisas y gestos amistosos negociaba financiamientos para El Colegio, y sus viejos y nuevos amigos solían responder favorablemente. En su Diario da cuenta de entrevistas y negocios, amén de sugerir el placer que le provocaban estas tareas de gestión financiera e intelectual dentro de los ámbitos de más alta jerarquía.1

Invoco el viaje y la estancia porque entonces se gestó la última de las preferiblemente discretas labores de negociación internacional realizadas por el embajador Alfonso Reyes, aunque en su función de presidente de El Colegio de México. Con el episodio se da cima y se sintetiza elocuentemente el concepto de diplomacia articulado por él. Recordemos que hacia finales de 1946, el régimen peronista se encontraba en un punto extremo de intolerancia contra la Inteligencia, como le gustaba escribir.

Escueto, en su Diario registró el 28 de diciembre: «con ¡Amado Alonso tratos para llevarnos a México el Instituto de Filología de la Argentina, disuelto allá por Perón!».

Juan Ramón Jiménez, «Españoles de tres mundos». Dedicatoria del autor: «A Alfonso, este tercio de libro, con mucho cariño (en compensación) acumulado. Juan Ramón»

A Alfonso, este tercio de libro, con mucho cariño
(en compensación) acumulado. Juan Ramón

Juan Ramón Jiménez
Dedicatoria del autor en «Españoles de tres mundos»

Entonces sin recursos, analizó no la conveniencia del traslado —del cual estaba plenamente convencido—, sino las negociaciones institucionales que debía realizar para cristalizar el proyecto. Tomó varios meses el proceso de convencimiento de representantes del gobierno mexicano (la experiencia de la inmigración de republicanos españoles —en donde Reyes fue protagonista central—, invocaba todo tipo de cautelas ante la posible inmigración de argentinos provocada por el peronismo). Las bondades científicas y culturales del proyecto de reproducir en El Colegio de México el Instituto de Filología y su revista eran muchas y a largo plazo, pero los riesgos políticos también lo eran y a muy corto plazo.

De manera simultánea Reyes paulatinamente ensambla cada una de las piezas para crear en El Colegio de México un centro de estudios filológicos, con su respectiva revista y dentro de la tradición del Instituto de Investigaciones Históricas de España, del que él forma parte y que la Guerra Civil expulsó a Buenos Aires con Amado Alonso a la cabeza, y que ahora el peronismo volvía a cancelar. Pero pronto concluyeron las convulsiones: en junio de 1947 llegó a México, proveniente de Buenos Aires, el argentino Raimundo Lida, que se hizo cargo del centro de estudios y la revista de filología; en 1948 apareció el primer número de la Nueva Revista de Filología Hispánica publicada por El Colegio con el beneplácito y apoyo de las universidades de Columbia y Harvard, y el centro recibió a los primeros estudiantes de filología, muchos oriundos de varios países de América Latina.

... me atrevo a clasificarle entre esos hombres prodigiosos de memoria oceánica, como Menéndez y Pelayo, como Dilthey. Nada de lo que ven y de lo que leen les va perdido, y todo se les organiza inmensamente, con instantaneidad de repercusión para hacer del momento una historia, del suelo que se pisa un continente.

Eugenio Ímaz, 1949

Si bien nuestro Alfonso Reyes creía en la función y trascendencia de instituciones como la Unesco, también consideraba conveniente la acción directa de la diplomacia de la Inteligencia, porque para él sólo mediante los buenos oficios de hombres buenos era posible consolidar las relaciones internacionales, primero las del conocimiento y sensibilidad, luego las de los negocios comerciales y políticos. No son abundantes, pero sí elocuentes, las múltiples negociaciones de Estado que don Alfonso, a título personal y con el apoyo de amigos y colegas, logró realizar para beneficio de las naciones y de los perseguidos por sus ideas. Es un hecho que, para él, entre menos se advirtiera, mejor sería el resultado y mayor la satisfacción. Es el discreto acento de la prudencia.

II

En la historia diplomática de Alfonso Reyes se deberán considerar los fragmentos de las historias de España entre 1920 y 1924, de Francia entre 1925 y 1927, de Argentina entre 1927 y 1930 y entre 1936 y 1937, y de Brasil entre 1930 y 1936 y diez meses más en 1938. Es decir, cabe la historia política, social, económica y cultural de los cuatro países y los dos continentes donde fue representante y esa historia se caracterizó por golpes de Estado, turbulencias partidistas y de banderías, crisis inflacionarias y sensibles cuestionamientos artísticos y filosóficos que, todo en conjunto, se sumaba a la historia por la que atravesaba México entre 1920 y 1939, que él representaba y que no se distinguía por peculiaridades distintas de las referidas.

Xavier Villaurrutia

Alfonso Reyes, México, 1913.

Los casi veinte años del diplomático están documentados en los dos volúmenes de la compilación Misión diplomática que preparé en 1989 para el Fondo de Cultura Económica, y Javier Garciadiego hizo un riguroso balance.2 No obstante, es poco lo que se conoce de tan compleja y variada actividad, que tanto repercutió en su vida y tan poco ayudó a su obra literaria, en sentido estricto. Se sabe que durante su servicio diplomático en España y Francia se dedicó a recoger y organizar materiales literarios dispersos elaborados en años previos y que en Argentina y Brasil fue febril su actividad: escribió artículos, ensayos, conferencias, narraciones y poesía; hizo su revista Monterrey (y promovió revistas, coordinó colecciones editoriales y estimuló a escritores y artistas en general, con magros resultados), y de todo eso poco se convirtió en libros.

Entre el enorme volumen de documentos oficiales y la exigua creación literaria de esas dos décadas, en las miles de páginas del Diario y de los epistolarios, hoy se dibuja neto su permanente cuidado y entrega a los quehaceres de la inteligencia en el orbe de la lengua española, principalmente. Si Reyes no pudo ni quiso distinguir entre la vida pública del servicio y la privada de la literatura fue debido a una cualidad de su práctica como diplomático: las tareas de vinculación entre los hombres de todas las naciones las realizó dentro del ámbito personal y más allá de protocolos. La red de amistades que estableció y cultivó durante esos años permitió a él y a las instituciones culturales con las que mantenía vínculos una relación más fluida y estable y siempre benéfica.

III


Alfonso Reyes con Manuela y amigos, años veinte

Alfonso Reyes con Manuela y amigos, años veinte.

La historia de la carrera diplomática de Alfonso Reyes es circular: comenzó y concluyó con obstáculos burocráticos. El inicio fue en 1913, después de una precipitada y dolorosa salida de México debido a razones harto conocidas. Llegó a París en calidad de segundo secretario de la Legación mexicana y comisionado por la Secretaría de Instrucción Pública para estudiar los planes de estudios de la educación superior francesa. Sus ingresos eran raquíticos, disminuidos tanto por la vida desahogada que había llevado en México, como por el encarecimiento de la vida de Francia. A los pocos meses de su estancia y debido a la crisis política de México, el joven Alfonso, y todos los miembros de la representación francesa —así como de otras acreditadas en Europa— se quedaron sin trabajo por decisión del Primer Jefe, Venustiano Carranza. Con el cese y la inmediatez de la Gran Guerra, comenzó su peregrinar (1914 y 1920).

En Vísperas de España (1937) contó su viaje a España, su encuentro con el pintor mexicano Ángel Zárraga que lo introdujo en el ambiente intelectual y lo dejó «encargado» con Enrique Díez-Canedo, sus severas limitaciones económicas que paliaba con sus abundantes colaboraciones para casas editoriales, periódicos, el Centro de Estudios Históricos y su pronta asimilación dentro del ambiente cultural español. Entonces —reconoció más tarde— pobreteó y se hizo hombre y se adueñó de su propia escritura.

  • (*) Víctor Díaz Arciniega (Ciudad de México, 1952). Ensayista y profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana. Entre sus obras se encuentran Historia de la casa: Fondo de Cultura Económica, 1934-1994 (1994) y Alfonso Reyes: Misión diplomática, dos tomos (2001). volver
  • (1) El Diario de Alfonso Reyes es un instrumento documental decisivo. Actualmente un equipo de investigadores de varias instituciones nacionales, coordinados por don José Luis Martínez, nos ocupamos de su edición crítica y anotada. volver
  • (2) Alfonso Reyes, Misión diplomática, compilación y prólogo de Víctor Díaz Arciniega. México, Fondo de Cultura Económica y Secretaría de Relaciones Exteriores, 2001, 2 vols. En esta compilación integro la totalidad de los textos oficiales de Reyes que referiré o aludiré en estas páginas, a menos que se indique lo contrario. Y Javier Garciadiego, «AR, Cosmopolitismo diplomático universalismo literario», en Escritores en la diplomacia mexicana, Secretaría de Relaciones Exteriores, 1998, vol. I, pp. 191-223. volver
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