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Don Quijote de la Mancha

Vida y literatura: Cervantes en el Quijote (1 de 6)

Por Jean Canavaggio

En busca de un perfil perdido

Dos caminos suelen ofrecerse a quien intenta acercarse al vivir cervantino. O bien dedicarse a la consulta de documentos y archivos, cuyo laconismo deja inevitablemente frustrado al que no se satisface con los pocos datos sacados de actas notariales y apuntes de cuentas, ajenos a la intimidad del escritor; o bien buscar esta intimidad en su obra, a riesgo de ceder a un espejismo: el testimonio de unas «fábulas mentirosas» que no han tenido nunca como fin el de llenar los vacíos de nuestra información1.

Así y todo, tantas experiencias biográficas, intelectuales y literarias del autor vienen a confluir, de un modo u otro, en las ficciones cervantinas, que el lector del Quijote no puede resistir al deseo de aventurarse por una senda que le lleva a descubrir una nueva forma de entroncar vida y literatura. Aventura, por cierto, azarosa, y que el propio Cervantes nos induce a emprender con cautela, al disimularse, como lo hace, detrás de unas máscaras, delegando sus poderes en supuestos narradores al estilo de Cide Hamete Benengeli. No obstante, a quien sabe leer entre líneas el Quijote se le aparece impregnado del sentir del que lo compuso. Un ejemplo sin más tardar: como se sabe, la historia del ingenioso hidalgo no se amolda al esquema pseudoautobiográfico elegido por Mateo Alemán al concebir su Guzmán de Alfarache, el relato retrospectivo de su propia vida que nos hace el protagonista. Las reservas de Cervantes ante la forma que cobra la confesión del pícaro se perfilan en el capítulo 22 de la Primera parte de su novela. Ahí nos sale al encuentro, en una cadena de forzados, el galeote Ginés de Pasamonte, autor de un libro de su vida, y tan bueno, que «mal año para Lazarillo de Tormes y para todos cuantos de aquel género se han escrito o escribieren» (I, 22, 243). Como ha mostrado Claudio Guillén, clara denuncia nos ofrece aquí Ginés del doble artificio que caracteriza la narración picaresca: por un lado, prometiendo un libro que «trata verdades, y no mentiras», o sea, sucesos efectivamente ocurridos y no cosas inventadas que se pretenden sucedidas; y, por otro lado, considerando este libro como inconcluso, sin que pueda publicarse mientras no se acabe el curso de su propia existencia. Así, pues, este encuentro con el galeote abre como un resquicio por donde vienen a filtrarse las preferencias estéticas de Cervantes, como si este, por medio de su portavoz, nos diera a conocer algo de la circunstancia en que se fraguó su quehacer de escritor.

Ahora bien, no siempre permanece Cervantes entre bastidores. Hay, a lo largo de su obra, textos clave en que parece asumir su identidad, hablando en primera persona. En primer lugar, los dos prólogos al Quijote, separados por diez años cabales, igual que las dos partes del mismo; luego, compuestos en el fecundo crepúsculo de su vida, otros textos liminares, como los respectivos prólogos a las Novelas ejemplares y a las Comedias y entremeses, el prólogo al Persiles o la conmovedora dedicatoria al Conde de Lemos, fragmentos dispersos de un retrato de artista cuya verdad no exige verificación. Varias razones explican el interés que, para nosotros, ofrecen estos fragmentos; pero más que nada, quizá, el ser el retratado un hombre cuya existencia histórica apenas se conoce. Debido al silencio de los archivos, ignoramos, en efecto, casi todo de los años de infancia y adolescencia de nuestro escritor. Podemos afirmar, a ciencia cierta, que nació en 1547 en Alcalá de Henares, de padre cirujano; pero no se sabe en qué fecha exacta, y la supuesta ascendencia conversa que se le atribuye sigue siendo tema controvertido. Tal vez empezara a estudiar en Sevilla, viendo representar allí a Lope de Rueda; pero su traslado a Madrid no queda documentado. Hace falta esperar al año de 1569 para ver comprobada su presencia en la Villa y Corte, la cual se infiere de su contribución a las Exequias publicadas por su maestro López de Hoyos con motivo de la muerte de Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II.

Mejor conocimiento tenemos de los años heroicos que median entre 1571 y 1580: el contacto de Cervantes con la «vida libre de Italia», primero en Roma, en el séquito del cardenal Acquaviva, luego como soldado, a las órdenes de Diego de Urbina; las heridas recibidas en Lepanto, el 7 de octubre de 1571, donde, a bordo de La Marquesa, pelea «muy valientemente» y pierde de un arcabuzazo el uso de la mano izquierda; al año siguiente, las acciones militares llevadas con desigual suerte por don Juan de Austria en Corfú, Navarino, Túnez y La Goleta; en 1575, la captura por corsarios turcos, al volver a España en la galera Sol; por fin, los cinco años del cautiverio argelino, dolorosa experiencia marcada por cuatro intentos frustrados de evasión y concluida con un inesperado rescate, conseguido por obra de los padres trinitarios.

La falta casi completa de escritos íntimos no nos permite concretar el cómo y el porqué de estas peripecias: así la partida a Italia, quizás a consecuencia de un misterioso duelo; la vida ancilar llevada durante unos meses en Roma; el alistamiento en los tercios; la vuelta proyectada a la madre patria; y en Argel, a pesar de reiteradas tentativas de fuga, la extraña clemencia del rey Hazán.

Otro tanto puede decirse de los acontecimientos consecutivos al regreso de Miguel a Madrid, una vez rescatado. Tras una breve misión desempeñada en Orán, se inicia entonces su carrera de escritor: hace representar varias comedias, «sin silbos, gritos ni barahúnda», en tanto que, en 1585, publica La Galatea, novela pastoril al estilo de La Diana de Montemayor. Pero no se explica la pérdida casi completa de sus primeras piezas (exceptuando El trato de Argel y La Numancia, conservadas en copias del siglo xviii); tampoco se ha aclarado el misterio que envuelve el nacimiento de su hija natural, Isabel, habida de Ana Franca de Rojas, esposa de un tabernero; apenas se conocen las circunstancias de su matrimonio, en 1584, en Esquivias, con Catalina de Salazar, dieciocho años menor que él; menos aún las razones exactas de su partida del hogar, en 1587, hacia Sevilla («tuve otras cosas en que ocuparme», nos dice en el prólogo a Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, f. 3); por no decir nada de los motivos de un silencio de casi veinte años, durante los cuales Cervantes recorre Andalucía, primero como proveedor de la Armada Invencible y luego desempeñando varias comisiones para la hacienda pública.

Tan solo adivinamos una vida de dificultades y molestias: en 1590 solicita del rey un oficio en las Indias que le es negado; en 1597, tras haber sido excomulgado, es encarcelado en Sevilla por retrasos y quiebras de sus aseguradores. Hay que esperar a 1604 para verle reaparecer en el campo de las letras, establecido con su familia en Valladolid, donde Felipe III acaba de trasladar la sede de la corte. Allí, en este mismo año, concluye la Primera parte del Quijote, publicada en diciembre ya con fecha de 1605.

Cervantes en primera persona

Se comprenderá, entonces, lo que viene a representar, en nuestra búsqueda de la vivencia cervantina, el prólogo con que se abre esta Primera parte; pero no debe engañarnos aquel yo que, de entrada, dirige la palabra al «desocupado lector». El Cervantes de carne y hueso, muerto hace casi cuatro siglos, nos es inasequible por definición; es una sombra que no podemos alcanzar. Quien se descubre al hilo de nuestra lectura es más bien el doble de aquel sujeto desaparecido, un ente nacido de un acto de escritura, establecido como tal por la mirada del lector, y que se deja entrever en las muestras dispersas de un autobiografismo episódico. Pero es así como nos abre una perspectiva que contribuye a crear la modernidad del Quijote: el encuentro de nuestra voluntad receptiva de lector con una voluntad proyectiva a la que debemos la inserción de este yo cervantino dentro del espacio textual; un espacio al que configura y ordena, comunicándole su presencia y su sabor de vida.

Como era de esperar, este primer prólogo ha llamado la atención de los cervantistas, preocupados por desentrañar lo que se nos sugiere, al parecer, de la génesis del Quijote mediante una fugaz e incierta alusión a la cárcel en que hubo de ser engendrado el libro. Pero, a decir verdad, no es su contenido informativo, sino su misma estructura la que fundamenta el interés y la radical novedad de este texto. En efecto, aunque parece, a primera vista, conformarlo con el género prologal, el yo cervantino va alterando poco a poco sus protocolos, hasta llegar finalmente a subvertirlos: primero, interpelando, tras veinte años de silencio, a aquel «desocupado lector» que se habrá olvidado de sus obras de mocedad; luego, manifestando un aparente desprecio por el libro prologado, nuevo «hijo de su entendimiento», por cierto, pero «seco, avellanado, antojadizo» (I, Pról., 9), y del que declara renegar como «padrastro», antes de cambiar repentinamente de tono y asumir su paternidad.

Notas:

  • (1) Puede consultarse el Resumen cronológico de la vida de Cervantes, según lo reconstruimos al final de este Prólogo, junto a la mención de las fuentes documentales en que nos basamos. Todas las citas de las obras de Cervantes, con excepción del Quijote (cuyas menciones siguen el texto de la presente edición), de Los tratos de Argel, La Numancia y las Poesías sueltas (para las que acudimos a la edición de R. Schevill y A. Bonilla, en Comedias y entremeses, V y VI, Gráficas Reunidas, Madrid, 1920 y 1922), remiten al folio de las primeras ediciones, fácilmente accesibles en los facsímiles publicados (no sin retoques) por la Real Academia Española. La ortografía de todos los textos se ha modernizado según las mismas normas seguidas en el resto de la edición. volver
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