Por Mari Carmen Marín Pina
A juicio del canónigo, todos los libros de caballerías son prácticamente iguales, «cuál más, cuál menos, todos ellos son una mesma cosa, y no tiene más este que aquel, ni estotro que el otro» (I, 47). Como buen conocedor del género, el sacerdote toledano alude a lo genérico de estos libros, a la poética fijada en la práctica, que no en preceptiva alguna, por la repetición de tópicos, temas y recursos narrativos. Algunos de estos materiales los recuerda el propio Cervantes en varios pasajes del libro (I, 21 y 50) y él mismo los emplea en la composición de la obra. El público de principios del siglo xvii, más habituado que nosotros a leer libros de caballerías, sin duda alguna los reconocería con facilidad en el Quijote y advertiría claramente los guiños y juegos de su autor. Los lectores actuales de la obra cervantina, menos avezados en tales menesteres, pueden seguir el camino inverso y a través del Quijote y de la mano cervantina pueden acercarse hoy implícitamente a lo que es un libro de caballerías.
De los diferentes tópicos caballerescos recreados por Cervantes a lo largo de la novela, en este apéndice se han seleccionado quince como más representativos, los cuales se presentan siguiendo, en la medida de lo posible, su orden de aparición en el Quijote de acuerdo con el siguiente esquema:
Cada tópico va acompañado de una breve explicación de su contenido y función e ilustrado con uno o varios fragmentos de libros de caballerías españoles del siglo xvi. Los textos elegidos para la ejemplificación (Amadís de Gaula, Las sergas de Esplandián, Palmerín de Olivia, Primaleón, Clarián de Landanís, Lepolemo, Polindo, Amadís de Grecia, Florambel de Lucea, Platir, Cirongilio de Tracia, Belianís de Grecia, Cristalián de España, Florisel de Niquea, Palmerín de Inglaterra, Espejo de príncipes y caballeros, Clarisel de las Flores y Olivante de Laura), dentro de su uniformidad, presentan también rasgos distintivos propios, desviaciones de los modelos fijados como paradigmas genéricos, de manera que a través de ellos se puede rastrear la evolución de la narrativa caballeresca española a lo largo del Siglo de Oro. Al final de cada ejemplo se identifican los textos citados, indicando siempre el autor, el lugar de impresión y la fecha de la primera edición conocida, seguida de los datos de la edición citada. Los textos se han fijado siguiendo las mismas normas utilizadas en la edición del texto cervantino. Algunos de los libros de caballerías seleccionados se citan y comentan en el Quijote, otros se silencian y algunos incluso es posible que Cervantes no los conociera, pero esto poco importa, porque todos ellos presentan los tópicos que cualquier lector del momento reconocería como propios del género.
Los libros de caballerías fingen ser traducciones de antiguos libros escritos en lengua extranjera (griego, latín, árabe, inglés, etc.) por algún sabio cronista y hallados en circunstancias excepcionales. El original reviste la forma inicial de una crónica y el cronista en cuestión emplea los recursos propios de la historiografía. El verdadero autor de la obra se presenta entonces como simple traductor de un libro ajeno, lo que le permite un juego de distanciamientos y perspectivas en relación con la narración y salvaguardarse de las críticas y censuras que pudiera recibir. El título, las piezas preliminares y el colofón ofrecen ya esta información e imagen de la obra. En un doble prólogo, Alonso de Salazar se presenta como traductor del Lepolemo (Valencia, 1521), un libro supuestamente escrito en árabe por el sabio Xartón, precedente de Cide Hamete Benengeli.
CRÓNICA DE LEPOLEMO,
LLAMADO EL CABALLERO DE LA CRUZ,hijo del emperador de Alemaña, compuesta en arábigo
por Xartón y trasladada en castellano por Alonso de SalazarPrólogo del intérprete del presente libro dirigido al Ilustre
y muy Magnífico Señor el señor Conde de SaldañaSuelen dorar el hierro, Ilustre y muy Magnífico Señor, los que quieren que parezca mejor que no es de su nacimiento y para esto no se sufre dorarlo con oro bajo de ley, sino de lo más afinado. Así yo siendo codicioso que este trabajo que puse en el presente libro estando cativo en donde lo hallé, en aquella bárbara lengua arábiga, fuese tenido en aquella posesión que la historia meresce y no desechado por la mala orden de mi traducir, que es peor de hierro, no tuve otro remedio sino enderezarlo a Vuestra Señoría, porque sé que todos mis yerros, dorados con el fino oro de su virtud y favor, no solo pasarán por dorados, mas por de fino oro y con este favor osaré responder a los detratores, pues que sé que no pudo escapar de sus maliciosas lenguas, pues que nadie fue libre de cuantos escribieron. Y diré que más quiero haber sacado mis simplezas a juicio por servir con mi buen deseo a Vuestra Señoría, que no por falta de quien sacase este libro de la escuridad de la lengua en que estaba quedase tan notables hechos en olvido, haciendo escudo que si la orden dél no está a placer de todos, echen la culpa al moro que lo ordenó, pues en mi traducir no he salido de su estilo. No por cierto porque a mi parecer la merezca, pues a su causa tenemos espejo de tan nobles hechos, mas como todos somos inclinados antes a decir mal de lo bueno que no castigar lo malo, no descreo que él por su ordenar y por mi traducir no entremos en el juego de personas que antes lo sabrán decir que no entender ni enmendar. Y estos debrían considerar que en Túnez no había tan limados escriptores de nuestra lengua castellana para que dejara yo de escribirlo, esperando que otros que mejor lo supieran hacer lo comenzasen, que a mi parecer fuera mayor yerro.
Prólogo del auctor moro sacado de arábigo en lengua castellana
Alabado sea Dios grande por todas las cosas que hace. A ti, el gran soldán Zulema, el mayor y mejor rey moro de tu tiempo, yo Xartón, el menor y más obediente de tus vasallos y mayor en la gana de hacer tu mandamiento, te presento este tratado que me mandaste escrebir porque las obras, a lo menos parte dellas, del buen caballero cristiano que llamaron el Caballero de la Cruz, el cual tú bien has conocido por haberse criado juntamente contigo y en la corte del buen soldán tu padre. Las magníficas obras del cual no fuera yo poderoso de escribirlas, porque fueron muchas como tú bien sabes, mas por cumplir lo que me mandastes y porque me pesara que tales obras fueran olvidadas por falta de quien las pusiese por escripto, me puse a escribir las que pudieron venir a mi noticia para memoria de los que vernán después de nosotros, porque leyéndolas sea espuelas para los buenos caballeros y freno para los malos, aunque también pensé que no era cosa conveniente, siendo tu alteza moro y yo también, ponernos a hacer honra en escribir loores de ningún cristiano, por esto muchas veces estuve para dejarlo de escribir, pero considerando cuán lealmente te sirvo, me convida de escribir y con esto ceso. (Alonso de Salazar, Lepolemo, Valencia, 1521; ed. citada: Toledo, 1563, prólogos.)