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El conjuro de los libros

Amor ideal y realidad humana

Miguel de Cervantes, la novela pastoril y la literatura amorosa(1 de 2)

Eso no puede ser —respondió Don Quijote—: digo que no puede ser que haya caballero andante sin dama, porque tan propio y tan natural les es a los tales ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a buen seguro que no se haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores; y por el mesmo caso que estuviese sin ellos, no sería tenido por legítimo caballero, sino por bastardo, y que entró en la fortaleza de la caballería dicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladrón.

Don Quijote de la Mancha (capítulo XIII de la Primera Parte)

La Diana de Jorge Montemayor, la Diana enamorada de Gil Polo y El Abencerraje
El mundo embellecido

Quizá para reforzar su mentira de haber visitado a Dulcinea, Sancho logra que Don Quijote se arrodille ante una labradora montada en un burro; el Caballero de la Triste Figura ve la fealdad de la mujer que tiene delante pero no la asume, porque cree que los encantadores que lo persiguen le han nublado la vista (Don Quijote, capítulo X de la Segunda Parte). De la misma forma, el embellecimiento del amor que se había desarrollado en la literatura española del siglo xvi se resiste a doblegarse ante las demandas de la vida cotidiana y, por lo tanto, las ficciones pastoriles se hacen novela en España, sobre todo desde la publicación de la Diana de Jorge de Montemayor en 1559, que es continuada por la Diana enamorada de Gaspar Gil Polo en 1564.

En la primera se exalta un «buen amor» que procura la unión espiritual de los amantes, y un «mal amor» que surge del deseo por la satisfacción física; pero ambas formas desembocan en una pasión ineludible que supera a la razón y que, a pesar del sufrimiento que arrastra, dignifica la vida humana. Gil Polo encauza su narración por rumbos diferentes al exponer un amor en el que la voluntad se mantiene libre y es orientado por la razón, y que conlleva a la alegría aceptando la satisfacción de los sentidos en el marco del matrimonio. En medio de todos sus contrastes, estas dos novelitas indican los complejos intentos literarios que participaron en el proceso de tránsito del amor desde los cielos hasta la realidad.

[Portada de libro] Versos de Francisco de Rioja, 1614.
[Portada de libro] «El pastor de Phílida», de Luis Gálvez de Montalvo.

Cervantes expresó su familiaridad con las novelas pastoriles, aparte de su particular recreación del género en La Galatea, incluyendo a las Dianas en el anaquel de «poesía» de la biblioteca de Don Quijote, y salvándolas de acrecentar el número de los cuerpos condenados en el corral, por considerar que no harían el daño producido por los libros de caballerías por ser «libros de entendimiento sin perjuicio de tercero» (Quijote, capítulo VI de la Primera Parte). También el perro Berganza habla de ellos por haberlos oído leer a la dama de su amo (Coloquio de los perros).

Jorge de Montemayor estaba muy al tanto del éxito de las narraciones caballerescas y por ello, al igual que en el Quijote, las lecturas de Amadises y Palmerines dejaron huellas en su novela; especialmente, los motivos mágicos que resurgen en los ambientes maravillosos de la Diana, en torno al libro encantado de la sabia Felicia, que tiene la virtud de despertar a los pastores cuando le tocan, o a la prodigiosa bebida que cura las heridas.

[Portada de libro] «El Abencerraje». Antonio de Villegas  (1605).

El Abencerraje. Antonio de Villegas (1605).

Probablemente, en concordancia con esta actitud los impresores astutos incluyeron, desde 1561, El Abencerraje en el libro IV de la Diana, para intensificar su atmósfera caballeresca. Se trata de una obra anónima —de la que existe una preciosa segunda edición del siglo xvi en la Biblioteca Nacional— y que fue recordada por Don Quijote cuando, en su desgracia, evoca el momento en el cual el alcalde de Antequera, Rodrigo de Narváes, prende al moro Abindarráez; aunque la leyenda contaba que don Rodrigo había restituido la libertad al moro por demostrar fidelidad al regresar a someterse ante él con su amada Jarifa. En cualquier caso, El Abencerraje es una de las primeras novelas moriscas escritas en castellano; Menéndez y Pelayo la considera «un dechado de afectuosa naturalidad, de delicadeza, de buen gusto».

Lope de Vega
Un demonio en pena jamás arrepentido

Entre 1562 y 1635 vivió un escritor muy prolífico, que sobresalió como un dramaturgo y poeta lírico de primerísimo orden: Lope Félix de Vega y Carpio, a quien le correspondió vivir coexistiendo con las grandes figuras de la generación anterior a él, la de Miguel de Cervantes, y con los representantes de la posterior, la de Francisco de Quevedo. Obviamente, la coincidencia en la corte de unas personalidades tan complejas, en un momento de especial significación para la presencia social de la literatura, determinó los conflictos que en muchas ocasiones rodearon sus relaciones. Es así como Lope le disputa a Cervantes su influencia como prosista y, de otra parte, arremete contra Góngora y sus seguidores.

De todas formas, la obra de Lope intensificaría en la vida de la literatura el agudo asunto de las relaciones entre la poesía y la experiencia vital, al punto que su escandalosa vida se constituyó en un referente que contrastaba hondamente con los ideales de los amantes de la tradición literaria. Los grandes capítulos de la obra de Lope se pueden trazar a partir de los nombres de las mujeres a las que les consagró su vida: Elena Osorio, una actriz casada y mayor que él, que lo mezcló en un proceso infamatorio al que le siguió el exilio y la reclusión en la Armada Invencible; Isabel de Urbina, una muchacha con la que se escapó antes de alistarse y quien, forzosamente, fue su primera esposa; Micaela de Luján; Juana de Guardo, su segunda esposa, con la cual fijó su residencia en Madrid en una casa propia y la que, con su muerte, determinó la crisis religiosa y el sacerdocio de Lope tras enviudar; y, finalmente, Marta de Nevares, con quien compartió su vida doméstica y a quien atendió con fervor en su ceguera y locura, hasta el momento de su muerte, ocurrida tres años antes de la del poeta.

[Portada de libro] Lope Felis de Vega, «Jerusalén conquistada. Epopeya trágica». Juan de la Cuesta (Madrid, 1609).

Lope Felis de Vega, Jerusalén conquistada. Epopeya trágica. Juan de la Cuesta (Madrid, 1609).

Las diferencias entre Cervantes y Lope están determinadas por sus actitudes divergentes en torno a las disposiciones aristotélicas y, por lo tanto, su revisión permite una aproximación muy interesante a las condiciones que rodearon la gestación de la novela moderna. En primer lugar, sobresale la orientación conservadora de Lope de Vega en sus juicios sobre la ficción en prosa y, en particular, sobre la obra cervantina, a pesar de la tímida lisonja que el «monstruo de la naturaleza» le dedica a Cervantes en la presentación de su novela Las fortunas de Diana: «En España [...] también hay libros de novelas, de ellas traducidas de italianos y de ellas propias, en que no faltó gracia y estilo a Miguel de Cervantes».

Sin embargo, en la misma introducción Lope le niega la dignidad a las Novelas exemplares de Cervantes, al afirmar que las historias de entretenimientos podrían ser trágicas y que «habían de escribirlas hombres científicos o por lo menos grandes cortesanos, gente que halla en los desengaños notables sentencias y aforismos»1.

Es decir, espíritus contrarios a los de Cervantes quien, lejos de ser un «gran cortesano» fue un hombre que anduvo por los caminos ejerciendo sus funciones de alcabalero y un escritor de vanguardia que se resistió a limitar las posibilidades de su escritura a los marcos de la erudición vacía. Los planteamientos de Lope fueron recurrentes en él; es así como en La Arcadia, de la que se conserva en la Biblioteca Nacional una de las primeras cinco ediciones, el pastor Danteo insiste en que «ha de saber el poeta todas las ciencias, o a lo menos principios de todas [...]. Ha de saber ni más ni menos el trato y manera de vivir y costumbres de todo género de gente; y finalmente, todas aquellas cosas de que habla, trata y se vive, porque ninguna hay hoy en el mundo tan alta o ínfima de que no se le ofresca tratar alguna vez, desde el mismo Criador hasta el más vil gusano y monstruo de la tierra».

Las fórmulas de ese estilo son las que motivan la pretenciosa incorporación de «materiales científicos» en las novelas de Lope en las que, efectivamente, abundan datos geográficos e históricos que desembocan a veces en patéticos disparates, como la «científica» aseveración de cómo Fernando el Católico envió un virrey a Cartagena de Indias en la época de la guerra de Granada.

 

Notas:

  • (1) Novelas a Marcia Leonarda, edición de Francisco Rico, Madrid, 1968. volver
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