Capítulo LIII
Donde se cuenta la aventura de la
segunda dueña Dolorida, o Angustiada, llamada
por otro nombre
doña Rodríguez (1 de 2)
Cuenta Cide Hamete que estando yaII
don Quijote sano de sus aruños, le pareció
que la vida que en aquel castillo tenía era
contra toda la orden de caballería que
profesaba, y, así, determinó de pedir
licencia a los duques para partirse a Zaragoza, cuyas
fiestas llegabanIII
cerca, adonde pensaba ganar el arnés que en las
tales fiestas se conquista1.
Y estando un día a la mesa con los
duques y comenzando a poner en obra su intención
y pedir la licencia, veis aquí a deshora2
entrar por la puerta de la gran sala dos mujeres,
como después pareció3,
cubiertas de luto de los pies a la cabeza; y la una
dellas, llegándose a don Quijote, se le
echó a los pies tendida de largo a largo4,
la boca cosida con los pies de don Quijote, y daba
unos gemidos tan tristes, tan profundos y tan
dolorosos, que puso en confusión a todos los que
la oían y miraban5. Y aunque
los duques pensaron que sería alguna burla que
sus criados querían hacer a don Quijote,
todavía, viendo con el ahínco queIV
la mujer suspiraba, gemía y lloraba, los tuvo
dudosos y suspensos, hasta que don Quijote,
compasivo, la levantó del suelo y hizo que se
descubriese y quitase el manto de sobre la faz
llorosa.
Ella lo hizo así y mostró ser
lo que jamás se pudiera pensar, porque
descubrió el rostro de doña Rodríguez,
la dueña de casa6, y la
otra enlutada era su hija, la burlada del hijo del
labrador rico. Admiráronse todos aquellos que la
conocían, y más los duques que ninguno,
que, puesto que la tenían por boba y de buena
pasta, no por tanto que viniese a hacer locuras.
Finalmente, doña Rodríguez,
volviéndose a los señores, les dijo:
—Vuesas excelencias sean servidos
de darme licencia que yo departa un poco con este
caballero, porque así conviene para salir con
bien del negocio en que me ha puesto el atrevimiento
de un malintencionado villano.
El duque dijo que él se la daba, y que
departiese con el señor don Quijote cuanto le
viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y el
rostro a don Quijote, dijo:
—Días ha, valeroso
caballero, que os tengo dada cuenta de la
sinrazón y alevosía que un mal labrador
tiene fecha a mi muy querida y amada fija, que es
esta desdichada que aquí está presente, y
vos me habedes prometido de volver por ella7,
enderezándole el tuerto que le tienen fecho, y
agora ha llegado a mi noticia que os queredesV
partir deste castillo, en busca de las buenas
venturasVI
que Dios os depareVII;
y, así, querría que antes que os
escurriésedes por esos caminos8
desafiásedes a este rústico indómito y
le hiciésedes que se casase con mi hija, en
cumplimiento de la palabra que le dio de ser su
esposo antes y primero que yogase con ella: porque
pensar que el duque mi señor me ha de hacer
justicia es pedir peras al olmo9, por la
ocasión que ya a vuesa merced en puridad tengo
declarada10. Y con
esto Nuestro Señor dé a vuesaVIII
merced mucha salud, y a nosotras no nos
desampare.
A cuyas razones respondió don
Quijote, con mucha gravedad y prosopopeya:
—Buena dueña, templad
vuestras lágrimas o, por mejor decir, enjugadlasIX
y ahorrad de vuestros suspiros, que yo tomo a mi
cargo el remedio de vuestra hija, a la cual le
hubiera estado mejor no haber sido tan fácil en
creer promesas de enamorados, las cuales por la mayor
parte son ligeras de prometer y muy pesadas de
cumplir; y, así, con licencia del duque mi
señor, yo me partiré luego en busca dese
desalmado mancebo, y le hallaré y le
desafiaré y le mataré cada y cuando que se
escusare de cumplir la prometida palabra11. Que el
principal asumpto de mi profesión es perdonar a
los humildes y castigar a los soberbios12, quiero
decir, acorrer a los miserables y destruir a los
rigurosos.
—No es menester
—respondió el duque— que vuesa
merced se ponga en trabajo de buscar al rústico
de quien esta buena dueña se queja, ni es
menester tampocoX
que vuesa merced me pida a mí licencia para
desafiarle, que yo le doy por desafiado y tomo a mi
cargo de hacerle saber este desafío y que le
acete y venga a responder por sí a este mi
castillo, donde a entrambos daré campo seguro13,
guardando todas las condiciones que en tales actos
suelen y deben guardarse, guardando igualmente su
justicia a cada uno, como están obligados a
guardarla todos aquellos príncipes que dan campo
franco a los que se combaten en los términos de
sus señoríos.
—Pues con ese seguro, y con buena licencia de
vuestra grandeza —replicó don
Quijote—, desde aquí digo que por esta vez
renuncio mi hidalguía y me allano y ajusto con
la llaneza del dañador y me hago igual con
él, habilitándole para poder combatir
conmigo14; y,
así, aunque ausente, le desafío y repto, en
razón de que hizo mal en defraudar a esta pobre
que fue doncella y ya por su culpa no lo es, y que le
ha de cumplir la palabra que le dio de ser su
legítimo esposo o morir en la demanda15.
Y luego, descalzándose un guante,
le arrojó en mitad de la sala, y el duque le
alzó16 diciendo
que, como ya había dicho, él acetaba el tal
desafío en nombre de su vasallo y señalaba
el plazo de allí a seis días, y el campo,
en la plaza de aquel castillo, y las armas, las
acostumbradas de los caballeros: lanza y escudo, y
arnés tranzado17, con
todas las demás piezas, sin engaño,
superchería o superstición alguna18,
examinadas y vistas por los jueces del campo.
—Pero ante todas cosasXI
es menester que esta buena dueña y esta mala
doncella pongan el derecho de su justicia en manos
del señor don Quijote, que de otra manera no se
hará nada, ni llegará a debida
ejecución el tal desafío.
—Yo sí pongo
—respondió la dueña.
—Y yo también
—añadió la hija, toda llorosa y toda
vergonzosa y de mal talante.
Tomado, pues, este apuntamiento19, y
habiendo imaginado el duque lo que había de
hacer en el caso, las enlutadas se fueron, y
ordenó la duquesa que de allí adelante no
las tratasen como a sus criadas, sino como a
señoras aventureras que venían a pedir
justicia a su casa20; y,
así, les dieron cuarto aparte y las sirvieron
como a forasteras, no sin espanto de las demás
criadas, que no sabían en qué había de
parar la sandez y desenvoltura de doña
Rodríguez y de su malandante hija21.
Notas:
- (1) Entre otros muchos
premios que se estipulaban en estas fiestas, que
se remontaban a la Edad Media y cuyo esplendor se
alcanzó en las cortes de Fernando de Antequera y
de su hijo Alfonso. º volver
- (2) ‘de
improviso’. volver
- (3) ‘como
después se comprobó’. Se subraya y
recuerda, como ya se había hecho en el
epígrafe, la diferencia con el episodio de la
condesa Trifaldi, primera «dueña
Dolorida». º volver
- (4) ‘a todo lo
largo’. volver
- (5) puso en
confusión: ‘turbó’. volver
- (6)
‘dueña que forma parte de la
servidumbre de la casa’
(véase II, 31, 881, n. 10). La
dueña, adecuándose al receptor, va
a hablar en fabla, lenguaje arcaico artificioso, propio
de los libros de caballerías (véase I,
«De Solisdán...», p. 33, v. 1); e
incluso va a intentar reproducir el paisaje propio de
ellos. º volver
- (7) ‘salir en su
defensa’. volver
- (8) os
escurriésedes: ‘os escapaseis’.
º volver
- (9) ‘es pedir lo
imposible’. volver
- (10) en puridad:
‘en secreto’. volver
- (11) cada y cuando se
escusare: ‘siempre que se excuse’,
‘si se excusa’. º volver
- (12) Vuelve el verso de
la Eneida ya aparecido en dos ocasiones
anteriores (I, 52, 588, n. 32; II, 18, 781, n. 58). volver
- (13) ‘terreno para
enfrentarse’, saliendo yo fiador de que se
cumplirán las reglas del torneo. º volver
- (14)
habilitándole: ‘haciéndole
mi igual’; ni que decir tiene que rebajarse a
combatir con un villano supone saltarse un precepto de
la orden de caballería (I, 15, 162, n. 24, y
abajo, n. 16). volver
- (15)
‘empresa’. º volver
- (16)
‘aceptó el desafío’ en nombre
del ausente. Las palabras y acciones de DQ
–arrojar el guante para desafiar– responden
a un formulismo prefijado. La renuncia de la calidad de
hidalgo, ya que no podían enfrentarse en batalla
de honor personas de distinta clase, no estaba
consentida por las leyes del duelo: sólo el
retado, no el retador, podía dar par,
considerar su igual al contrincante. Véase
también I, 15, 162, n. 24. º volver
- (17) ‘armaduraArmadura del siglo XVI
con las piezas articuladas’, posiblemente.
º volver
- (18) ‘sin
reliquia, amuleto o talismán’ que pueda
favorecerle en el combate, pues, en efecto, se usaban
entre los caballeros los conjuros, amuletos y
sortilegios para vencer desafíos. º volver
- (19)
‘decisión firme’,
‘acuerdo’, por metáfora de ‘lo
escrito en acta’, del lenguaje forense. º volver
- (20) Eran
aventureras porque ‘fiaban su vida a la
ventura, no tenían amparo’. volver
- (21) malandante:
‘desgraciada’. volver
Notas críticas:
- (I) 1053.18
[Contra su norma, A abrevia aquí en
Cap., como en II, 61, 62, 67 y 72. volver
- (II) 1053.21 ya
edd. om. MA volver
- (III) 1053.24 llegaban
edd.
estaban V RAE volver
- (IV) 1054.12 todavía
viendo con el ahínco que edd.
todavía el ahínco con que FL [Cf.
CL. volver
- (V) 1055.5 queredes
edd.
queréis MA volver
- (VI) 1055.6 las buenas
venturas
edd. las buenaventuras
VG [Según SB y otros, falta una -s,
accidente que sólo hemos visto en los
facsímiles y que VG llega al extremo de defender y
acoger. volver
- (VII) 1055.6 depare
edd. deparare
MA volver
- (VIII) 1055.13 vuessa SB FL vuesta
A V. M. V vuestra MA [Cf. arriba,
628.4
Véase la nota crítica IV ubicada en el capítulo 01. volver
- (IX) 1055.17 enjugadlas edd. enjugaldas V volver
- (X) 1055.29
[Nota SB (169.29) que la inicial de tampoco
está «rota en algunos ejemplares».
Recogemos el dato, didácticamente y al margen de
nuestros criterios de edición, porque los
ejemplares que hemos manejado permiten seguir
particularmente bien el progresivo deterioro del
tipo. volver
- (XI) 1056.19 cosas edd. cosas,
dijo el duque, FL volver
Notas complementarias:
- (1) 1054.1—Cf. simplemente Marín Pina
[1995], y cf. II, 4, 659, n. 30. ¶ La necesidad de
abandonar el castillo después de un
período en que el caballero andante ejerce de
cortesano figura en muchos libros de caballerías
(cf. II, 57, 1089, n. 1, y Lecturas).
volver
- (2) 1054.3—BW y CL traen ejemplos de dueñas
enlutadas que piden ayuda a sendos caballeros andantes.
¶ Para la cronología del episodio, en
relación con la fecha de las cartas, Riley
[1986/90:99], que señala un ciclo
primavera-verano para la acción. ¶ Moner
[1988d:122] ve indicios de gestualidad o «texto
oral» en la deixis denotada por veis
aquí.
volver
- (3) 1054.6—Para dueña, cf. I, 13,
137, n. 16. ¶ Riley [1986/90:124] señala
que doña Rodríguez es la única
persona en toda la novela que busca en serio la ayuda
de DQ. Cf. Lecturas, donde se subraya la mezcla
de arcaísmos propios de los libros de
caballerías y lenguaje coloquial, parecido al de
las cartas de Teresa Panza que llegan después;
incluso hay cierta consonancia entre el caso de honra
que expone doña Rodríguez y los del
pueblo de Teresa y Sancho.
volver
- (4) 1055.8—DCECH.
volver
- (5) 1055.11—CL, RM.
volver
- (6) 1055.13—CL, RM.
volver
- (7) 1056.15—CL trae muchas situaciones semejantes
de los libros de caballerías, por ejemplo
Amadís de Gaula, I, 32.
volver
- (8) 1056.16—BW. CL trae multitud de ejemplos y
recuerda que las leyes de la caballería
indicaban que el retado podía dar par al
retador, y no al contrario, como aquí ocurre;
para documentarlo aduce el Doctrinal, III, 3, p.
213, de Cartagena: «El que riepta non puede dar
par al reptado en su lugar, si el reptado non quisiere.
E cuando par fuere, debe ser par tan bien en linaje
como en bondad y en señorío y en
fuerza». RM. ¶ Para las fórmulas, cf.
con las cartas de desafío de Joanot Martorell a
Joan de Monpalau por la deshonra de su hermana, en
Riquer y Vargas Llosa [1972]; cf. Riquer [1989d:126,
152], Felkel [1992:119]. ¶ La necesidad
estilística del formulismo la considera Gadea i
Gambús [1993:278-279 y passim]. Cf., en
general, Rodríguez Velasco [1996:286-316].
volver
- (9) 1056.17—CT, RM. La distinción con el
arnésDon Quijote con el arnés en su primera salida
normal (Riquer 1983: 170) no es clara; Riquer [en
prensa] indica que el arnés tranzado es
el compuesto de piezas que encajan de tal modo que es
posible hacer toda clase de movimientos cuando uno se
viste. «Están estos peces vestidos de un
arnés tranzado, hecho de concha dura, y
este tan perfectamente acabado, que en todas las
herrerías de Milán no se pudiera hacer
más perfecto» (Luis de Granada,
Introducción, p. 308).
volver
- (10) 1056.18—CL, RM, Arco y Garay [1951a:354].
«Desafiándose dos soldados..., el padrino
contrario tomándole juramento, como es
costumbre, si traía consigo algunas reliquias o
oraciones o nóminas o conjuros o otra cosa en
que tuviese fe» (Floresta española,
IX, V, 2); los editores de la Floresta indican
que la fuente es la traducción de Boscán
de El cortesano, II, 6.
volver
- (11) 1056.19—CL, VG.
volver