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Don Quijote de la Mancha

La composición del Quijote 1 (1 de 6)

Por Ellen M. Anderson y Gonzalo Pontón Gijón

1. Toda especulación sobre la fecha en que Cervantes tomó la pluma para iniciar lo que, andando el tiempo, sería El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha ha reparado en unas célebres palabras del Prólogo al lector. A juicio de gran parte de los estudiosos, Cervantes, en esas líneas, quiso señalar a la posteridad las circunstancias en que se originó su novela: «¿Qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?» (I, Pról., 9). La frase no aclara de suyo si tiene un sentido literal o metafórico, pero el cervantismo ha optado mayoritariamente por creer que la expresión debe tomarse al pie de la letra: el Quijote se ideó, e incluso empezó a escribirse, mientras Cervantes permanecía recluido en una prisión. La presunción de que cárcel pueda tener un sentido figurado (‘el mundo’, ‘el alma del escritor’), como creyeron Nicolás Díaz de Benjumea, Américo Castro y Salvador de Madariaga, ha ido diluyéndose ante el innegable atractivo de la interpretación literal, que permite soñar con el momento de la génesis creativa. El mismo Alonso Fernández de Avellaneda tomó esas palabras en sentido recto, como vemos en su Prólogo: «Pero disculpan los yerros de su primera parte, en esta materia, el haberse escrito entre los de una cárcel; y, así, no pudo dejar de salir tiznada dellos, ni salir menos que quejosa, mormuradora, impaciente y colérica, cual lo están los encarcelados». Los datos conocidos sobre la biografía de Cervantes ofrecen dos momentos como máximos candidatos a la identificación: otoño de 1592, fecha de su estancia forzosa en Castro del Río (Córdoba), y los últimos meses de 1597, cuando fue encarcelado en la prisión de Sevilla. Sin embargo, nada hay en las palabras del Prólogo que obligue a creer, con Rodríguez Marín, que Cervantes escribió en la cárcel parte de la historia. En el Quijote, el verbo engendrar se asimila menos a ‘redactar’ que a ‘imaginar’, como demuestran algunos paralelos: en el prefacio a la Segunda parte leemos que la continuación de Avellaneda «se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona» (II, Pról., 617); en la conversación sobre poesía entre don Quijote y don Diego de Miranda, aquel afirma que «la pluma es lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos» (II, 16, 759); por último, la duquesa le recuerda a don Quijote que, según la Primera parte, «nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso» (II, 32, 897). De este modo, la mención del Prólogo, aun tomada en su sentido literal, parece autorizarnos a suponer únicamente que el primer aliento de la historia, la percepción de su contenido, le sobrevino a Cervantes mientras permanecía en prisión.  

Al margen de este pasaje, hay algún otro indicio en la obra que puede arrojar luz sobre su cronología. Los libros pastoriles y composiciones épicas que se citan al final del capítulo 6 se publicaron en el decenio de 1580, especialmente en su segunda mitad. El título más reciente de cuantos se mencionan en el escrutinio es El pastor de Iberia, de Bernardo de la Vega, impreso en 1591. El aposento del hidalgo se muestra como una nutrida biblioteca de obras de ficción actualizada a la altura de 1591-1592. La conclusión parece obvia: ¿por qué no suponer que en esas fechas se escribió el primer núcleo de la narración? De no ser así, mal se entiende, como señaló Geoffrey Stagg, que Cervantes no mencione algunos libros, en especial las Guerras civiles de Granada, de Ginés Pérez de Hita (1595), que contiene los mismos temas presentes en el delirio quijotesco del capítulo 5, y La Arcadia de Lope de Vega (1598), referencia ineludible en el desarrollo del género pastoril. Para refrendar esta impresión, vemos que el mismo narrador se hace eco de la modernidad del relato: «me parecía que, pues entre sus libros se habían hallado tan modernos como Desengaño de celos y Ninfas y pastores de Henares [de 1586 y 1585], que también su historia debía de ser moderna» (I, 9, 106). Todo ello induce a pensar que el episodio del escrutinio estaba escrito en una fecha comprendida entre 1591 y 1595. Sin embargo, esta hipótesis también plantea problemas, como los que se desprenden de la referencia a Luis Barahona de Soto, «porque … fue uno de los famosos poetas del mundo, no solo de España, y fue felicísimo en la tradución de algunas fábulas de Ovidio» (I, 6, 87). El uso del pasado parece indicar que el escritor había fallecido cuando Cervantes escribió el elogio. Si se entiende así, habría que trasladar la fecha por lo menos a 1595, año de la muerte de Barahona de Soto. Por otra parte, en la conversación entre el cura y el canónigo de Toledo, este recuerda tres tragedias de Lupercio Leonardo de Argensola (La Isabela, La Filis y La Alejandra) que «ha pocos años que se representaron en España» (I, 48, 552). Las fechas de composición de las tres piezas teatrales se han establecido en el lapso 1581-1585. Al mismo tiempo, es sabido que la reflexión teórica de los capítulos finales de la Primera parte presenta la influencia de la Philosophía antigua poética de Alonso López Pinciano, publicada en 1596: así, pocos años podría significar en este caso ‘quince o veinte años’, lo que restaría todo alcance a la expresión, y, de paso, a la modernidad mencionada en el capítulo 9.

La principal hipótesis externa sobre la fecha inicial de la novela se basa en argumentos no menos problemáticos. El punto de partida fue la insistencia, por parte de Ramón Menéndez Pidal, en señalar una posible fuente de las locuras de don Quijote de los capítulos 4 y 5: el Entremés de los romances, pieza breve en que el labrador Bartolo enloquece por la lectura de romances heroicos hasta creerse personaje de ellos. Menéndez Pidal defendió que la fecha de composición del entremés era inmediatamente posterior a 1591, pues los romances que se citan en él podían leerse juntos solo en la Flor de varios romances nuevos, compilada por Pedro de Moncayo en el año referido y reimpresa, con adiciones, en 1593. Si es cierto que los capítulos iniciales del Quijote siguen de cerca a la pieza teatral, cabe suponer, habida cuenta de la efímera vida del teatro corto, que Cervantes experimentara su influencia en torno a 1591-1592. La fecha concuerda significativamente con las que se derivan del escrutinio de la librería. No son datos determinantes, pero parecen indicar, como quiso Stagg, que hacia 1592 ya existía una parte de la obra, quizá esa debatida narración corta que pudo estar en el origen de la novela.  

Que la fecha inaugural más probable sea 1592 (o incluso 1597, momento en que, según Edward C. Riley y Luis Andrés Murillo, Cervantes se habría concentrado en la elaboración de la novela) no significa que el Quijote no contenga secciones escritas con anterioridad. Es el caso de la historia del Capitán cautivo, verosímilmente compuesta de forma independiente a El ingenioso hidalgo e integrada en la novela en una fase tardía de composición. El relato se escribió en vida de Felipe II, como demuestran las siguientes palabras: «venía por general desta liga el serenísimo don Juan de Austria, hermano natural de nuestro buen rey don Felipe» (I, 39, 453); el que no se añada otra cosa significa a todas luces que el monarca reinaba en el momento en que transcurre la acción. Ahora bien, ¿cuándo suceden los hechos que narra la novela intercalada? Al iniciar el relato de sus fortunas, Ruy Pérez de Viedma recuerda: «Este hará veinte y dos años que salí de casa de mi padre» (I, 39, 452). Dado que ese acontecimiento tuvo lugar en 1567, hay que situar el presente de la acción (la llegada del cautivo y Zoraida a la venta) en torno a 1589. Este dato entra en conflicto con la tenue cronología del resto de la novela: sabemos, por el escrutinio de la librería, que ya ha transcurrido el año 1591. Como suele suceder en la ficción cervantina, lo más probable es que la fecha de la acción coincida con la del momento de creación, y que el relato sea de 1589-1590. Para abundar en esta hipótesis, Murillo, entre otros, ha subrayado el significativo paralelo entre las palabras del cautivo ya citadas y las que Cervantes dictó en el memorial de 21 de mayo de 1590 por el que pedía merced de un oficio en Indias: «Miguel de Cervantes Saavedra dice que ha servido a Vuestra Merced muchos años en las jornadas de mar y tierra que se han ofrescido de veinte y dos años a esta parte». También se debe a Murillo un interesante estudio de las similitudes entre la historia del cautivo, El celoso extremeño y el principio del Quijote. Las primeras líneas de los tres relatos son muy parecidas, y en los tres se cuenta la historia de un hombre maduro enamorado de una mujer mucho más joven, temática que sin duda interesó profundamente a Cervantes hacia 1590. Cree Murillo que el relato del cautivo pudo iluminar uno de los perfiles del hidalgo manchego (el que lo caracteriza como un hombre mayor enamorado de una muchacha vecina), y podría ser incluso que Cervantes decidiera interpolar en su novela la vieja historia de ambiente argelino porque, entre otras cosas, servía como correlato realista a los amores de don Quijote. Como quiera que fuese, parece seguro que Cervantes, antes de que se engendrara la historia del hidalgo, había escrito un relato independiente, de notorio carácter biográfico en su primera parte, que luego decidió incorporar a la novela de 1605.

Resulta evidente que, en última instancia, el problema de la cronología temprana del Quijote es el problema de su composición. Pocas obras muestran de un modo tan evidente las huellas del proceso de elaboración que las recorrió, desde la primera intuición de la historia hasta la novela completada en 1604. A la vista de las pruebas reunidas por la crítica, no resulta descabellado suponer la existencia de un núcleo narrativo sobre el hidalgo Quijana por lo menos una década antes de la publicación del libro. Mucho más se fue generando a lo largo de un proceso de transformación y revisión que solo la imprenta pudo detener.

Notas:

  • (1) El núcleo del presente capítulo se debe a Ellen M. Anderson y ha sido revisado por Geoffrey Stagg. Las secciones 1 y 3 son del jefe de redacción. volver
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