Centro Virtual Cervantes
Literatura

Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Segunda parte > Capítulo XXIIII (1 de 2)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo XXIIII
Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento desta
grande historia (1 de 2)

Dice el que tradujo esta grande historia del original de la que escribió su primer autor Cide Hamete Benengeli1, que llegando al capítulo de la aventura de la cueva de Montesinos, en el margen dél estaban escritas de mano del mesmo Hamete estas mismas razones:

«No me puedo dar a entender ni me puedo persuadir que al valeroso don Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo queda escrito. La razón es que todas las aventuras hasta aquí sucedidas han sido contingibles y verisímiles2, pero estaI desta cueva no le hallo entrada alguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los términos razonables. Pues pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el más verdadero hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos, no es posible, que no dijera él una mentira si le asaetearan3. Por otra parte, considero que él la contó y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que no pudo fabricar en tan breve espacio tan gran máquina de disparates; y si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa, y, así, sin afirmarla por falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni puedo más, puesto que se tiene por cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrató della y dijo que él la había inventado4, por parecerle que convenía y cuadraba bien con las aventuras que había leído en sus historias.»

Y luego prosigue diciendo:

Espantóse el primo, así del atrevimiento de Sancho Panza como de la paciencia de su amo, y juzgó que del contento que tenía de haber visto a su señora Dulcinea del Toboso, aunque encantada, le nacía aquella condición blanda que entonces mostraba; porque si así no fuera, palabras y razones le dijo Sancho que merecían molerle a palos, porque realmente le pareció que había andado atrevidillo con su señor, a quien le dijo:

—Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornada que con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas. La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad. La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos, con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me servirán para el Ovidio español que traigo entre manos. La tercera, entender la antigüedad de los naipes5, que por lo menos ya se usaban en tiempo del emperador Carlomagno, según puede colegirse de las palabras que vuesa merced dice que dijo Durandarte, cuando, al cabo de aquelII grande espacio que estuvo hablando con él Montesinos, él despertó diciendo: «Paciencia y barajar»; y esta razón y modo de hablar no la pudo aprender encantado, sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperador Carlomagno, y esta averiguación me viene pintiparada para el otro libro que voy componiendo, que es Suplemento de Virgilio Polidoro en la invención de las antigüedades, y creo que en el suyo no se acordó de poner la de los naipes, como la pondré yo ahora, que será de mucha importancia, y más alegando autor tan grave y tan verdadero como es el señor Durandarte. La cuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del río Guadiana, hasta ahora ignorado de las gentes.

—Vuestra merced tiene razón —dijo don Quijote—, pero querría yo saber, ya que Dios le haga merced de que seIII le dé licencia para imprimir esos sus libros, que lo dudo, a quién piensa dirigirlos6.

—Señores y grandes hay en España a quien puedan dirigirse —dijo el primo.

—No muchos —respondió don Quijote—, y no porque no lo merezcan, sino que no quieren admitirlos, por no obligarse a la satisfación que parece se debe al trabajo y cortesía de sus autores. Un príncipe conozco yo que puede suplir la falta de los demás con tantas ventajas, que si me atreviereIV a decirlas, quizá despertara la invidia en más de cuatro generosos pechos7; pero quédese esto aquí para otro tiempo más cómodo, y vamos a buscar a donde recogernos esta noche.

—No lejos de aquí —respondió el primo— está una ermita, donde hace su habitación un ermitaño que dicen ha sido soldado y está en opinión de ser un buen cristiano, y muy discreto, y caritativo además. Junto con la ermita tiene una pequeña casa, que él ha labrado a su costa; pero, con todo, aunque chica, es capaz de recibir huéspedes.

—¿Tiene por ventura gallinas el tal ermitaño? —preguntó Sancho.

—Pocos ermitaños están sin ellas —respondió don Quijote—, porque no son los que agora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto, que se vestían de hojas de palma y comían raíces de la tierra8. Y no se entienda que por decir bien de aquellos no lo digo de aquestos, sino que quiero decir que al rigor y estrecheza de entonces no llegan las penitencias de los de agora, pero no por esto dejan de ser todos buenos: a lo menos, yo por buenos los juzgo; y cuando todo corra turbio, menos mal hace el hipócrita que se finge bueno que el público pecador9.

Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban venía un hombre a pie, caminando apriesa y dandoV varazos a un macho que venía cargado de lanzas y de alabardas10. Cuando llegó a ellos, los saludó y pasó de largo. Don Quijote le dijo:

—Buen hombre, deteneosVI, que parece que vais con más diligencia que ese macho ha menester.

—No me puedo detener, señor —respondió el hombre—, porque las armas que veis que aquí llevo han de servir mañana, y, así, me es forzoso el no detenerme, y a Dios. Pero si quisiéredes saber para qué las llevo, en la venta que está más arriba de la ermita pienso alojar esta noche; y si es que hacéis este mesmo camino, allí me hallaréis, donde os contaré maravillas. Y a Dios otra vez.

Y de tal manera aguijó el macho, que no tuvo lugar don Quijote de preguntarle qué maravillas eran las que pensaba decirles, y como él era algo curioso y siempre le fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenó que al momento se partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sin tocar en la ermita, donde quisiera el primo que se quedaran.

Hízose así, subieron a caballo y siguieron todos tresVII el derecho camino de la ventaVIII, a la cual llegaron un poco antes de anochecer. DijoIX el primo a don Quijote que llegasen a ellaX, a beber un trago11. Apenas oyó esto Sancho Panza, cuando encaminó el rucio a la ermitaXI, y lo mismo hicieron don Quijote y el primo; pero la mala suerte de Sancho parece que ordenó que el ermitaño no estuviese en casa, que así se lo dijo una sotaermitañoXII que en la ermitaXIII hallaron12. Pidiéronle de lo caro13; respondió que su señor no lo tenía, pero que si querían agua barata, que se la daría de muy buena gana.

—Si yo la tuviera de agua14 —respondió Sancho—, pozos hay en el camino, donde la hubiera satisfecho. ¡Ah, bodas de Camacho y abundancia de la casa de don Diego, y cuántas veces os tengo de echar menos!

Notas:

  • (1) ‘a partir del manuscrito original de la historia que escribió...’. º volver
  • (2) ‘posibles y verosímiles’; con estas palabras marginales, Cide Hamete requiere al lector a intervenir como si fuera el juez del comportamiento de los personajes y el que sopesara la autenticidad de la narración, uno de los principios fundamentales de la novela moderna. º volver
  • (3) si: ‘así, aunque’. º volver
  • (4) se retrató: ‘se retractó’. º volver
  • (5) En la época de C. habían tratado de la invención de los naipes Luque Fajardo, en su Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, y Juan de la Cueva en el poema «De los inventores de las cosas», pero ni C. ni Lope se refirieron nunca a este poeta y autor teatral. º volver
  • (6) ‘dedicarlos’. volver
  • (7) Puede referirse al conde de Lemos, gran protector de C. (II, Prels., n. «Al conde de Lemos»); el tacaño podría ser el duque de Béjar, al que dedicó la Primera parte del Q. (I, Prels., n. «Al duque de Béjar»); generosos: ‘nobles’. Se ha visto un claro mentís de C. al prólogo de Avellaneda. º volver
  • (8) De tales ermitaños hay noticia en el Prado espiritual recopilado de antiguos, clarísimos y santos doctores por el doctor Juan Basilio Sanctoro y publicado en Madrid, en 1607, por Francisco de Robles, con una dedicatoria firmada por el editor, pero a todas luces redactada por C. º volver
  • (9) cuando todo corra turbio: ‘en el peor de los casos’; la reflexión figura en otras obras de C. º volver
  • (10) ‘pica con una cuchilla transversal’; era arma de infantería. º volver
  • (11) a ella se refiere a la ermita, donde quisiera el primo que se quedaran.X, º volver
  • (12) sotaermitaño: ‘santera, beata’; pero el sentido que le da C. es burlesco y aun picaresco: ‘querida del ermitaño’. º volver
  • (13) ‘vino de calidad’; eran «vinos caros» los de San Martín, Ciudad Real, La Membrilla, Alaejos y Medina del Campo; «ordinarios», los de otras procedencias. Su despacho estaba restringido. Véase también II, 66, 1170, n. 22. º volver
  • (14) ‘gana o sed de agua’. º volver

Notas críticas:

  • (I) 829.12 esta edd. a esta HZ FL volver
  • (II) 830.12 de aquel edd. del aquel A [Asimilación trivial del cajista, pese a VG. volver
  • (III) 830.25 de que se edd. [Todos nuestros ejemplares traen sobre la q la tilde que falta en los de FL. volver
  • (IV) 830.33 atreviere edd. [Cf. SB, para variantes con -era y -ese. volver
  • (V) 831.20 y dando edd. dando V volver
  • (VI) 831.23 deteneos edd. de- | tenos A volver
  • (VII) 832.5 todos tres edd. om. V volver
  • (VIII) 832.6 venta edd. [Madariaga (1962) propone leer ermita. volver
  • (IX) 832.7 Dijo edd. Pero cuando divisaron la ermita dijo FL volver
  • (X) 832.7 ella edd. la ermita RAE HZ RM [Aunque el itinerario de los viajeros se complica, a ella se deja entender como ‘a la ermita’ si se adopta la perspectiva del primo (VG); pero también puede tratarse de un lapsus de C. (según R. Osuna 1971, cuanto sigue a anochecer surgió como adición destinada a alargar un capítulo demasiado breve), de la omisión de alguna frase en que se mencionaba la ermita (en la línea, ya que no a la letra, de la anterior enmienda de FL) o de un trueque como el postulado por la RAE: no tenemos suficientes elementos de juicio para explicar y sanar la anomalía del pasaje. volver
  • (XI) 832.8-9 la ermita edd. ella RAE HZ RM volver
  • (XII) 832.11 sotaermitaño edd. sotoermitaña FL [La errata siguiente podría dar un cierto fundamento ecdótico a la corrección de FL. volver
  • (XIII) 832.11 ermita edd. ermi- | ña A volver

Notas complementarias:

  • (1) 829.1—Para original, cf. I, Erratas, 4, n. 1. MZ y VG no entienden el texto. volver
  • (2) 829.2—CL. En este planteamiento se ha visto un posible influjo de las dudas sobre los libros plúmbeos de Granada; cf. Moner [1991a; 1991b:237; 1994:849-854], quien se apoya en la autoridad de A. Castro [1957/67:22-27]. Riley [1962/66:290, 320 y passim; 1982], Forcione [1970b:173], Dunn [1972], Percas de Ponseti [1975:II, 417-419], Rodríguez-Puértolas [1989] y Martínez-Bonati [1992/95:195-198] subrayan la implicación del lector en el problema de la verosimilitud. ¶ Los marginales del historiador árabe y la composición del capítulo en general parecen ser testimonio indirecto del proceso de elaboración de la Segunda parte, cuyas etapas principales están marcadas por el antes y el después de que C. conociese el libro de Avellaneda; esto explicaría las imprecisiones geográficas de este capítulo. Al decir de Romero Muñoz [1990:106-108], todo el segmento comprendido entre el título de este capítulo y el final de II, 29, fue redactado después de haber leído la continuación espuria, o sea, muy tarde. La coincidencia de muchos motivos y aun frases del capítulo (por ejemplo, la mención –directa o alusiva– del conde de Lemos como el mejor de los mecenas, la cita de la máxima del Pseudo-Terencio, la defensa del honor del soldado viejo y «lleno de heridas») y del Prólogo a la Segunda parte escrito al concluir el libro es el argumento en favor de esta hipótesis. S. Piskunova. volver
  • (3) 829.3—MZ, VG. ¶ Sobre si miente o no DQ, Romero Muñoz [1990:105-106]. volver
  • (4) 829.4—Sobre el rumor que difunde Cide Hamete de que la historia la ha inventado DQ, Riley [1986/90:174], que confirma que los traductores al inglés del Q. han omitido el pasaje, como constata Allen [1979]. volver
  • (5) 830.5—CL, SB, RM; Étienvre [1987:15-53, esp. 23-25]b trata específicamente de este diálogo. ¶ Para la relación de Juan de la Cueva con sus contemporáneos, Bataillon [1964:206-213]. Cf. II, 22, 812, n. 35. volver
  • (6) 830.7—PE, CL, RM, Paz Gago [1993b:766-768]. «Y pues Miguel de C. ... está tan falto de amigos, que cuando quisiera adornar sus libros con sonetos campanudos, había de ahijarlos... al preste Juan de las Indias..., por no hallar título quizás en España que no se ofendiera de que tomara su nombre en la boca» (Avellaneda, «Prólogo» ). Véase arriba, 829, n. 2. volver
  • (7) 831.8—Rico [1996]. volver
  • (8) 831.9—PE, CL, RM; Rodríguez Marín [1920:87-88], A. Castro [1925/87:289-292], Cabo Aseguinolaza [1993:nn. 121.20 y 127.87]b. Cf. Gracián, Criticón, II, p. 228. «Vame mejor con ser hipócrita que con ser pecadora declarada: las apariencias de mis buenas obras presentes van borrando en la memoria... las malas obras pasadas»; «y cubro con la capa de la hipocresía todas mis faltas» (Coloquio de los perros, ff. 262v y 264). ¶ El falso ermitaño, que se aprovecha de la religiosidad popular, o que adopta el disfraz para escapar de la justicia o hacer picardías, es una figura frecuente en la literatura de la época (Chenot 1980:59-60). Para el ermitaño hipócrita y su relación con Montesinos, cf. Egido [1994:137-222 passim, esp. 173-174, 190-192, 211-216]b, que opone este ermitaño al Soldino del Persiles, III, 18. ¶ Morón Arroyo [1994:188-189] señala que la última frase es una tesis escolástica. volver
  • (9) 831.10—Leguina y Vidal [1912:38-39], Riquer [en prensa]. volver
  • (10) 832.11—PE, CL, RM, VG, RQ; Osuna [1971]. La relación entre ermita y ‘lugar donde se vende vino’ debió de ser tópica: «Lo invité a beber dos frascos de vino en una ermita del trago» (Estebanillo, ed. Carreira y Cid2, I, p. 147); y, en su contexto, «llegó nuestro amor tan adelante con el curso del tiempo, que nos miraban con cuidado los cofrades que acudían a la ermita, y que nos murmuraba el barrio y la vecindad» (ibidem, II, p. 197). ¶ La extraña ruta de los personajes, que no acaban de decidirse entre pernoctar en la casa del ermitaño o dirigirse a la venta, da muestra del cambio de plan narrativo. Con todo, la relación entre el ermitaño (antes soldado) y el mozo que va a la guerra también revela la existencia de un plan primitivo (cf. Lecturas). volver
  • (11) 832.12—RM, Rosenblat [1971:198]. ¶ Riley [1986/90:197] subraya el anticlímax realista de la escena, pues no cabe imaginar que en una novela de caballerías no esté el ermitaño cuando el héroe llama a la puerta; cf. Siciliano [1971] y Felkel [1992:117-118]. volver
  • (12) 832.13—CL, RM; Herrero García [1933; 1977:93-118]. volver
  • (13) 832.14—CL, VG. volver
Volver a la página anterior Subir al principio de la página Ir a la página siguiente
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es