Capítulo XXIXI
De la famosa aventura del barco
encantado1 (1 de 2)
Por sus pasos contados y por contar2,
dos días después que salieron de la alameda3
llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro, y el
verle fue de gran gusto a don Quijote, porque
contempló y miró en él la amenidad de
sus riberas, la claridad de sus aguas, el sosiego de
su curso y la abundancia de sus líquidos
cristales, cuya alegre vista renovó en su
memoria mil amorosos pensamientos. Especialmente fue
y vino en lo que había visto en la cueva de
Montesinos4, que,
puesto que el mono de maese Pedro le había dicho
que parte de aquellas cosas eran verdad y parte
mentira, él se atenía más a las
verdaderas que a las mentirosas, bien al revés
de Sancho, que todas las tenía por la mesma
mentira.
Yendo, pues, desta manera, se le
ofreció a la vista un pequeño barco sin
remos ni otras jarcias algunas, que estaba atado en
la orilla a un tronco de un árbol que en la
ribera estaba. Miró don Quijote a todas partes,
y no vio persona alguna; y luego sin más ni
más se apeó de Rocinante y mandó a
Sancho que lo mesmo hiciese del rucio y que a
entrambas bestias las atase muy bien juntas al tronco
de un álamo o sauce que allí estaba.
Preguntóle Sancho la causa de aquel súbito
apeamiento y de aquel ligamiento. Respondió don
Quijote:
—Has de saber, Sancho, que este
barco que aquí está, derechamente y sin
poder ser otra cosa en contrario5, me
está llamando y convidando a que entre en
él y vaya en él a dar socorro a algún
caballero o a otra necesitada y principal persona que
debe de estar puesta en alguna grande cuita. Porque
este es estilo de los librosII
de las historias caballerescas y de los encantadores
que en ellas se entremeten y platican: cuando
algún caballero está puesto en algún
trabajo que no puede ser librado dél sino por la
mano de otro caballero, puesto que estén
distantes el uno del otro dos o tres mil leguas, y
aun más, o le arrebatan en una nube o le deparan
un barco donde se entre, y en menos de un abrir y
cerrar de ojos le llevan, o por los aires o por la
mar, donde quieren y adonde es menester su ayuda.
Así que, ¡oh Sancho!, este barco está
puesto aquí para el mesmo efecto, y esto es tan
verdad como es ahora de día; y antes que este se
pase, ata juntos al rucio y a Rocinante, y a la mano
de Dios que nos guíe, que no dejaré de
embarcarme si me lo pidiesen frailes descalzos.
—Pues así es —respondió
Sancho— y vuestra merced quiere dar a cada paso
en estos que no sé si los llame disparates, no
hay sino obedecer y bajar la cabeza, atendiendo al
refránIII:
«Haz lo que tu amo te manda, y siéntate con
él a la mesa6»;
pero, con todo esto, por lo que toca al descargo de
mi conciencia, quiero advertir a vuestra merced que a
mí me parece que este tal barco no es de los
encantados, sino de algunos pescadores deste
río, porque en él se pescan las mejores
sabogas del mundo7.
Esto decía mientras ataba las
bestias Sancho, dejándolas a la proteción y
amparo de los encantadores, con harto dolor de su
ánima. Don Quijote le dijo que no tuviese pena
del desamparo de aquellos animales, que el que los
llevaría a ellos por tan longincuos caminos y
regiones tendría cuenta de sustentarlos.
—No entiendo esoIV
de logicuos —dijo Sancho—, ni he
oído tal vocablo en todos los días de mi
vida.
—Longincuos
—respondió don Quijote— quiere decir
‘apartados’, y no es maravilla que no lo
entiendas, que no estás tú obligado a saber
latín, como algunos que presumen que lo saben y
lo ignoran8.
—Ya están atados
—replicó Sancho—. ¿Qué
hemos de hacer ahora?
—¿Qué?
—respondió don Quijote—.
Santiguarnos y levarV
ferro9, quiero
decir, embarcarnos y cortar la amarra con que este
barco está atado.
Y dando un salto en él,
siguiéndole Sancho, cortó el cordel, y el
barco se fue apartando poco a poco de la ribera; y
cuando Sancho se vio obra de dos varas dentro del
río, comenzó a temblar, temiendo su
perdición, pero ninguna cosa le dio más
pena que el oír roznar al rucio10 y el ver
que Rocinante pugnaba por desatarse, y díjole a
su señor:
—El rucio rebuzna condolido de nuestra ausencia
y Rocinante procura ponerse en libertad para
arrojarse tras nosotros. ¡Oh carísimos
amigos, quedaos en paz y la locura que nos aparta de
vosotros, convertida en desengaño, nos vuelva a
vuestra presencia!
Y en esto comenzó a llorar tan
amargamente, que don Quijote, mohíno y
colérico, le dijo:
—¿De qué temes, cobarde
criatura? ¿De qué lloras, corazón de
mantequillas? ¿Quién te persigue, o
quién te acosa, ánimo de ratón casero,
o qué te falta, menesteroso en la mitad de las
entrañas de la abundancia? ¿Por dicha vas
caminando a pie y descalzo por las montañas
rifeas11, sino
sentado en una tabla, como un archiduque, por el
sesgo curso deste agradable río12, de
donde en breve espacio saldremos al mar dilatado?
Pero ya habemos de haber salido y caminado por lo
menos setecientas o ochocientas leguas; y si yo
tuviera aquí un astrolabio con que tomar la
altura del polo13, yo te
dijera las que hemos caminado: aunque o yo sé
poco o ya hemos pasado o pasaremos presto por la
línea equinocial14, que
divide y corta los dos contrapuestos polos en igual
distancia.
—Y cuando lleguemos a esa
leña que vuestra merced dice15
—preguntó Sancho—, ¿cuánto
habremos caminado?
—Mucho —replicó don
Quijote—, porque de trecientos y sesenta grados
que contiene el globo del agua y de la tierra,
según el cómputo de Ptolomeo16, que fue
el mayor cosmógrafoVI
que se sabe, la mitad habremos caminado, llegando a
la línea que he dicho.
—Por Dios —dijo
Sancho—, que vuesa merced me trae por testigo
de lo que dice a una gentil persona, puto y gafo17, con la
añadidura de meón, o meo, o no sé
cómo.
Notas:
- (1) Es una aventura
típica de los libros de caballerías;
quizá el antecedente más cercano sea el
Palmerín de Inglaterra, I, 56. º volver
- (2) ‘sin salirse
de la norma’, ‘con método’;
por contar sería una mera rotura de la
frase hecha. Pero pasos contados puede
significar también ‘sucesos
narrados’, con lo cual por contar se
referiría a las cosas no dichas, a los
capítulos que se le olvidaron a C. º volver
- (3) ‘bosquecillo a
la orilla del río’. º volver
- (4) fue y vino en lo
que: ‘le estuvo dando vueltas en su
pensamiento a lo que’. º volver
- (5) ‘sin que nada
pueda impedirlo’. volver
- (6) ‘obedece, y te
lo agradecerán’. º volver
- (7) saboga:
nombre que se da en la ribera del Ebro a un pez
parecido al sábalo; se pesca solamente desde
mediados de marzo a principios de agosto. volver
- (8) La censura contra
los que presumen pedantescamente de usar el
latín está apuntada desde el
prólogo al Q. y reaparece, por ejemplo,
en el Coloquio de los perros. º volver
- (9) ‘alzar el
ancla’; DQ usa la lingua franca de los
marinos (I, 41, 474, n. 13). º volver
- (10) ‘rebuznar al
asno’. º volver
- (11) Montes al norte de
Escitia; eran frontera de Europa. º volver
- (12) sesgo curso:
‘sosegada corriente’ (II, 21, 805; 34,
916). volver
- (13) astrolabio:
‘instrumento para medir la altura de los astros
sobre el horizonte’; la altura del polo
celeste equivale a la latitud geográfica de un
punto. La cosmografía (con el Tratado de la
esfera) era parte regular de la enseñanza de
las humanidades (véase I, Pról., 15, n.
65). º volver
- (14) ‘línea
del ecuador’. volver
- (15) leña,
mala comprensión por Sancho de
línea; pero también
‘paliza’. º volver
- (16) Astrónomo
alejandrino. Su Almagesto, síntesis del
saber astronómico griego anterior, sirvió
de base para todos los tratados y práctica de
navegación y cartografía hasta que el
sistema que expone fuera sustituido por el de
Copérnico. º volver
- (17)
‘maricón y contrahecho’, muchas
veces por una enfermedad venérea. º volver
Notas complementarias:
- (1) 867.1—BW, PE, CL, SB, AA; Casalduero
[1949/75:289-291], Torrente Ballester [1975:190-192],
Gendreau-Massaloux [1978], Morell [1981], Mancing
[1982:152-154] y Williamson [1984/90:117-119] y cf.
Lecturas. En el Lisuarte de Grecia, LIII,
el encuentro con la barca se relaciona con la
Providencia divina: «Allí
hallarás... una barca; entra sin ningún
temor en ella y deja hacer a Dios según que
Él quisiera, pues en este mundo no se puede
torcer lo que está por Él
ordenado». El tema se anuncia en II, 1, 633:
«Y hallando en ella y en su orilla un
pequeño batel sin remos, vela, mástil ni
jarcia alguna, con intrépido corazón se
arroje en él»; cf. Avalle-Arce y Riley
[1973:63], Pini Moro [1996:64-66]. Percas de Ponseti
[1975:II, 604-629], Ly [1988a:20-23] y Molho
[1989a:123-134] dan interpretaciones diversas del
capítulo. Predmore [1958:43] lo considera, por
su deformación de la realidad, muy cercano a las
aventuras de la Primera parte; <Avalle-Arce y Riley
[1973:57, 63] y Avalle-Arce [1976:129-131, 176-177 y
201-202]. Eisenberg [1976/91:150] supone que la
aventura se escribió para colocarse entre I, 20
y I, 22: el río era el Guadiana, ahora
sustituido por el Ebro. ¶ Marasso [1947/54:25-30],
tras poner el episodio en relación con la
conquista del Graal y el ciclo bretón, compara
el naufragio y la llegada a la otra orilla, con los que
sufren Ulises y Eneas antes de arribar a los jardines
de Alcinoo y a Cartago, subrayando en todos los casos
el cambio de peripecia. Cf. también Williamson
[1984/91:165-167]. ¶ Lida de Malkiel [1956:423 y
passim, esp. 405-426] sitúa la aventura
en una teoría de naves encantadas que conducen a
aventuras maravillosas, con varia representación
en otras obras anteriores y posteriores a las de
nuestro autor; y la ve, junto a la aventura de la
cueva de MontesinosLa Cueva de Montesinos: vista del exterior, como fronteras que es
necesario traspasar para acceder al mundo del palacio
de los duques desde el mundo real en que el caballero
estaba instalado; <Martins [1980] y Boyer [1992].
¶ Márquez Villanueva [1980/95:31-32]
entronca esta aventura con la Moria de Erasmo a
través del motivo de la «nave de los
locos». Cf. Lucía Megías [1995:20a]
y Apéndices, 2.13.
volver
- (2) 867.2—RM.
volver
- (3) 867.3—CL señala la imposibilidad de
desplazamiento en tan corto tiempo, pues a estos dos
días de camino han de sumarse los otros dos en
que DQ anduvo «sin acontecerle cosa digna...
hasta que al tercero...» (II, 27, 857). El
problema, muy notado, ha sido considerado por Romero
Muñoz [1990:121-122]b como torpeza
cervantina en crear la técnica de sumario
necesaria, acaso debida a que el capítulo estaba
escrito con anterioridad y se corrige apresuradamente
para ubicarlo antes del encuentro con los duques. Egido
[1994] lo atribuye al juego de C. con dos tiempos: el
real y el mítico impreciso. ¶ Percas de
Ponseti [1975:II, 607-612] opone,
simbólicamente, el Guadiana mítico de la
cueva de MontesinosLa Cueva de Montesinos: vista del exterior al Ebro idealista y cristiano;
antes discurre sobre la terminología y
significación mística de la
descripción del paisaje y de las acciones de los
personajes. ¶ Maravall [1976:14] señala las
semejanzas entre esta descripción y la de la
tópica pastoril; aunque se refiera sobre todo a
La Galatea, es más explícito el
estudio de Egido [1985]. ¶ Marín Pina
[1996:109-110] estudia el itinerario que traza Romero
de Cepeda para Rosián en La historia de
Rosián de Castilla y lo compara con el de
DQ: en el río Ebro aquel encuentra el Puente del
Engaño, este, el barco; ninguno de los dos
franquea las puertas de Zaragoza, ciudad en que, al
decir de Marín Pina, se celebraban
«justas, torneos y otros festejos caballerescos
muy similares a las aventuras narradas en los libros de
caballerías».
volver
- (4) 868.4—Covarrubias, Tesoro. ¶
Riley [1986/90:134] subraya que es la única vez
de la Segunda parte en que DQ actúa como si las
apariencias físicas le engañaran, como le
sucedía antes, pero a la vez la
contemplación de las aguas le sume en un
ensueño bucólico-amoroso, análogo
al de la
cueva de MontesinosLa Cueva de Montesinos: vista del exterior.
volver
- (5) 869.6—BW, CL, CT. «Haz lo que tu
señor te manda y siéntate con él a
la mesa» (Horozco, Teatro, núm.
1264). Tres versiones diversas en Correas,
Vocabulario, p. 582a.
volver
- (6) 869.8—BW, CT, González de
Amezúa y Mayo [1912:504-506]. Cf. Coloquio de
los perros, ff. 250v-251.
volver
- (7) 869.9—CL, RM. «Mejor se asegura la nave
sobre dos ferros que con uno»
(Guzmán de Alfarache, I, I, 2, p.
129).
volver
- (8) 869.10—Sobre el rucio y su amistad con
Rocinante, Eisenberg [1988:404].
volver
- (9) 870.11—CL, RM. Cf. Laberinto de
Fortuna, 42f, y Robert Estienne, Thesaurus
latinus, París, 1543, s.v.
«Riphaei». ¶ Del carácter
colérico de DQ se ocupa Avalle-Arce
[1976:118-119].
volver
- (10) 870.13—SB, López Piñero
[1986:122, 128, 137 y passim], Eisenberg
[1988:74].
volver
- (11) 870.15—Alonso Hernández [1976].
«Cargar a uno de leña»
(Covarrubias, Tesoro).
volver
- (12) 870.16—SB, RM. Un resumen del
Almagesto, de su descendencia en España y
de su sustitución por Copérnico, en
López Piñero [1986:29-64]. El seguro
conocimiento y uso de la teoría copernicana en
la península puede hacer pensar que la
enumeración de lo que no sabe Sancho, tan
cercana a las formas estilísticas de fray
Antonio de Guevara, es una pura broma o una
crítica a la inmovilidad «oficial»
de la ciencia durante la Contrarreforma. No deja de
contribuir a esta interpretación la
transformación que Sancho hace de las palabras
de DQ.
volver
- (13) 870.17—MZ, CT; RM supone una
pronunciación llana de computo y
cosmografo para hacer posible el chiste. Alonso
Hernández [1976], Herrero García
[1983:719]. Rosenblat [1969:I, 100-102] cita, entre
otros textos: «Cualquiera que a otro denostare y
le dijere gafo o somético
[‘sodomita’] o cornudo o
traidor o hereje, desdígalo ante
el alcalde».
volver