Cuando nuestra alma no puede alegrarse con la belleza del cielo, ni con los jardines, ni con la dulzura de la brisa, ni con la vista de las flores, no queda otro remedio sino el libro, pues el más hermoso jardín es un armario lleno de libros.
Las mil y una noches: el libro mágico
Es indudable que Miguel de Cervantes amaba los libros y que leyó muchos de ellos. En las páginas del Quijote, por ejemplo, se afirma que «el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho». Adicionalmente, el «segundo autor» en el que se ha desdoblado el propio Cervantes en el capítulo IX de la primera parte, cuenta que se interesa por los cartapacios y papeles que llega a vender un muchacho en el alcaná de Toledo, porque él es «aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles». Así, pues, desde una pasión tan singular, es comprensible que en el marco de toda la obra de Cervantes se encuentren muchos testimonios de reivindicación de la lectura como una actividad entrañablemente asociada a la condición humana.
Si pensamos en las cosas de las que pudo haberse rodeado una persona que teorizaba sobre la literatura, que polemizaba con sus contemporáneos acerca de las distintas expectativas frente a la escritura y que, a través de su obra, transmite la convicción de haber encontrado la verdad en los libros, es necesario admitir que esta persona disponía de una biblioteca para alimentar sus sueños y sus fantasías y, quizá, para sentirse más cómodo a la hora de aventurarse por la vida.
Los estudios e investigaciones de A. Cotarelo1, Joaquín Gil2 y, en Colombia, de Julián Motta Salas3, así como los del profesor Daniel Eisenberg4 han contribuido eficazmente a sustentar con argumentos muy convincentes la imagen de un Miguel de Cervantes poseedor de una biblioteca.
Básicamente las ideas hasta ahora expuestas se concentran en torno a las nociones de cómo no se encuentran en la obra de Cervantes afirmaciones que exalten la lectura de libros prestados, mientras sí, por ejemplo, aparece un Don Quijote que generosamente ofrece sus libros a los demás.
Otra consideración importante es la que permite modificar la idea tradicional según la cual el autor de unos relatos inmortales no podía comprar los volúmenes impresos porque eran inalcanzables para su pobre condición. Efectivamente, aunque el romanticismo exageró la infortunada situación económica de Cervantes, si bien hubiera sido más pobre que una araña, por lo menos, habría podido tener los libros que le regalaran sus amigos escritores o los enviados por los impresores, en atención a los versos de alabanza o de presentación escritos por él en las introducciones.
De igual manera, es preciso tener en cuenta que el no ser rico no implica necesariamente que se es enteramente pobre; en este sentido son muy significativos los documentos conservados que indican que Cervantes recibía en préstamo importantes cantidades de dinero ya que en los siglos de oro, al igual que en esta época de lata o de plástico, se le concedían créditos a quienes podían responder por ellos.
En alusión a los ingresos de Miguel de Cervantes, sus biógrafos han encontrado documentos que atestiguan que como alcabalero recibía un salario, que variaba entre 10 y 16 reales al día y, aunque no siempre los recibía con puntualidad, en cualquier caso sí eran unos dineros con los que podía contar. De otra parte, Cervantes pudo haber reunido algunos recursos adicionales por concepto de lo que hoy identificamos como «derechos de autor»; es así como por La Galatea pudo haber obtenido 1336 reales y por las Novelas exemplares 1600.
No se conservan documentos que permitan confirmar la cantidad de dinero del que se beneficiaría el autor del Quijote con las donaciones hechas por los nobles, o por las personas de poder, a las cuales solían dedicarse las obras durante los siglos xvi y xvii. Sin embargo, se sabe sí que Juan Rufo, uno de los amigos de Cervantes, disfrutó de 5500 reales, provenientes de Felipe II, a quien está dedicada La Austríada; de tal forma que alguna equivalencia en efectivo pueden indicar las muestras de agradecimiento dirigidas por Cervantes a sus protectores, al calificarlos de «firme y verdadero amparo» o «mecenas de nuestra edad».
Las posibilidades económicas que se derivan de los cálculos comentados, particularmente para nuestro propósito de argumentar que Cervantes podía comprarse uno que otro libro, se comprenden mejor al comparar lo recibido por él entre 1585 y 1602 como burócrata de mediano nivel, aproximadamente unos 3600 reales al año, con otros salarios de aquel tiempo: el capellán del duque de Béjar ganaba 1176 reales; carpinteros, pasteleros y jardineros tenían ingresos de 1080 reales; el «corrector de pruebas» del Quijote, tal vez trabajando solamente medio tiempo, cobraba 1471 reales anuales, mientras que a Esteban de Garibay le pagaban 80 000 maravedíes (2353 reales) como cronista real. Los actores de los días de Cervantes recibían de 3 a 5 reales al día para gastos de mantenimiento y se sabe que Agustín de Rojas, el autor del Viaje entretenido, obtenía 2800 reales al año por su trabajo como actor. A un comisario, que tenía el mismo rango en la administración que el ocupado por Cervantes, le pagaban 4 380 reales y un profesor de la Universidad de Valladolid, que era la que mejor pagaba en la España de la época, recibía 5 500 reales al año; obviamente sus ingresos no eran comparables con lo que ganaba un consejero de Felipe III: 400 000 maravedíes (11 764 reales), aparte de exoneraciones en los impuestos.
A finales del siglo xvi el salario de un oidor en América, que tenía por función sentenciar las causas y pleitos, era el de 9 706 reales al año, desde lo cual se puede suponer que, indudablemente, la situación de Cervantes hubiera sido más holgada de haber logrado el puesto que solicitó desempeñar en Guatemala, Santafé de Bogotá o Cartagena de Indias; aunque para un escritor, incluidos los de esta época de «prosperidad capitalista», las rentas anuales de uno de los hombres más ricos de España, Pedro de Toledo, para quien la hermana de Cervantes hacía camisas, bien podían formar parte de las ilusiones de Don Quijote: 770 000 reales al año.
Don Luis Astrana Marín en su novelesca Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes, con mil documentos inéditos y numerosas ilustraciones (1948-1958, en 7 volúmenes), dedica un apartado al «precio de los principales artículos de primera necesidad en tiempo de Cervantes»; por sus investigaciones se comprende que nuestro autor tenía lo suficiente para vivir, ya que con 50 reales al mes se podía alquilar una casa; la comida en una venta, incluyendo la cama por una noche, valía un real y con medio se pagaba la tarifa de una prostituta común; 110 reales podían ser suficientes para sobornar a un funcionario de la justicia. Pero, dejando de lado la necesidad de estos servicios, el dinero podía tener otro destino: 12 huevos costaban un real y 2 maravedíes (un real era igual a 34 maravedíes), una gallina 2 reales; un azumbre de vino (2 litros), que a lo mejor no eran suficientes para los tragones de unos siglos en los que reinó la «olla» que ya en el siglo xix degenerara en «puchero» y después en «cocido», 1/3 de real. Un hombre y una mujer podían entrar a los corrales de comedias a ver el espectáculo desde la parte posterior de los patios por medio real, y si se querían sentar el banco les costaba un real más.
No obstante, además de beber agua, el hombre necesita beber sueños para poder tener los influjos que exige el despliegue de la actividad creadora. Es así como, de acuerdo con las cuentas que hemos sacado, es manifiesto que Cervantes tenía los recursos suficientes como para poder echar libros en la cazuela en la cual se preparaban los caldos de su imaginación.
Efectivamente, en los siglos de oro el precio de los libros estaba controlado a partir de una tasa que fijaba el valor de un pliego entre 3 y 5 maravedíes; de tal forma que el ejemplar de la traducción de la Aminta de Torquato Tasso conservado en la Biblioteca Nacional de Colombia, costó en su época un real y medio, y el Monserrate de Cristóbal de Virués se vendería a finales del siglo xvi en 2 reales y medio.
La primera parte del Guzmán de Alfarache, que es un libro no explícitamente citado por Cervantes pero con el que es evidente que se mantiene un acusado diálogo intertextual en el Quijote, se podía comprar en Madrid por un poco menos de 6 reales.
Curiosamente, comparados con estos precios, las obras de Cervantes eran más caras, ya que la primera parte del Quijote y las Novelas exemplares costaban 8 reales y medio.
Los proveedores de libros de Cervantes, que a lo mejor tuvieron que fiarle más de una vez, bien pudieron haber sido sus amigos Blas y Francisco Robles, que eran libreros del Rey y publicaron cuatro obras del mismo don Miguel. El vínculo entre Cervantes y Francisco era tan íntimo que Francisco Vindel llegó a sugerir que era el «amigo» mencionado en el prólogo del Quijote.
Más allá de las consideraciones expuestas, otro elemento que testimonia la cercanía que debió de mantener Miguel de Cervantes con los libros se puede sentir a través de las frecuentes menciones que incorporó en sus obras en torno al arte de imprimir y a la condición física de algunos volúmenes.
Cuando Don Quijote visita la imprenta de Barcelona, se enfrenta a todo el artificio que se encierra en ella, mientras ve «tirar en una parte, corregir en otra, componer en ésta, enmendar en aquella».
Y es tal el grado de personificación que alcanza el libro por la pasión de Cervantes, que, en el escrutinio de la biblioteca de Don Quijote, cuando el barbero toma entre sus manos el Don Belianís, trasladando la cólera del héroe al libro, el cura recomienda que al ejemplar se le purgue dándole un poco de colagogo preparado con raíz de ruibarbo.
La amplitud de la mente de un escritor poseedor de una cultura y de una erudición especial, se apoyó grandemente en su ansia de saber, en su inteligencia y en su extraordinaria memoria; pero, indudablemente, la adoración de los libros y la vehemencia sentida por el espectáculo de la vida, participaron hondamente en la invención de un personaje convencido de que el mundo es como su biblioteca y que, como ha indicado Umberto Eco, creía que así era y que, por lo tanto, intenta «encontrar en el mundo los hechos, aventuras y damas que su biblioteca le había prometido».
Así, pues, la biblioteca de Don Quijote coincide en lo esencial con la que pudo haber sido la biblioteca del propio Cervantes: una colección de libros que expresa la preferencia por las obras en las que predomina la imaginación o la historia poetizada; es decir, escasean en ella las «historias verdaderas» o los libros de devoción5, porque lo que interesa particularmente es aproximarse a una versión novelesca de la vida, desde la lectura y la vivencia de «historias imposibles que se desarrollan en mundos posibles, en los que el lector perdía el sentido de los límites entre la ficción y la realidad»6.
En la desierta sala el silencioso libro viaja en el tiempo.
Jorge Luis Borges, Ariosto y los árabes
Apoyados en el convencimiento de que en algún lugar, de cuyo nombre tampoco queremos acordarnos, existió una biblioteca creada por Miguel de Cervantes, nos hemos propuesto rehacerla a partir de los libros antiguos conservados en los fondos de la Biblioteca Nacional de Colombia. Fundamentalmente, nos orientamos por las referencias que se derivan de la escritura del mismo Cervantes, resistiéndonos a ceder a la tentación de introducir libros cuya inclusión resulta excesivamente hipotética, como es el caso de las crónicas de Indias ya que, con excepción de los Comentarios reales, es muy difícil atreverse a argumentar cuáles pudo haber tenido don Miguel y cuáles no.
En primer lugar, ofrecemos los volúmenes que preservan las obras escritas por el propio Cervantes y a continuación, distribuidas en grupos organizados con una intención eminentemente práctica, presentamos las obras citadas por Cervantes, o las que mencionó indirectamente, y que, no obstante, son identificables. De igual forma, insertamos algunos libros de los que el autor del Quijote no se ocupa, pero que los estudiosos han indicado que con mucha seguridad pueden haber hecho parte de las lecturas de Cervantes o de sus fuentes literarias.
Aunque no es posible reunir en su totalidad la biblioteca de Cervantes y es utópico suponer que, aparte de la borgiana biblioteca de Babel, exista alguna en la que reposan ejemplares de las mismas ediciones sostenidas por su mano, los libros mostrados, todos pertenecientes a los siglos xvi, xvii y xviii, permiten trazar un horizonte lo suficientemente equilibrado de la literatura española de los siglos de oro y aproximan hermosamente al arte de narrar de Cervantes, orientado hacia lo mítico y ficticio.
Efectivamente, el material seleccionado testimonia de una manera apasionante que, en buena medida, la obra de Cervantes, y particularmente el Quijote, surge de la activa presencia de otros libros. Es así como los temas tradicionalmente acogidos por la literatura aparecen unidos por la clara intención de vivir, más que de leer, a través de los libros. Cuando Don Quijote le pregunta a Ginés de Pasamonte si el libro que ha dejado empeñado en la cárcel por 200 reales está terminado, el pícaro le responde que «cómo puede estar acabado, si aun no está acabada mi vida» (I, 22). Tal como indicó Américo Castro7, el Quijote, más allá de ser una compaginación vivencial de lecturas caballerescas, pastoriles o históricas, «debe su existencia tanto a una tradición de formas y géneros literarios como a una tradición de maneras de ser vivida la literatura»8.
Así, pues, aquí están los libros, con el anhelo de ser no solamente bodegas del saber, sino graneros en los que la palabra impresa puede alcanzar la calidad de un trigo que participa en nuestras vidas por su influyente vitalidad. Los libros de la Biblioteca Nacional de Colombia que se exhiben en esta muestra están también «encantados», y pueden entonces infiltrarse de tal forma en nuestras vidas que, al igual que a Don Quijote o a Santa Teresa de Jesús, por la fuerza de sus conjuros nos pueden cambiar el corazón y la existencia si tenemos la voluntad de querer imitar y realizar lo que en ellos se lee.
Notas: