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Alfonso Reyes

Vocación poética (1 de 3)

Por Adolfo Castañón*

Concordia no es concesión, pacto o compromiso sino juego dinámico
de los contrarios, concordancia del ser y lo «otro», reconciliación del
movimiento y el reposo, coincidencia de la pasión y la forma.
Oleada de vida, vaivén de la sangre, mano que se abre y se cierra:
dar y recibir y volver a dar.
Concordia, palabra central y vital.
Ni cerebro, ni vientre, ni sexo, ni mandíbula: corazón

Octavio Paz, El jinete del aire: Alfonso Reyes.

 

Pierre Hourcade, Río, 31 mayo 1935

Al excelentísimo señor Alfonso Reyes, por el común afecto hacia su amigo y hermano en poesía J. Supervielle. Un muy respetuoso homenaje.

Pierre Hourcade
Río, 31 mayo 1935

«Yo comencé escribiendo versos, he seguido escribiendo versos, y me propongo continuar escribiéndolos hasta el fin: según va la vida, al par del alma, sin volver los ojos. Voy de prisa». Así escribe Alfonso Reyes en el prólogo a su primer libro Huellas (1922). A lo largo de más de medio siglo escribió versos y publicó su obra poética progresivamente primero en cuadernillos, plaquettes y breves libros sueltos, luego ya en antologías y recopilaciones más amplias hasta llegar a la publicación de su Constancia poética, completa reunión de su órbita poética. Pero la obra poética de Alfonso Reyes va quedando algo soslayada por el empuje de su vigorosa acción ensayística y crítica, por más que esté orientada por su vocación poética. De hecho, si bien sus primeros textos publicados corresponden a la serie de tres sonetos titulada Duda e inspirados por el grupo escultórico de Nicola Cordier, (el Franciosino, discípulo de Miguel Ángel) en el periódico El Espectador, de Monterrey, en 1905, a los dieciséis años de edad, en el primer libro que publica: Cuestiones estéticas (1911) ya se asoma, plenamente armado, uno de los hombres de letras más completo e íntegro (enciclopedia no es por fuerza armonía) de su tiempo. El joven poeta ensayista anda con tino y paso ligero entre Esquilo, Góngora, Goethe, Mallarmé y Manuel José Othón, y la conferencia «El paisaje en la poesía mexicana del siglo xix» da cuenta de su memoria sensitiva y el conocimiento de la tradición en que se mueve. Cada uno de los asuntos sujetos por su lectura divierte o deriva hacia una intención poética, abre o descubre algún camino de su verso.

La obra poética de Alfonso Reyes está reunida en el tomo X —titulado Constancia poética— de sus Obras completas que constan de 26 volúmenes (algo más de catorce mil páginas), sin contar epistolarios, traducciones y correspondencia diplomática.1 El volumen Constancia poética se publicó el año de la muerte de Reyes; consta de casi quinientas páginas de apretados versos, está dividido en seis secciones. No se recogen ahí ni las traducciones en verso ni los poemas que ha sembrado en prosas y narraciones. Ajenas o propias, privadas o al alimón, esas escrituras y reescrituras se cuentan entre lo más original y simpático de su obra: ahí figurarían las célebres jitanjáforas de La experiencia literaria, el memorable «Debate entre el vino y la cerveza», una de las Burlas literarias fraguadas en complicidad con Enrique Díez-Canedo, la traviesa trascripción del poema hagiográfico anónimo Vida de Santa María Egipciaca y tantas otras páginas donde Alfonso Reyes —ese artista del eco— practicó la composición poética a partir de los juegos de la memoria y fue dando forma a una cocina literaria donde la arqueología se ponía al servicio de la «fritanga espiritual» (sazonándola con las más peregrinas especies idiomáticas.) La poesía fue esencial en el itinerario leído, escrito y vivido por Alfonso Reyes. Mucho de lo que escribe y lee está asociado a una poética personal.

Xavier Villaurrutia

Xavier Villaurrutia.

Si Góngora y Mallarmé lo acompañan a lo largo de su vida y están presentes tanto en su primer libro como en sus publicaciones tardías y póstumas, es porque ambos representan facetas de esa escala lírica. Y así sus afanes de crítico literario (El deslinde, La experiencia literaria) como sus diversas misiones diplomáticas en Madrid, París, Buenos Aires y Río de Janeiro parecen obedecer a una ley de gravitación lírica. La poesía imanta la acción humana y literaria de Alfonso Reyes.

El poema mueve su pluma ensayista; la poesía le acarrea y atrae amigos desde los primeros hasta los últimos años (como Julio Torri, Pedro Henríquez Ureña, Xavier Villaurrutia, Enrique González Martínez, Genaro Estrada en México), en Francia (Valéry Larbaud, Jules Supervielle, Jules Romains), dentro y fuera de España (Enrique Díez-Canedo, Max Aub, José Moreno Villa), en Argentina (Borges, Molinari, B. Fernández Moreno), en Brasil (Manuel Bandeira, Cecilia Meireles). Alfonso Reyes se vive interiormente como poeta aunque su curiosidad lo lleve a devorar y escribir bibliotecas en prosa, por más que sus deberes profesionales lo obliguen a fraguarse una «cultura diplomática», para expresarlo con la voz de Haroldo de Campos. A diferencia de Saint-John Perse, quien también trabajó al servicio de las relaciones exteriores de su país (desde el Quai d’Orsay con Aristide Brian) o del mexicano Octavio Paz (quien sirvió en la diplomacia nacional entre 1944 y 1968), Alfonso Reyes no soslayó sino antes bien explayó e hizo aflorar en la esfera política la trama que hilvana poesía y diplomacia, lírica y servicio público, armas y letras. Esta mancuerna no era ni es ajena a la tradición y a la historia en el orbe hispanoamericano.

Dos porciones claramente definidas, unidas sólo por el hilo de la tradición, hallamos en la obra poética de Alfonso Reyes. Confusas, si no mezcladas en el primer conjunto, Huellas, el poeta ha sabido separarlas a los ojos de todos, publicando la segunda porción, las poesías recientes, en su nuevo pequeño volumen: Pausa. Del joven brillante, del estudioso escolar de retórica, del arqueólogo de los ensayos poéticos que deberían formar, propiamente, el tomo de Huellas, al poeta de Pausa, hay un nuevo camino y una conquista: el nuevo camino es aquel en el que Reyes se aparta de la literatura, del pastiche, del ejercicio retórico y aspira a la conquista de la personalidad. Sin embargo, el hilo de la tradición no abandona la mano de este poeta. Reyes se reconoce, ahora, en algunas maneras de Góngora y Mallarmé. Mejor que dos influencias, estos poetas son, hoy, los dos ejemplos visibles de su obra, orientada dentro de la precisión de lenguaje de Góngora y dirigida, al mismo tiempo, hacia la música del silencio de Mallarmé. Su actual temperamento, rico en sugerencias, en alusiones, en ausencias, imprime a su poesía un temblor que, en algunos momentos, lo aproxima a nuestros más nuevos poetas.2

 

Jorge Cuesta

Reyes asume este caudal en el orden público y aun llega a meditar, por ejemplo en «la inteligencia americana», en torno a esta vertiente. El diplomático trae la poesía a flor de labio, y sabe hacer de la lengua la raíz de una política, de un quehacer público y aun mundano, pero su vida de poeta aunque corre paralela sigue un curso tan pronto público (la lectura de su extenso poema dramático Ifigenia cruel leído por primera vez «con intermedios de quenas bolivianas» el 2 de diciembre de 1925 en la casa de su amigo el escritor ecuatoriano Gonzalo Zaldumbide, a la sazón embajador de su país en Francia, o la cantata escrita sobre la tumba del poeta Federico García Lorca, leída en Buenos Aires en mayo de 1937) como privado y sobre todo privado, no sólo por su voluntad de escribir una poesía a veces meditativa, a veces humorística y denodadamente circunstancial (inspirada en Góngora y Mallarmé) sino porque, más allá de sus asuntos —amorosos, gastronómicos, sociales, nacionales, épicos, personales, museográficos o literarios—, el poeta Alfonso Reyes parece haberse hurtado a la mirada pública para dar relieve a su presencia de prosista y ensayista, como si el autor de Visión de Anáhuac estuviese atento a no contaminar los campos magnéticos de la poesía con una profesionalización espúrea.

No sin alguna justicia el poeta mexicano Gerardo Deniz ha dicho: «De valor indiscutible, la poesía de Reyes (...) ha hecho siempre el papel de cenicienta». Por modesta que sea, esa princesa humillada (la hija del «rey de eruditos y rey de poetas» que diría María Teresa León, la de Rafael Alberti) es infatigable.

Rico y armónico espíritu, todo lo que en él entra atraído por su curiosidad y su simpatía inagotables se unifica y ata en un hilo central de su emoción subjetiva y su aspiración de arte noble y sereno. Por eso tiene razón Pedro Henríquez Ureña al decir que es, ante todo, poeta, aunque la poesía forma una parte mínima de su producción. La mayor parte de ella son ensayos, en los que con gran libertad personal toca los más diversos problemas del espíritu. Lo antiguo y lo moderno, lo español y lo extranjero, lo mexicano, lo mexicano siempre, se encuentran en el mismo plano para su atención e interés. Igualmente su poesía —varia en temas y forma— se halla equidistante del clasicismo tradicional y el ultramodernismo innovador: la tradición y la modernidad fundidas e indivisas constituyen su esencia.

Federico de Onís

Reyes no deja de publicar aquí y allá pliegos sueltos («Yerbas del tarahumara», 1934), libros adelgazados en ediciones de circulación restringida (Minuta, 1935; Romances del Río de Enero, 1936) o de agradecer en verso los libros recibidos (Cfr. Cortesía). Sus inquietudes poéticas y la singularidad de su ejercicio no escapan a la vigilancia de los lectores contemporáneos, y Reyes será un asiduo cliente de las antologías, como la mexicana de Jorge Cuesta y los poetas de Contemporáneos en México, o la de Federico de Onís (Antología de la poesía española e hispanoamericana, 1882-1932), publicada en Nueva York en 1961.

La recepción de la obra de Alfonso Reyes dentro y fuera de México no deja de tener puntos en común: uno de ellos es el hilo de la tradición embebido en una vigorosa personalidad.

Compárese lo que dicen de él —con años de distancia— el mexicano Jorge Cuesta y el español Federico de Onís.

La biografía poética de Alfonso Reyes se inicia y cierra con la escritura de sonetos, los escribirá a lo largo de toda su vida y serán uno de los ejes de su lírica. El otro eje lo configurarán los romances y formas afines. Esta forma basada en el octosílabo le permitirá ir ensanchando esa respiración espontánea y casual, entre susurrada y cantada, en las fronteras del verso y la prosa, entre la gravedad y el humor, que es una de las virtudes más evidentes de la creación poética de Alfonso Reyes. «Rotunda plasticidad», esas son las palabras dichas por Dámaso Alonso en México a propósito de Reyes, según recuerda en una entrevista de Alejandro Rossi. Digamos de paso que la poesía a media voz de Alfonso Reyes es un secreto a voces.

Reyes con Díez-Canedo en una tertulia. México, 1942

Reyes con Díez-Canedo en una tertulia. México, 1942.

Algunas de las virtudes de su poesía son: su plasticidad, la longevidad: repasa todo género de variedades formales y asuntos. Su riqueza de variedades formales: Reyes va dejando constancia de que la historia de la lengua que se va apropiando como estudioso (recuérdese que ha trabajado en el Centro de Estudios Históricos de Madrid con Antonio G. Solalinde, en Madrid, entre 1915 y 1918, bajo la batuta de Menéndez Pidal; que ayudó a R. Foulché-Delbosc a establecer una de las primeras ediciones modernas de Góngora; que estableció para la editorial Espasa-Calpe una edición moderna del Poema del Cid) encarna en su propia lírica de poeta-filólogo, de modo que va logrando el milagro de combinar la biografía de la lengua con su propia autobiografía en verso.

Más allá, en su obra poética se funden y confunden la concesión y las memorias, la autocrítica y el diario personal, la nostalgia y la travesura, la sátira y la meditación al sesgo. En Madrid, la compañía de artistas como José Moreno Villa, Enrique Díez- Canedo y Antonio G. Solalinde le hacen ver que poesía y filología no andan lejos.

Reyes aprende muy pronto que las musas pueden estar en los museos.

El general Bernardo Reyes

† 9 DE FEBRERO DE 1913

¿En qué rincón del tiempo nos aguardas,
desde qué pliegue de la luz nos miras?
¿Adónde estás, varón de siete llagas,
sangre manando en la mitad del día?

Febrero de Caín y de metralla:
humean los cadáveres en pila.
Los estribos y riendas olvidabas
y, Cristo militar, te nos morías...

Desde entonces mi noche tiene voces,
huésped mi soledad, gusto mi llanto.
Y si seguí viviendo desde entonces

es porque en mí te llevo, en mí te salvo,
y me hago adelantar como a empellones,
en el afán de poseerte tanto.3

  • (*) Adolfo Castañón (Ciudad de México, 1952). Ensayista, poeta y traductor. Escritor e investigador del Centro de Estudios Literarios-IIFL, UNAM. Entre sus libros se encuentran Alfonso Reyes, caballero de la voz errante (1991) y Arbitrario de la literatura mexicana (1993). volver
  • (1) Alfonso Reyes, Obras completas, tomo X Constancia poética, México, Fondo de Cultura Económica, Colección Letras Mexicanas, 1996. Alfonso Reyes digital. Obras completas y dos epistolarios. Bibliotecas Virtuales Fundación Hernando de Larramendi. Fundación Mapfre Tavera, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002. volver
  • (2) Jorge Cuesta, Antología de la poesía mexicana moderna, Fondo de Cultura Económica, colección Letras Mexicanas, México, 1998, p. 158. volver
  • (3) Alfonso Reyes, op. cit., «† 9 de febrero de 1913». pp. 146-147. volver
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