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Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Segunda parte > Capítulo LXIIII (2 de 2)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo LXIIII
Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido (2 de 2)

Viendo, pues, el visorrey que daban los dos señales de volverse a encontrar17, se puso en medio, preguntándoles qué era la causa que les movía a hacer tan de improviso batalla. El Caballero de la Blanca Luna respondió que era precedenciaVIII de hermosura18, y en breves razones le dijo las mismas que había dicho a don Quijote, con la acetación de las condiciones del desafío hechas por entrambas partes. Llegóse el visorrey a don Antonio y preguntóle paso19 si sabía quién era el tal Caballero de la Blanca Luna o si era alguna burla que querían hacer a don Quijote. Don Antonio le respondió que ni sabía quién era, ni si era de burlas ni de veras el tal desafío. Esta respuesta tuvo perplejo al visorrey en si les dejaría o no pasar adelante en la batalla; pero no pudiéndose persuadir a que fuese sino burla, se apartó diciendo:

—Señores caballeros, si aquí no hay otro remedio sino confesar o morir, y el señor don Quijote está en sus trece, y vuestra merced el de la Blanca Luna en sus catorce20, a la mano de Dios, y dense21.

Agradeció el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al visorrey la licencia que se les daba, y don Quijote hizo lo mesmo; el cual, encomendándose al cielo de todo corazón y a su Dulcinea, como tenía de costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían, tornó a tomar otro poco más del campo, porque vio que su contrario hacía lo mesmo; y sin tocar trompeta ni otro instrumento bélico que les diese señal de arremeter, volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos22, y como era más ligero el deIX la Blanca Luna, llegó a don Quijote a dos tercios andados de la carrera23, y allí le encontró con tan poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza (que la levantó, al parecer, de propósito)24, que dio con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa caída. Fue luego sobre él y, poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo:

—Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de nuestro desafío25.

Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:

—Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra26.

—Eso no haré yo, por cierto —dijo el de la Blanca Luna—: viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso, que solo me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un año, o hasta el tiempo que por mí le fuere mandado, como concertamos antes de entrar en esta batalla.

Todo esto oyeron el visorrey y don Antonio, con otros muchos que allí estaban, y oyeron asimismo que don Quijote respondió que como no le pidiese cosa que fuese en perjuicio de Dulcinea, todo lo demás cumpliría como caballero puntual y verdadero27.

Hecha esta confesión, volvió las riendas el de la Blanca Luna y, haciendo mesura con la cabeza al visorrey28, a medio galope se entró en la ciudad.

Mandó el visorrey a don Antonio que fuese tras él y que en todas maneras supiese quién era. Levantaron a don Quijote, descubriéronle el rostro y halláronle sin color y trasudando. Rocinante, de puro malparado, no se pudo mover por entonces. Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabía qué decirse ni qué hacerse: parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueños y que toda aquella máquina era cosa de encantamento29. Veía a su señor rendido y obligado a no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus hazañas escurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechasX, como se deshace el humo con el viento. Temía si quedaría o no contrecho Rocinante30, o deslocado su amo, que no fuera poca ventura si deslocado quedara31. Finalmente, con una silla de manos que mandó traer el visorrey32, le llevaron a la ciudad, y el visorrey se volvió también a ella con deseo de saber quién fuese el Caballero de la Blanca Luna que de tan mal talante había dejado a don Quijote33.

Lectura comentada (Georges Güntert)

Notas:

  • (17) ‘de darse la vuelta para efectuar el encuentro, el combate’. º volver
  • (18) ‘prioridad de belleza’. volver
  • (19) ‘en voz baja’. volver
  • (20) ‘persiste en su propósito aún más que si se mantuviera en sus trece’; véase II, 39, 946, n. 2. volver
  • (21) ‘entréguense al combate, empréndanlo’. volver
  • (22) a un mesmo punto: ‘al mismo tiempo’. º volver
  • (23) Es decir, DQ sólo pudo recorrer los dos tercios de la mitad de la distancia que le separaba del Caballero de la Blanca Luna. º volver
  • (24) Levantar, queriendo, lalanza era bastante habitual en muchos lances semejantes; evidentemente, se esperaba que el caballero rival correspondiese. º volver
  • (25) Equivale a reconocer o confesar que Dulcinea no era tan hermosa como la dama del de la Blanca Luna. º volver
  • (26) Las palabras de DQ recuerdan a las del francés Renato en el Persiles. º volver
  • (27) ‘cumplidor y fidedigno’. º volver
  • (28) haciendo mesura: ‘haciendo una reverencia’. º volver
  • (29) máquina: ‘artificio’, ‘representación’ (II, 29, 874). volver
  • (30) contrecho: ‘tullido’, ‘lisiado’, ‘estropeado’. volver
  • (31) deslocado: ‘dislocado’, ‘torcido’, pero también deslocado ‘desalocado, curado de locura’. º volver
  • (32) La silla de manos, transportada por hombres (II, 48, 1019, n. 35), era carruaje propio solamente de viejos y enfermos. º volver
  • (33) de tan mal talante: ‘tan mal’, ‘en tan mal estado’. volver

Notas críticas:

  • (VIII) 1159.15 precedencia edd. pendencia V volver
  • (IX) 1160.2-3 el de edd. el del de FL [Cf. II,12, 724.31, y abajo, 65, 1166.25 Véase la nota crítica XXVI ubicada en el capítulo 65, aparte el texto de 1168, lín. 7; por otro lado, Á. Rosenblat (1971:327-328). volver
  • (X) 1161.5 deshechas edd. (des | sechas A) desfechas FL [La anomalía de A no nos parece suficiente para dar por buena la enmienda de FL. volver

Notas complementarias:

  • (11) 1159.17—Juan Bolufer [1993:307] subraya la pequeña analepsis. volver
  • (12) 1160.22—MZ, MU. volver
  • (13) 1160.23—CT. volver
  • (14) 1160.24—CL trae muchos paralelos ilustrativos: Leandro el Bel, II, 33; Tirant lo Blanc, III; Policisne de Boecia, LXXIII; incluso el Orlando furioso, XXXVI, 37. volver
  • (15) 1160.25—CL. volver
  • (16) 1160.26—RQ trae el paralelo: «Aprieta..., ¡oh más venturoso que valiente vencedor mío!, esta punta de espada, y sácame el alma... que no ha de confesar mi lengua la culpa que no tengo..., y, así, más quiero morir con honra que vivir deshonrado» (Persiles, II, 19, f. 113). Otros paralelos históricos y novelescos, en CT y RM. ¶ Riley [1986/90:173] señala que DQ llega aquí al punto de más alta devoción por Dulcinea, pues no sabe nada de la farsa de Sansón Carrasco y arriesga «realmente» su vida; <Allen [1990:854-856]. Cf. Osterc [1985:52-53; 1986:54], Urbina [1994:96]. volver
  • (17) 1160.27—Para la aceptación de la derrota y el cambio de sentido de la locura de DQ, Allen [1969-1979:I, 49-50 y II, 93-100; 1990:855-856]. Cf. también, para matizar a Allen, Lo Ré [1989]; otras opiniones sobre la derrota de DQ, en Lecturas. volver
  • (18) 1160.28—BW. volver
  • (19) 1161.31—CL, CT, RM. volver
  • (20) 1161.32—«Los grandes, los señores de autoridad y monta, caballeros de condición, personas de respeto y caudal, se sirven de... sillas de manos (puesto que las últimas son de ordinario para mujeres, o hombres muy viejos y enfermos)» (Comenio, Ianua linguarum, núm. 455). volver
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