En contraste con las convicciones de Lope, Cervantes, al menos en el Quijote, manifiesta su preferencia por lo admirable y, distante del aristotelismo, concentra la verosimilitud de su escritura no en su confrontación con los patrones de la cotidianidad o con las nociones de las autoridades clásicas, sino en la posibilidad de alcanzar una impresión de veracidad y de autenticidad en el ánimo de sus lectores. Por ello, si bien el teatro de Lope se impone, pues no en vano durante el siglo de oro el género dramático es el más vinculado a la vida real, las innovaciones literarias de Cervantes fueron las preferidas por el público, a pesar del rechazo de los intelectuales conservadores.
Lope había atiborrado de una erudición afectada tanto su Arcadia, que ofrece un índice de más de sesenta páginas de «autoridades», como su novela de corte bizantino El peregrino en su patria —de la cual tenemos en Santafé de Bogotá un ejemplar de la segunda edición (1605)—. Y su censura a Cervantes, obviamente, no se quedó sin respuesta, pues, en este sentido «el manco de Lepanto» se revela como «nada mocho» a la hora de responder, o mejor, a la hora de expresar su independencia frente a algunos tópicos de las prácticas literarias de su época, que determinaban en Lope la excesiva presentación de sonetos de homenaje a sus libros, escritos por él mismo a nombre de afamados personajes.
En el prólogo de 1605, Cervantes ridiculiza con claridad los preceptos de la fabulación pretendidamente erudita al declarar irónicamente que su obra «es una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro [...]. También ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos».
Indudablemente, en este pasaje aparece una clara referencia a Lope de Vega, ya que en la primera edición del poema épico La hermosura de Angélica, que hemos descubierto en la Biblioteca Nacional de Colombia, podemos leer doce alabanzas que aparecen firmadas por un príncipe, un marqués, dos condes, y dos mujeres; sin embargo, fue el mismo Lope quien tal vez escribió todos estos bellos poemas.
El autor del Quijote cuenta que fue salvado de sus dudas ante la erudición por un oportuno amigo que, con pocos escrúpulos, le recomienda citar a diestra y siniestra los lugares comunes de la sabiduría humanista, histórica y bíblica, a la cual también él puede acogerse para presumir y poder ser tenido por «hombre elocuente».
Sin embargo, este burlón amigo, llama la atención del autor recordándole que su Quijote «es una invectiva contra los libros de caballerías, de quien nunca se acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón, ni caen debajo de la cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las observaciones de la astrología; ni le son de importancia las medidas geométricas». Es decir, el Quijote estará en relación con libros poco o nada «científicos» y es por ello que le convida a mantener su obra dentro de los límites de una estética y de una espiritualidad tal que «leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla».
La variedad narrativa de la novela pastoril estuvo relacionada con otras realizaciones literarias de su época, particularmente con ciertas obras italianas, como la Arcadia de Jacobo Sannazaro que, sin ser una novela, constituye un buen mosaico de invocaciones clásicas, y de la que tenemos en Bogotá un ejemplar veneciano de 1581; también, Los diez libros de fortuna de amor de Antonio de Lofraso, una colección de novelas pastoriles con mucha variedad de invenciones poéticas, participaron en la gestación y en el desarrollo del género en España. Cuando el barbero le anuncia al cura que hay un ejemplar de ellos en la biblioteca de Don Quijote, dice el inquisidor religioso:
Por las órdenes que recibí, que desde que Apolo fue Apolo, y las musas musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ése no se ha compuesto, y que, por su camino, es el mejor y el más único de cuantos de ese género han salido a la luz del mundo, y el que no le ha leído puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto. Dádmele acá, compadre; que preciso más haberle hallado que si me dieran una sotana de raja de Florencia.
A través de tres libros del siglo xvi pertenecientes al sorprendente Fondo Cuervo de la Biblioteca Nacional, podemos sentir aun los ecos de la repercusión de la filosofía neoplatónica, característica del Renacimiento, que llegó a España procedente de Italia y que habría de influir grandemente en la Diana de Montemayor y en La Galatea de Cervantes: Gli asolani de Pietro Bembo, El cortesano de Baldassare Castiglione y Los diálogos de amor de León Hebreo.
Para Bembo el amor humano está rodeado de un sentimiento de angustia, por las limitaciones que la mente y el corazón humanos advertirán siempre en sus realizaciones, e insistía en que muchos suspiros y lágrimas se podrían obviar, si la mente del enamorado se concentraba únicamente en la belleza espiritual del ser amado. Sin embargo, la portada parcialmente quemada de nuestro ejemplar veneciano de 1540, alude a la complejidad existencial que se deriva de los intentos de vencer la sensualidad por medio de una «razonable voluntad».
Con León Hebreo el amor humano también se espiritualiza, pero situado en un ambiente de amor divino; sus planteamientos formulaban la necesidad de traspasar los límites de lo posible uniendo las almas por medio de la comunicación de sus mentes y la fusión de sus voluntades, para superar la unión física de los cuerpos.
No obstante, estas ideas estimulan en España las creaciones imaginativas, más que las imitaciones académicas, porque el acento se pone «en cargar la responsabilidad del artista más en su función de suscitar visiones maravillosas que de predicar sermones»2. De tal manera que en la Península los temas amorosos y pastoriles se recrean y triunfan bajo formas novelescas, porque, como representantes de un género fantástico, son las más propicias para distanciarse de la realidad y, continuando la tradición de los libros de caballerías, seguir ejerciendo el derecho de presentar a los lectores un mundo embellecido e ideal, a través de una fantasía desenfrenada y unos sentimientos orientados hacia la conquista de lo imposible. Desde estas perspectivas se comprende mejor por qué, justamente, son las novelas las que le hacen perder el juicio a Don Quijote.
Notas: