Esta novela fue la primera obra narrativa publicada por Miguel de Cervantes; la primera edición (del año 1585) fue impresa en Alcalá en casa de Juan Gracián. Los ejemplares guardados en Biblioteca Nacional de Colombia son todos del siglo xviii, y entre ellos se destaca el impreso en Madrid por la viuda de Ibarra en 1797.
El propio autor calificó los amores pastoriles que se recrean en sus páginas como «cosas soñadas y bien escritas». Uno de los planteamientos más atractivos del Quijote, la idea de la verdad asociada a la experiencia vital, aparece ya en esta novela en la figura del pastor Lenio, quien apoya su enemistad con el amor «en ciencia averiguada»; sin embargo, sus razones se resquebrajan ante las certezas surgidas de su diario vivir, que le convierten en un enamorado.
Rosaura, personaje de «La Galatea», a punto de darse muerte con un agudo puñal, por el amor de Grisaldo.
La Galatea no gozó de gran aprecio; sin embargo su interés e importancia se derivan de la manera tan clara como se recrean en ella todas las ideas referidas al amor que circulaban en el siglo xvi. En el debate sostenido entre Lenio y Tirsi en torno a la naturaleza del amor, la base del enfrentamiento reside en la consideración del amor como «una pasión turbadora, que provoca el desorden de la razón y esclaviza a la voluntad». Cervantes, acogiéndose al optimismo propio de un humanista del Renacimiento, termina en La Galatea considerando como bueno cualquier amor, incluido el sexual, porque no vale la pena limitar la libertad por el temor de evitar los «males» que su vivencia pueda causar.
Por desgracia, algún «sabio encantador» no nos ha permitido hasta ahora que encontremos ningún ejemplar de la edición princeps del Quijote —publicada en Madrid por Juan de la Cuesta en 1605— de los cien que fueron enviados desde Sevilla para que los reclamaran en Cartagena de Indias Antonio Méndez o Diego Correa, según está escrito en el registro de condición conservado en el Archivo de Indias y fechado «en 31 de marzo de 1605»; es decir, tan sólo un mes después de que se ofreciera el Quijote en las librerías de Madrid.
De todas formas, los bellos ejemplares antiguos que se guardan en la Biblioteca Nacional de Colombia son testimonios suficientes de la toma de posesión de Don Quijote en este lado del mundo; en nombre de la ilusión y de un ideal indestructible que aspira a situarse más allá de los límites de la realidad, a través del amor y de la convivencia con los abandonados.
Efectivamente, en el Quijote de la segunda parte —Madrid, Juan de la Cuesta, 1615—, cuando el Caballero de la Triste Figura regresa a su pueblo, sin haber visto todavía a Dulcinea, y se encuentra «riñendo dos mochachos», asume que lo dicho por uno de ellos «No te canses, periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (Capítulo LXXIII de la Segunda Parte), es aplicable a su situación, y que sus palabras quieren «significar que no tengo de ver más a Dulcinea».
Sin embargo, en aquel momento una liebre perseguida se refugia junto a ellos y Sancho la coge y se la presenta a Don Quijote, quien dice:
—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye; galgos la siguen: ¡Dulcinea no parece!
—Estraño es vuesa merced —dijo Sancho—; presupongamos que esta liebre es Dulcinea del Toboso y estos galgos que la persiguen son los malandrines encantadores que la transformaron en labradora; ella huye, yo la cojo y la pongo en poder de vuestra merced, que la tiene en sus brazos y la regala: ¿qué mala señal es ésta, ni qué mal agüero se puede tomar de aquí?
El amor ideal de Don Quijote puede personificarse entonces en una liebre que tiembla al ser perseguida por unos perros. Ante esta circunstancia, con una honda melancolía, el caballero se retira a su lecho y nunca más se levanta de él; desde el desmoronamiento de su fe en sí mismo Don Quijote deja palpitando para siempre el evangelio que pesa sobre nosotros, al reconocer que si bien el amor ideal es inalcanzable, en una realidad sin la posibilidad de soñar la vida no tiene sentido.