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El conjuro de los libros

La realidad escrita de Miguel de Cervantes (2 de 2)

Novelas exemplares

Después del Quijote las Novelas exemplares le han dado mucha fama a Miguel de Cervantes. El libro salió de las prensas de Juan de la Cuesta en 1613, y desde esa época ha viajado y viajado hasta, finalmente, hospedarse en un anaquel del Fondo Cuervo de la Biblioteca Nacional de Colombia. Tenemos entonces la rara fortuna de poseer una primera edición de las célebres novelas de Cervantes; los ejemplares escaseaban ya en el siglo xviii pues, según apunta el bibliófilo Antonio Palau, el prestigioso editor Antonio de Sancha tratando de reimprimir esta edición príncipe murió sin haber conseguido ni siquiera ver un libro de ella.

[Grabado] Retrato de Cervantes en una edición de sus obras.

Retrato de Cervantes en una edición de sus obras.

Aunque le faltan algunas hojas, este ejemplar se mantiene en un muy buen estado; se sabe que se conservan, por lo menos, otros cinco volúmenes: dos en colecciones privadas, uno en la Biblioteca de Cataluña, otro en la Nacional de Madrid y uno más en la Biblioteca Británica.

Se incluyen en la colección de las Novelas exemplares: La gitanilla, El amante liberal, Rinconete y Cortadillo, La española inglesa, El licenciado Vidriera, La fuerza de la sangre, El celoso extremeño, La ilustre fregona, Las dos donzellas, La señora Cornelia, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros Cipión y Berganza.

En el prólogo al lector de estas novelitas, para satisfacer la curiosidad «y el deseo de algunos que querrían saber qué rostro y talle tiene quien se atreve a salir con tantas invenciones en la plaza del mundo», el propio Cervantes sugiere que debajo de su retrato, hecho quizá por Juan de Jáuregui, se pongan estas palabras:

Este que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada, las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies.

Este, digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación de Cesar Caporal Perusino, y de otras obras que andan por ahí descarriadas, y quizá sin el nombre de su dueño, llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo; herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlos V, de feliz memoria.

Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados

En 1615 la viuda de Alonso Martín publica en Madrid las comedias y entremeses, nunca representados en tiempos de Cervantes, y que están dedicados al conde de Lemos. Estas obras, desafortunadamente, no fueron tampoco casi leídas en su época y se reeditaron solamente en 1749, por Antonio Martín en su publicación del teatro completo de Miguel de Cervantes, que es la edición perteneciente a la Biblioteca Nacional.

La originalidad e importancia de las ideas dramáticas de Cervantes se reconoce cada vez más, pues, sus ideas teatrales están fundamentadas en su infatigable búsqueda de un estilo agradable e ingenioso, que resulta asociable a los conceptos modernos y revolucionarios del hecho teatral. Carlos Arboleda ha llamado la atención sobre cómo, a partir de las obras de Cervantes, el teatro se encaminará por rumbos diferentes «en el sentido en que ya no hará referencia única y exclusivamente a la representación de un mundo fingido o imaginado en palabras»; es decir, «este tipo de teatro es un teatro que se referirá mayormente a sí mismo, al proceso de representación misma. Será un metateatro»1.

Ciertamente, en los textos dramáticos cervantinos sobresale la voluntad que tienen los personajes por asumir el mundo como un escenario, así como las constantes introducciones de «teatro dentro del teatro», en medio de la puesta en evidencia de los malestares sociales a través de la improvisación. No otra cosa es lo que hace el sagaz estudiante de La cueva de Salamanca cuando se desdobla y comienza a actuar para enredar al marido engañado:

Estudiante (dirigiéndose al barbero y al sacristán):

—Vosotros, mezquinos, que en la carbonera hallasteis amparo a vuestra desgracia, salid, y en los hombros, con prisa y con gracia, sacad la canasta de la fiambrera.

Sin embargo, cuando su representación se está trabando, por la incomprensión de sus cómplices, el estudiante, actor y director de una burla por él mismo concebida, los increpa de esta forma:

—No me incitéis a que de otra manera más dura os conjure ¡Salid! ¿Qué esperáis? Mirad que si, a dicha, el salir rehusáis, tendrá mal suceso mi nueva quimera.

Ora bien, yo sé cómo me tengo de haber con estos demonios humanos. Quiero entrar allá adentro, y a solas hacer un conjuro tan fuerte que los haga salir más de paso. Aunque la calidad de estos demonios más está en saberlos aconsejar que en conjurarlos.

Las concepciones teatrales de Cervantes se extienden hasta su producción en prosa y se convierten en recursos esenciales de su discurso: «Para mí ‘la locura’ de Don Quijote, sobre la cual tantas páginas se han escrito, se podría ver como un estado racional consciente dentro del cual Alonso Quijano se comporta como un comediante profesional. Lo que parece ‘locura’ es en el fondo una entrega absoluta a otra vida. También los comediantes dell’arte italianos utilizaron técnicas (‘juegos’) similares para hacer más ‘efectivas’ sus improvisaciones. Hacer teatro es un juego, pero un juego serio, tan serio que parece otra realidad»2.

Viage del Parnaso

Esta obra de Cervantes, tal vez ya escrita en 1613, se publicó en Madrid en 1614, un poco después de las Novelas exemplares. En ella se expone con claridad la lucha de Apolo y su cohorte de buenos poetas, contra los «colonos de la palabra»; sin embargo, a las sátiras incorporadas les falta hondura, y las alabanzas dedicadas a muchos personajes son trazadas con cierto esquematismo. En el Viage del Parnaso jóvenes y viejos, sacerdotes y laicos, médicos y poetas, dramaturgos y jurisconsultos, resultan mezclados de una forma tan particular, que es difícil distinguir los méritos y las limitaciones de cada cual en la intrincada maraña que sus nombres terminan tejiendo.

No obstante, para valorar con justicia la obra lírica de Cervantes, es preciso advertir el aire irónico que tienen muchos pasajes del Viage, tal como se manifiesta en estos tercetos:

Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo,

quisiera despachar a la estafeta
mi alma, o por los aires, y ponella
sobre las cumbres del nombrado Oeta;

pues, descubriendo desde allí la bella
corriente del Aganipe, en un saltico
pudiera el labio remojar en ella,

[…] y ser de allí en adelante
poeta ilustre, o, al menos, magnifico.

El tono burlesco de este pasaje es comparable al ofrecido por el licenciado Vidriera cuando un estudiante le pregunta si él era poeta y el licenciado le responde que «hasta ahora no he sido tan necio ni tan venturoso», aclarándole que «no he sido tan necio que diese en poeta malo, ni tan venturoso que haya merecido serlo bueno».

Portada del «Viage del Parnaso», con retrato de Cervantes (Grabado de Bartolomé Vázquez, 1784).

Portada del Viage del Parnaso, con retrato de Cervantes.

«Periandro en hombros de Cloiea». Grabado de Moreno Tejada.

Periandro en hombros de Cloiea. Grabado de Moreno Tejada.

Con Don Quijote como médium afirma Cervantes que a la poesía «hala de tener, el que la tuviese, a raya, no dejándola correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera [...]; no se ha de dejar tratar de los truhanes ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni de estimar los tesoros que en ella se encierran». (II, 16)

Desde la idea expuesta por Cervantes, a través de las palabras y de las ilusiones de Don Quijote, se comprende entonces su aspiración a situar la poesía al margen de lo vulgar y distanciada del reconocimiento derivado de la compra-venta, ya que «los tesoros que en ella se encierran», están especialmente dispuestos para enriquecer el gozo y el placer.

Cervantes ofrece otra de sus opiniones centrales sobre la poesía al afirmar en el Persiles que el «poeta nace», que desde la cuna su vida estará regida por una particular inclinación y disposición para este arte:

Posible cosa es que un oficial sea poeta, porque la poesía no está en las manos, sino en el entendimiento, y tan capaz es el alma del sastre para ser poeta como la de un maese de campo; porque las almas todas son iguales, y de una misma masa en sus principios creadas y formadas por su hacedor, y, según la caja y el temperamento del cuerpo donde las encierra, así parecen ellas más o menos discretas, y atienden y se aficionan a saber las ciencias, artes o habilidades a que las estrellas más las inclinan; pero más principalmente y propia se dice que el poeta nascitur. Así, no hay de qué admirar de que Rutilio sea poeta aunque haya sido maestro de danzar.

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Esta es una notable obra de Miguel de Cervantes publicada con carácter póstumo en 1617. Hemos considerado que puede hacer parte de la biblioteca del autor, porque, indudablemente, su manuscrito debió reposar en ella, pues en la dedicatoria de la segunda parte del Quijote, por ejemplo, dice que al Persiles le dará fin «dentro de cuatro meses». Sin embargo, parece ser que la historia del libro y la vida de Cervantes terminaron al mismo tiempo. A parte de esto, la manía de la crítica literaria, afortunadamente cada día más superada, de reducir la vida de la literatura toda a los cánones realistas, durante mucho tiempo encerró tras una nube impenetrable esta novela que Cervantes mismo juzgó como su obra maestra.

Los trabajos de Persiles y Sigismunda constituyen, junto con el Peregrino en su patria de Lope, la verdadera novela de aventuras escrita en España durante el siglo xvii. En ella, para lograr la síntesis entre los elementos procedentes de la novela bizantina y los aportes de Lope, Cervantes divide su relato en dos partes perfectamente equilibradas por la elegancia de un estilo en el que a cada paso surgen maravillas y motivos de admiración. Es así como los dos primeros libros están referidos a geografías exóticas y a personajes asombrosos que se dan cita en medio de sucesos típicamente bizantinos: aventuras marinas, raptos, naufragios, separaciones y reencuentros insólitos, fidelidad al amor en situaciones adversas y afianzamiento de la fe. Ya en los libros III y IV cambia la geografía por la que deambulan los personajes, y los acontecimientos que rodean a la viajera pareja van formando verdaderas historias cortesanas de amor y de honor, que incluyen también episodios moriscos y picarescos.

La unidad de unos sucesos tan variados se deriva del tema que se puede considerar como el eje de la novela: «el hombre, en cuanto ser caído, debe vagar por el mundo sublunar del desorden, sufriendo en el mundo de la historia humana, para renacer mediante la expiación y la misericordia»3. De este modo, Cervantes transforma al antiguo caballero andante, que de alguna manera ha fracasado como héroe, por un peregrino poseedor de unas virtudes estoicas, propias del caballero cristiano, que le dan sentido trascendente a un portentoso relato, rico en peligros y aventuras.

Notas:

  • (1) Teoría y formas del metateatro en Cervantes, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1991, pág. 86. volver
  • (2) Carlos Arboleda, ob. cit., pág. 47. volver
  • (3) Alban K. Forcione, Cervantes's Christian Romance. A Study of Persiles y Sigismunda, Princeton, 1972, págs. 31-32. volver
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