Capítulo XXIII
De las admirables cosas que el
estremado1 don
Quijote contó que había visto en la
profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y
grandeza hace que se tenga esta aventura por
apócrifa2 (1 de 3)
Las cuatro de la tarde serían,
cuando el sol, entre nubes cubierto, con luz escasa y
templados rayos dio lugar a don Quijote para que sin
calor y pesadumbre contase a sus dos clarísimos
oyentes3 lo que en
la cueva de Montesinos había visto; y
comenzó en el modo siguiente:
—A obra de doce o catorce estados
de la profundidad desta mazmorra4, a la
derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz
de poder caber en ella un gran carro con sus mulas.
Éntrale una pequeña luz por unos resquicios
o agujerosI,
que lejos le responden5, abiertosII
en la superficie de la tierra. Esta concavidad y
espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y
mohíno de verme, pendiente y colgado de la soga,
caminar por aquella escura región abajo sin
llevar cierto ni determinado camino6, y,
así, determiné entrarme en ella y descansar
un poco. Di voces pidiéndoos que no
descolgásedes más soga hasta que yo os lo
dijese, pero no debistes de oírme. Fui
recogiendo la soga que enviábades, y, haciendo
della una rosca o rimero, me senté sobre él
pensativo además7,
considerando lo que hacer debía para calar al
fondo, no teniendo quién me sustentase; y
estando en este pensamiento y confusión, de
repente y sin procurarlo, me salteó un
sueño profundísimo, y cuando menos lo
pensaba, sin saber cómo ni cómo no,
desperté dél y me hallé en la mitad
del más bello, ameno y deleitoso prado que puede
criar la naturaleza, ni imaginar la más discreta
imaginación humana. Despabilé los ojos,
limpiémelos, y vi que no dormía, sino que
realmente estaba despierto. Con todo esto, me
tenté la cabeza y los pechos, por certificarme
si era yo mismo el que allí estaba o alguna
fantasma vana y contrahecha; pero el tacto, el
sentimiento, los discursos concertados que entre
mí hacía, me certificaron que yo era
allí entonces el que soy aquí ahora.
Ofrecióseme luego a la vista un real y suntuoso
palacio o alcázar, cuyos muros y paredes
parecían de transparente y claro cristal
fabricados8; del cual
abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas
salía y hacia mí se venía un venerable
anciano, vestido con un capuz de bayeta morada9
que por el suelo le arrastraba. Ceñíale los
hombros y los pechos una beca de colegial10, de raso
verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa
negra11, y la
barba, canísima, le pasaba de la cintura; no
traía arma ninguna, sino un rosario de cuentas
en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces
asimismo como huevos medianos de avestruz12. El
continente, el paso, la gravedad y la anchísima
presencia13, cada
cosa de por sí y todas juntas, me suspendieron y
admiraron. Llegóse a mí, y lo primero que
hizo fue abrazarme estrechamente, y luego decirme:
«Luengos tiempos ha, valeroso caballero don
Quijote de la Mancha, que los que estamos en estas
soledades encantados esperamos verte, para que des
noticia al mundo de lo que encierra y cubre la
profunda cueva por donde has entrado, llamada la
cueva de Montesinos: hazaña solo guardada para
ser acometida de tu invencible corazón y de tu
ánimo estupendoIII, 14.
Ven conmigo, señor clarísimo, que te quiero
mostrar las maravillas que este transparente
alcázar solapa15, de
quien yo soy alcaide y guardaIV
mayor perpetua16, porque
soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma
nombre». Apenas me dijo que era Montesinos17, cuando
le pregunté si fue verdad lo que en el mundo de
acá arribaV
se contaba, que él había sacado de la mitad
del pecho, con una pequeña daga, el corazón
de su grande amigo Durandarte y llevádoleVI
a la señora Belerma, como él se lo
mandó al puntoVII
de su muerte18.
Respondióme que en todo decían verdad, sino
en la daga, porque no fue daga, ni pequeña, sino
un puñal buido, más agudo que una lezna19.
—Debía de ser —dijo a este punto
Sancho— el tal puñal de Ramón de
Hoces, el sevillano20.
—No sé —prosiguió
don Quijote—, pero no sería dese
puñalero, porque Ramón de Hoces fue ayer, y
lo de Roncesvalles, donde aconteció esta
desgracia, ha muchos años; y esta
averiguación no es de importancia, ni turba ni
altera la verdad y contesto de la historia.
—Así es
—respondió el primo—: prosiga
vuestra merced, señor don Quijote, que le
escucho con el mayor gusto del mundo.
—No con menor lo cuento yo
—respondió don Quijote—, y,
así, digo que el venerable Montesinos me
metió en el cristalino palacio, donde en una
sala baja, fresquísima sobremodo y toda de
alabastro21, estaba
un sepulcro de mármol con gran maestría
fabricado, sobre el cual vi a un caballero tendido de
largo a largo, no de bronce, ni de mármol, ni de
jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros,
sino de pura carne y de puros huesos. Tenía la
mano derecha (que a mi parecer es algo peluda y
nervosa, señal de tener muchas fuerzas su
dueño) puesta sobre el lado del corazón; y
antes que preguntase nada a Montesinos, viéndome
suspenso mirando al del sepulcro, me dijo: «Este
es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los
caballeros enamorados y valientes de su tiempo.
Tiénele aquí encantado, como me tiene a
mí y a otros muchos y muchas, Merlín, aquel
francés encantador que dicen que fue hijo del
diablo22; y lo
que yo creo es que no fue hijo del diablo, sino que
supo, como dicen, un punto más que el diablo23. El
cómo o para qué nos encantó nadie lo
sabe, y ello dirá andando los tiempos, que no
están muy lejos, según imaginoVIII.
Lo que a míIX
me admira es que sé, tan cierto como ahora es de
día, que Durandarte acabó los de su vida en
mis brazos, y que después de muerto le
saqué el corazón con mis propias manos; y
en verdad que debía de pesar dos libras, porque,
según los naturales24, el que
tiene mayor corazón es dotado de mayor
valentía del que le tiene pequeño. Pues
siendo esto así, y que realmente murió este
caballero, ¿cómo ahora se queja y sospira
de cuando en cuando como si estuviese vivo?».
Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran
voz, dijo:
«¡Oh, mi primo Montesinos!
Lo postrero que os rogabaX,
que cuando yo fuere muerto
y mi ánima arrancada,
que llevéis mi corazón
adonde Belerma estaba,
sacándomele del pecho,
ya con puñal, ya con daga»25.
Notas:
- (1) ‘cabal’,
‘perfecto’ (véase I, 10, 115; 51,
576). volver
- (2) ‘falsa’
(véase I, 48, 554; II, 5, 663, n. 3). º volver
- (3) Con el adjetivo
clarísimos alude burlescamente a los
discursos académicos en latín, en que a
menudo se trataba de tales a los oyentes.
º volver
- (4) estado:
‘medida de longitud que equivale a la altura de
un hombre’, aproximadamente 1,70 metros (II, 55,
1077, n. 4); mazmorra: ‘sima’.
º volver
- (5) Probablemente,
‘desde lejos la proyectan’. volver
- (6) ‘camino
decidido’. Podría haber aquí una
reminiscencia de Dante en el inicio del
«Infierno» en la Divina Commedia. DQ
cae en la contradicción propia del género
de los sueños: asegura haberse dormido y trata
de demostrar lo contrario dando cuenta de todo lo que
ha visto y oído. º volver
- (7) ‘muy
pensativo’ (véase I, 18, 196, n. 85; II,
3, 646, n. 1). volver
- (8) cristal:
‘cristal de roca’, considerado piedra
semipreciosa. º volver
- (9)
capuz: ‘capaCaballero
cerrada o túnica talar, a veces con orificios
para sacar los brazos, con capilla en forma de
capuchón’; en el siglo XVII era una prenda
anticuada, usada para vestir de duelo, y en ese caso se
hacía de bayeta. º volver
- (10) ‘faja de una
cuarta de ancho y de unas cuatro varas de largo; se
llevaba sobre los hombros y ceñida al
pecho’; el color era divisa del colegio o
facultad a que pertenecía el estudiante.
º volver
- (11) ‘gorraCaballero
redonda de lana fina, con un cerquillo de hierro para
mantener el ruedo’. º volver
- (12)
Los dieces eran ‘las cuentas que
corresponden al Padre Nuestro’. El
rosario, como complemento del vestuario, no era
extraño en la España del siglo XVI. º volver
- (13) ‘majestuosa,
noble presencia’. º volver
- (14)
‘admirable’, ‘asombroso’;
italianismo. volver
- (15)
‘encubre’, ‘encierra’. volver
- (16) ‘tesorero
perpetuo’. º volver
- (17)
Aunque pertenece al ciclo carolingio, la literatura
francesa no recoge como suyo a este personaje del
romancero castellano, pues en realidad es una
derivación del protagonista del cantar de gesta
francés de finales del siglo XII Aïol et
Mirabel. Así llamado por haber nacido en un
monte despoblado, donde fue llevado a causa de las
falsas acusaciones de Tomillas, ya hombre volvió
a la corte de París y mató al traidor (lo
recoge el célebre romance «Cata Francia,
Montesinos, cata París la ciudad»). Se
casó con la dama Rosaflorida, señora del
castillo de Rocafrida, tan conocido por los romances
del ciclo, que se acabó identificando con unas
ruinas próximas a la
cueva de MontesinosLa Cueva de Montesinos: vista del exterior (véase II, 22, 811, n.
20). En algunos romances, es primo de Durandarte
(nombre que en la épica francesa se da a la
espada de Roldán), también exclusivo del
romancero castellano a pesar de su ascendiente
carolingio. º volver
- (18) Aquella arma y su
calificativo, pequeña dagaArmas blancas,
proceden del romancero, donde también se recoge
que Durandarte amaba tan profundamente a Belerma, que
en el momento de su muerte en Roncesvalles pidió
a su primo Montesinos que le arrancara el
corazón y se lo llevara a ella como muestra de
amor. º volver
- (19)
‘punzón de acero’, y sobre todo el
que usan zapateros y cesteros; buido vale
probablemente ‘con la punta estriada en tres
canales’ o ‘aguzado’ (II, 69, 1188).
º volver
- (20) Cuchillero del que
por hoy se carece de noticias. º volver
- (21) sobremodo es
un italianismo que vale ‘sobremanera’.
º volver
- (22)
Merlín es el sabio encantador de las
leyendas artúricas; tuvo también fama
literaria de profeta. Como personaje, es el
único del capítulo que pertenece a los
libros de caballerías. No era
francés, de Galia, sino de la legendaria
Gaula. º volver
- (23) ‘era muy
agudo’; es frase proverbial. º volver
- (24) ‘los
filósofos que estudian la naturaleza o
naturalistas’; por extensión, los
estudiosos empíricos de los fenómenos
físicos en general (véase I, 33, 385, n.
51). º volver
- (25) Parece ser una
contaminación de dos romances diversos
(«¡Oh, Belerma! ¡Oh, Belerma!»,
y «Por el rastro de la sangre») con un
tratamiento burlesco forzado por los dos últimos
versos, añadidos por C. (véase arriba n.
18). º volver
Notas críticas:
- (I) 818.2 o agujeros edd.
y agujeros V volver
- (II) 818.3 abiertos VLO
RAE SB abiertas edd. [RQ propone un
sujeto mental grietas, A. del Campo (en VG)
recuerda el «Romance de los celos»
cervantinos: «por los resquicios y
quiebras»; pero la corrección no es
dudosa. volver
- (III) 819.12
[Contra el resto del Q., A trae
stupendo. volver
- (IV) 819.14 y guarda edd. y |
y guarda A volver
- (V) 819.17 acá
arriba MA acarriba edd.
[También más abajo, 826, lín. 21)
retocamos la grafía (sea o no de C.; cf., por
ejemplo, I, 372. 256; Galatea, VI, f. 304:
«las aguas de acá bajo»), que choca
demasiado con los hábitos del lector moderno. volver
- (VI) 819.19 llevádole edd. [Así todos nuestros ejemplares;
según SB, algún otro trae
llevándole. Cf. 334.27. volver
- (VII) 819.20 punto
edd. p~unto
A volver
- (VIII) 820.27 imagino
edd. me
imagino V volver
- (IX) 820.28 a mí
edd. om. V volver
- (X) 821.7 os rogaba edd. yo
os rogaba MA volver
Notas complementarias:
- (1) 817.2—VG. La función del
apócrifo ha sido interpretada por Labertit
[1973], que ve en la cueva un complejo quebrantamiento
del decorum que dará a DQ una perspectiva
degradada de lo caballeresco; complétese con
Baquero Goyanes [1979]; Romero Muñoz
[1990:105-106] lo relaciona de nuevo con Avellaneda al
indicar que DQ no miente como el apócrifo. Riley
[1986/90:174-177]b juzga esta
aventura como rechazo de responsabilidad por parte del
autor-traductor y descargo en el criterio del lector, y
plantea a la vez la labilidad de límites entre
realidad, palabras y sueño. Avalle-Arce y Riley
[1973:47-49] interpretan el episodio como la
lección íntima del Q.: lo
soñado por DQ es el verdadero sentido de la
vida. C. Guillén [1985:250] plantea la
influencia metonímica del episodio sobre toda la
Segunda parte de la novela. Para la oposición
entre realidad y relato, cf. A. Castro [1925/87:89-90]
y Moner [1990]b. ¶ Sobre
el tema del sueño, además de los estudios
citados en el capítulo anterior, Avalle-Arce
[1976:189-192 y passim], Agheana [1977],
Cascardi [1984] –que puede completarse con Garin
[1989:43-53 y passim]–, Egido
[1994:141-161]b y Ascunce
Arrieta [1994:108-118]. Desde perspectivas
psicoanalíticas, T. Earle Hamilton [1968]. Cf.
también Lecturas. ¶ Sobre la
técnica narrativa de DQ, Forcione
[1970b:137-146], Molho [1988a:113-115] y Wardropper
[1989].
volver
- (2) 817.3—CL.
volver
- (3) 817.4—CL, DCECH. «Antoñuela, la
Pelada, / el vivo colchón del sexto, /
cosmógrafa que consigo / medía a
estados el suelo» (Quevedo, Obra
poética, III, p. 183).
volver
- (4) 818.6—VG ve en la escura región
un eco de Garcilaso, pero también se deja oponer
fácilmente a la «Alma región
luciente» de fray Luis de León. Lida de
Malkiel [1956:422-423] analiza este episodio como
visión del trasmundo; cf. Segre [1990b]. Avery
[1974-1975] insiste en su vinculación con la
Divina Commedia: «Mi ritrovai per una
selva oscura / che la diritta via era smarrita»
(Inferno, I, 2-3). Percas de Ponseti [1975:II,
473-478, 487-488, 503-549 y passim]
señala fuentes en la literatura clásica y
contactos muy patentes con la Eneida y ve, por
una parte, referencias al vocabulario de la
mística; por otra, una recreación de la
cárcel de Sevilla, en la que C. estuvo preso,
unida a recuerdos del cautiverio argelino; estas
evocaciones teñirían todo el
capítulo; >Avalle-Arce [1976:180-198]
recuerda que es la única vez que en la Segunda
parte se encuentra a solas DQ y afirma que el episodio
es una parodia del descenso de Eneas a los infiernos y
del paraíso subterráneo de las leyendas
artúricas; al mismo tiempo, nota que el
subsconsciente de DQ le da cuenta de su total
inadecuación al mundo; especialmente por la
aparición de detalles absurdos y
ridículos, que deterioran la visión
caballeresca (Riley 1986/90:176). Riley [1982]
considera este episodio en términos de mito,
sueño y metamorfosis, tejidos alrededor de las
figuras que se presentan en cuatro círculos
concéntricos; también subraya la broma de
C. contra las misceláneas renacentistas, unida a
su pretendida confusión entre mito
poético y hecho
histórico-empírico. En esta
confusión insiste Juliá [1993:275]. El
propio Riley [1986/90:98] ha visto dos precedentes del
descenso en una aventura subterránea (II, 14) y
dos subacuáticas (I, 32 y 50). Egido [1994]
apunta la incursión del héroe en una
cueva oscura en el Platir (1533). El motivo de
la cueva como lugar maravilloso y terrible es frecuente
en los libros de caballerías, como estudia Cacho
Blecua [1995] en un recorrido por el género. Cf.
también Lecturas.
volver
- (5) 818.8—CL encuentra la fuente en
Belianís de Grecia, II, 2; en su nota 45,
el mismo CL remite a Las sergas de
Esplandián (cf. abajo, 827, n. 46). Lida de
Malkiel [1950/84:517] recuerda a Juan de Mena,
Laberinto de Fortuna, 15; luego [1955-1956;
1956:413-414] matiza la segunda nota de CL. Percas de
Ponseti [1975:II, 490-492] ve la fuente en Osuna,
Laredo y Santa Teresa. «El vidrio tiene la vista
y apariencia del cristal, pero no la dureza; y
se corta con el esmeril» (Comenio, Ianua
linguarum, núm. 93); cf. Covarrubias,
Tesoro.
volver
- (6) 818.9—CL anota aquí la vestimenta
completa; RM. Cf. R. Menéndez Pidal
[1899/1932:250] y Bernis [en prensa]. «Anegado en
un capuz de bayeta y devanado en una
chía... impedidos los pasos con el peso de diez
arrobas de cola que arrastraba, iba tardo y
perezoso» (Quevedo, Sueños, I, p.
209; II, p. 1338). May [1947:40-41] identifica la
vestimenta con la de un profesor de teología.
Como de un personaje digno de respeto y venerable la
describe, convincentemente, Romero Muñoz
[1992:132-135]. Sobre la falsa e inverosímil
vestimenta de Montesinos, mezcla de héroe de
romancero y colegial humanista, cf. Lecturas.
¶ Percas de Ponseti [1975:II, 417-420, 546-547;
1996:388-389] ubica a Montesinos como personaje irreal
en un contexto onírico-simbólico y lo
asocia al rey de Argel, Hasán Bajá, cuya
supuesta relación con C. analiza Johnson [1995].
Su apariencia, tan extraña para un caballero, la
explica Avalle-Arce [1976:193-196] como un cruce
subconsciente con el estudiante-guía. ¶
Riley [1986/90:88] señala que la novela de tipo
idealista (romance) y la fantasía estaban
frecuentemente relacionadas con el sueño.
volver
- (7) 818.10—CL, Bernis [en prensa]; cf.
Covarrubias, Tesoro.
volver
- (8) 818.11—BW, CL, RM, Bernis [en prensa].
Según Covarrubias, Tesoro, la gorraCaballero
milanesa negra ya no estaba de moda y
resultaría anacrónica. «Sobre
bonete de orejas, / colchado de lana y lienzo, / una
gorra de Milán / recostada al lado
izquierdo» (Rodríguez Moñino
1957:III, 119). «Por gorra de
Milán, media toronja / con un penacho rojo
verde y bayo / de un muerto, por sus uñas,
papagayo» (Lope de Vega, La gatomaquia,
ed. Sabor de Cortazar, p. 82). ¶ Cf. la ingeniosa
interpretación múltiple de Percas de
Ponseti [1975:II, 544-545]; >Romero Muñoz
[1992:133] y Egido [1994:165] subrayan que ir cubierto
era privilegio de la grandeza.
volver
- (9) 819.12—CL, RM; A. Castro [1925/87:264-265].
«No tardó mucho, cuando entraron dos
viejos de bayeta, con antojos, que los hacían
graves y dignos de ser respetados, con sendos
rosarios de sonadoras cuentas en las
manos» (Rinconete y Cortadillo, f. 73).
¶ Percas de Ponseti [1975:II, 493-495] cree que el
rosario funciona como las llaves
simbólicas de Montesinos-alcaide; Moner
[1986a:107] analiza la sustitución de las armas
por el rosario como indicio de la
«clericalización» del
paladín. Egido [1994:137-149, 161-171, 194-199 y
213]b aduce, entre otros, el ejemplo del
licenciado calabrés, rosario en mano, del
Alguacil endemoniado (1604-1608) de Quevedo y,
apoyándose en la doble tradición
lucianesco-erasmista y romanceril, sin olvidar los
tratamientos del barroco, cree en la
desmitificación del héroe, convertido en
su contrario, en una estilización de la figura
del hipócrita, desalegorizado. Téngase en
cuenta que en el romance «Muchas veces oí
decir» Montesinos pasa quince años de
ermitaño (Egido 1994). Para corroborar esta
opinión, D. Ynduráin
[1980:132].
volver
- (10) 819.13—CL, RM; Romero Muñoz
[1992:132-138]b transcribe la
dedicatoria a «Don Francisco de Bobadilla,
cardenal amplísimo». Cf. también
Romero Muñoz [1996].
volver
- (11) 819.16—Percas de Ponseti [1975:II, 492-495,
504-505] ve en estos cargos tanto un simbolismo
religioso como una referencia a cargo carcelario.
«Este [acompañamiento del rey] se compone
de sus consejeros, ya de cámara, ya de estado,
presidentes o superintendentes y ministros principales,
el mayordomo mayor, el canciller, el tesorero o
guardamayor del tesoro, el guardasellos de
estado, el condestable, el maestresala, el copero
mayor, el caballerizo y camarero mayores y el
secretario de estado» (Comenio, Ianua
linguarum, núm. 976).
volver
- (12) 819.17—PE, CL, CT, MU, RQ; Menéndez
Pelayo [1906:XII, 425], R. Menéndez Pidal
[1899/1932:251], Eisenberg [1984c], Molho
[1988a]b. ¶ Los
romances de Montesinos se editan y estudian, con sus
implicaciones, en Débax [1982:230-231], G. Di
Stefano [1993:150-157], Díaz-Mas [1994:235-243]
y Egido [1994], quien señala el cruce de
caballero, ermitaño, truhán y
galán que Montesinos ofrece en la
tradición romanceril, garante de los
estrafalarios visajes que presenta en la cueva. Don
Bueso en el Romancero general de 1600 parece un
buen precedente de Montesinos, con gorraCaballero
de Milán, talante escolar de verdes bohemios
y rosario en la pretinaDon Quijote vestido de fiesta.
¶ Sobre la proyección de DQ en Montesinos y
Durandarte, con la asimilación de Belerma y
Dulcinea, Riley [1982; 1986/90:158]. Cf. también
II, 26, 847, n. 7.
volver
- (13) 819.18—BW; CL II, 23, n. 20, trae dos
paralelos: el Amadís de Gaula, III, 73,
donde Amadís le ruega a Gandalín que, si
muere, lleve su corazón a Oriana; y Don
Florisel de Niquea, III, 71, en el que Agesilao
ruega a unas doncellas que lleven su corazón a
su señora Diana. MU señala que la
pregunta refleja un estado de ánimo contrario
del que hasta este momento ha demostrado, pues nunca
había manifestado tanta incredulidad, que va a
mantener en las escenas siguientes. VG; R.
Menéndez Pidal [1899/1932:252], Lida de Malkiel
[1974:28], Percas de Ponseti [1975:II, 468]. Cf.
«Oh mi primo Montesinos, / lo que agora yo os
rogaba / que cuando yo fuere muerto y mi ánima
arrancada / vos llevéis mi corazón /
adonde Belerma estaba», que se cita, con
variantes, más adelante. «Muerto yace
Durandarte / debajo una verde haya. / Con él
está Montesinos / que en la muerte se hallara: /
la fuesa le está haciendo / con una
pequeña dagaArmas blancas.
/ Desenlázale el arnésDon Quijote con el arnés en su primera salida,
/ el pecho le desarmaba; / por el costado siniestro /
el corazón le sacaba /.../ –Corazón
el más valiente / que en Francia
ceñía espada, / agora seréis
llevado / adonde Belerma estaba / para dar clara
señal / de la verdadera llaga»
(apud G. Di Stefano 1993:150-157). ¶ Askins
[1965:140-141] sobre los romances y figura de
Durandarte. ¶ También Góngora
recreó paródicamente la
intervención de Merlín en su
célebre romance «Diez años
vivió Belerma / con el corazón difunto /
que le dejó en testamento / aquel francés
boquirrubio».
volver
- (14) 820.19—RM; R. Menéndez Pidal
[1899/1932:252], Rodríguez Marín
[1935b:400-401]. Cf. Autoridades. Percas de
Ponseti [1975:II, 543] cree que puñal
Armas blancas
buido es un arma argelina. «Que con
puñal buido o con secreta /
almarada me hiciese un abujero» (Viaje del
Parnaso, VIII, vv. 427-428, f. 70). Para la
tranformación de la daga en
puñal, acompañado de la
comparación, Egido [1994:195]. ¶ Fuentes y
transformación en R. Menéndez Pidal
[1948/52:24-29], Percas de Ponseti [1975:II, 456-458],
Moner [1986a:107-108] y Egido [1994:194-199]. ¶
Avalle-Arce [1976:183] insiste en la idea de que
realidad y fantasía se complementan: la
daga romanceril y el puñal buido
real.
volver
- (15) 820.20—Ramón de Hoces: CL,
Lanin [1977], Reyre [1980:78-79]. ¶ Para la
negación de la pertinencia del comentario de
Sancho, Percas de Ponseti [1975:II, 534-535], Eisenberg
[1987a:113-114]; Mayer [1994:109-115] analiza la
función de la narración o de la
omisión de los detalles o minucias.
volver
- (16) 820.21—«...la poesía
verdadera... / el monte discurrió y
abrazó a todos, / hermosa sobremodo y
placentera» (Viaje del Parnaso, VIII, vv.
191, 194-195, f. 65).
volver
- (17) 820.22—BW, PE, CL, CT, RM VI:112, MU; R.
Menéndez Pidal [1899/1932:254], Zumthor [1943],
Molho [1988a:109-111], García Gual
[1990]b, C. Alvar
[1991a]. Hall [1982] comenta la reelaboración
española de la leyenda en el Baladro del
sabio Merlín (cf. sus capítulos
11-22) y otras obras. «Que te ficiese saber en
qué guisa podrás apalpar por verdadero
saber un dicho de profecía, el qual dices que
fue fallado entre los libros y profecías que
dices que fizo Merlín»
(López de Ayala, Crónicas, p.
420). C. sacó a Merlín en La
casa de los celos y selvas de Ardenia, comedia
plagada de elementos mágicos y de ultratumba con
ribetes irónicos y burlescos que preludian los
de esta cueva (Egido 1994).
volver
- (18) 820.23—Egido [1994]. «Aquel grande
encantador / que fue su padre el demonio» (La
casa de los celos, I, f. 34v); cf.
Lazarillo, p. 23.
volver
- (19) 820.24—CL, RM. «Nosotros, los
filósofos naturales... ponemos nuestro
estudio en saber el discurso y orden que Dios hizo el
día que crió el mundo, para contemplar y
saber de qué manera quiso que sucediesen las
cosas y por qué razón» (Huarte de
San Juan, Examen, p. 241); el programa completo
de dichos estudios lo desarrolla Sebastián Fox
Morcillo, De naturae philosophia, París,
1560. Cf. Serés [1990]b.
volver
- (20) 821.25—BW, CL, CT, RM (>Avalle-Arce
1976:181), MU, VG, RQ; R. Menéndez Pidal
[1899/1932:254], Percas de Ponseti [1975:II, 467-473],
A. Sánchez [1991:257-258].
volver