La obra del primer escritor americano de raza indígena, que en virtud de su origen mestizo produjo una especial curiosidad durante el Siglo de Oro, no pudo haber sido ignorada por Miguel de Cervantes quien, aparte de leer todo lo que caía en sus manos, buscando víveres para la Armada del Rey deambuló por Andalucía desde 1587 y llegó al pueblo de Montilla en diciembre de 1591; es decir, un mes después del traslado del Inca de Afontilla a Córdoba.
Al aportar esta información, con lamento Raúl Porras Barrenechea comenta de este episodio que, desgraciadamente, no coincidieron ni los derroteros ni tampoco la constelación de estos dos magníficos autores, como si «un sino clarísimo apartara a Cervantes de las Indias»1 una vez más. Sin embargo, el Inca Garcilaso y Cervantes sí se encontraron en los caminos por donde, según el ideal literario expuesto con claridad en el Quijote, sin empacho alguno corrió la pluma de ambos autores en la búsqueda de los víveres necesarios para encaminar el ingenio y la invención hacia el hallazgo de una «escritura desatada» próxima a la perfección.
En la introducción a su edición de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, Rodolfo Schevill y Adolfo Bonilla precisan que en la composición de los dos primeros libros de esta novela se evidencia con claridad que Miguel de Cervantes recreó las costumbres de los indígenas de América, evocando la Primera parte de los comentarios reales, que fue publicada por el Inca Garcilaso en vida de Cervantes (Lisboa, 1609). Esta afirmación se torna innegable al leer con atención el capítulo 12 del primer libro del Persiles, pues, para describir algunas admirables tradiciones de la isla de Mauricio, Cervantes transcribe con fidelidad lo relatado por el Inca en los Comentarios; de tal manera que este hecho indica no solamente que, al igual que tantos otros europeos, don Miguel leyó con fervor al escritor mestizo, sino que la novela tan reiterativamente anunciada por Cervantes en varios pasajes de su obra se comenzó a escribir después de los años de 1608-1609.
Las «insólitas costumbres» que se narran en el Persiles aluden a la usanza existente en la isla que permite que los familiares cercanos del novio «entren de uno en uno, a coger las flores de su jardín y a manosear los ramilletes que ella quisiera guardar intactos para su marido». Y, curiosamente, ya el Inca había referido en su obra que «en otras provincias corrompían la virgen que se había de casar los parientes más cercanos del novio y sus mayores amigos».
Otros detalles incorporados por Cervantes al Persiles que se manifiestan como claras remembranzas de los Comentarios de Garcilaso, se pueden ubicar en la historia de Pedro Serrano, quien se perdió en un naufragio y llegó nadando a una isla despoblada, en la que vive durante tres años. También las alusiones del Inca a las hechiceras que vaticinaban el porvenir son evocadas en algunos personajes cervantinos; tal es el caso de la judía que envenena a Auristela, y el de la terrible Zenotia que encanta al joven Antonio:
Mi nombre es Zenotia; soy natural de España, nacida y criada en Alhama, ciudad del reino de Granada [...]. Salí de mi patria habrá cuatro años, huyendo de la vigilancia que tienen los mastines veladores que en aquel reino tienen del católico rebaño; mi estirpe es agarena; mis ejercicios, los de Zoroastes, y en ellos soy única. ¿Ves ese sol que nos alumbra? Pues si, para señal de lo que puedo, quieres que le quite los rayos y le asombre con nubes, pídemelo, que haré que a esa claridad suceda en un punto oscura noche; o ya, si quieres ver temblar la tierra, pelear los vientos, alterarse el mar, encontrarse los montes, bramar las fieras, y otras espantosas señales que nos presenten la confusión del caos primero, pídelo (Libro II, IX).
Notas: