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Don Quijote de la Mancha

Cervantes: teoría literaria (1 de 4)

Por Edward C. Riley

Hay escritores, hay críticos y hay escritores-críticos. Cervantes fue uno de estos últimos. No escribió ningún tratado o discurso sobre la poesía como Torcuato Tasso, ningún arte poética en verso como el Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega. Con todo, su obra literaria embebe un sustancioso compendio de teoría y crítica literaria: se encuentra en los diálogos entre los personajes y en las observaciones del narrador, sobre todo en el Quijote, el Viaje del Parnaso, la comedia del Rufián dichoso y, más al paso, en algunas de las Novelas ejemplares (La gitanilla, El licenciado Vidriera, La ilustre fregona y El coloquio de los perros). A estas deben añadirse las importantes contribuciones de casi todos los prólogos publicados al frente de sus obras.

En cuanto escritor deseoso de expresar sus ideas sobre el arte que practica, Cervantes no se distingue esencialmente de otros de su siglo. Pero se diferencia, si no totalmente, al menos en gran medida, por la manera en que llega a incluir en sus consideraciones la misma obra que las contiene. El ejemplo más destacado de tal autocrítica es, por supuesto, el Quijote. En cierto sentido, toda obra literaria es producto de un proceso autocrítico, pues no se puede componer sin tener en cuenta ciertos criterios y convenciones. No es obligado ni necesario, sin embargo, hacer que estos se transparenten ni se comenten. La autocrítica que encontramos en el Quijote representa un acto de reflexión en el que vienen a prolongarse las consideraciones sobre la prosa de ficción integradas con toda naturalidad en el asunto principal de la historia narrada.

El Quijote llega como culminación de más de un siglo de experimentación —sin paralelo en la Europa de entonces— en el campo novelístico. Cervantes es uno de los más asiduos en la experimentación, según vemos en la variedad de sus escritos. Aun más que cualquiera de sus antecesores, fueran estos autores de diálogos, novelas picarescas o romances caballerescos, pastoriles o griegos, Cervantes, al escribir el Quijote, se halla practicando un género en buena medida nuevo y, de todos modos, falto de un conjunto tradicional de preceptos, es decir, falto de una poética propia.

Ocurre así por más que el Siglo de Oro, producto del Renacimiento con su renovado clasicismo, esté imbuido de cultura preceptista. Para la novela no había más remedio que apropiarse, en lo posible, el contenido de los abundantes tratados de poesía y retórica. Los grandes principios generales, como las ideas sobre la inspiración, la invención, la unidad, la imitación, etc., se adaptaron sin dificultad. Pero habría que esperar siglos enteros para que la novela se viera tratada como género independiente y no solo como una variedad de la poesía. El prestigio de los antiguos lo dominaba todo y, según observa Cervantes a propósito de los libros de caballerías, de estos «nunca se acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón» (I, Pról., 17). En los escritos teóricos sobre la prosa de ficción se encuentran poco más que observaciones dispersas sobre los libros de caballerías, los otros romances y las novelle italianas. A lo que se sabe, Cervantes había ponderado, como pocos o ninguno antes que él, los principios y condiciones del arte de novelar.  

Como era de esperar, su teoría está arraigada en las poéticas clásicas y contemporáneas, pero rebasa los límites de ambas. No se puede afirmar con certeza absoluta cuáles son las fuentes principales de sus ideas —aparte de las autoridades primarias como Platón, Aristóteles, Horacio y Cicerón, comunes a todos—, porque no las cita a la letra, sino que, al parecer, se vale principalmente de la memoria. Sin embargo, no cabe duda de que había leído mucho, tanto autoridades italianas como españolas. De vez en cuando se ve una correspondencia, que parece ser algo más que fortuita, con algún pasaje de Torcuato Tasso, Giraldi Cinthio, Alessandro Piccolomi, Minturno y tal vez Castelvetro, entre los italianos. Entre los españoles, las fuentes más probables parecen ser Alonso López Pinciano, Luis Alfonso de Carvallo y Miguel Sánchez de Lima. Hay otros marginales, españoles e italianos, como Juan Luis Vives, Baldassare Castiglione o Juan Huarte de San Juan.

Es muy posible que Cervantes empezara a familiarizarse con la teoría italiana durante los años de su estancia en Italia entre 1570 y 1575. Sin embargo, varios de los tratados que más probablemente conocía son de fechas posteriores. Y aunque el aristotelismo no esté ausente de La Galatea, es incomparablemente más acusada su presencia en el Quijote de 1605. Tradicionalmente se ha supuesto que la lectura que hizo Cervantes de la Philosophía antigua poética (1596) del Pinciano fue determinante, pero igual lo pudo ser la de los Discorsi de Tasso (desde el decenio de los ochenta). Es difícil tener alguna seguridad. Cervantes no era de los que citaban los dichos de los preceptistas para hacer alarde de erudición, como Lope de Vega en alguna que otra ocasión.

Otra fuente de sus opiniones al respecto fueron tal vez las academias que frecuentó durante los últimos años de su vida, donde pudo tomar parte en las discusiones de crítica y teoría. Finalmente, no debe olvidarse su propia experiencia de escritor, otro impulso, sin duda, de sus ideas teóricas.

Hay una rama de la crítica española del siglo xvi que vuelve a florecer en el Quijote. Me refiero a los comentarios sobre los libros de caballerías, comentarios dispersos, ciertamente, pero que se encuentran no solo en tratados críticos, sino también en escritos de otro tipo. Desde el comienzo de su renovada popularidad, inaugurada por el Amadís de Gaula a principios de siglo, los libros en cuestión habían sido blanco de censuras y juicios adversos pronunciados por teólogos, humanistas y otros intelectuales. Las opiniones favorables eran muy pocas. Los libros fueron reprobados más que nada por lascivos e indecentes y, por ahí, por poner en peligro la virtud de las doncellas aficionadas a su lectura. Según Juan Luis Vives, un padre podía encerrar con toda precaución a su hija, pero «déjale un Amadís en las manos y deseará peores cosas que quizá en toda la vida». Vives, Erasmo, Juan de Valdés, Malón de Chaide y muchos más expresaron su desaprobación con razones vehementes. No solo se censuraba la falta de moralidad; también fueron criticados estos libros por razones estilísticas: por estar mal construidos y peor escritos. Finalmente, sus detractores los condenaban por mentirosos, insensatos e increíbles.  

A veces, los mismos autores de los libros caballerescos (tales como Oliveros de Castilla, Las sergas de Esplandián y Don Olivante de Laura, por ejemplo) demostraban ser conscientes de esta acusación, ocasionando una autocrítica adulterada por una ironía poco convincente. Pero valgan por todos estas palabras del Pinciano (Philosophía antigua poética, epístola quinta): «las ficciones que no tienen imitación y verisimilitud no son fábulas, sino disparates, como algunas de las que antiguamente llamaron milesias, agora libros de caballerías, los cuales tienen acaecimientos fuera de toda buena imitación y semejanza a verdad».

Todas estas censuras se encuentran en el Quijote puestas en boca de distintos personajes o bien se dejan inferir de la misma historia. La supuesta lascivia se trata más bien por su lado ridículo, como cosa de risa. ¿Cómo no acordarse de aquella doncella «con toda su virginidad a cuestas», que andaba «de monte en monte y de valle en valle» y al fin «se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido» (I, 9, 106-107)? Más directos son los reparos críticos a cuenta de los defectos de estructura o de estilo verbal. Sin duda el más memorable es el que cita las palabras de Feliciano de Silva sobre «la razón de la sinrazón que a mi razón se hace» (I, 1, 38), razones suficientes para enloquecer al hidalgo de una vez. Pero la crítica más sentida y poderosa es, con mucho, la de que los romances caballerescos son extravagantes, increíbles y absurdos. No es necesario aducir ejemplos: tal opinión impregna la novela entera y contribuye en mucho a su comicidad.

Las cuestiones teórico-críticas están ensambladas en el Quijote de tres maneras: directamente (como tema de diálogo o discurso, como núcleo de la locura del héroe y como móvil de su conducta), y en su aplicación directa o indirecta a la misma novela de Cervantes.

Las grandes discusiones se encuentran fundamentalmente en la Primera parte. Se inician con el escrutinio de la biblioteca de don Quijote, en el que se enjuician obras en su mayoría individuales: libros de caballerías, romances pastoriles y obras de poesía, épica y lírica (I, 6). Los juicios se hacen progresivamente menos severos al repasar estos géneros. Luego vienen las opiniones expresadas por el cura y el ventero, en particular sobre los libros de caballerías que hay en la venta (I, 32). En tercer lugar, los diálogos del canónigo de Toledo con el cura sobre los libros caballerescos y las comedias, y del canónigo con don Quijote otra vez sobre aquellos (I, 47-50). Es aquí donde más se profundiza en los problemas literarios.

En la Segunda parte del Quijote el tema reaparece, pero con menor frecuencia y extensión. La discusión más importante es la de don Quijote y Sancho Panza con el bachiller Sansón Carrasco (II, 3-4). Con un cambio de dirección extraordinario, se centra ahora en la Primera parte de la propia novela. Más tarde se lee el discurso de don Quijote sobre la poesía (II, 16). Finalmente, el tema literario surge con brevedad en pocas ocasiones, como por ejemplo al comienzo del capítulo 44, sobre la unidad de la obra.

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