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Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Segunda parte > Capítulo LXXII (1 de 2)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo LXXII
De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea (1 de 2)

Todo aquel día esperando la noche estuvieron en aquel lugar y mesón don Quijote y Sancho, el uno para acabar en la campaña rasa la tanda de su diciplina, y el otro para ver el fin della, en el cual consistía el de su deseo. Llegó en esto al mesón un caminante a caballo, con tres o cuatro criados, uno de los cuales dijo al que el señor dellos parecía:

—Aquí puede vuestra merced, señor don Álvaro Tarfe1, pasar hoy la siestaI: la posada parece limpia y fresca.

Oyendo esto don Quijote, le dijo aII Sancho:

—Mira, Sancho: cuando yo hojeé aquel libro de la segundaIII parte de mi historia, me parece que de pasada topé allí este nombre de don Álvaro Tarfe.

—Bien podrá ser —respondió Sancho—. Dejémosle apear, que después se lo preguntaremos.

El caballero se apeó, y frontero2 del aposento de don Quijote la huéspeda le dio una sala baja, enjaezada con otras pintadas sargas como las que tenía la estancia de don Quijote. Púsose el reciénIV venido caballero a lo de verano3 y, saliéndose al portal del mesón, que era espacioso y fresco, por el cual se paseaba don Quijote, le preguntó:

—¿Adónde bueno camina vuestra merced4, señor gentilhombre?

Y don Quijote le respondió:

—A una aldea que está aquí cerca, de donde soy natural. Y vuestra merced ¿dónde camina?

—Yo, señor —respondió el caballero—, voy a Granada, que es mi patria5.

—¡Y buena patria! —replicó don Quijote—. Pero dígame vuestra merced, por cortesía, su nombre, porque me parece que me ha de importar saberlo más de lo que buenamente podré decir.

—Mi nombre es don Álvaro Tarfe —respondió el huésped.

A lo que replicó don Quijote:

—Sin duda alguna pienso que vuestra merced debe de ser aquel don Álvaro Tarfe que anda impreso en la segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha recién impresa y dada a la luz del mundo por un autor moderno6.

—El mismo soy —respondió el caballero—, y el tal don Quijote, sujeto principal de la tal historia, fue grandísimo amigo mío, y yo fui el que le sacó de su tierra, o a lo menos le moví a que viniese a unas justas que se hacían en Zaragoza, adonde yo iba; y en verdad en verdad que le hice muchas amistades7, y que le quité de que no le palmease las espaldas el verdugo8 por ser demasiadamente atrevido.

—Y dígame vuestra merced, señor don Álvaro, ¿parezco yo en algo a ese tal don QuijoteV que vuestra merced dice?

—No, por cierto —respondió el huésped—, en ninguna manera.

—Y ese don Quijote —dijo el nuestro— ¿traía consigo a un escudero llamado Sancho Panza?

—Sí traía —respondió don Álvaro—; y aunque tenía fama de muy gracioso, nunca le oí decir gracia que la tuviese.

—Eso creo yo muy bien —dijo a esta sazón Sancho—, porque el decir gracias no es para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, señor gentilhombre, debe de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente9, que el verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas10; y, si no, haga vuestra merced la experiencia y ándese tras de mí por lo menosVI un año, y verá que se me caen a cada paso, y tales y tantas, que sin saber yo las más veces lo que me digo hago reír a cuantos me escuchan; y el verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el matador de las doncellas11, el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que está presente, que es mi amo: todo cualquier otro don Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño.

—¡Por Dios que lo creo —respondió don Álvaro—, porque más gracias habéis dicho vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado que el otro Sancho Panza en cuantas yo le oíVII hablar, que fueron muchas! Más tenía de comilón que de bien hablado, y más de tonto que de gracioso, y tengo por sin duda que los encantadores que persiguen a don Quijote el bueno han querido perseguirme a mí con don Quijote el malo. Pero no sé qué me diga, que osaré yo jurar que le dejoVIII metido en la Casa del Nuncio, en Toledo12, para que le curen, y agora remanece aquí otro don Quijote13, aunque bien diferente del mío.

Notas:

  • (1) Personaje importante, especie de deus ex machina del Q. de Avellaneda, que C. incorpora precisamente para atestiguar contra aquel autor y demostrar su impostura. º volver
  • (2) ‘enfrente’. volver
  • (3) Se cambió de ropa para estar más fresco. volver
  • (4) Fórmula normal de saludo cuando se encuentran dos personas de camino. Toda la situación está pensada y reescrita sobre el texto de Avellaneda, con la diferencia de que allí don Álvaro iba hacia Zaragoza y aquí vuelve de la ciudad. º volver
  • (5) ‘mi ciudad natal’. volver
  • (6) ‘novato’, ‘principiante’; véase II, 59, 1112, n. 37. volver
  • (7) ‘le di muchas muestras de amistad’. º volver
  • (8) palmease: ‘azotase’. Véanse los capítulos VIII y IX del Q. de Avellaneda. º volver
  • (9) frión: ‘muy frío, sin gracia, desangelado’ (II, 74, 1223). º volver
  • (10) ‘lluvias’, por ‘muy numerosas’. º volver
  • (11) Se refiere a la muerte fingida de Altisidora, que don Álvaro no puede conocer. º volver
  • (12) El manicomio de Toledo, así llamado por haberlo fundado, en 1480, Francisco Ortiz, nuncio apostólico de Sixto VI y canónigo de la catedral de Toledo. El hecho se cuenta en el capítulo XXVI del Q. de Avellaneda. º volver
  • (13) remanece: ‘aparece inesperadamente’. º volver

Notas críticas:

  • (I) 1205.2 siesta edd. fiesta SB volver
  • (II) 1205.3 le dijo a edd. (dia- | xo A) dijo a V LO [La lección de V no es una simple errata, sino una enmienda con la máxima posibilidad de ser acertada: nunca en el Q., en efecto, se usa le dijo a + nombre propio. volver
  • (III) 1205.4 la segunda edd. lo segunda A volver
  • (IV) 1205.11 recién edd. reeie~ A volver
  • (V) 1206.7  [A divide Quijo.te de línea a línea con un punto en vez de un guión. volver
  • (VI) 1206.18 lo menos edd. los menos A RQ VG FL [Es imposible tomar en cuenta la defensa de la lectura de A. volver
  • (VII) 1206.29  [A escribe ohi. volver
  • (VIII) 1206.34 dejo edd. dejô A [VG sigue a A alegando, por ejemplo, que esta «suele omitir los acentos, pero no ponerlos donde no corresponden»; por el contrario, ocurre así desde los preliminares de I (29.11) hasta el último capítulo de II (1222.24). volver

Notas complementarias:

  • (1) 1205.1—No es posible mencionar a don Álvaro Tarfe sin pensar en Avellaneda; por consiguiente, en la mayoría de los textos nombrados en II, 59 se hace alusión al noble hidalgo, pero en pocos casos se estudia de forma teórica la utilización por parte de C. del personaje de un libro de otro escritor. VG III:32-37, 78-79 y 112-121, sugiere la «complejidad dimensional» de don Álvaro Tarfe al tratar el aspecto de la autenticidad de los personajes cervantinos. Considera este uso del apócrifo por parte de C. como ejemplo máximo de interpolación de materiales ya existentes. En la reseña de los pasos de la novela en los que se cita el texto apócrifo o a él se alude de alguna forma, García Soriano [1944:215-217] –preocupado esencialmente por la polémica entre C. y Lope de Vega–, reproduce la escena del encuentro entre el caballero manchego y el noble granadino sólo para subrayar la simpatía que emana del personaje de don Álvaro. Fernández Suárez [1953:48-50] reflexiona sobre la realidad que C. les confirió a los personajes de don Álvaro y el falso DQ incorporándolos a la Segunda parte de su novela, así como acepta la validez de la «historia» de Avellaneda. Riquer [1972:XXIII-XXVI, XLIV-XLVIII; 1989c:38-39] comenta como «jugada maestra» el «secuestro» de don Ávaro Tarfe por parte de C.; subraya la procedencia morisca del personaje más simpático del apócrifo y recuerda también la procedencia de una familia de moriscos aragoneses del fingido sabio Alisolán. Osterc [1983] opina que C. no quiso entrar en polémica directa con su enemigo y por eso incluyó el falso Q. en la verdadera continuación de la novela de 1605. En la defensa de la autenticidad de esta se enmarca la apropiación del personaje de don Álvaro para atestiguar la identidad de DQ y Sancho. El trabajo más extenso sobre el estatuto del personaje de don Álvaro Tarfe se debe a Wilhelmsen [1990]b, quien, intentando establecer el paradigma de los personajes de C. y Avellaneda, llega a la conclusión de que los DQ y Sancho falsos son solamente dos impostores que han usurpado personalidades ajenas que pertenecen únicamente a los seres cervantinos; a la luz de este esclarecimiento en la novela de Avellaneda, ellos son tan auténticos como lo es el caballero granadino. Con su operación, C. le otorga a don Álvaro Tarfe identidad y realidad narrativas, admitiendo que la ficción del plagiario tiene el mismo estatuto que la suya. En su análisis la crítica reseña las opiniones de Riley, Allen, Efron, Lathrop, Fernández Suárez, Avalle-Arce, quienes han tratado de paso el tema en estudios dedicados a otros aspectos de la obra cervantina. M.C. Ruta. ¶ Cf. Lecturas. volver
  • (2) 1205.4—RM. «Entretanto que la cena se aparejaba, comenzaron a pasearse el caballero y DQ por el patio, que estaba fresco; y entre otras razones le preguntó DQ la causa que le había movido a venir de tantas leguas a aquellas justas, y cómo se llamaba. A lo cual repondió el caballero que se llamaba don Álvaro Tarfe y que descendía del antiguo linaje de los moros Tarfes de Granada, deudos cercanos de sus reyes y valerosos por sus personas, como se lee en las historias de los reyes de aquel reino, de los Abencerrajes, Zegríes, Gomeles y Mazas» (Avellaneda, I, pp. 33-34). volver
  • (3) 1206.7—CT, MZ. volver
  • (4) 1206.8—PE, CL, Alonso Hernández [1976]. «...sin que en ellos / me pusiese en pendencia ni en peligro / de verme palmeadas las espaldas» (El rufián viudo, f. 225v). volver
  • (5) 1206.9—CL, RM, VG, Alonso Hernández [1976]. «–¡Donoso frïón! –¡Dejalde! / –¡Vamos! –Yo se le sacudo» (Lope de Vega, El perseguido, II, vv. 2253-2254). volver
  • (6) 1206.10—RM. ¶ Para los donaires de Sancho, Serés [1997a]. volver
  • (7) 1206.11—MZ. ¶ El epíteto se articula, rompiendo el sistema, tanto con los que le rodean como con la función de amparo, socorro y defensa de las doncellas que, hasta este momento, habían definido la misión de DQ y de los caballeros andantes. ¶ García González [1990:210] nota que en esta Segunda parte son los demás, no DQ, los que enristran los epítetos. Joly [1988]. volver
  • (8) 1206.12—BW, CL, RM. «A un loco que estaba en casa del Nuncio, preguntóle...» (Floresta española, VI, III, 11); «Le remitiriron al Nuncio de Toledo, que le absolviese el juicio» (Gracián, Criticón, II, 1, ed. Hoyo, p. 679a). volver
  • (9) 1207.13—CT. volver
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