Centro Virtual Cervantes
Literatura

Escritores > Alfonso Reyes > Una mirada a su entorno > Entre porteños y cariocas. Alfonso Reyes embajador (1 de 2)
Alfonso Reyes

Entre porteños y cariocas. Alfonso Reyes embajador

Por Regina Crespo*

(1 de 2)

Los exiliados, los inmigrantes y los diplomáticos suelen compartir un sentimiento casi inevitable de nostalgia. Para los primeros, expulsados de su lugar de manera drástica y casi siempre violenta, puede que tal sentimiento jamás encuentre remedio y se transforme en eterna y melancólica compañía. Para los segundos, la nostalgia vuelve más felices —y por ello paradójicamente más tristes— los recuerdos de una tierra que abandonaron por opción pero no necesariamente por deseo. En cuanto a los diplomáticos, la nostalgia suele fungir simultáneamente como vínculo indeleble y factor decisivo en su trabajo. Sus tareas implican vivir el país que representan desde lejos y eso no es nada sencillo. A la vez que, como funcionarios, deben defender los intereses y las razones de Estado, se espera de ellos, como hombres, que ofrezcan a sus paisanos un rincón amable y seguro, una prolongación de la patria para apoyarlos en momentos de necesidad e, incluso, de nostalgia.

A lo largo de los años que vivió fuera de su país, Alfonso Reyes tuvo mucho de exiliado y probablemente algo de inmigrante. De hecho, no podemos olvidar que su carrera diplomática se inició como una especie de exilio.1 Asimismo, durante el periodo de más de veinte años que vivió lejos de México, las saudades de «la región más transparente» siempre alimentaron su pluma de escritor; pero probablemente también lo mantuvieron en muchas ocasiones en esta especie de limbo en la que suelen vivir los inmigrantes a quienes siempre se les recuerda que no son del lugar donde habitan y constantemente se les pregunta si pretenden regresar a su país y cuándo lo harán. Recordemos que, con el inicio de la Primera Guerra y la decisión del presidente Carranza de suprimir el servicio exterior, Reyes vivió varios años en Madrid (hasta 1920, cuando recuperó su antiguo puesto) de manera precaria, apoyándose en el periodismo y en las labores editoriales. Desarrolló su carrera de diplomático casi siempre bajo la inestabilidad generada por los ires y venires de la política mexicana y padeció sus efectos sobre la designación de los representantes del país en el exterior. La extensa correspondencia que mantuvo con muchos de sus viejos compañeros de las tertulias intelectuales, varios de ellos personajes activos y sobresalientes en la política del México posrevolucionario, comprueba los dilemas que vivió, las dificultades que tuvo que enfrentar para mantenerse en la carrera y su constante negativa de aceptar —con el único fin de regresar a México y a su vida intelectual y literaria puestos políticos aún más oscilantes que la carrera diplomática—.

Juan Carlos Onetti, «Para esta noche». Dedicatoria del autor: «Para Alfonso Reyes, con saludos cordiales de Eduardo Mallea y míos»

Para Alfonso Reyes, con saludos cordiales de Eduardo Mallea y míos

«Para esta noche».
Dedicatoria del autor.

Juan Carlos Onetti

La estancia sudamericana de Alfonso Reyes comenzó en 1927. Enviado a Buenos Aires como ministro, supo durante el viaje que lo habían nombrado embajador.2 Aunque se mostró feliz, Reyes resentía aún no haber logrado una estabilidad eco-nómica y sufría el eterno recomenzar que la carrera diplomática le exigía. En Sudamérica, Reyes llegó a la cumbre de su carrera diplomática y recomenzó su vida cuatro veces —primero en Buenos Aires (1927-1930), después en Río de Janeiro (1930-1936), nuevamente en Buenos Aires (1936-1938) y finalmente en Río (1938)—. La rutina angustiosa que reproduce en su diario acerca de las varias veces que temió verse sin sus libros y apuntes e imposibilitado a dedicarse a lo verdaderamente suyo, la escritura, se repite en sus temporadas sudamericanas. Reunir nuevamente papeles dispersos, libros y correspondencia, una vez más reorganizar el trabajo diplomático y literario, tener que integrarse a ambientes sociales e intelectuales distintos de los de su natal México y de los que había conocido en Europa.

Parque Japonés. Buenos Aires, 15 de febrero de 1929

Parque Japonés. Buenos Aires, 15 de febrero de 1929.

Ahora bien, aun si consideramos todos estos peros que, al fin y al cabo, son característicos de la vida diplomática, no podemos dejar de sorprendernos, principalmente hoy en día, bajo la dictadura de la especialización que vivimos, con la calidad de la producción literaria e intelectual y de la acción política de Reyes. El mexicano redactaba tratados de cooperación económica y de comercio, lideraba misiones políticas, organizaba cenas y tertulias, recibía intelectuales y escritores, mientras escribía, escribía mucho (crítica literaria, trabajos de referencia entre otros temas sobre Góngora y Mallarmé, prosa literaria, ensayos, crónicas y poesía), editaba revistas e incluso su propia revista, Monterrey.3

Según el mismo Alfonso Reyes, en una controversia que sostuvo acerca de los propósitos y alcances de Monterrey, su gran preocupación siempre fue, además de representar a México, como lo suponía su investidura diplomática, mantenerse al pendiente del país, principalmente en lo que concernía al conocimiento de su evolución literaria e intelectual, algo fundamental para un escritor verdaderamente activo y comprometido como él. Héctor Pérez Martínez, joven escritor y político, fue quien inició tal polémica, al reclamarle a Reyes el que no dedicara las páginas de Monterrey a la discusión de puras temáticas mexicanas. También le exigía posicionarse acerca de la querella que entonces se desarrollaba en México, entre los escritores nacionalistas (defensores de una literatura naturalista, casi costumbrista, vinculada y alimentada por la Revolución mexicana) y los cosmopolitas, básicamente representados por el grupo Contemporáneos (partidarios de una literatura menos centrada en tales contenidos y más abierta a la experimentación, pero no por ello alejada de lo «nacional»). En el denso ensayo que publicó para responder a Pérez Martínez, Reyes no solamente probaba cómo, desde el exterior, había tratado de seguir con tenacidad y paciencia la vida cultural de su país, sino que indicaba cómo la cerrazón de las posiciones dogmáticas impide evaluar el real compromiso de los intelectuales con la cultura nacional.4 Reyes supo utilizar el peso de la nostalgia en la consolidación de un vínculo crítico con su país, traducido en una opulenta producción -de creación, teórica y crítica- que no se encerró en la miopía de las llamadas temáticas exclusivamente nacionales. Con la obra de peso que dejó, Reyes supo hacer suyas las palabras de Menandro y Terencio: «Hombre soy, y nada de lo humano puede dejarme indiferente».5

La visión del embajador

La preocupación por lo humano y la atención acerca de lo nacional no fueron los únicos elementos que acompañaron a Alfonso Reyes en su misión sudamericana. El mexicano también llevaba con él la consigna del iberoamericanismo que caracterizó la política exterior de su país desde mediados de los años diez. En este entonces, Isidro Fabela, ministro de Venustiano Carranza, instituyó una especie de nacionalismo de defensa contra la férrea campaña de Estados Unidos en contra del México revolucionario. Este nacionalismo se materializó, en palabras del propio Reyes, en las «embajadas espiri-tuales que México envió hasta el sur del continente»,6 y se mantuvo como política de Estado durante todo el tiempo que Reyes estuvo en Sudamérica.

Miembros del Ateneo de la Juventud. Conferencia del poeta peruano José Santos Chocano, hacia 1912

Miembros del Ateneo de la Juventud. Conferencia del poeta peruano José Santos Chocano, hacia 1912.

Reyes estaba impregnado de esta visión, no sólo por razones políticas, sino también filosóficas y culturales. Las discusiones que, a principios del siglo, empezaron a ser más sistemáticas acerca del tema de la identidad nacional y, también, continental —y en ese sentido el impacto de las ideas de Rodó entre los jóvenes hispanoamericanos fue notable—, se vieron acompañadas de una preocupación creciente por reivindicar un papel cultural y político más activo para el subcontinente en el ámbito mundial. Elementos como éstos ayudaron a que los grupos intelectuales hispanoamericanos, principalmente los jóvenes, tuvieran una mayor proximidad.

Presentación de credenciales. Buenos Aires, Casa Rosada, 22 de julio 1936

Presentación de credenciales. Buenos Aires, Casa Rosada, 22 de julio 1936.

En el caso de México, fue interesante el papel que tuvo el Ateneo de la Juventud, grupo organizado en 1908 por varios jóvenes intelectuales —entre ellos Alfonso Reyes—, el cual se consagró como una de las instituciones fundadoras del México moderno y una referencia básica en la historia hispanoamericana. Las famosas reuniones, en que sus miembros criticaban el positivismo todavía imperante en el México porfiriano y discurrían sobre las nuevas corrientes filosóficas y estéticas, tuvieron como mérito principal abrir paso al debate y a la crítica como prácticas sistemáticas y a la reivindicación de un papel social más incisivo para los intelectuales en la vida nacional. Asimismo, hay que recordar que México se volvió lugar de residencia de muchos intelectuales hispanoamericanos exiliados. En la efervescencia de los años diez y veinte, con todo lo que prometían los aires revolucionarios del país, esto puede haber estimulado aún más un cierto liderazgo de México sobre los países hispanoamericanos. La estrategia adoptada por los responsables de la política exterior de enviar intelectuales y escritores reconocidos para ocupar puestos o cumplir misiones diplomáticas en el subcontinente contribuyó para fortalecer esta situación.

José Vasconcelos, ex ateneísta que promovió la difusión masiva de la cultura y el surgimiento del muralismo en México

José Vasconcelos, ex ateneísta que promovió la difusión masiva de la cultura y el surgimiento del muralismo en México.

Sin embargo, si acciones de este tipo conducían a un mayor acercamiento entre los países de América Latina en términos culturales e intelectuales, no se puede decir lo mismo en lo que se refiere a las relaciones específicamente económicas y políticas.

Durante las primeras décadas del siglo xx, el escenario no era necesariamente animador: las tempestades domésticas —pronunciamientos militares, golpes de Estado, guerras entre facciones políticas— a lo ancho y a lo largo de toda Latinoamérica se sumaban a los débiles y casi siempre fallidos intentos de integración económica y política entre las repúblicas surgidas del antiguo imperio español. Asimismo, aunada a las recelosas relaciones de todos los vecinos hispanoamericanos con Brasil —tradicionalmente aislado en el continente como una especie de «otra América»—, aparecía la amenaza constante del intervencionismo estadounidense, apoyado en el pragmatismo interesado de su discurso panamericanista.

Las misiones de Alfonso Reyes en Argentina y Brasil tuvieron lugar en ese tenso panorama. En ambos casos, el gobierno de México había sido más insistente que sus contrapartes para que las legaciones diplomáticas se transformaran en embajadas. En Brasil, este objetivo se logró antes. Para los festejos del centenario de la independencia brasileña, el presidente Álvaro Obregón nombró a José Vasconcelos como embajador especial. El mismo año de 1922, decidió darle a su legación en Río de Janeiro el status de Embajada, lo que de cierta manera forzó a Brasil, todavía reticente, a hacer lo propio.

Para México era conveniente un acercamiento mayor con los países más importantes del sur, en un momento en que resurgía política y económicamente. Después de visitar Brasil, Vasconcelos también fue a Argentina para la toma de posesión del presidente Marcelo de Alvear. Su «embajada espiritual» entre los argentinos, para repetir una vez más las palabras de Reyes, representó un buen acto de propaganda de los logros culturales de la revolución. Sin embargo, la transformación de la legación mexicana en embajada sólo se dio cinco años después.7

Jorge Amado, «Suor». Dedicatoria del autor: «Para Alfonso Reyes, grande escritor da América, con admiraçao. Jorge Amado. Rio, 1937»

Para Alfonso Reyes, grande escritor da América, con admiraçao.

Jorge Amado
Río, 1937

Alfonso Reyes viajó a Buenos Aires con la misión de consolidar el vínculo entre México y Argentina. El primer embajador de México en Argentina llegó a su destino antecedido por una sólida fama de escritor. Sus palabras —en forma de libros y principalmente de colaboraciones en periódicos y revistas como Nosotros, Martín Fierro y Proa— habían conquistado antes que él los círculos intelectuales argentinos, los cuales podían reconocer su valor e importancia.

He aquí un detalle fundamental que, a mi modo de ver, transformaría la estancia del embajador mexicano en Argentina y Brasil en dos experiencias existenciales distintas. Es cierto que, al pasar por Río, rumbo a Buenos Aires, los periódicos cariocas también dieron noticia de la importancia de la obra literaria de Reyes. Sin embargo, su talento no era conocido por los brasileños, simplemente porque muy pocos lo habían leído. El hecho ilustra el aislamiento cultural de los brasileños ante los hispanoamericanos, reforzado por la barrera del idioma, e indica la cercanía, por lo menos potencial, entre éstos, facilitada precisamente por el uso del español como lengua común.

Entre argentinos y mexicanos, oriundos del mismo imperio español, e identificados por algunos elementos de una misma tradición, el origen común materializado en la lengua fungiría como una cortés y casi automática invitación a la colaboración intelectual. Por ello, quizás, Reyes pudo sentirse en casa al pisar por primera vez suelo porteño y por ello, también, le costó trabajo iniciarse en las artes de una cultura como la brasileña, distinta de lo que le era familiar.

Los brasileños estaban acostumbrados a dar la espalda a los vecinos y a concentrarse en las cuestiones sociales y políticas de su propio país-continente. Asimismo, solían mirar a Europa como punto básico de referencia cultural —aunque, como se deduce de las impresiones del mexicano, lo hacían con una cierta displicencia—. Constituyeron, mucho más que los argentinos, un desafío para Reyes, que éste enfrentó primeramente con un dejo de mala voluntad y, después, con un interés más curioso y afectuoso que propiamente intelectual. Su empeño por adentrarse en lo que definió como «un enorme país cuya integridad parece defenderse sola, por la mera cultura interior, y que se halla apenas envuelta en ese orbe lingüístico, en esa verdadera telaraña que es el habla portuguesa»8 probablemente hizo más llevaderos los años que vivió en Brasil.

Como escribió en 1932, «el representante político —y más si lo es de México, país tan ignorado y tan discutido— deja de ser persona privada en cuanto cruza sus fronteras nativas, y tiene en adelante que orientar su conducta conforme a las líneas de un deber nacional».9 En el largo periodo en que se desempeñó como embajador de México en Argentina y Brasil, y dentro de los límites muchas veces estrechos de la acción diplomática, Alfonso Reyes buscó de manera tenaz extender y defender la imagen de México y establecer los puentes posibles entre las razones e intereses del Estado que representaba y sus propios intereses y razones intelectuales. En un entorno no siempre favorable, desarrolló un intenso trabajo político que ayudó a proyectar el nombre de su país al sur del continente.10 Asimismo, supo incorporar lo que vivió y aprendió, en el periodo, a su obra crítica y de creación.

  • (*) Regina Crespo (Campinas, Brasil, 1961). Investigadora del CCYDEL y profesora en el posgrado de Estudios Latinoamericanos de la UNAM. Autora de Itinerarios intelectuales: Vasconcelos, Lobato y sus proyectos para la nación (2004) y coautora de Ensayistas brasileños. Literatura, cultura y sociedad (2005). volver
  • (1) En agosto de 1913, el joven y abrumado Alfonso, acompañado de su esposa e hijo, dejó el puerto de Veracruz rumbo a París, para ocupar el puesto de segundo secretario en la Legación mexicana. Los efectos funestos de la Decena Trágica (la muerte de su padre, el general Bernardo Reyes, en el intento fallido de toma del Palacio Nacional, el asesinato de Madero, y la aceptación de su hermano Rodolfo Reyes de un puesto en el gobierno de Victoriano Huerta) lo indujeron a partir. volver
  • (2) Diario (1911-1930). Guanajuato, Universidad de Guanajuato, 1969, p. 196. volver
  • (3) Reyes inició la edición de su Monterrey, al que dio el subtítulo de «correo literario», como si se tratase de un género inferior a las revistas, en junio de 1930, ya como embajador de México en Brasil. Compuesto de 14 números, el último editado en julio de 1937, durante su segunda estancia en Buenos Aires, Monterrey circuló entre varios escritores brasileños y argentinos. volver
  • (4) Reyes publicó su ensayo por primera vez, de manera privada, en Río de Janeiro, en 1932, y lo republicó, ya en México, en 1952, después de la muerte de Pérez Martínez, de quien se hizo amigo. «A vuelta de Correo», Obras completas de Alfonso Reyes, VIII, México, Fondo de Cultura Económica, 1959, pp. 427-449. volver
  • (5) «Adiós a los diplomáticos americanos», Obras completas..., VIII, 1959, p. 154. volver
  • (6) «Sobre México en América», Obras completas..., VIII, 1959, p. 61. volver
  • (7) Una anécdota interesante al respecto se encuentra en el diario de Reyes. Al hacer la tradicional escala en Río de Janeiro y después de alabar con un bello poema la exuberancia de la bahía de Guanabara, que se había dejado descubrir entre brumas y nieblas de un sorpresivo amanecer gris, Reyes cuenta que aunque había notificado su paso por el país al gobierno brasileño, nadie había ido a recibirlo. Ortiz Rubio, entonces embajador de México en Río, le comentó que eso se debía a los celos del gobierno brasileño por la implantación de la embajada mexicana en Argentina (Diario, op. cit., pp. 197-199). El evento ilustra la eterna pugna entre Brasil y Argentina por el liderazgo en el sur del continente y ayuda a poner en entredicho los proyectos de unidad latinoamericana. volver
  • (8) «El Brasil en una castaña», Obras completas..., IX, 1959, p. 190. volver
  • (9) «A vuelta de Correo», op. cit., pp. 429-430. volver
  • (10) Los documentos que Reyes produjo durante su carrera diplomática están publicados en una colección interesantísima que da cuenta de su trabajo como funcionario diplomático, de 1920 a 1936. Alfonso Reyes, Misión diplomática (I y II), compilación y prólogo Víctor Díaz Arciniega, SRE-FCE, México, 2001. volver
Volver a la página anterior Subir al principio de la página Ir a la página siguiente
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es