Capítulo
XLVIII
De lo que le sucedió a don Quijote
con doña Rodríguez, la dueña de la
duquesa, con otros acontecimientos dignos de
escritura y de memoria eterna (1 de 3)
Además estaba mohíno y
malencólico el malferido don Quijote1, vendado
el rostro y señalado, no por la mano de Dios2,
sino por las uñas de un gato, desdichas anejas a
la andante caballería. Seis días estuvo sin
salir en público, en una noche de las cualesI,
estando despierto y desvelado, pensando en sus
desgracias y en el perseguimiento de Altisidora,
sintió que con una llave abrían la puerta
de su aposento, y luego imaginó que la enamorada
doncella venía para sobresaltar su honestidadII, 3
y ponerle en condición de faltar a la fee que
guardar debía a su señora Dulcinea del
Toboso.
—No —dijo, creyendo a su
imaginación, y esto con voz que pudiera ser
oída—, no ha de ser parte la mayor
hermosura de la tierra para que yo deje de adorar la
que tengo grabada y estampada en la mitad de mi
corazón y en lo más escondido de mis
entrañas4, ora
estés, señora mía, transformada en
cebolluda labradora, ora en ninfa del dorado Tajo,
tejiendo telas de oro y sirgo compuestas5, ora te
tenga Merlín o Montesinos donde ellos quisieren:
que adondequiera eres mía y adoquiera he sido yo
y he de ser tuyo.
El acabar estas razones y el abrir de
la puerta fue todo uno. Púsose en pie sobre la
cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso
amarillo, una galochaIII
en la cabeza6, y el
rostro y los bigotes vendados —el rostro, por
los aruños; los bigotes, porque no se le
desmayasen y cayesen7—,
en el cual traje parecía la más
extraordinaria fantasma que se pudiera pensar.
Clavó los ojos en la puerta, y
cuando esperaba ver entrar por ella a la rendida y
lastimada Altisidora, vio entrar a una
reverendísima dueña con unas tocas blancas
repulgadas y luengas, tanto, que la cubrían y
enmantaban desde los pies a la cabeza8. Entre
los dedos de la mano izquierda traía una media
vela encendida, y con la derecha se hacía
sombra, porque no le diese la luz en los ojos, a
quien cubrían unos muy grandes antojos9.
Venía pisando quedito y movía los pies
blandamente.
Miróla don Quijote desde su atalaya, y cuando
vio su adeliño y notó su silencio10,
pensó que alguna bruja o maga venía en
aquel traje a hacer en él alguna mala
fechuría y comenzó a santiguarse con mucha
priesa11. Fuese
llegando la visión, y cuando llegó a la
mitad del aposento, alzó los ojos y vio la
priesa con que se estaba haciendo cruces don Quijote;
y si él quedó medroso en ver tal figura,
ella quedó espantada en ver la suya, porque
así como le vio tan alto y tan amarillo, con la
colcha y con las vendas que le desfiguraban, dio una
gran voz, diciendo:
—¡Jesús! ¿Qué
es lo que veo?
Y con el sobresalto se le cayó la
vela de las manos, y, viéndose a escuras,
volvió las espaldas para irse y con el miedo
tropezó en sus faldas y dioIV
consigo una gran caída. Don Quijote, temeroso,
comenzó a decir:
—Conjúrote, fantasma, o lo
que eres, que me digas quién eres y que me digas
qué es lo que de mí quieres. Si eres alma
en pena, dímelo, que yo haré por ti todo
cuanto mis fuerzas alcanzaren, porque soy
católico cristiano y amigo de hacer bien a todoV
el mundo, que para esto tomé la orden de la
caballería andante que profeso, cuyo ejercicio
aun hasta hacer bien a las ánimas de purgatorio
se estiende.
La brumada dueña, que oyó
conjurarse, por su temor coligió el de don
Quijote, y con voz afligida y baja le
respondió:
—Señor don Quijote, si es
que acaso vuestra merced es don Quijote, yo no soy
fantasma, ni visión, ni alma de purgatorio, como
vuestra merced debe de haber pensado, sino doña
Rodríguez, la dueña de honor de mi
señora la duquesa, que con una necesidad de
aquellas que vuestra merced suele remediar a vuestra
merced vengo.
—Dígame, señora doña
Rodríguez —dijo don Quijote—,
¿por ventura viene vuestra merced a hacer alguna
tercería12? Porque
le hago saber que no soy de provecho para nadie,
merced a la sin par belleza de mi señora
Dulcinea del Toboso. Digo, en fin, señora
doña Rodríguez, que, como vuestra merced
salve y deje a una parte todo recado amoroso, puede
volver a encender su vela, y vuelva y departiremos de
todo lo que más mandare y más en gusto le
viniere, salvando, como digo, todo incitativo
melindreVI, 13.
—¿Yo recado de nadie,
señor mío? —respondió la
dueña—. Mal me conoce vuestra merced,
síVII,
que aún no estoy en edad tan prolongada, que me
acoja a semejantes niñerías, pues, Dios
loado, mi alma me tengo en las carnes14, y todos
mis dientes y muelas en la boca, amén de unos
pocos que me han usurpado unos catarros15, que en
esta tierra de Aragón son tan ordinarios. Pero
espéreme vuestra merced un poco: saldré a
encender mi vela y volveré en un instante a
contar mis cuitas, como a remediador de todas las del
mundo.
Notas:
- (1)
Además: ‘Sobremanera’. La
frase recuerda la intención declarada por C.
para su obra entera: «Yo he dado en Don
Quijote pasatiempo / al pecho melancólico y
mohíno / en cualquiera sazón, en todo
tiempo». º volver
- (2) ‘no por
algún defecto físico’. º volver
- (3) sobresaltar:
‘asaltar alevosamente’. º volver
- (4) Sobre la imagen
grabada en el alma o en el corazón,
véase II, 32, 895, n. 35. volver
- (5) El sirgo era
‘seda retorcida’ (I, 11, 127, n. 70). En la
frase puede apreciarse un tratamiento paródico
de la égloga III de Garcilaso, vv. 53 ss.
º volver
- (6) galocha:
puede ser errata por galota, ‘gorro para
dormir’ (véase abajo, 1017, n. 22).III volver
- (7)
aruños: ‘arañazos’; a
falta de bigoteras, DQ se venda los bigotes para que no
se le caigan, como en él era usual. º volver
- (8) Las tocas
repulgadas tenían el borde rematado en
cordoncillo; eran tan largas (luengas), que la
cubrían (enmantaban) completamente.
º volver
- (9)
‘anteojos’, ‘gafas’. º volver
- (10)
adeliño: ‘atavío’,
‘aliño’. º volver
- (11)
fechuría:
‘hechicería’,
‘maleficio’. Muchos caballeros antes que DQ
se santiguaron deprisa y repetidamente. º volver
- (12) ‘alguna
mediación en amores’. º volver
- (13) ‘provocativa
delicadeza’. º volver
- (14) ‘conservo el
vigor de la juventud’. º volver
- (15) ‘excepto unos
pocos que se me han llevado algunas toses’; es un
motivo satírico que ya está en Marcial.
º volver
Notas críticas:
- (I) 1014.8 las cuales edd.
los cuales LO SB volver
- (II) 1014.12 honestidad edd. honestiad A volver
- (III) 1014.24 galocha
edd.
[Supuesto que no se conoce otra documentación de
la voz en el sentido de galota (‘especie de
gorro con dos puntas que cubrían las orejas, se
hacía de punto de aguja y se usaba para
dormir’; Bernis en prensa), puede tratarse de una
errata, en tal caso producida verosímilmente por
atracción del cercanísimo colcha;
cuando reaparece, en la misma forma (179/Z3, 180v/Z4v),
está igualmente próxima a esa palabra y, en
especial, el componedor retendría en la memoria la
imagen equivocada. Pero tampoco es imposible que C. haga
un uso burlesco de galocha ‘especie de
almadreña’, o, en la lengua franca de la
marinería, ‘clase de juego de poleas’:
compárese con los nombres de chistera o
galera aplicados al sombrero de copa, o el de
becoquín, que aparecerá más
adelante (n. 22), ‘término de
fortificación’, para designar al birrete de
teatinos y jesuitas. volver
- (IV) 1015.20 y dio
edd. dio
V volver
- (V) 1015.25 todo edd. toda
A volver
- (VI) 1016.8
[A pone tilde sobre la primera e de
melindre. volver
- (VII) 1016.10 sí edd. a
mí FL volver
Notas complementarias:
- (1) 1014.1—Viaje del Parnaso, IV, vv.
22-24, f. 28.
volver
- (2) 1014.2—RM.
volver
- (3) 1014.3—Riley [1986/90:158-159]. «Nunca
fui cogido entre puertas, ni sobresaltado, ni
corrido de corchetes, ni soplado de ningún
cañuto» (Rinconete y Cortadillo, f.
68). ¶ Para la situación de DQ y su
relación con II, 44, 986-987, Canavaggio
[1993:219-220].
volver
- (4) 1014.5—Sobre la composición del
capítulo a semejanza del entremés
–al que no faltan parodias de versos
clásicos como este–, cf.
Lecturas.
volver
- (5) 1014.7—El uso de bigoteras era propio de
caballeros elegantes: cf. Vélez de Guevara,
El diablo cojuelo, II, p. 85 y n., y
Gracián, Criticón, I, pp.
278-279n. ¶ Arco y Garay [1951a:385] es quien
señala la inusual coquetería de DQ en el
castillo.
volver
- (6) 1015.8—CT. Se llamaban tocas repulgadas
las que tenían el borde que encuadraba el
rostro, o las que iban sobre la frente, rematadas con
una labor que hacía el efecto de un cordoncillo
(Bernis, en prensa). ¶ Estudian la escena, con sus
equívocos, contrastes y formas de comicidad,
Marianella [1979:110-140 y passim], Murillo
[1988:211-215], y Riley [1986/90:160-164], que la pone
en relación con el Guzmán de
Alfarache, II, II, 6, y señala sus
continuaciones en la novela inglesa; con todo, la
comparación estricta con el Guzmán
y la diferencia de humor la analiza Close [1993b:90-94;
1994:80].
volver
- (7) 1015.9—La técnica de la luz en el
episodio se puede seguir en el trabajo de Levisi
[1972:320]. ¶ Crosby [1993:II, 1497]
señala, a tenor de los múltiples
ejemplos, que las dueñas tenían cierta
responsabilidad doméstica de guardar los cabos
de las velas.
volver
- (8) 1015.10—RM.
volver
- (9) 1015.11—CL trae el ejemplo de Floriseo
(Florindo, III, 1 y 15); CT aporta otros muchos
ejemplos de dueñas y visiones nocturnas. Sin
embargo, lo que pretende C. es subrayar el contraste
entre una supuesta visión ultramundana (que en
su caso podría tentar a DQ) y la palpable y poco
tentadora realidad de doña Rodríguez (cf.
Lecturas).
volver
- (10) 1016.12—Para la fama de alcahuetas de las
dueñas, cf. I, 13, 137, n. 16.
volver
- (11) 1016.13—melindre: «un
género de frutilla de sartén hecha con
miel... De allí vino a sinificar este nombre el
regalo con que suelen hablar algunas damas»
(Covarrubias, Tesoro). RM. ¶ Riley
[1986/90:158-159] señala la sensación de
pánico al saltar a la mente de DQ la idea de una
posible violación de su castidad; cf.
también A. Alonso [1948a/65:177-178], Caminero
[1979] y Combet [1980:295-297].
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- (12) 1016.14—RM, RQ.
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- (13) 1016.15—CL.
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