Trece años, o poco más, tendría Carriazo cuando, llevado de una inclinación picaresca, sin forzarle a ello algún mal tratamiento que sus padres le hiciesen, sólo por su gusto y antojo, se desgarró, como dicen los muchachos, de casa de sus padres, y se fue por ese mundo adelante, tan contento de la vida libre, que, en la mitad de las incomodidades y miserias que trae consigo, no echaba menos la abundancia de la casa de su padre, ni el andar a pie le cansaba, ni el frío le ofendía, ni el calor le enfadaba.
La ilustre fregona
Entre Miguel de Cervantes y Mateo Alemán, dos de los mejores novelistas españoles del seiscientos, se ha señalado un contraste muy marcado1. El Guzmán de AIfarache se menciona de forma indirecta, pero con toda claridad, en La ilustre fregona cuando se afirma que Carriazo, uno de los jóvenes protagonistas de novela, «pudiera leer cátedra y dar maravillosas liciones en la facultad al famoso de Alfarache».
¿Cuáles eran, pues, las «liciones» que el personaje de la Novela Exemplar cervantina le hubiera podido dar «al famoso de Alfarache», si, justamente, alrededor de él en la historia europea del relato en prosa se observa el mejor y más sostenido empeño, hasta esas fechas, por trazar la semblanza de un hombre de baja condición social? Al creador de La ilustre fregona le debió de resultar fascinante experimentar, como lo hizo, con las apreciaciones de un género en el que se había abierto, también a través de obras como El Lazarillo de Tormes, una insólita posibilidad de «suspender» al lector entre la verdad y la ficción, desde la cual, ante la incertidumbre de la realidad o fantasía de lo que leía, pasaba las páginas con avidez, al poder disfrutar de un relato en el que todo fluía como si fuera verdad.
En las novelas picarescas se había desarrollado el paradójico experimento de crear fábulas que abarcaban muchos ámbitos de la realidad. Sin embargo, ofrecían una percepción limitada de la vida, al ahondar las distancias entre «lo que es y lo que puede ser». Desde esas perspectivas el hombre se revelaba como excesivamente pequeño y ruin, y Miguel de Cervantes no podía compartir esa forma tan radical de romper el equilibrio entre «lo bello y lo terrible»; de tal forma, que, por ejemplo, no pinta entonces solamente la decepción ante la carne, sino que también se ocupa de figurar toda su seducción y todo su embrujo.
Joaquín Casalduero planteó que quizá nadie leyó al Guzmán con más atención que Cervantes2, acaso en la edición de 1599 que es semejante a la de 1605 que se puede apreciar en la Biblioteca Nacional; pero ante la contundencia de un mundo reducido, en el que el hombre es poco menos que un ser pecador, «digno de poca confianza», el autor del Quijote desplegó el aliento de una realidad extendida hacia los múltiples sentidos que surgen de la diversa manera del vivir de cada quien.
Esta actitud se puede matizar con la revisión de los efectos que tiene la lectura en algunos personajes del Guzmán y del Quijote, pues en ambos libros se registra una efectiva presencia de la Diana de Montemayor y de los libros de caballerías. En la segunda parte del Guzmán las mujeres resultan tan afectadas por la literatura que, ante las encendidas llamas amorosas de las pastoras «ellas están como yesca. Sáltales de aquí una chispa y, encendidas como pólvora quedan abrazadas». Asimismo, cuando leen libros de caballerías, sienten tan cercanos algunos manjares que se sirven en los castillos encantados «que ya les parece que los comen». Y dice Guzmán que alguien le ha comentado que si a estas mujeres «les atasen los libros [de caballerías] a la redonda, y les pegasen fuego, que no sería posible arder, porque su virtud lo mataría».
No obstante, en el Quijote, el grupo anónimo de mujeres se convierte en una galería de individuos que amplía significativamente la influencia de la literatura porque, como la condición de cada lector es diferente, de la misma manera, el sentido que tiene la lectura es distinto para cada uno de ellos. Es así como, al ventero Palomeque le resultan tan cautivantes los «furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan», que le «toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días»; mientras que a la criada Maritornes le atraían especialmente los pasajes de los libros de caballerías que «cuentan que se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero y que les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho sobresalto».
La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades. Casa de Martín Nucio (Anvers, 1554).
A la hija de Palomeque, a diferencia de su padre, no le gustan los golpes sino «las lamentaciones que los caballeros hacen cuando están ausentes de sus señoras, que en verdad que algunas veces me hacen llorar, de compasión que les tengo» (Capítulo XXII de la Primera Parte de Don Quijote).
En la obra de Cervantes los lectores, más allá de poder compartir la circunstancia de leer, o de escuchar un libro de caballerías en una venta, hacen suya la vida imaginada que se desprende de unas páginas impresas; con lo cual «lo que es» se revela en su posibilidad de aproximarse a «lo que puede ser» y las ventas se mudan en castillos, no importando ya si son reales o no, sino el que sean imaginadas o deseadas por alguien, para vivir o para leer. El Quijote, como libro que afecta incluso a los personajes de la primera parte que han leído la segunda, ejerce el mismo encantamiento producido por los libros de caballerías en el ventero y sus familiares.
Es decir, fue dispuesto por Miguel de Cervantes de una forma tal que extiende la posibilidad de ser interpretado, libremente interpretado, desde el horizonte personal de cada lector que, en medio de las referencias que se incluyen en una novela que tiene por tema central a la literatura misma, encuentra las brújulas, «las pequeñas brujas» que le han de acompañar por entre los rompientes que se interponen en medio de la búsqueda de un mundo propio. Es por ello que 382 años después seguimos diciendo, con el bachiller Sansón Carrasco, que el Quijote es una obra que «los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran» (Capítulo III de la Segunda Parte de Don Quijote).