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Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Segunda parte > Capítulo XXIII (1 de 3)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo XXIII
De las admirables cosas que el estremado1 don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa2 (1 de 3)

Las cuatro de la tarde serían, cuando el sol, entre nubes cubierto, con luz escasa y templados rayos dio lugar a don Quijote para que sin calor y pesadumbre contase a sus dos clarísimos oyentes3 lo que en la cueva de Montesinos había visto; y comenzó en el modo siguiente:

—A obra de doce o catorce estados de la profundidad desta mazmorra4, a la derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella un gran carro con sus mulas. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios o agujerosI, que lejos le responden5, abiertosII en la superficie de la tierra. Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohíno de verme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella escura región abajo sin llevar cierto ni determinado camino6, y, así, determiné entrarme en ella y descansar un poco. Di voces pidiéndoos que no descolgásedes más soga hasta que yo os lo dijese, pero no debistes de oírme. Fui recogiendo la soga que enviábades, y, haciendo della una rosca o rimero, me senté sobre él pensativo además7, considerando lo que hacer debía para calar al fondo, no teniendo quién me sustentase; y estando en este pensamiento y confusión, de repente y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo, y cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté dél y me hallé en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza, ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto. Con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo mismo el que allí estaba o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora. Ofrecióseme luego a la vista un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes parecían de transparente y claro cristal fabricados8; del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacia mí se venía un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada9 que por el suelo le arrastraba. Ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial10, de raso verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa negra11, y la barba, canísima, le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un rosario de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo como huevos medianos de avestruz12. El continente, el paso, la gravedad y la anchísima presencia13, cada cosa de por sí y todas juntas, me suspendieron y admiraron. Llegóse a mí, y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente, y luego decirme: «Luengos tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de la Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte, para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña solo guardada para ser acometida de tu invencible corazón y de tu ánimo estupendoIII, 14. Ven conmigo, señor clarísimo, que te quiero mostrar las maravillas que este transparente alcázar solapa15, de quien yo soy alcaide y guardaIV mayor perpetua16, porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma nombre». Apenas me dijo que era Montesinos17, cuando le pregunté si fue verdad lo que en el mundo de acá arribaV se contaba, que él había sacado de la mitad del pecho, con una pequeña daga, el corazón de su grande amigo Durandarte y llevádoleVI a la señora Belerma, como él se lo mandó al puntoVII de su muerte18. Respondióme que en todo decían verdad, sino en la daga, porque no fue daga, ni pequeña, sino un puñal buido, más agudo que una lezna19.

—Debía de ser —dijo a este punto Sancho— el tal puñal de Ramón de Hoces, el sevillano20.

—No sé —prosiguió don Quijote—, pero no sería dese puñalero, porque Ramón de Hoces fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteció esta desgracia, ha muchos años; y esta averiguación no es de importancia, ni turba ni altera la verdad y contesto de la historia.

—Así es —respondió el primo—: prosiga vuestra merced, señor don Quijote, que le escucho con el mayor gusto del mundo.

—No con menor lo cuento yo —respondió don Quijote—, y, así, digo que el venerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde en una sala baja, fresquísima sobremodo y toda de alabastro21, estaba un sepulcro de mármol con gran maestría fabricado, sobre el cual vi a un caballero tendido de largo a largo, no de bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puros huesos. Tenía la mano derecha (que a mi parecer es algo peluda y nervosa, señal de tener muchas fuerzas su dueño) puesta sobre el lado del corazón; y antes que preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso mirando al del sepulcro, me dijo: «Este es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo. Tiénele aquí encantado, como me tiene a mí y a otros muchos y muchas, Merlín, aquel francés encantador que dicen que fue hijo del diablo22; y lo que yo creo es que no fue hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto más que el diablo23. El cómo o para qué nos encantó nadie lo sabe, y ello dirá andando los tiempos, que no están muy lejos, según imaginoVIII. Lo que a míIX me admira es que sé, tan cierto como ahora es de día, que Durandarte acabó los de su vida en mis brazos, y que después de muerto le saqué el corazón con mis propias manos; y en verdad que debía de pesar dos libras, porque, según los naturales24, el que tiene mayor corazón es dotado de mayor valentía del que le tiene pequeño. Pues siendo esto así, y que realmente murió este caballero, ¿cómo ahora se queja y sospira de cuando en cuando como si estuviese vivo?». Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz, dijo:

«¡Oh, mi primo Montesinos!
Lo postrero que os rogabaX,
que cuando yo fuere muerto
y mi ánima arrancada,
que llevéis mi corazón
adonde Belerma estaba,
sacándomele del pecho,
ya con puñal, ya con daga»25.

Notas:

  • (1) ‘cabal’, ‘perfecto’ (véase I, 10, 115; 51, 576). volver
  • (2) ‘falsa’ (véase I, 48, 554; II, 5, 663, n. 3). º volver
  • (3) Con el adjetivo clarísimos alude burlescamente a los discursos académicos en latín, en que a menudo se trataba de tales a los oyentes. º volver
  • (4) estado: ‘medida de longitud que equivale a la altura de un hombre’, aproximadamente 1,70 metros (II, 55, 1077, n. 4); mazmorra: ‘sima’. º volver
  • (5) Probablemente, ‘desde lejos la proyectan’. volver
  • (6) ‘camino decidido’. Podría haber aquí una reminiscencia de Dante en el inicio del «Infierno» en la Divina Commedia. DQ cae en la contradicción propia del género de los sueños: asegura haberse dormido y trata de demostrar lo contrario dando cuenta de todo lo que ha visto y oído. º volver
  • (7) ‘muy pensativo’ (véase I, 18, 196, n. 85; II, 3, 646, n. 1). volver
  • (8) cristal: ‘cristal de roca’, considerado piedra semipreciosa. º volver
  • (9) capuz: ‘capaCaballero cerrada o túnica talar, a veces con orificios para sacar los brazos, con capilla en forma de capuchón’; en el siglo XVII era una prenda anticuada, usada para vestir de duelo, y en ese caso se hacía de bayeta. º volver
  • (10) ‘faja de una cuarta de ancho y de unas cuatro varas de largo; se llevaba sobre los hombros y ceñida al pecho’; el color era divisa del colegio o facultad a que pertenecía el estudiante. º volver
  • (11) ‘gorraCaballero redonda de lana fina, con un cerquillo de hierro para mantener el ruedo’. º volver
  • (12) Los dieces eran ‘las cuentas que corresponden al Padre Nuestro’. El rosario, como complemento del vestuario, no era extraño en la España del siglo XVI. º volver
  • (13) ‘majestuosa, noble presencia’. º volver
  • (14) ‘admirable’, ‘asombroso’; italianismo. volver
  • (15) ‘encubre’, ‘encierra’. volver
  • (16) ‘tesorero perpetuo’. º volver
  • (17) Aunque pertenece al ciclo carolingio, la literatura francesa no recoge como suyo a este personaje del romancero castellano, pues en realidad es una derivación del protagonista del cantar de gesta francés de finales del siglo XII Aïol et Mirabel. Así llamado por haber nacido en un monte despoblado, donde fue llevado a causa de las falsas acusaciones de Tomillas, ya hombre volvió a la corte de París y mató al traidor (lo recoge el célebre romance «Cata Francia, Montesinos, cata París la ciudad»). Se casó con la dama Rosaflorida, señora del castillo de Rocafrida, tan conocido por los romances del ciclo, que se acabó identificando con unas ruinas próximas a la cueva de MontesinosLa Cueva de Montesinos: vista del exterior (véase II, 22, 811, n. 20). En algunos romances, es primo de Durandarte (nombre que en la épica francesa se da a la espada de Roldán), también exclusivo del romancero castellano a pesar de su ascendiente carolingio. º volver
  • (18) Aquella arma y su calificativo, pequeña dagaArmas blancas, proceden del romancero, donde también se recoge que Durandarte amaba tan profundamente a Belerma, que en el momento de su muerte en Roncesvalles pidió a su primo Montesinos que le arrancara el corazón y se lo llevara a ella como muestra de amor. º volver
  • (19) ‘punzón de acero’, y sobre todo el que usan zapateros y cesteros; buido vale probablemente ‘con la punta estriada en tres canales’ o ‘aguzado’ (II, 69, 1188). º volver
  • (20) Cuchillero del que por hoy se carece de noticias. º volver
  • (21) sobremodo es un italianismo que vale ‘sobremanera’. º volver
  • (22) Merlín es el sabio encantador de las leyendas artúricas; tuvo también fama literaria de profeta. Como personaje, es el único del capítulo que pertenece a los libros de caballerías. No era francés, de Galia, sino de la legendaria Gaula. º volver
  • (23) ‘era muy agudo’; es frase proverbial. º volver
  • (24) ‘los filósofos que estudian la naturaleza o naturalistas’; por extensión, los estudiosos empíricos de los fenómenos físicos en general (véase I, 33, 385, n. 51). º volver
  • (25) Parece ser una contaminación de dos romances diversos («¡Oh, Belerma! ¡Oh, Belerma!», y «Por el rastro de la sangre») con un tratamiento burlesco forzado por los dos últimos versos, añadidos por C. (véase arriba n. 18). º volver

Notas críticas:

  • (I) 818.2 o agujeros edd. y agujeros V volver
  • (II) 818.3 abiertos VLO RAE SB abiertas edd. [RQ propone un sujeto mental grietas, A. del Campo (en VG) recuerda el «Romance de los celos» cervantinos: «por los resquicios y quiebras»; pero la corrección no es dudosa. volver
  • (III) 819.12  [Contra el resto del Q., A trae stupendo. volver
  • (IV) 819.14 y guarda edd. y | y guarda A volver
  • (V) 819.17 acá arriba MA acarriba edd. [También más abajo, 826, lín. 21) retocamos la grafía (sea o no de C.; cf., por ejemplo, I, 372. 256; Galatea, VI, f. 304: «las aguas de acá bajo»), que choca demasiado con los hábitos del lector moderno. volver
  • (VI) 819.19 llevádole edd. [Así todos nuestros ejemplares; según SB, algún otro trae llevándole. Cf. 334.27. volver
  • (VII) 819.20 punto edd. p~unto A volver
  • (VIII) 820.27 imagino edd. me imagino V volver
  • (IX) 820.28 a mí edd. om. V volver
  • (X) 821.7 os rogaba edd. yo os rogaba MA volver

Notas complementarias:

  • (1) 817.2—VG. La función del apócrifo ha sido interpretada por Labertit [1973], que ve en la cueva un complejo quebrantamiento del decorum que dará a DQ una perspectiva degradada de lo caballeresco; complétese con Baquero Goyanes [1979]; Romero Muñoz [1990:105-106] lo relaciona de nuevo con Avellaneda al indicar que DQ no miente como el apócrifo. Riley [1986/90:174-177]b juzga esta aventura como rechazo de responsabilidad por parte del autor-traductor y descargo en el criterio del lector, y plantea a la vez la labilidad de límites entre realidad, palabras y sueño. Avalle-Arce y Riley [1973:47-49] interpretan el episodio como la lección íntima del Q.: lo soñado por DQ es el verdadero sentido de la vida. C. Guillén [1985:250] plantea la influencia metonímica del episodio sobre toda la Segunda parte de la novela. Para la oposición entre realidad y relato, cf. A. Castro [1925/87:89-90] y Moner [1990]b. ¶ Sobre el tema del sueño, además de los estudios citados en el capítulo anterior, Avalle-Arce [1976:189-192 y passim], Agheana [1977], Cascardi [1984] –que puede completarse con Garin [1989:43-53 y passim]–, Egido [1994:141-161]b y Ascunce Arrieta [1994:108-118]. Desde perspectivas psicoanalíticas, T. Earle Hamilton [1968]. Cf. también Lecturas. ¶ Sobre la técnica narrativa de DQ, Forcione [1970b:137-146], Molho [1988a:113-115] y Wardropper [1989]. volver
  • (2) 817.3—CL. volver
  • (3) 817.4—CL, DCECH. «Antoñuela, la Pelada, / el vivo colchón del sexto, / cosmógrafa que consigo / medía a estados el suelo» (Quevedo, Obra poética, III, p. 183). volver
  • (4) 818.6—VG ve en la escura región un eco de Garcilaso, pero también se deja oponer fácilmente a la «Alma región luciente» de fray Luis de León. Lida de Malkiel [1956:422-423] analiza este episodio como visión del trasmundo; cf. Segre [1990b]. Avery [1974-1975] insiste en su vinculación con la Divina Commedia: «Mi ritrovai per una selva oscura / che la diritta via era smarrita» (Inferno, I, 2-3). Percas de Ponseti [1975:II, 473-478, 487-488, 503-549 y passim] señala fuentes en la literatura clásica y contactos muy patentes con la Eneida y ve, por una parte, referencias al vocabulario de la mística; por otra, una recreación de la cárcel de Sevilla, en la que C. estuvo preso, unida a recuerdos del cautiverio argelino; estas evocaciones teñirían todo el capítulo; >Avalle-Arce [1976:180-198] recuerda que es la única vez que en la Segunda parte se encuentra a solas DQ y afirma que el episodio es una parodia del descenso de Eneas a los infiernos y del paraíso subterráneo de las leyendas artúricas; al mismo tiempo, nota que el subsconsciente de DQ le da cuenta de su total inadecuación al mundo; especialmente por la aparición de detalles absurdos y ridículos, que deterioran la visión caballeresca (Riley 1986/90:176). Riley [1982] considera este episodio en términos de mito, sueño y metamorfosis, tejidos alrededor de las figuras que se presentan en cuatro círculos concéntricos; también subraya la broma de C. contra las misceláneas renacentistas, unida a su pretendida confusión entre mito poético y hecho histórico-empírico. En esta confusión insiste Juliá [1993:275]. El propio Riley [1986/90:98] ha visto dos precedentes del descenso en una aventura subterránea (II, 14) y dos subacuáticas (I, 32 y 50). Egido [1994] apunta la incursión del héroe en una cueva oscura en el Platir (1533). El motivo de la cueva como lugar maravilloso y terrible es frecuente en los libros de caballerías, como estudia Cacho Blecua [1995] en un recorrido por el género. Cf. también Lecturas. volver
  • (5) 818.8—CL encuentra la fuente en Belianís de Grecia, II, 2; en su nota 45, el mismo CL remite a Las sergas de Esplandián (cf. abajo, 827, n. 46). Lida de Malkiel [1950/84:517] recuerda a Juan de Mena, Laberinto de Fortuna, 15; luego [1955-1956; 1956:413-414] matiza la segunda nota de CL. Percas de Ponseti [1975:II, 490-492] ve la fuente en Osuna, Laredo y Santa Teresa. «El vidrio tiene la vista y apariencia del cristal, pero no la dureza; y se corta con el esmeril» (Comenio, Ianua linguarum, núm. 93); cf. Covarrubias, Tesoro. volver
  • (6) 818.9—CL anota aquí la vestimenta completa; RM. Cf. R. Menéndez Pidal [1899/1932:250] y Bernis [en prensa]. «Anegado en un capuz de bayeta y devanado en una chía... impedidos los pasos con el peso de diez arrobas de cola que arrastraba, iba tardo y perezoso» (Quevedo, Sueños, I, p. 209; II, p. 1338). May [1947:40-41] identifica la vestimenta con la de un profesor de teología. Como de un personaje digno de respeto y venerable la describe, convincentemente, Romero Muñoz [1992:132-135]. Sobre la falsa e inverosímil vestimenta de Montesinos, mezcla de héroe de romancero y colegial humanista, cf. Lecturas. ¶ Percas de Ponseti [1975:II, 417-420, 546-547; 1996:388-389] ubica a Montesinos como personaje irreal en un contexto onírico-simbólico y lo asocia al rey de Argel, Hasán Bajá, cuya supuesta relación con C. analiza Johnson [1995]. Su apariencia, tan extraña para un caballero, la explica Avalle-Arce [1976:193-196] como un cruce subconsciente con el estudiante-guía. ¶ Riley [1986/90:88] señala que la novela de tipo idealista (romance) y la fantasía estaban frecuentemente relacionadas con el sueño. volver
  • (7) 818.10—CL, Bernis [en prensa]; cf. Covarrubias, Tesoro. volver
  • (8) 818.11—BW, CL, RM, Bernis [en prensa]. Según Covarrubias, Tesoro, la gorraCaballero milanesa negra ya no estaba de moda y resultaría anacrónica. «Sobre bonete de orejas, / colchado de lana y lienzo, / una gorra de Milán / recostada al lado izquierdo» (Rodríguez Moñino 1957:III, 119). «Por gorra de Milán, media toronja / con un penacho rojo verde y bayo / de un muerto, por sus uñas, papagayo» (Lope de Vega, La gatomaquia, ed. Sabor de Cortazar, p. 82). ¶ Cf. la ingeniosa interpretación múltiple de Percas de Ponseti [1975:II, 544-545]; >Romero Muñoz [1992:133] y Egido [1994:165] subrayan que ir cubierto era privilegio de la grandeza. volver
  • (9) 819.12—CL, RM; A. Castro [1925/87:264-265]. «No tardó mucho, cuando entraron dos viejos de bayeta, con antojos, que los hacían graves y dignos de ser respetados, con sendos rosarios de sonadoras cuentas en las manos» (Rinconete y Cortadillo, f. 73). ¶ Percas de Ponseti [1975:II, 493-495] cree que el rosario funciona como las llaves simbólicas de Montesinos-alcaide; Moner [1986a:107] analiza la sustitución de las armas por el rosario como indicio de la «clericalización» del paladín. Egido [1994:137-149, 161-171, 194-199 y 213]b aduce, entre otros, el ejemplo del licenciado calabrés, rosario en mano, del Alguacil endemoniado (1604-1608) de Quevedo y, apoyándose en la doble tradición lucianesco-erasmista y romanceril, sin olvidar los tratamientos del barroco, cree en la desmitificación del héroe, convertido en su contrario, en una estilización de la figura del hipócrita, desalegorizado. Téngase en cuenta que en el romance «Muchas veces oí decir» Montesinos pasa quince años de ermitaño (Egido 1994). Para corroborar esta opinión, D. Ynduráin [1980:132]. volver
  • (10) 819.13—CL, RM; Romero Muñoz [1992:132-138]b transcribe la dedicatoria a «Don Francisco de Bobadilla, cardenal amplísimo». Cf. también Romero Muñoz [1996]. volver
  • (11) 819.16—Percas de Ponseti [1975:II, 492-495, 504-505] ve en estos cargos tanto un simbolismo religioso como una referencia a cargo carcelario. «Este [acompañamiento del rey] se compone de sus consejeros, ya de cámara, ya de estado, presidentes o superintendentes y ministros principales, el mayordomo mayor, el canciller, el tesorero o guardamayor del tesoro, el guardasellos de estado, el condestable, el maestresala, el copero mayor, el caballerizo y camarero mayores y el secretario de estado» (Comenio, Ianua linguarum, núm. 976). volver
  • (12) 819.17—PE, CL, CT, MU, RQ; Menéndez Pelayo [1906:XII, 425], R. Menéndez Pidal [1899/1932:251], Eisenberg [1984c], Molho [1988a]b. ¶ Los romances de Montesinos se editan y estudian, con sus implicaciones, en Débax [1982:230-231], G. Di Stefano [1993:150-157], Díaz-Mas [1994:235-243] y Egido [1994], quien señala el cruce de caballero, ermitaño, truhán y galán que Montesinos ofrece en la tradición romanceril, garante de los estrafalarios visajes que presenta en la cueva. Don Bueso en el Romancero general de 1600 parece un buen precedente de Montesinos, con gorraCaballero de Milán, talante escolar de verdes bohemios y rosario en la pretinaDon Quijote vestido de fiesta. ¶ Sobre la proyección de DQ en Montesinos y Durandarte, con la asimilación de Belerma y Dulcinea, Riley [1982; 1986/90:158]. Cf. también II, 26, 847, n. 7. volver
  • (13) 819.18—BW; CL II, 23, n. 20, trae dos paralelos: el Amadís de Gaula, III, 73, donde Amadís le ruega a Gandalín que, si muere, lleve su corazón a Oriana; y Don Florisel de Niquea, III, 71, en el que Agesilao ruega a unas doncellas que lleven su corazón a su señora Diana. MU señala que la pregunta refleja un estado de ánimo contrario del que hasta este momento ha demostrado, pues nunca había manifestado tanta incredulidad, que va a mantener en las escenas siguientes. VG; R. Menéndez Pidal [1899/1932:252], Lida de Malkiel [1974:28], Percas de Ponseti [1975:II, 468]. Cf. «Oh mi primo Montesinos, / lo que agora yo os rogaba / que cuando yo fuere muerto y mi ánima arrancada / vos llevéis mi corazón / adonde Belerma estaba», que se cita, con variantes, más adelante. «Muerto yace Durandarte / debajo una verde haya. / Con él está Montesinos / que en la muerte se hallara: / la fuesa le está haciendo / con una pequeña dagaArmas blancas. / Desenlázale el arnésDon Quijote con el arnés en su primera salida, / el pecho le desarmaba; / por el costado siniestro / el corazón le sacaba /.../ –Corazón el más valiente / que en Francia ceñía espada, / agora seréis llevado / adonde Belerma estaba / para dar clara señal / de la verdadera llaga» (apud G. Di Stefano 1993:150-157). ¶ Askins [1965:140-141] sobre los romances y figura de Durandarte. ¶ También Góngora recreó paródicamente la intervención de Merlín en su célebre romance «Diez años vivió Belerma / con el corazón difunto / que le dejó en testamento / aquel francés boquirrubio». volver
  • (14) 820.19—RM; R. Menéndez Pidal [1899/1932:252], Rodríguez Marín [1935b:400-401]. Cf. Autoridades. Percas de Ponseti [1975:II, 543] cree que puñal Armas blancas buido es un arma argelina. «Que con puñal buido o con secreta / almarada me hiciese un abujero» (Viaje del Parnaso, VIII, vv. 427-428, f. 70). Para la tranformación de la daga en puñal, acompañado de la comparación, Egido [1994:195]. ¶ Fuentes y transformación en R. Menéndez Pidal [1948/52:24-29], Percas de Ponseti [1975:II, 456-458], Moner [1986a:107-108] y Egido [1994:194-199]. ¶ Avalle-Arce [1976:183] insiste en la idea de que realidad y fantasía se complementan: la daga romanceril y el puñal buido real. volver
  • (15) 820.20—Ramón de Hoces: CL, Lanin [1977], Reyre [1980:78-79]. ¶ Para la negación de la pertinencia del comentario de Sancho, Percas de Ponseti [1975:II, 534-535], Eisenberg [1987a:113-114]; Mayer [1994:109-115] analiza la función de la narración o de la omisión de los detalles o minucias. volver
  • (16) 820.21—«...la poesía verdadera... / el monte discurrió y abrazó a todos, / hermosa sobremodo y placentera» (Viaje del Parnaso, VIII, vv. 191, 194-195, f. 65). volver
  • (17) 820.22—BW, PE, CL, CT, RM VI:112, MU; R. Menéndez Pidal [1899/1932:254], Zumthor [1943], Molho [1988a:109-111], García Gual [1990]b, C. Alvar [1991a]. Hall [1982] comenta la reelaboración española de la leyenda en el Baladro del sabio Merlín (cf. sus capítulos 11-22) y otras obras. «Que te ficiese saber en qué guisa podrás apalpar por verdadero saber un dicho de profecía, el qual dices que fue fallado entre los libros y profecías que dices que fizo Merlín» (López de Ayala, Crónicas, p. 420). C. sacó a Merlín en La casa de los celos y selvas de Ardenia, comedia plagada de elementos mágicos y de ultratumba con ribetes irónicos y burlescos que preludian los de esta cueva (Egido 1994). volver
  • (18) 820.23—Egido [1994]. «Aquel grande encantador / que fue su padre el demonio» (La casa de los celos, I, f. 34v); cf. Lazarillo, p. 23. volver
  • (19) 820.24—CL, RM. «Nosotros, los filósofos naturales... ponemos nuestro estudio en saber el discurso y orden que Dios hizo el día que crió el mundo, para contemplar y saber de qué manera quiso que sucediesen las cosas y por qué razón» (Huarte de San Juan, Examen, p. 241); el programa completo de dichos estudios lo desarrolla Sebastián Fox Morcillo, De naturae philosophia, París, 1560. Cf. Serés [1990]b. volver
  • (20) 821.25—BW, CL, CT, RM (>Avalle-Arce 1976:181), MU, VG, RQ; R. Menéndez Pidal [1899/1932:254], Percas de Ponseti [1975:II, 467-473], A. Sánchez [1991:257-258]. volver
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