Por Francisco Rico
Por agosto de 1604, cansado quizá de mendigar entre grandes señores y «poetas celebérrimos» sin dar con ninguno «tan necio que alabe a don Quijote» (o así lo contaba la mala lengua de Lope de Vega), Miguel de Cervantes debió de decidirse a componer él mismo los versos burlescos que ocupan en el Ingenioso hidalgo el lugar que en otros volúmenes de la época corresponde a una sarta de loas al autor y a la obra; y en la misma sentada hubo de escribir también la «prefación» en que ajusta las cuentas con «la inumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse» (I, Pról., 10).
La concentración en las piezas preliminares supone que el resto del Quijote estaba ya en vías de publicación. Pocos o muchos meses atrás (los trámites administrativos solían ser largos), Cervantes, pues, había presentado al Consejo de Castilla el original de la novela (acaso titulada entonces El ingenioso hidalgo de la Mancha), solicitando la licencia indispensable para imprimirla, y sin duda tenía apalabrada la edición con Francisco de Robles, acreditado «librero del Rey nuestro Señor» y hombre de negocios diversos (y de diversos grados de licitud). Como editor, Robles no mostró nunca demasiado interés por la literatura, pero el éxito del Guzmán de Alfarache le tuvo que hacer ver las posibilidades comerciales de la narrativa de aire realista, y en 1603 las tanteó con buen pie sacando a la luz el Viaje entretenido de Agustín de Rojas; de suerte que no vaciló en apostar fuerte por el Quijote e invertir en él un mínimo de entre siete y ocho mil reales.
Mientras el papel se llevó casi la mitad del presupuesto (y al autor le tocaría alrededor de un quinto), solo la cuarta parte del total, aproximadamente, estaba destinada a pagar, a siete reales y medio por resma, la composición e impresión del libro. Robles confió esa tarea, cuando lo hiciera, a uno de los más aceptables entre los pocos talleres que el traslado de la Corte había dejado a orillas del Manzanares: la vieja imprenta de Pedro Madrigal, ahora propiedad de la viuda, María Rodríguez de Rivalde, cuyo yerno desde 1603, Juan de la Cuesta, actuó de regente entre 1599 y 1607, año en que salió huyendo de Madrid (aunque su nombre perviviera cerca de dos decenios más en los productos de la casa).
El original presentado por Cervantes al Consejo Real seguramente no fue, desde luego, un manuscrito autógrafo, sino una copia en limpio realizada por un amanuense profesional particularmente atento a la claridad de la escritura y la regularidad de las páginas. Tal era el proceder seguido en la inmensa mayoría de los casos (si no se trataba de una reimpresión), tanto para hacer más cómoda la lectura a censores y tipógrafos como en especial para que la imprenta —donde los libros no se componían siguiendo el orden lineal del texto, porque no lo permitía la escasez de tipos— pudiera calcular fácilmente qué partes de un manuscrito en prosa equivalían a cada una de las planas discontinuas del impreso contenidas en una forma, es decir, en una cara del pliego.
Una vez acabado por el amanuense, ese original era comúnmente revisado por el autor, para colmar lagunas, tachar o corregir ciertos fragmentos e incluir adiciones marginales, entre líneas, en banderillas o en folios intercalados o añadidos al final. Tales modificaciones, y otras menores o mayores, hasta afectar a la misma estructura de la obra (redistribuyéndola, por ejemplo, en libros y capítulos), se introducían a veces mediante signos de llamada o indicaciones expresas que remitían de unos lugares del manuscrito a otros, con el consiguiente peligro de confusiones por parte de los cajistas. Es lícito conjeturar que algunas de las anomalías más ostensibles en el Quijote (omisiones, rupturas de la continuidad, epígrafes erróneos, etc., etc.), tanto si son culpa del novelista como si se deben a los impresores, tienen su origen en semejante modo de trabajar.
Sería, pues, un original con no pocas variaciones respecto al autógrafo el que llegara al Consejo y, desde ahí, a los censores encargados de aprobarlo, para que a su vez el escribano Juan Gallo de Andrada lo rubricara página por página y el secretario Juan de Amézqueta despachara el oportuno privilegio real a 26 de septiembre de 1604. Hay indicios para sospechar que la novela no escapó de la censura enteramente indemne: así, la incongruencia del momento en que se precisa que don Quijote «queda descomulgado por haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada» (I, 19, 206) tal vez responda a la conveniencia de salvar desmañadamente el expurgo o la objeción de un espíritu escrupuloso. Pero no podemos saber si Cervantes, como a menudo se hacía, insertó todavía cambios en el original rubricado.
En cualquier caso, la imprenta hubo de ponerse inmediatamente a la labor. En efecto, el conjunto del Ingenioso hidalgo es un volumen de seiscientas sesenta y cuatro páginas, en ochenta y tres pliegos en cuarto (conjugados, salvo el primero y los dos últimos, en cuadernos de dos pliegos); pero los ochenta que constituyen el grueso del libro, del comienzo del relato al «Fin de la tabla» (aparte, pues, los preliminares), se compusieron y tiraron en los dos meses justos que median entre el 26 de septiembre y el primero de diciembre de 1604. No nos las habemos, ciertamente, con ninguna obra maestra de la tipografía: todo ahí, desde el papel del Monasterio del Paular hasta la letra del texto (una atanasia: a grandes rasgos, una redonda de la prole de Garamond, del cuerpo doce), se mantiene en el nivel medio de la imprenta española de la época, un nivel que solo cabe calificar de bajo. No obstante, ningún juicio al respecto debe descuidar que el Quijote se hizo en un lapso excepcionalmente breve.
El taller de Cuesta se nutría entonces de una veintena de operarios (la proporción solía ser de unos cinco por prensa), que simultanearon el Ingenioso hidalgo con un gordísimo infolio de Ludovico Blosio, «luz de la vida espiritual» (Cervantes, al parecer, scripsit) y uno de los best-sellers del período. El primer paso correspondía al corrector, quien, según la usanza, revisaría el original para señalar en un cierto número de páginas los criterios de regularización ortográfica y de puntuación a que en principio debían atenerse los componedores. No menos de tres de ellos, verosímilmente reemplazados o reforzados a ratos por otros colegas o aprendices, se afanaron después, a lo largo de octubre y noviembre (quizá incluso en las fiestas, a condición de oír misa), en la confección de los ochenta pliegos del texto y el índice, con una cadencia de pliego y medio diario, a forma (cuatro planas) por barba de cajista. Tal ritmo era superior al normal, si, como hay que pensar, la tirada fijada por Robles no fue de un millar, sino de mil quinientos o mil setecientos cincuenta ejemplares, y es probable que en ocasiones obligara a emplear dos prensas, como más regularmente se venía haciendo desde julio con el tomazo de Blosio. Todo el volumen se elaboró por formas, contando el original, vale decir, deslindando previamente en el manuscrito las porciones que iban a corresponder a las cuatro páginas no seguidas que se repartían en cada una de las caras de los pliegos impresos (por ejemplo, la cara exterior del pliego exterior del cuaderno A comprende los folios 1, 2v, 7 y 8v), de manera que varios componedores pudieran trabajar al mismo tiempo, ya fuera coordinándose en las dos formas de un pliego, ya en los dos pliegos de un cuaderno o en diversas secciones de la obra.
Acabados los ochenta pliegos en cuestión, Francisco Murcia de la Llana, a quien competía verificar que concordaban con el original rubricado, firmó el primero de diciembre la oportuna certificación («Testimonio de las erratas», 4), que los tipógrafos añadieron en seguida a los preliminares (Privilegio, Prólogo, etc.) que ya tenían compuestos en dos cuadernos (con las signaturas ¶ y ¶¶). Sin embargo, como la «Tasa» (3) imprescindible para que el libro pudiera circular tenía que expedirse en la Corte, Cuesta, siguiendo las instrucciones de Robles, dejó en blanco el folio 2 recto del pliego de la portada (donde, con astucia siempre corriente en el gremio, figuraba como año el de 1605, no el de 1604 que en rigor debiera). Las hojas con ese estadio incompleto de los cuadernos ¶ y ¶¶, y las hojas con los otros ochenta pliegos, ambas en la cantidad que el editor dispusiera, salieron al punto para Valladolid; y, una vez en posesión de la «Tasa», fechada a veinte de diciembre, Robles encargó al taller que allí había abierto Luis Sánchez que la compusiera e insertara en el folio ¶2 recto, agenciándose así, para la venta y los compromisos protocolarios, tantos ejemplares provisionales cuantos juegos de dichas hojas hubiese ordenado preparar. La mayor parte de la tirada, la que se había quedado en Madrid con el folio ¶2 recto en blanco, hubo de ultimarla Cuesta a no tardar. Por ende, el Quijote debió de leerse en Valladolid para la Nochebuena de 1604, mientras los madrileños posiblemente no le hincaron el diente hasta Reyes de 1605.
Nunca sabremos con exactitud en qué medida afectaron al texto cervantino el modo de producción del volumen y las circunstancias que lo condicionaron. Algunos percances del proceso no tuvieron mayores consecuencias, o aun las tuvieron positivas: por ejemplo, que las siete formas de los cuadernos A y B en que se inicia el relato tuvieran que componerse dos veces —porque Cuesta se había quedado por debajo de la tirada encargada por Robles— nos brinda un par de valiosas correcciones aportadas por los mismos cajistas del primer estado. Otros, en cambio, han dejado huellas tan manifiestas como lamentables: las prisas por acabar el pliego ¶, atestiguadas por la misma existencia de una «Tasa» vallisoletana, sin duda motivaron que la dedicatoria escrita por Cervantes no estuviera a mano y fuera sustituida por otra apócrifa urdida con retazos de Fernando de Herrera. Pero en muchas ocasiones no podemos estimar el alcance de los incidentes tipográficos. Así, más de cuarenta páginas, sobre todo en la segunda mitad, tienen un número de líneas superior o inferior al normal, como resultado de los ajustes que los componedores se vieron obligados a hacer para que determinadas partes del original entraran en los lugares previstos del impreso; y cuando se presentaban problemas de esa índole, comunísimos, los cajistas a menudo salían del paso mediante pequeños cortes o adiciones (pequeños, o no tanto: hasta diez renglones se añadieron en una plana de la tercera edición de Cuesta).