Capítulo LXII
Que trata de la aventura de la cabeza
encantada, con otras niñerías que no pueden
dejar de contarse (1 de 4)
Don Antonio Moreno se llamaba el
huésped de don Quijote, caballero rico y
discreto y amigo de holgarse a lo honesto y afable,
el cual, viendo en su casa a don Quijote, andaba
buscando modos como, sin su perjuicio, sacase a plaza
sus locuras1, porque no
son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que
valgan, si son con daño de tercero. Lo primero
que hizo fue hacer desarmar a don Quijote y sacarle a
vistas con aquel su estrecho y acamuzado vestido2
(como yaI
otras veces le hemos descrito y pintado) a un
balcón que salía a una calle de las
más principales de la ciudad, a vista de las
gentes y de los muchachos, que como a mona le
miraban. Corrieron de nuevo delante dél los de
las libreas, como si para él solo, no para
alegrar aquel festivo día3, se las
hubieran puesto, y Sancho estaba contentísimo,
por parecerle que se había hallado, sin saber
cómo ni cómo no, otras bodas de Camacho,
otra casa como la de don Diego de Miranda y otro
castillo como el del duque.
Comieron aquel día con don Antonio
algunos de sus amigos, honrando todos y tratando a
don Quijote como a caballero andante, de lo cual,
hueco y pomposo, no cabía en sí de
contento. Los donaires de Sancho fueron tantos, que
de su boca andaban como colgados todos los criados de
casa y todos cuantos le oían. Estando a la mesa,
dijo don Antonio a Sancho:
—Acá tenemos noticia, buen
Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de
albondiguillas4, que si os
sobran las guardáis en el seno para el otro
día.
—No, señor, no es así
—respondió Sancho—, porqueII
tengo más de limpio que de goloso5, y mi
señor don Quijote, que está delante, sabe
bien que con un puño de bellotas o de nueces nos
solemos pasar entrambos ocho días. Verdad es que
si tal vez me sucede que me den la vaquilla, corro
con la soguilla, quiero decirIII
que como lo que me dan y uso de los tiempos como los
hallo; y quienquiera que hubiere dicho que yo soy
comedor aventajado y no limpio, téngase por
dicho que no acierta, y de otra manera dijera esto si
no mirara a las barbas honradas que están a la
mesa6.
—Por cierto —dijo don Quijote— que
la parsimonia y limpieza con que Sancho come se puede
escribir y grabar en láminas de bronce, para que
quede en memoria eterna en los siglos venideros.
Verdad es que cuando él tiene hambre parece algo
tragón, porque come apriesa y mascaIV
a dos carrillos, pero la limpieza siempre la tiene en
su punto, y en el tiempo que fue gobernador
aprendió a comer a lo melindroso: tanto, que
comía con tenedor las uvas, y aun los granos de
la granada.
—¡Cómo! —dijo don
Antonio—. ¿Gobernador ha sido Sancho?
—Sí —respondió
Sancho—, y de una ínsula llamada la
Barataria. Diez días la goberné a pedir de
boca7; en ellos
perdí el sosiego y aprendí a despreciar
todos los gobiernos del mundo; salí huyendo
della, caí en una cueva, donde me tuveV
por muerto, de la cual salí vivo por milagroVI.
Contó don Quijote por menudo todo
el suceso del gobierno de Sancho, con que dio gran
gusto a los oyentes.
Levantados los manteles y tomando don
Antonio por la mano a don Quijote, se entró con
él en un apartado aposento, en el cual no
había otra cosa de adorno que una mesa, al
parecer de jaspe, que sobre un pie de lo mesmo se
sostenía, sobre la cual estaba puesta, al modo
de las cabezas de los emperadores romanos, de los
pechos arriba8, una que
semejaba ser de bronce. Paseóse don Antonio con
don Quijote por todo el aposento, rodeando muchas
veces la mesa, después de lo cual dijo:
—Agora, señor don Quijote,
que estoy enterado que no nos oye y escucha alguno y
está cerrada la puerta, quiero contar a vuestra
merced una de las más raras aventuras, o, por
mejor decir, novedades, que imaginarse pueden, con
condición que lo que a vuestra merced dijere lo
ha de depositar en los últimos retretes del
secreto9.
—Así lo juroVII
—respondió don Quijote—, y aun le
echaré una losa encima para más seguridad,
porque quiero que sepa vuestra merced, señor don
Antonio —que ya sabía su nombre—,
que está hablando con quien, aunque tiene
oídos para oír, no tiene lengua para
hablar; así que con seguridad puede vuestra
merced trasladar lo que tiene en su pecho en el
mío y hacer cuenta que lo ha arrojado en los
abismos del silencio.
—En fee de esa promesa
—respondió don Antonio—, quiero
poner a vuestra merced en admiración con lo que
viere y oyere, y darme a mí algún alivio de
la pena que me causa no tener con quien comunicar mis
secretos, que no son para fiarse de todos.
Suspenso estaba don Quijote, esperando
en qué habían de parar tantas prevenciones.
En esto, tomándole la mano don Antonio, se la
paseó por la cabeza de bronce y por toda la mesa
y por el pie de jaspe sobre que se sostenía, y
luego dijo:
—Esta cabeza, señor don
Quijote, ha sido hecha y fabricada por uno de los
mayores encantadores y hechiceros que ha tenidoVIII
el mundo, que creo era polaco de nación y
dicípulo del famoso Escotillo10, de
quien tantas maravillas se cuentan; el cual estuvo
aquí en mi casa, y por precio de mil escudos que
le di labró esta cabeza, que tiene propiedad y
virtud de responder a cuantas cosas al oído le
preguntaren11.
Guardó rumbos, pintó carácteres12,
observó astros, miró puntos13 y,
finalmente, la sacó con la perfeción que
veremos mañana, porque los viernes está
muda, y hoy, que lo es, nos ha de hacer esperar hasta
mañana. En este tiempo podrá vuestra merced
prevenirse de lo que querrá preguntar, que por
esperiencia sé que dice verdad en cuanto
responde.
Admirado quedó don Quijote de la
virtud y propiedad de la cabeza, y estuvo por no
creer a don Antonio, pero por ver cuán poco
tiempo había para hacer la experiencia14 no quiso
decirle otra cosa sino que le agradecía el
haberle descubierto tan gran secreto. Salieron del
aposento, cerró la puerta don Antonio con llave
y fuéronse a la sala donde los demás
caballeros estaban. En este tiempo les había
contado Sancho muchas de las aventuras y sucesos que
a su amo habían acontecido.
Notas:
- (1) sacase a
plaza: ‘publicase’, ‘hiciese
manifiestas’. º volver
- (2) sacarle a
vistas: ‘ponerlo a la vista de la
gente’ (II, 18, 772). º volver
- (3) El día de San
Juan se celebraba en Barcelona una famosa cabalgata.
º volver
- (4) El manjar
blanco, plato de lujo que se volvió popular
en el Siglo de Oro, era una pasta que se hacía
con pechugas de gallina deshiladas y su caldo, leche,
azúcar, sal y sémola de trigo o arroz; se
servía en la calle, bien en cajuelas de papel,
bien en fritos como buñuelos; hoy se come en
Turquía. Las albondiguillas, de diversas
clases, se vendían en puestos callejeros, con
abusos en su composición, hasta el punto de que
hubieron de aparecer aranceles señalando los
complementos que necesitaba la carne básica. Don
Antonio Moreno se refiere a un convite que don
Álvaro Tarfe hace a DQ y Sancho en el
capítulo XII de la continuación
apócrifa de Avellaneda. º volver
- (5)
‘tragón’,
‘comilón’. º volver
- (6) ‘diría
que miente –lo que supone una
ofensa–, si no tuviera en cuenta la dignidad de
las personas presentes’. º volver
- (7) La expresión
corriente sirve para evocar en tono jocoso el hambre
que pasó Sancho entonces. º volver
- (8) Era, por lo tanto,
‘un busto’. volver
- (9) ‘en los
últimos y más retirados recintos del
secreto’; retrete es la habitación
que se dispone para retirarse y no ser molestado. volver
- (10) Entre todos los
posibles Escotos, con fama de magos, C. parece tomar el
nombre de un prestidigitador que actuó en
Flandes pocos años antes y cuya fama
llegó a España; posiblemente se
llamó así en recuerdo del nigromante
Miguel Scoto, citado por Dante en la Divina
Commedia, «Infierno», XX, 116.
º volver
- (11) La cabeza parlante
forma parte de una tradición de literatura
parafilosófica. º volver
- (12) ‘figuras y
signos mágicos’; véase II, 35, 922,
n. 11, y I, 9, 107, n. 22. volver
- (13) Los puntos
«de que se compone la esfera celeste y
terrestre» (II, 29, 871; véase allí
la n. 22). volver
- (14)
había: ‘faltaba’. º volver
Notas críticas:
- (I) 1133.3 ya
edd. yo A volver
- (II) 1133.20 Sancho, porque
edd. RAE Sancho, engañado le han a
V.M. porque MA MA55 BR62
MA68 AM73
AM97 LO
[Nótese la filiación de las ediciones. volver
- (III) 1133.24 decir
edd. dczir
A volver
- (IV) 1134.5 masca
edd. mafca
A volver
- (V) 1134.13 tuve edd. tuvo
MA volver
- (VI) 1134.14 milagro edd. mlagro
A volver
- (VII) 1134.31 juro
edd. juró
A volver
- (VIII) 1135.12 [En que ha tenido, FL
transcribe, en vez de la conjunción en
abreviatura, un signo convencional para indicar una
q rota (II:XVI); con diversas medidas de
degradación, la letra está suficientemente
clara en todos nuestros ejemplares, al igual que la
i que VG echa en falta en el nació
de la línea siguiente. volver
Notas complementarias:
- (1) 1132.1—«Mi intento ha sido poner en
la plaza de nuestra república una mesa de
trucos» (Novelas ejemplares,
Pról.); cf. II, 16, 755 y n. 45.
volver
- (2) 1133.2—MZ, Oudin. ¶ Sobre
los juicios que ha merecido el comportamiento de don
Antonio Moreno para con DQ, cf. Ruta
[1994:351-354]b.
volver
- (3) 1133.3—CT recuerda que dicha cabalgata,
presidida por los consellers, partía del
Borne y recorría la mayor parte de la ciudad. CL
apunta que C. hace que coincida la llegada de DQ con
San Juan para que el caballero crea que la ceremonia
era en su honor.
volver
- (4) 1133.4—BW, PE, CL, CT, RM. La receta del
manjar blanco en Martínez Montiño,
Arte de cocina, pp. 108-110; allí mismo,
pp. 46-47, 67 y passim, varias recetas de
albondiguillas. «Para este guisado [las
albondiguillas] es menester huevos, tocino, verduras,
de todas las especias, limones y panecillos para
rebanadas» (apud Herrero García
1977:128). «¿Habéis dejado, Sancho,
algún rincón desembarazado para comer
estas seis pellas
[‘albóndigas’]?..., se comió
las cuatro con tanta prisa y gusto como dieron
señales de ello las barbas, que quedaron no poco
enjabelgadas del manjar blanco; las otras dos... se las
metió en el seno con intención de
guardarlas para la mañana» (Avellaneda,
XII). Joly [1991a:74-75] señala que las
respuestas de Sancho y DQ en la tradicional
conversación de sobremesa son indirectas contra
Avellaneda.
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- (5) 1133.5—BW. «El goloso y
tragón come a dos carrillos» (Comenio,
Ianua linguarum, núm. 820).
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- (6) 1133.6—CL, RM.
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- (7) 1134.7—VG.
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- (8) 1135.10—BW, PE, CL, CT, SB,
RM, Caro Baroja [1967:I, 343-345]b, Crosby
[1993:II, 1295-1296]. Cf. Zapata,
Miscelánea, II, núm.
249.
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- (9) 1135.11—PE cree que C.
recogió la historia de una anécdota que
trae por primera vez Girolamo Cardano, aparecida en un
florilegio de Jacob Wecker (De secretis,
Basilea, 1592) y más tarde en Gaspar Schott
(cuyo seudónimo es Aspasius Caramuelius),
Joco-seriorum naturae et artis, sive magiae
centuriae tres, Würzburg, 1666, que cita a
Wecker, pero atribuyendo la historia a Cardano; CL; RM
trae un ejemplo teatral: Ruiz de Alarcón, en el
segundo acto de La cueva de Salamanca, se vale
de un ingenio similar al de la cabeza parlante. Para
las fuentes, Caro Baroja [1967:I,
345-346]b, matizado y
ampliado por Jones [1977]; cf. también Marasso
[1947/54:30]. ¶ Riley [1986/90:119 y 130]
relaciona el episodio con el mono adivino de maese
Pedro (II, 25), recalcando la reticencia de DQ ante la
máquina. ¶ Wardropper [1982], Joly [1991a]
y Ruta [1994:351-354]b insisten en
el cariz bromista, eutrapélico, de la cabeza.
¶ Sobre estatuas que profieren sonidos y adivinan
el porvenir, con atribución de la
invención de la cabeza a San Alberto Magno, cf.
Munho [1732:128-130]; sin embargo, el primer informe
español de la cabeza de San Alberto Magno lo dio
el Tostado, citado por Las Casas (Historia
apologética, C); también la
consideran Martín del Río
(Disquisitionum magicarum, I, 27), Francisco de
Vitoria (Relección del arte
mágico), y más tarde, para
desmentirla, un escandalizado Feijoo (Teatro
universal, III, II, 6). Con todo, la
fascinación por las estatuas parlantes se debe
en gran medida a que Santo Tomás de Aquino las
menciona en la Summa contra gentiles, III, 104,
como parte de las leyendas del papa Silvestre (cuyos
hábitos necrománticos recuerda Vicente de
Beauvais, Speculum historiale); a su
difusión contribuyó posteriormente el
testimonio de Cornelio Agrippa de Nettelesheym, De
occulta philosophia (Colonia, 1533), o, en
España, Antonio de Yepes, Crónica de
San Benito, I (Irache, 1609), comentando
significativamente que la creencia en dichas cabezas es
propia de «los que son amigos de leer libros de
caballerías». ¶ Cf. también
Bergamín [1983:9 y passim] y
Lecturas.
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- (10) 1135.14—Riley [1986/90:136] ilustra con la
cauta reacción de DQ la característica
precaución y progresiva desconfianza que va
teniendo en la Segunda parte.
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