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Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Segunda parte > Capítulo LXX (1 de 2)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo LXX
Que sigue al de sesentaI y nueve y trata de cosas no escusadas para la claridad desta historia (1 de 2)

Durmió Sancho aquella noche en una carriola1 en el mesmo aposento de don Quijote, cosa que él quisiera escusarla, si pudiera, porque bien sabía que su amo no le había de dejar dormir a preguntas y a respuestas, y no se hallaba en disposición de hablar mucho, porque los dolores de los martirios pasados los tenía presentes y no le dejaban libre la lengua, y viniérale más a cuento dormir en una choza solo, que no en aquella rica estancia acompañado. Salióle su temor tan verdadero y su sospecha tan cierta, que apenas hubo entrado su señor en el lecho, cuando dijo:

—¿Qué te parece, Sancho, del suceso desta noche? Grande y poderosa es la fuerza del desdén desamorado, como por tus mismos ojos has visto muerta a Altisidora2, no con otras saetas, ni con otra espada, ni con otro instrumento bélico, ni con venenos mortíferos, sino con la consideración del rigor y el desdén con que yo siempre la he tratado.

—Muriérase ella enhorabuena cuantoII quisiera y como quisiera —respondió Sancho— y dejárame a mí en mi casa, pues ni yo la enamoré ni la desdeñé en mi vida. Yo no sé ni puedo pensar cómo sea que la salud de Altisidora, doncella más antojadiza que discreta, tenga que ver, como otra vez he dicho, con los martirios de Sancho Panza. Agora sí que vengo a conocer clara y distintamente3 que hay encantadores y encantos en el mundo, de quien Dios me libre, pues yo no me sé librar. Con todo estoIII, suplico a vuestra merced me deje dormir y no me pregunte más, si no quiere que me arroje por una ventana abajo.

—Duerme, Sancho amigo —respondió don Quijote—, si es que te dan lugar los alfilerazos y pellizcos recebidos y las mamonas hechas.

—Ningún dolor —replicó Sancho— llegó a la afrenta de las mamonas, no por otra cosa que por habérmelas hecho dueñasIV, que confundidas sean; y torno a suplicar a vuesa merced me deje dormir, porque el sueño es alivio de las miserias de los que las tienen despiertosV, 4.

—Sea así —dijo don Quijote—, y Dios te acompañe.

Durmiéronse los dos, y en este tiempo quiso escribir y dar cuenta Cide Hamete, autor desta grande historia, qué les movió a los duques a levantar el edificio de la máquina referida; y dice que no habiéndosele olvidado al bachiller Sansón Carrasco cuando el Caballero de los Espejos fue vencido y derribado por don Quijote, cuyo vencimiento y caída borró y deshizo todos sus designios, quiso volver a probar la mano5, esperando mejor suceso que el pasado, y, así, informándose del paje que llevó la carta y presente a Teresa Panza, mujer de Sancho, adónde don Quijote quedaba, buscó nuevas armas y caballo y puso en el escudo la blanca luna, llevándolo todo sobre un macho, a quien guiaba un labrador, y no Tomé Cecial, su antiguo escudero, porque no fuese conocido de Sancho ni de don Quijote.

Llegó, pues, al castillo del duque, que le informó el camino y derrota que don Quijote llevaba6 con intento de hallarse en las justas de Zaragoza; díjole asimismo las burlas que le había hecho con la traza del desencanto de Dulcinea, que había de ser a costa de las posaderas de Sancho; en fin, dio cuenta de la burla que Sancho había hecho a su amo dándole a entender que Dulcinea estaba encantada y transformada en labradora, y cómo la duquesa su mujer había dado a entender a Sancho que él era el que se engañaba, porque verdaderamente estaba encantada Dulcinea, de que no poco se rió y admiró el bachiller, considerando la agudeza y simplicidad de Sancho, como del estremoVI de la locura de don Quijote.

Pidióle el duque que si le hallase, y le venciese o no, se volviese por allí a darle cuenta del suceso7. Hízolo así el bachiller; partióse en su busca; no le halló en Zaragoza, pasó adelante, y sucedióle lo que queda referido.

Volvióse por el castillo del duque y contóselo todo, con las condiciones de la batalla y que ya don Quijote volvía a cumplir, como buen caballero andante, la palabra de retirarse un año en su aldea, en el cual tiempo podía ser, dijo el bachiller, que sanase de su locura, que esta era la intención que le había movido a hacer aquellas transformaciones, por ser cosa de lástima que un hidalgo tan bien entendido como don Quijote fuese loco. Con esto, se despidió del duque y se volvió a su lugar, esperando en él a don Quijote, que tras él venía.

De aquí tomó ocasión el duque de hacerle aquella burla: tanto era lo que gustaba de las cosas de Sancho y de don Quijote; y haciendoVII tomar8 los caminos cerca y lejos del castillo, por todas las partes que imaginó que podría volver don Quijote, con muchos criados suyos de a pie y de a caballo, para que por fuerza o de grado le trujesen al castillo, si le hallasen, halláronle, dieron aviso al duque, el cual, ya prevenido de todo lo que había de hacer, así como tuvo noticia de su llegada mandó encender las hachas y las luminarias del patio y poner a Altisidora sobre el túmulo, con todos los aparatos que se han contado, tan al vivo y tan bienVIII hechos9, que de la verdad a ellos había bien poca diferencia.

Y dice más Cide Hamete: que tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos10, pues tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos.

Los cuales, el uno durmiendo a sueño suelto y el otro velando a pensamientos desatados, les tomó el día y la gana de levantarse, que las ociosas plumas, ni vencido ni vencedor, jamás dieron gusto a don Quijote.

Altisidora (en la opinión de don Quijote, vuelta de muerte a vida), siguiendo el humor de sus señores, coronada con la misma guirnalda que en el túmulo tenía y vestida una tunicela de tafetán blanco11 sembrada de flores de oro, y sueltos los cabellos por las espaldas, arrimada a un báculo de negro y finísimo ébano, entró en el aposento de don Quijote, con cuya presencia turbado y confuso se encogió y cubrió casi todo con las sábanas y colchas de la cama, muda la lengua, sin que acertase a hacerle cortesía ninguna. Sentóse Altisidora en una silla, junto a su cabecera, y después de haber dado un gran suspiro, con voz tierna y debilitada le dijo:

—Cuando las mujeres principales y las recatadas doncellas atropellan por la honra12 y dan licencia a la lengua que rompa por todo inconveniente13, dando noticia en público de los secretos que su corazón encierra, en estrechoIX término se hallan. Yo, señor don Quijote de la Mancha, soy una destas, apretada14, vencida y enamorada, pero, con todo esto, sufrida y honesta: tanto, que por serlo tanto, reventó mi alma por mi silencio y perdí la vida. Dos días ha que con laX consideración del rigor con que me has tratado,

¡Oh más duro que mármol a mis quejas,

empedernido caballero15!, he estado muerta o a lo menos juzgada por tal de los que me han visto; y si no fuera porque el amor, condoliéndose de mí, depositó mi remedio en los martirios deste buen escudero, allá me quedara en el otro mundo.

—Bien pudiera el amor —dijo Sancho— depositarlos en los de mi asno, que yo se lo agradeciera. Pero dígame, señora, así el cielo la acomode con otro más blando amante que mi amo: ¿qué es lo que vio en el otroXI mundo? ¿Qué hay en el infierno? Porque quien muere desesperado16, por fuerza ha de tener aquel paradero.

—La verdad que os diga —respondió Altisidora—, yo no debí de morir del todo, pues no entré en el infierno, que si allá entrara, una por una no pudiera salir dél17, aunque quisiera. La verdad es que llegué a la puerta, adonde estaban jugando hasta una docena de diablos a la pelota18, todos en calzas y en jubón19, con valonas guarnecidas con puntas de randas flamencas, y con unas vueltas de lo mismo que les servían de puños20, con cuatro dedos de brazo de fuera, porque pareciesen las manos más largas21, en las cuales tenían unas palas de fuego; y lo que más me admiró fue que les servían, en lugar de pelotas, libros, al parecer llenos de viento y de borra22, cosa maravillosa y nueva; pero esto no me admiró tanto como el ver que, siendo natural de los jugadores el alegrarse los gananciosos y entristecerse los que pierden, allí en aquel juego todos gruñían, todos regañaban y todos se maldecían.

Notas:

  • (1) ‘cama baja, provista de ruedas, que suele esconderse bajo otra más alta’, ‘cama nido’. º volver
  • (2) Oración con valor causal. º volver
  • (3) ‘evidentemente’. volver
  • (4) Es eco de unos versos de Ovidio.V volver
  • (5) ‘probar suerte’, ‘intentarlo’. º volver
  • (6) derrota: ‘ruta’, ‘itinerario’; véase I, 7, 93, n. 48. volver
  • (7) En la petición del Duque parece oírse un eco de la que Herodes hace a los Reyes Magos (Mateo, II, 8). º volver
  • (8) ‘cerrar’. volver
  • (9) al vivo: ‘verosímiles’. volver
  • (10) dos dedos: ‘muy cerca’. º volver
  • (11) tunicela: ‘especie de bata corta’. º volver
  • (12) ‘pasan, sin hacer caso de las inconveniencias, por encima de la honra’. º volver
  • (13) ‘se atreven a todo, sin temor a ponerse en peligro’. º volver
  • (14) ‘maltratada’. volver
  • (15) Altisidora modifica el arranque de la intervención de Salicio en la égloga I, v. 57, de Garcilaso, trayendo a la memoria del lector la requisitoria de amor que aquel dedica a Galatea. Lo refuerza pleonásticamente con empedernido (‘duro como el pedernal, obstinado’) caballero, también garcilasiano (égloga II, v. 714, etc.). º volver
  • (16) ‘quien se suicida’; véase I, 12, 133, n. 49. volver
  • (17) una por una no: ‘en absoluto’ (I, 25, 281, n. 77). volver
  • (18) Según una tradición que remonta a la Edad Media, los diablos juegan a la pelota con las almas de los condenados; aquí, con los libros. º volver
  • (19) ‘ligeros de ropa’, para jugar con mayor agilidad (I, 29, 340, n. 46). º volver
  • (20) Puños postizos de encaje que se volvían sobre las bocamangas de la ropillaCaballero. Se pusieron de moda al desaparecer los cuellos de lechuguilla, sustituidos por las valonas (II, 18, 772, n. 12). Se llamaban, por otro nombre, puños chatos. º volver
  • (21) Véase II, 69, 1188, n. 30. volver
  • (22) ‘presunción y basura’; la metáfora se organiza sobre los dos tipos más corrientes de pelota. º volver

Notas críticas:

  • (I) 1190.23 al de sesenta edd. al sesenta RM SB FL [El lapsus, sin duda por «contaminación con el nombre de los años» (RM; cf. arriba, II, Tasa, 607.16), puede perfectamente ser de C. volver
  • (II) 1191.9 cuanto edd. cuando MA1730 RAE SB [Es posible que se trate de una errata, pero la lectura tiene una gracia muy cervantina. volver
  • (III) 1191.16 esto edd. eso V volver
  • (IV) 1191.22 dueñas edd. dueña A SB [La enmienda viene menos apoyada por la proximidad de confundidas que por la insistencia de Sancho en el plural: dos veces en II, 69, 1188 («que me toquen dueñas, ¡eso no!»). volver
  • (V) 1191.24-25 despiertos HZ SB FL despiertas edd. [El gazapo se explica por falsa concordancia con el las anterior. El pasaje de Ovidio que está al fondo de la reflexión de Sancho tiende a confirmar la corrección (sugerida por PE): «Somne, quies rerum..., / pax animi, quem cura fugit, qui corpora duris / fessa ministeriis mulces reparasque labori!» (Metamorfosis, XI, 623-625). volver
  • (VI) 1192.14 del estremo edd. el estremo V RAE [Debe entenderse se rió ... del estremo (PE), frente a la facilior de V. volver
  • (VII) 1192.29-30 y haciendo edd. y hizo RAE haciendo Cádiz [Adoptamos la puntuación de RM, a conciencia de que tal vez sea sólo un expediente para salvar un anacoluto, o aun quizá una errata. volver
  • (VIII) 1193.1 tan bien edd. también A [Ni SB ni FL, contra su norma, señalan la corrección. volver
  • (IX) 1193.24 estrecho edd. tan estrecho V volver
  • (X) 1193.28 que con la LO SB que la edd. que por la RAE2 RM [La corrección se impone, a la luz de lo dicho arriba, 1191 («has visto muerta a Altisidora ... con la consideración del rigor...»), y cuenta habida de la plausibilidad de la errata (con la consideración...). No obstante, dada la peculiaridad del período, no cabe descartar un anacoluto. volver
  • (XI) 1194.6 el otro edd. otro SB volver

Notas complementarias:

  • (1) 1190.1Autoridades. volver
  • (2) 1191.2—CL, MZ, RM. J.M. Blecua y Alcina Franch [1975:§ 8.2.4.1]. Rosenblat [1971:341-342] cree que la frase es imperfecta. volver
  • (3) 1191.5—Correas, Vocabulario, p. 729a. ¶ Juan Bolufer [1993:308] nos recuerda la pequeña analepsis de Cide Hamete, que aporta datos nuevos. volver
  • (4) 1192.7—Para la función de Sansón Carrasco como deus ex machina del desenlace, cf. Riley [1986/90:163] y Márquez Villanueva [1995a:331-335]b. volver
  • (5) 1193.10—Riley [1986/90:163] señala los extraordinarios límites a que es llevado el engaño por parte de los duques; <Salazar Rincón [1986:63 ss.] lo pone en el contexto de la ociosidad malsana en que caía un parte de la nobleza contemporánea. volver
  • (6) 1193.11—Se trataba de una vestidura con mangas que llegaba a media pierna, semejante por su forma a la sotanilla. Delanteros y espalda se cortaban de una sola pieza, sin costura en la cintura; los delanteros se estrechaban a la altura de la cintura, pero la espalda se ensanchaba desde los hombros en línea recta hasta el borde inferior (Bernis, en prensa). ¶ Para esta entrada de Altisidora, Márquez Villanueva [1995a:329-330]. ¶ De los caballeros visitados por sus damas se ocupa CL, que trae paralelos del Belianís, II, 8; del Palmerín de Olivia, III; del Amadís de Grecia, II, 63; de Leandro el Bel, II, 26, etc. ¶ Johnson [1990b:132-134] estudia el episodio como imagen especular del encuentro con Maritornes, e incluso cree que, a estas alturas, el amor de Altisidora por DQ es real. volver
  • (7) 1193.12—«Así como supe que de vuestro lugar os habíades partido, atropellando por mil inconvenientes decidí seguiros en este hábito» (Las dos doncellas, f. 205v). volver
  • (8) 1193.13—«Determinó de libertarle, aunque se pusiese a romper por todo inconveniente» (Persiles, I, 4, ff. 9v-10). volver
  • (9) 1193.15—CL, J.M. Blecua [1947a:143]. Eisenberg [1988:128, n. 183] recuerda que C. ya había incluido este verso en La Galatea; Lerner [1990a:834]. volver
  • (10) 1194.18—Devoto [1974:131-135]b trae una serie de textos en que se compara el libro con una pelota. ¶ Moner [1989a:25-26] ve aquí una valoración del libro como objeto, vacío de contenido, en relación con algunos autores condenados en el Viaje del Parnaso. Pini Moro [1990:230-233], en discusión con la teoría de Girard [1961/85:95-98], desenvuelve y explica el juego de los diablos y los libros y pone en relación el episodio con el prólogo de la Segunda parte, especialmente con todo lo relativo a la inflación de libros y la función de la imprenta. ¶ Cf. también la ceñida apreciación de Riley [1962/66:327-338] y Herrero [1982b], que establece el régimen metafórico de la crítica cervantina. volver
  • (11) 1194.19—Marasso [1947/54:169-170] explica la posición de Altisidora, a las puertas del infierno, a la luz de la Farsalia. volver
  • (12) 1194.20—Herrero García [1983:914-915]. volver
  • (13) 1194.22—Covarrubias, Tesoro. ¶ Pini Moro [1990:232] evoca el cuento del loco hinchador de perros de II, Pról., 619. volver
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