Por Juan Gutiérrez Cuadrado
Al leer el texto del Quijote, nos llama especialmente la atención un conjunto de palabras y frases que comprendemos, pero que no se ajustan a nuestros hábitos lingüísticos actuales, bien por su forma gramatical, bien por su significado o simplemente por su ortografía. También nos chocan otras palabras y algunas frases que ya no se entienden sin una explicación particular. No debe creerse sencillamente que todos esos rasgos sean solo propios de Cervantes. Por ello, al menos podemos preguntarnos qué usos cervantinos estaban en perfecta sintonía con los de la mayoría de los escritores contemporáneos suyos; cuáles miraban más al pasado, cuáles se proyectaban al futuro; qué otros, de entre los que asoman a su texto, están corrompidos por impresores o correctores, cuáles corresponden realmente a sus hábitos, sin duda relativamente heterogéneos por formación, quizá poco académica, por vivencias variadas a lo largo del tiempo y de la geografía; cuáles, por fin, son difíciles de explicar.
Es diáfano que Cervantes está preocupado continuamente por la explotación estilística de la lengua. Sin embargo, desde el punto de vista histórico, hay que advertir que la del Quijote corresponde sustancialmente a la de la época en que vivió su autor, la segunda mitad del siglo xvi y el principio del siglo xvii. Por ello, en el Quijote compiten formas lingüísticas tradicionales con otras más modernas, como en tantos textos y autores de entonces.
En ese sentido, es fundamental advertir que hacia 1600 eran todavía muchos los usos que oscilaban entre distintas posibilidades: cabía decir invidia y envidia, podimos y pudimos, trujo y trajo, recebí y recibí, andaba una manada de jacas y andaban una manada de jacas, y todas esas y multitud de otras vacilaciones, algunas de las cuales iremos señalando, se sentían en general como igualmente legítimas y se empleaban indiferentemente. Esa común indiferenciación afectaba también, desde luego, a autores y tipógrafos, y, así, no solo está abundantemente documentada en los autógrafos cervantinos, sino asimismo en los correctores y cajistas de la imprenta en que el Quijote se publicó por primera vez. Quiere ello decir que ante varias formas que alternaban entre sí (por ejemplo, mesmo y mismo) los impresores no se sentían obligados a respetar la que en cada caso aparecía concretamente en el original que tenían a la vista, ni tampoco se preocupaban de alterarla siempre de una manera uniforme: escribían con la misma libertad e indeterminación con la que hablaban. Difícilmente, pues, podremos estar nunca seguros de que Cervantes puso respeto y no respecto, el color y no la color, etc., etc., en un determinado pasaje de la novela.
Parece evidente que los rasgos más característicos de la lengua de Cervantes deben atribuirse no tanto a una gramática o a un léxico específico cuanto a la recreación literaria y retórica de los materiales lingüísticos que manejaba. Pero ahora, para facilitar la lectura, nos limitaremos a esquematizar los rasgos del Quijote que más pueden sorprender a un lector actual.
1. Como en los demás textos de los siglos xvi y xvii, abundan las divergencias con la manera actual de escribir y, probablemente en muchos casos, de pronunciar. Es muy frecuente que en todos los escritos aparezcan palabras distintas de la norma actual en las vocales inacentuadas. No debe pensarse que se trata de vulgarismos. Sencillamente, es una característica de la lengua clásica, que todavía no se había normalizado en este aspecto. Hasta finales del siglo xviii no se decide la norma escrita por una de las formas que se pronunciaban. Actualmente las formas que no son normativas nos producen la sensación de vulgarismo o rusticidad, pero no sucedía eso en el Siglo de Oro. Entonces las formas que hoy no se admiten como cultas alternaban con las que se han impuesto.
La razón es que las vocales inacentuadas se articulaban ya en latín con menor intensidad que las acentuadas y confundían su timbre en diverso grado. Por eso, en algunas lenguas románicas las vocales inacentuadas se confunden a menudo en el mismo sonido (e en francés) o confluyen en varios (en catalán oriental las vocales o, u inacentuadas se confunden en u y la vocal media a y la palatal e se confunden en una e neutra). En algunos dialectos del español y en el español vulgar también las vocales inacentuadas tienden a confundirse por diferentes causas, que no pueden detallarse aquí (ancina/encina, siñor/señor, bueno/buenu). No es de extrañar que aparezcan todavía en el Quijote formas como cerimonia/ceremonia, escrebir/escribir, invidia/envidia, monesterio/monasterio, lición/leción, etc. Por las mismas razones, algunas palabras presentan también una vacilación en la vocal acentuada que procede del resultado de un hiato. Son formas que vacilan ya desde la Edad Media entre mantener el hiato o decidirse por una u otra vocal. Así sucede con mesmo/mismo (en la Edad Media, meismo, a veces), todavía hoy en la lengua popular mesmo; maese mantiene el hiato, normal en el caso de que se encuentre la vocal a en el grupo, frente a la reducción, más rara en esta ocasión, mase.
2. En algunas palabras se conserva una -e final, normalmente por tratarse de términos cultos o por arcaísmo literario (son frecuentes en los textos jurídicos o poéticos del Siglo de Oro): «Cide Hamete»/Cid, interese/interés (alternancia normal en este cultismo), felice/infelice, frade (arcaísmo-dialectalismo usado para caracterizar un uso del oriente peninsular), val («val de las estacas») en vez de valle es también un arcaísmo, porque el singular de esta palabra se rehízo sobre el plural, como el de cael (valles/valle, calles/calle).
3. En muchas palabras con grupos de consonantes interiores se habían producido modificaciones en esos grupos en la etapa que va desde el latín hasta el español medieval. Sin embargo, muchas otras que entran en el español a finales de la Edad Media conservan el grupo de consonantes latino. Se planteó entonces el problema de cómo adaptar los grupos de las nuevas voces al español. En algunos casos incluso se encuentran dobles formas: una tradicional, con una consonante resultado del antiguo grupo (en el que normalmente había una c) y otra culta, más moderna, con un grupo de dos o de tres consonantes o simplemente con una consonante diferente de la que había producido el grupo en la Edad Media. Así, por ejemplo, el latín octuber evolucionó en la Edad Media a ochubre, pero también mantenía la solución culta octubre, que es la que ha triunfado, y la solución otuber, que se ha perdido, como otras formas en el Siglo de Oro. Probablemente durante todo el Siglo de Oro la pronunciación vacilaba en muchos casos entre diferentes posibilidades y quizá también lo hiciera la ortografía.
Algo parecido sucede hoy: la Real Academia Española permite escribir septiembre o setiembre, pero muchos hablantes siempre pronuncian setiembre, algunos pocos solo septiembre, y muchos otros, setiembre o septiembre, según hablen en situaciones coloquiales normales o en momentos enfáticos (discursos, clases públicas, etc.). La Academia regularizó en el siglo xviii la ortografía y se decidió la mayor parte de las veces por los grupos de dos consonantes: doctor, lector, rector, ignominia. En el Quijote se pueden encontrar, sin embargo, ejemplos que demuestran cómo varias normas todavía luchaban con fuerza por imponerse en la lengua: aceptar/acetar, efeto/efecto, aspeto/aspecto, asumpto/asunto, excepto/eceto; letor/lector, repto/reto. En cambio: autores, concetos, dieta, carreta, corretor, escritor, escueto, respeto, sujeto. Pero acto, afectación, docto, doctrina, electo, efecto, octava, pacto, perfecta, plectro, práctica, traductores, otubre, afición.
En el mismo caso se encuentran las palabras con grupos cultos en los que aparece una n o una m (una nasal). Las reducciones populares compiten con el mantenimiento del grupo -mn- o -gn- o de otros grupos como -mpt- o -nst-: coluna, digno/dino, indigno, maligno y malino; solene, solenizar, significar, instante, prompta, asumpto, etc.
En otros casos también se mantienen las características latinas de las palabras cultas, como la x (que se pronunciaba como ks), en competencia con la reducción a s: excelente, examen. El mantenimiento del hiato de vocales iguales, al menos en la escritura, en palabras como comprehender, reprehender es un rasgo culto. Es probable que se trate de una manera de escribir que no refleja la pronunciación (existen formas como comprender, reprender). Lo mismo sucede con el mantenimiento de la b que cerraba una sílaba vocálica y era seguida de otra consonante. También es un cultismo latino proprio (que mantiene el consonantismo y el vocalismo latino).
Otros casos en los que aparece una ortografía diferente para un mismo sonido es el de las consonantes intervocálicas latinas -c + e, i- o -sc + e, i-. El resultado en español medieval se pronunciaba igual, se escribiera con -c- o con -sc-, un sonido antecesor de nuestra actual [s^]. Sin embargo, entraron otras palabras cultas desde el latín con -sc + e, i-. Es probable que algunas, por la influencia de la letra, se pronunciaran con sz. Esto explica que en un momento en el que la ortografía empieza a regularizarse, compitan soluciones populares tradicionales regulares como trecientos y docientos con las nuevas falsas regularizaciones, que triunfaron en algunos casos (doscientos, trescientos). Por eso, puede entenderse también que se mantengan grafías populares en cultismos como decender o diciplina en los que después se restablecerá la grafía culta sc. Las posibles explicaciones de muchas pequeñas divergencias siempre giran en torno a la aceptación de soluciones cultas (a veces fetichistamente guiadas por la ortografía) o al mantenimiento de los esquemas tradicionales, cultos o populares.