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Alfonso Reyes

Vocación poética (3 de 3)

CUATRO SOLEDADES

1.ª
Clara voz de mis mañanas,
¿dónde estás?
Mi Rua das Laranjeiras,
donde aprendían los pájaros
a cantar en español.
¿Dónde estoy?
¿Dónde estáis y dónde estoy?
Cielo y mar, sonrisa y flor,
¿dónde estáis y dónde estoy?
Último sueño del tiempo
gracia, esperanza y perdón,
¿dónde estáis y dónde estoy?
¿Dónde la secreta dicha
que corría sin rumor?
¿Qué se hizo el rey don Juan,
los Infantes de Aragón?
¿Dónde estáis y dónde estoy?
¿Dónde las nubes de antaño?
¿Adónde te fuiste, amor?
¿Dónde apacientas tus greyes
y las guareces del sol?
Digan: ¿Quién la vio pasar?
(Y todos dicen: ¡Yo, no!)

2.ª
Los tiernos ojos del niño
que me prestaban su luz.
Los graves ojos del mozo
que se abrieron a la vida
como quien mira su cruz.
Reposo, abrigo y solaz,
todo lo sumabas tú.
Todo lo he perdido yo
desde que vivo tan lejos,
tan lejos de tu virtud.
Tu virtud brotó de mí,

largo alarido de sed:
que sólo engendran su sueño
un hombre y una mujer.
Todo lo tenías tú.
Y ahora que te me alejas
¿qué voy a hacer?
Entre libros y entre gentes
¿qué voy a hacer?
Entre pasiones ajenas
¿qué voy a hacer?
Entre ciudades y ruinas
¿qué voy a hacer?

3.ª
Este ratito que hurto
al tiempo de los demás;
este último refugio
para juntar mis pedazos;

este acallantarme solo
un instante nada más;
este acordarme de mí,
que se me quiere olvidar;
este engañarme a sabiendas
y tratarme con piedad;
este ver lo que me falta,
este ordenar y contar,
este llorar;
y empezar y no acabar,
y cuando estoy acabando,
sentir que me falta más...
Dizque íbamos a vivir,
dizque íbamos a viajar,
dizque ibas a acompañarme
y a entenderme y lo demás.
Y bien sé que no, y no importa,
y qué más me da,
¡si lo poco que durara

era de felicidad!
Despierto, cierro los ojos,
vuelvo a despertar.
¡Qué difícil engañarme,
durmiendo con la verdad!
¡Resucitar y morir,
morir y resucitar!

4.ª
—¿Qué tienes, alma, que gritas
a tu manera y sin voz?
—Los caminos de la vida
no llevan a donde voy.
—Mal sabes lo que procuras,
mal puedes con tu dolor.
Échate el alma a la espalda,
alma, y sigue con valor.
—No puedo, que salí al mundo,
y no me desengañó.
Vi una torre, vi una fuente,
vi una mujer, vi una flor,
sentí una canción, vi un ave,
adiviné un resplandor.
La torre se iba rindiendo,
se agotaba el surtidor,
mujer y flor se mudaban
perdiendo aroma y color,
el ave se estremecía:
ya no volaba, ya no;
y el resplandor que pasaba
¿dónde se fue el resplandor?

—¿Qué tienes, alma, que gritas
a tu manera y sin voz?
—Los caminos de la vida
no llevan a donde voy.9

¿Hasta qué punto sería aventurado pensar que para Alfonso Reyes la poesía representa un espacio sagrado o de lo sagrado, un ámbito donde lo intocable puede aproximarse y lo trivial consagrarse, una zona franca donde el poeta se confía y se considera a sí mismo en el espejo de sus soledades; dicen, rezan así por ejemplo sus «Cuatro soledades», que por lo demás presentan un buen ejemplo de ese monólogo del poeta con las regiones de su ciudad interior?

LA CORONA

Te faltaba este dolor,
esta pasión te faltaba.
Hija del suelo más dulce,
vivías toda la gracia.
Tuve que venir de lejos
como la sazón amarga,
tuve que traer los ácidos
de mi tierra mexicana
para revolcar en lloro
la paz con que te engañabas.
Sólo sabías reír,
no te entristecía nada.
Te faltaba este dolor,
esta pasión te faltaba.

No culpes al mensajero
que te dio la voz de alarma.
No te arrepientas del día
en que ha nacido tu alma.
Sorbe la vida en tu copa
sabiendo que se te acaba;
y, cuando llegue la hora
sin alivio ni esperanza
y sientas el acicate
de ti misma espoleada,
cuando toda te despojes
porque ya toda te bastas,
no culpes al mensajero
que te dio la voz de alarma.10

Zona franca y zona sagrada, espacio de la religión personal hecha de un sostenido diálogo con los muertos y de un coloquio infatigable con la propia sombra, la escritura poética de Alfonso Reyes se da, como en los poetas románticos (Lamartine, Chénier pero también Wordsworth) como una meditación, reflexión que es confesión, pensamiento que linda con la evocación y el recuerdo. No están ni podrían estar ausentes de su calendario lírico el tema del amor, el tiempo del sentimiento. Pero por desgarrador o intenso que sea, el amor en Alfonso Reyes no es patético sino amable, y el poeta sabe conjurar los impulsos de la pasión con sonrisas traviesas e irónicos requiebros apolíneos. Se da de hecho en su obra una singular disputa del poeta con el amor a cuyas razones ciegas va oponiendo y contrastando motivos amistosos, atajando el sollozo apasionado con voces fraternales y motivos amistosos, como se muestra en el poema «La corona».

Más allá del dibujo, trasciende el calendario, la poesía como un quehacer cotidiano, que va dejando el campo sembrado de preguntas. También y en otro orden, la poesía como cahier des doléances y correo personal con el que el poeta se comunica a sí mismo, se declara sus dolores y sus bienes dentro de una historia personal que se da por supuesta.

Entre todos los episodios amorosos registrados en Constancia poética sólo es posible localizar explícitamente la o las aventuras en Río: Romances del Río de Enero es muchas cosas: exposición de un misticismo geográfico y quejas sueltas de amor, meditación y danza con las preguntas, a veces con ecos horacianos. Romances del Río de Enero es también una construcción, una geometría, un armazón de once romances que se hacen ecos y alusiones entre sí. El narrador se desdobla y cuenta viéndose contar.

Poeta de la amistad amorosa más que del amor-pasión Alfonso Reyes perfila, entre reticente y travieso, entre melancólico y nostálgico, a veces «un lenguaje sollozado» («la canción secreta»), a veces una risueña y traviesa canción, siempre una palabra crítica que desconfía del verbo sonámbulo y del arrebato telúrico, por eso recomienda: «Alguna vez dar la espalda a las dichosas libertades —no son más que abandono— y estudiar, humildemente, la geometría, en Dante».11

Alfonso Reyes, «Romances del Río de Enero»

Alfonso Reyes, «Romances del Río de Enero».

Con todo, habría que decir que al parecer no es con Dante donde toma su lección de geometría sino en El romancero, en Lope de Vega y en el Góngora de las letrillas y canciones populares, en el Arcipreste de Hita, con cuyo Libro de buen amor la amorosa amistad de Reyes tiene no pocos puntos de contacto. La reticencia humorística ante lo patético, la renuncia al ‹do de pecho›, la suculenta voluntad de juego que sazona los poemas gastronómicos de Minuta evocan las humorísticas heterodoxias del Arcipreste. Al igual que al travieso abate que escribe a campo traviesa, a Reyes nada humano le es ajeno mientras esa humanidad sea diurna y sus horas se midan por un reloj de sol. Su renuncia a las facilidades del tremendismo, a las pirotecnias abismales de la vanguardia, su rechazo al orden sangriento de la tragedia tanto como a los balbuceos disruptivos de los diversos movimientos experimentales, su apuesta por una mesura espontánea, su cultivo de un monólogo que pasa con fluida lucidez del habla al canto y de éste a una danza no por aérea menos ritual, sitúan a la obra poética de Alfonso Reyes en un punto ineludible: en el cruce de caminos que está justo antes de volver a casa, en la senda encrucijada preliminar del silencio. Como en una tijera, en la poesía de Alfonso Reyes se cruzan arte elocuente y arte tácita, saber (del) decir y saber (del) callar. Que queden para otros versificadores las fronteras hiperbólicas, los reinos intactos de lo inaccesible, los epítetos mayúsculos y los complejos de grandeza. En la ventana abierta al tiempo íntimo que es la poesía de Alfonso Reyes apreciamos ante todo un grado de humanísima realidad que trasciende más allá del dibujo. Por eso su silencio y su complejo son otros:

  Complejo

Amigos, dondequiera que voy me sigue un oso,
un oso que se ve con el rabo del ojo.
Ni soporta ser visto de frente, ni lo puedo
descubrir cuando quiero mirarlo en el espejo.

No se oyen sus pasos, porque van con los míos.
Es como una amenaza constante: es un testigo.
Nada busca; pero me tiene medio loco
saber que dondequiera que voy me sigue un oso.12

Pablo Neruda, «España en el corazón. Himno a las glorias del pueblo en la guerra». Dedicatoria del autor: «Para Alfonso Reyes, agradeciéndole sus vísperas con este sonido de sangre»

Para Alfonso Reyes, agradeciéndole sus vísperas con este sonido de sangre.

Pablo Neruda,
dedicatoria en «España en el corazón. Himno a las glorias del pueblo en la guerra»

El lugar de Alfonso Reyes en la lección poética hispanoamericana es complejo y múltiple, y estriba en buena medida en una conjugación radical de clasicismo y modernismo. Su renuncia a la expresión volcánica y descarnada, su cultivo de la expresión a media voz y de la canción en voz baja imprimen a sus poemas una condición a la vez hospitalaria y perdurable como supo ver Eugenio Florit. No es la suya la unánime voz adánica de Whitman o de Neruda. Su pensamiento en verso viene de Paul Valéry y Jules Supervielle pero recuerda al de Jorge Guillén, Jorge Luis Borges y Eliseo Diego. Su palabra transmutada alienta las más diversas metamorfosis.

  • (9) Alfonso Reyes, op. cit., «Cuatro soledades», pp. 161-164. volver
  • (10) Alfonso Reyes, op. cit.,«La corona», p. 464. volver
  • (11) Alfonso Reyes, op. cit., «Notas a Romances del Río de Enero», p. 401. volver
  • (12) Alfonso Reyes, op. cit., p. 294. volver
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