Siguió don Antonio Moreno al Caballero de la Blanca Luna, y siguiéronle también, y aun persiguiéronle, muchos muchachos, hasta que le cerraronII en un mesón1 dentro de la ciudad. Entró en él don AntonioIII con deseo de conocerle; salió un escudero a recebirle y a desarmarle2; encerróse en una sala baja, y con él don Antonio, que no se le cocía el pan hasta saber quién fuese3. Viendo, pues, el de la Blanca Luna que aquel caballero no le dejaba, le dijo:
—Bien sé, señor, a lo que venís, que es a saber quién soy; y porque no hay para quéIV negároslo, en tanto que este mi criado me desarma os lo diré sin faltar un punto a la verdad del caso. Sabed, señor, que a mí me llaman el bachiller Sansón Carrasco; soy del mesmo lugar de don Quijote de la Mancha, cuya locura y sandez mueve a que le tengamos lástima todos cuantos le conocemos, y entre los que más se la han tenido he sido yo; y creyendo que está su salud en su reposo y en que se esté en su tierra y en su casa, di traza para hacerle estar en ella4, y, así, habrá tresV meses que le salí al camino como caballero andante, llamándome el Caballero de los Espejos, con intención de pelear con él y vencerle sin hacerle daño, poniendo por condición de nuestra pelea que el vencido quedase a discreción del vencedor; y lo que yo pensaba pedirle, porque ya le juzgaba por vencido, era que se volviese a su lugar y que no saliese dél en todo un año, en el cual tiempo podría ser curado. Pero la suerte lo ordenó de otra manera, porque él me venció a mí y me derribó del caballo, y, así, no tuvo efecto mi pensamiento: él prosiguió su camino, y yo me volví vencido, corrido y molido de la caída, que fue además peligrosa5; pero no por estoVI se me quitó el deseo de volver a buscarle y a vencerle, como hoy se ha visto. Y como él es tan puntual en guardar las órdenes de la andante caballería, sin duda alguna guardará la que le he dado, en cumplimiento de su palabra. Esto es, señor, lo que pasaVII, sin que tenga que deciros otra cosa alguna. Suplícoos no me descubráis, ni le digáis a don Quijote quién soy, porque tengan efecto los buenos pensamientos míos y vuelva a cobrar su juicio un hombre que le tiene bonísimo, como le dejen las sandeces de la caballería.
—¡Oh, señor —dijo don Antonio—, Dios os perdone el agravio que habéis hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él! ¿No veis, señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de don Quijote a lo que llega el gustoVIII que da con sus desvaríos6? Pero yo imagino que toda la industria del señor bachiller no ha de ser parte para volver cuerdo a un hombre tan rematadamente loco; y, si no fuese contra caridad, diría que nunca sane don Quijote, porque con su salud no solamente perdemos sus gracias, sino las de Sancho Panza su escudero, que cualquiera dellas puede volver a alegrar a la misma melancolía7. Con todo esto, callaré y no le diré nada, por ver si salgo verdadero en sospechar que no ha de tener efecto la diligencia hecha por el señor Carrasco.
El cual respondió que ya una por una estaba en buen punto aquel negocio8, de quien esperaba feliz suceso. Y habiéndoseIX ofrecidoX don Antonio de hacer lo que más le mandase9, se despidió dél, y hechoXI liar sus armas sobre un macho10, luego al mismo punto, sobre el caballo con que entró en la batalla, se salió de la ciudad aquel mismo día y se volvió a su patria, sin sucederle cosa que obligue a contarla en esta verdadera historia.
Contó don Antonio al visorrey todo lo que Carrasco le había contado, de lo que el visorrey no recibió mucho gusto, porque en el recogimiento de don Quijote se perdía el que podían tener11 todos aquellos que de sus locuras tuviesen noticia.
Seis días estuvo don Quijote en el lecho, marrido12, triste, pensativo y mal acondicionado, yendo y viniendo con la imaginación en el desdichado suceso de su vencimiento. Consolábale Sancho, y, entre otras razones, le dijo:
—Señor mío, alce vuestra merced la cabeza y alégrese, si puede, y dé gracias al cielo que, ya que le derribó en la tierra, no salió con alguna costilla quebrada; y pues sabe que donde las dan las toman13 y que no siempre hay tocinos donde hay estacas, dé una higa al médico14, pues no le ha menester para que le cure en esta enfermedad, volvámonos a nuestra casa y dejémonos de andar buscando aventuras por tierras y lugares que no sabemos. Y si bien se considera, yo soy aquí el más perdidoso15, aunque es vuestra merced el más malparado: yo, que dejé con el gobierno los deseos de ser más gobernador16, no dejé la gana de ser conde, que jamás tendrá efecto si vuesa merced deja de ser rey, dejando el ejercicio de su caballería, y así vienen a volverse en humo mis esperanzas.
—Calla, Sancho, pues ves que mi reclusión y retirada no ha de pasar de un año, que luego volveré a mis honrados ejercicios, y no me ha de faltar reino que gane y algún condado que darte.
—Dios lo oiga —dijo Sancho— y el pecado sea sordo17, que siempre he oído decir que más vale buena esperanza que ruin posesión18.
En esto estaban, cuando entró don Antonio, diciendo con muestras de grandísimo contento:
—¡Albricias, señor don Quijote, que don Gregorio y el renegado que fue por él está en la playaXII! ¿Qué digo en la playa? Ya estáXIII en casa del visorrey y seráXIV aquí al momento.
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