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Don Quijote de la Mancha

Cervantes: pensamiento, personalidad, cultura (1 de 5)

Por Anthony Close

Son evidentes los riesgos que comporta el intento de esbozar, en pocas páginas, nada más y nada menos que una imagen de la personalidad, el pensamiento y la cultura de Miguel de Cervantes. En primer lugar, tal designio se enfrenta con el mismo tipo de tropiezos que dificultan la labor de los biógrafos de Cervantes: las numerosas etapas oscuras en su currículum, que nos impiden conocer con suficiente detalle sus estudios, lecturas y relaciones literarias; la falta de testimonios íntimos y directos de su ideario y personalidad. ¡Ojalá tuviéramos un copioso epistolario cervantino, como el dirigido por Lope de Vega al duque de Sessa, o algún tratado político o moral, como los que manaron de la pluma de Quevedo! Nuestro empeño, además, puede parecer temerario si se tiene en cuenta la idea de la ambigüedad de Cervantes como aspecto ineludible de su profundidad, convertida en tópico desde la publicación en 1925 de El pensamiento de Cervantes, de Américo Castro. En otro capítulo del presente prólogo me ocupo del impacto fundamental del citado libro sobre la crítica cervantina posterior. Las reacciones divergentes que suscitó, junto con el hecho de que la teoría literaria moderna haya puesto de moda el insistir machaconamente en lo escurridizo del yo del autor literario, no han hecho más que reforzar el tópico.

Sin embargo, si queremos comprender históricamente a Cervantes y su época, nos conviene abandonar semejantes prevenciones, pues uno y otra se habrían extrañado de nuestra actitud de perplejidad reverencial ante el Quijote y su autor. El juicio de Sansón Carrasco sobre la Primera parte es tajante al respecto: «es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran» (II, 3, 652-653). Además, en aquellos tiempos, los hombres solían dar por sentada la relación directa entre el yo de un autor (sus experiencias, opiniones, etc.) y la máscara o personalidad ficticia que asumía dentro de su obra, y no compartían los escrúpulos que hoy en día nos impiden saltar de esta a aquel. Innumerables textos del Siglo de Oro fueron compuestos, en todo o en parte, con un propósito autorrevelador: la novela pastoril en conjunto, la Vida de Marcos de Obregón de Vicente Espinel, La Dorotea de Lope de Vega… Los escritos cervantinos no deben sustraerse de la lista; Suárez de Figueroa, en un pasaje de El pasajero (1617), y pensando sin duda en la historia del capitán cautivo (Quijote, I, 39-42), ironiza incluso sobre el hábito de Cervantes de convertir sus vivencias en materia de ficción. De todas las obras cervantinas, el Quijote es la que más claramente deja constancia de haber sido compuesta con espíritu de compromiso personal: la Primera parte es un apasionado credo estético, cuyas implicaciones rebasan con mucho el marco caballeresco; la Segunda constituye un homenaje lúdico pero sentido al triunfo popular de los dos héroes, y, por extensión, a la genialidad de su concepción. Incurriríamos, pues, en un anacronismo perverso si renunciáramos a ver al hombre tras su obra, ya que está instalado de modo manifiesto dentro de ella.

Empecemos con la cultura literaria de don Miguel, tema que fue tratado por Marcelino Menéndez Pelayo en una conferencia magistral de 1905, y posteriormente por Américo Castro, Marcel Bataillon, Armando Cotarelo, Arturo Marasso, Agustín G. de Amezúa y Mayo, Edward C. Riley, Alban Forcione, Francisco Márquez Villanueva, Maxime Chevalier y, de un modo u otro, por cuantos han investigado las deudas de Cervantes con el pensamiento «ilustrado» del siglo xvi, condenado a la clandestinidad por la ortodoxia predominante. A pesar de no haber cursado estudios universitarios, circunstancia que explica el habérsele puesto en vida la etiqueta de ingenio lego (es decir, persona sin conocimiento de las lenguas y disciplinas doctas), Cervantes fue alumno destacado del Estudio de la Villa de Madrid, regentado por el maestro López de Hoyos, quien, en un libro compuesto para conmemorar la muerte y exequias de la tercera esposa de Felipe II, le califica de «nuestro caro y amado discípulo». Desconocemos el programa de estudios preuniversitarios que se impartían en esa institución o en otras escuelas a las que Cervantes asistiera antes. Pero cabría suponer que no difería mucho de la ratio studiorum de los jesuitas, cuya escuela sevillana es calurosamente elogiada en el Coloquio de los perros. El programa incluía el estudio intensivo de la gramática latina, prolongado durante años, junto al examen de autores y textos: las cartas de Cicerón, las comedias de Terencio, las églogas de Virgilio, las Epistolae ex Ponto y los Tristia de Ovidio, fragmentos de Séneca y de Salustio. El último año se dedicaba a la enseñanza de la composición latina, la poética y la retórica, basada en el De copia y De conscribendis epistolis de Erasmo, el Ars poetica de Horacio, las oraciones y las Tusculanae disputationes de Cicerón, la Retorica ad Herennium y partes de la Institutio oratoria de Quintiliano. El aprendizaje de Cervantes en las lenguas clásicas no sería desaprovechado posteriormente: se manifiesta en el sesgo académico de su teoría literaria y en su gusto por el estilo característico de los prosistas más destacados de la segunda mitad del siglo xvi, con la tendencia a reproducir la ampulosidad, sonoridad y simetría de la oratoria ciceroniana. Tal estilo es típico sobre todo de La Galatea y de la Primera parte del Quijote (discurso de las armas y las letras, de la Edad de Oro, etc.). Aunque tanto Menéndez Pelayo como Marasso adjudican a Cervantes un dominio razonable del latín, hay que añadir que también estaría familiarizado con las traducciones de los textos antiguos que más directamente influyeron sobre su obra: la Eneida, recordada con frecuencia en el Quijote y traducida por Hernández de Velasco; la Odisea y la Historia etiópica de Heliodoro, modelos del Persiles, en las traducciones, respectivamente, de Gonzalo Pérez y Fernando de Mena; las sátiras de Luciano (de las que existían numerosas versiones latinas), el Asno de oro de Apuleyo (fue muy leída la traducción de Diego López de Cortegana) y las fábulas de Esopo (cuya primera edición vernácula data de 1488), que han dejado su huella en el Coloquio de los perros.

Si pasamos de la Antigüedad al Renacimiento, se enturbia, por las razones aludidas, el panorama de la formación intelectual y literaria de nuestro autor. Destrozando la imagen de un Cervantes inconscientemente genial e intelectualmente vulgar, que había sido trazada por Menéndez Pelayo en su Historia de las ideas estéticas en España, Américo Castro, en el libro ya citado, le atribuye cualidades muy distintas: una inteligencia olímpicamente superior, un vaivén ambiguo entre la afirmación trascendental y la negación materialista, la cautelosa disimulación de su escepticismo bajo una capa de hipocresía, una profunda familiaridad con las corrientes más avanzadas e ilustradas del humanismo europeo. Con estos materiales, según Castro, Cervantes forja un sistema ético que, plasmado en forma novelesca más bien que teórica, rivaliza en belleza y originalidad con el de Montaigne y demuestra el mismo sesgo racionalista y secular. Los elementos constitutivos del sistema se hallan tanto en los escritos menores como en los mayores y conforman un mosaico coherente e inteligentemente pensado. El cervantismo posterior a 1925, embelesado por esa visión audaz e innovadora del pensamiento cervantino y atraído por la manera en que se anticipaba al relativismo, agnosticismo y liberalismo del siglo xx, aceptó, y sigue aceptando, algunas de las tesis principales de Castro; fundamentalmente, las relativas al perspectivismo de Cervantes y a su hábito de reflexión crítica y consciente sobre todos los aspectos de su arte. No obstante, ha rechazado la tendencia a convertirle en precursor del racionalismo europeo del siglo xvii, con la consiguiente secularización y ampliación inverosímil de sus horizontes intelectuales.

Hasta fechas relativamente recientes, los estudios que han seguido los derroteros de El pensamiento de Cervantes, intentando vincular el ideario cervantino con tradiciones contrarias a las de la España postridentina, se han centrado sobre todo en la herencia intelectual y espiritual de Erasmo de Rotterdam (1469?-1536), es decir, en la aspiración a armonizar el cristianismo con los estudios humanísticos y el Sermón de la Montaña con la moral socrática y estoica, para llevar a cabo de acuerdo con estos ideales una reforma radical de la vida cristiana en todas sus esferas: eclesiástica, política, laica, pedagógica. Los conocidos ataques satíricos de Erasmo al materialismo de la Iglesia de Roma y a su obsesión por el simbolismo externo del culto fueron aspectos integrantes de este programa. Los aludidos estudios incluyen los trabajos de Marcel Bataillon, Francisco Márquez Villanueva y Alban Forcione. Todos estos críticos, a pesar de su admiración declarada por El pensamiento de Cervantes, reaccionan en parte contra él esforzándose por ofrecer versiones más matizadas y precisas de las deudas intelectuales y literarias de Cervantes o bien por reducir su inconformismo a dimensiones proporcionadas al contexto ideológico circundante.

Con todo, incluso esas aplicaciones moderadas de las lecciones de Castro incurren en interpretaciones que pecan por exceso de sutileza. Ello se debe a que en el Siglo de Oro español estaba rigurosamente censurado todo lo que suponía una amenaza para los ritos, dogmas e instituciones de la Iglesia católica y, además, los residuos de pensamiento erasmista que pueden tal vez hallarse en los escritos de Cervantes y sus coetáneos cobran un sentido muy distinto al que tenían medio siglo antes por estar encuadrados en un contexto ideológico postridentino. Acaso por estos motivos la tendencia a liberalizar el pensamiento cervantino ha tomado en años recientes, aproximadamente desde 1980, caminos distintos: los críticos han abandonado la cantera erasmista, quizá agotada, para explotar otras, incluidas las teorías de Bajtin sobre el diálogo novelístico, su naturaleza polifónica y su relación con el espíritu subversivo del mundo al revés carnavalesco.

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