«¡Hilas, Hilas!»: gemido del
viento en Tróada.
Vuelve a nuestra memoria el nombre radiante de Guynemer, as entre los ases.
Héroe representativo de la Gran Guerra, aviador casi niño, combatiente solitario, hijo predilecto de la victoria elegante, maestro de geometría celeste, primogénito de la raza de hombres del aire, diminuto corazón perdido de pronto en la luminosidad del éter sonoro. Y un día, hastiado del cielo material, del cielo metafórico que no le dejaba romper para siempre las ligas con la tierra, se arroja a morir entre las nubes y, en vuelo de transfiguración, desaparece.
El nombre mismo de Guynemer suena como a grito de guerra. Entre los versos de la Canción de Rolando, se le oiría como en su sitio: Montjoie! Guynemer!
Era celta. Raza misteriosa la celta; gran vencida de la historia se la ha llamado. Raza de alma extremada y aventurera, capaz de melancolías heroicas y de gritos líricos inmortales. Raza de ardiente fe; la única que presta dinero reembolsable para en la otra vida, sobre el juramento de la oración.
Nació Guynemer la Nochebuena de 1894. El día de la movilización Guynemer tenía diecinueve años, y un aspecto frágil, femenino. Dos veces lo rechazaron: no parecía duro para la guerra. Pero es que él no iba a hacer la guerra grosera, sino una guerra casi etérea, voladora; guerra de saeta y de insecto, de libélula, de saltarela.
Al fin lo aceptaron como aprendiz mecánico. En marzo de 1915, comenzó a volar. El 13 de junio partió hacia la línea enemiga. Dos días después, los obuses lo saludaban ya, en el aire, como a veterano conocido. Sus notas nos dicen que no experimentó ninguna emoción, fuera de la curiosidad satisfecha. ¿Era, pues, un hombre de hierro?
No: era de pluma, era un pájaro. Hijo de una familia unida, vivía entre mujeres y como en su blando regazo: la abuela, la madre y dos hermanas se ocupaban de sus materialidades, lo acariciaban, le suavizaban la senda —buenas hadas—, de modo que el niño héroe tenía esa dulzura, esa delicadeza que tanto desconcertaba, al principio de su carrera, a sus camaradas. Le llamaban Mademoiselle.
Cuando comenzó a volar en la heroica escuadra de las Cigüeñas (22 muertos, 23 desaparecidos), aseguró que no se dejaría coger vivo por los contrarios. Partía en persecución del enemigo, ebrio de trepidación y retumbos, mirando estallar aquí y allá las estrellas momentáneas de la granada; se lanzaba como gavilán sobre la presa, que casi chocaba contra ella; el humo lo envolvía un instante, y las baterías lo cercaban en collares de truenos; el latido de su motor se injertaba en la palpitación de su sangre. Y súbitamente, el contrario se desgajaba entre llamas, en fantástica caída vertical de aspas y ruedas, por el camino de Luzbel.
Y Guynemer volvía, casi saltando de entusiasmo en el aire, como un chiquillo regocijado; volvía de jugar a la guerra. Y el triunfo sin crueldad, el triunfo de alarde, el triunfo sin sangre, el triunfo de la velocidad, de la puntería, del ojo certero, de la visión justa como la del ave a todo vuelo, el triunfo del reflejo exacto, del pestañeo oportuno, el triunfo del movimiento único, le entraba hasta el alma en bocanadas de gozo, con un estremecimiento que se comunicaba, abajo, a la hormigueante trinchera.
Al llegar, hacía cantar su motor. Y cuando cruzaba sobre las trincheras, acostumbraba piruetear un rato, saltar de onda en onda, rizar el rizo; era un mensaje que mandaba a la infantería: «Soy yo, Guynemer. Podeís estar tranquilos. Por ahora os he barrido el cielo».
Sus cartas a la familia, sus lacónicos apuntes, rebosan una vivacidad, un ánimo chistoso y ameno de gamin de París. «¡Divertidísimo! —escribe…—. Hoy he hecho caer a tres en nuestro campo: un récord. ¡Tres en una tarde! Ha habido que juntar los pedazos. Los de ellos y los míos. Mi aparato, hecho una criba. A mí me están componiendo en el hospital: dos o tres huesos, nada. Sé que ayer el pueblo me ha ovacionado en París. ¡Señor, lo que es el don de la ubicuidad!»
El 11 de junio de 1917, a los veintidós años, lo hicieron oficial de la Legión de Honor. En cuanto recibe la insignia, corre, como el chico del premio, a echarse en brazos de sus padres, que de lejos contemplan el acto.
Al verse lleno de honores, aunque enfermo, convaleciente, se empeña en volver cuanto antes a sus «deportes», como él dice. « No piensen —explica a su madre, que trata de retenerlo—, no piensen que ahora, porque me han premiado, los abandono. Los pobres se aburren en las trincheras: yo soy su única distracción, cuando salgo de cacería».
Y en efecto, vuelve al campamento de las Cigüeñas. Pero esta vez va inquieto y nervioso, poseído del dios. Expliquémoslo poéticamente: lo que así excita su pulso, lo que tanta palidez comunica a su semblante de niño, es su voluntad de transfiguración, su anhelo de saltar más allá. Su mano tiembla, y parece que el héroe empieza a volar con cierto desmaño: es que ha descubierto su camino y, como todo artista en la era de la superación, olvida un poco la técnica y hace como que se equivoca a veces. Respetemos el instante sagrado.
Es el 11 de septiembre de 1917. Guynemer va a combatir una escuadrilla enemiga, ayudado por otro avión. El otro procurará desviar la patrulla, y Guynemer irá entonces cazando, uno a uno, a los contrincantes. Es la estrategia clásica de los Horacios contra los Curiacios. Así se hace.
Ya el grueso de la escuadrilla contraria acude, engolosinado, tras el avión del teniente Bozon-Verduraz, que fue el testigo del milagro. Ya el capitán Guynemer —¡veintidós años como veintidós águilas al viento!— se enfrenta con el único avión enemigo que se le atreve.
Estamos en el claro cielo de Bélgica, sobre Poelcapelle. ¿No oís una campana muy honda que se confunde, en el espacio, con el estridor de los aviones? Bozon-Verduraz evoluciona y, cuando vuelve al sitio primero, Guynemer ha desaparecido. En vano lo busca y lo busca en las asfixias del aire raro. De Guynemer no queda rastro en el aire ni vestigio en la tierra. ¡Estalló el espíritu puro sin dejar humo ni cenizas! Los soldados alemanes tampoco han podido encontrarlo. Uno de sus aviadores asegura haberle visto muerto, la cabeza doblada, y la manos, mecánicamente, gobernando todavía el motor, hacia arriba, hacia arriba.
¡Oh ejemplo de superación! «Las fuerzas humanas tienen un límite», le había dicho su santa madre. «Sí —contestó él—. Un límite que hay que superar. Mientras no se ha dado uno entero, no ha dado nada.»
Era el niño Guynemer como un amuleto de la infantería; meteoro trocado en constelación, vino a ser un signo estelar. El viento de Bélgica sabe articular una voz (¡Guynemer, Guynemer!) cuando va sonando por las torres. ¿Qué ha sido de Guynemer? ¿Se ha desposado con las sirenas del aire, hecho aire él mismo? ¿Desapareció hacia el sol, por la sutil tangente de luz, en el último relumbre de su nave volátil? ¿Fue a aterrizar en una estrella, castigando los ijares de su hipogrifo? ¡Oh capitán, oh héroe! De los labios de un pueblo tu nombre sube como un resuello de triunfo. Palpita tu corazón, claro astro, en el fondo de las noches de Francia.