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Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Segunda parte > Capítulo XVII (1 de 4)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo XVII
De dondeI se declaró el último punto y estremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote con la felicemente acabada aventura de los leones1 (1 de 4)

Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que le trujese el yelmo, estaba él comprando unos requesones que los pastores le vendían2 y, acosado de la mucha priesa de su amo, no supo qué hacer dellos, ni en qué traerlos, y por no perderlos, que ya los tenía pagados, acordó de echarlos en la celada de su señor, y con este buen recado volvió a ver lo que le quería; el cual, en llegando, le dijo:

—Dame, amigo, esa celada, que o yoII sé poco de aventuras o lo que allí descubro es alguna que me ha de necesitar y me necesita a tomar mis armas3.

El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió la vista por todas partes y no descubrió otra cosa que un carro que hacia ellos venía, con dos o tres banderas pequeñas, que le dieron a entender que el tal carro debía de traer moneda de Su Majestad4, y así se lo dijo a don Quijote, pero él no le dio crédito, siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían de ser aventuras y más aventuras, y, así, respondió al hidalgo:

—Hombre apercebido, medio combatido5. No se pierde nada en que yo me aperciba, que sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles, y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo, ni en qué figuras me han de acometer6.

Y volviéndose a Sancho, le pidió la celada; el cual, como no tuvo lugar de sacar los requesones, le fue forzoso dársela como estaba. Tomóla don Quijote, y sin que echase de ver lo que dentro venía, con toda priesa se la encajó en la cabeza; y como los requesones se apretaron y exprimieron, comenzó a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de lo que recibió tal susto, que dijo a Sancho:

—¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos o se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo, en verdad que no es de miedo: sin duda creo que es terrible la aventura que agora quiere sucederme7. Dame, si tienes, con que me limpie, que el copioso sudor me ciega los ojos.

Calló Sancho y diole un paño, y dio, con él, gracias a Dios de que su señor no hubiese caído en el caso. Limpióse don Quijote, y quitóse la celada por ver qué cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la cabeza8, y viendo aquellas gachas blancas dentro de la celada9, las llegó a las narices, y, en oliéndolas, dijo:

—Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aquí me has puesto, traidor, bergante y malmirado escudero.

A lo que con gran flema y disimulaciónIII respondió Sancho:

—Si son requesones, démelos vuesa merced, que yo me los comeré. Pero cómalos el diablo, que debió de ser el que ahí los puso. ¿Yo había de tener atrevimiento de ensuciar el yelmo de vuesa merced? ¡Hallado le habéis el atrevido10! A la fe, señor, a lo que Dios me da a entender, también debo yo de tener encantadores que me persiguen como a hechura y miembro de vuesa merced, y habrán puesto ahí esa inmundicia para mover a cólera su paciencia y hacer que me muela como suele las costillas. Pues en verdad que esta vez han dado salto en vago11, que yo confío en el buen discurso de mi señor, que habrá considerado que ni yo tengo requesones, ni leche, ni otra cosa que lo valga, y que si la tuviera, antes la pusiera en mi estómago que en la celada.

—Todo puede ser —dijo don Quijote.

Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando, después de haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas y celada, se la encajó, y afirmándose bien en los estribos, requiriendo la espada12 y asiendo la lanza, dijo:

—Ahora, venga lo que viniereIV, 13, que aquí estoy con ánimo de tomarme con el mesmo Satanás en persona14.

Llegó en esto el carro de las banderas, en elV cual no venía otra gente que el carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera. Púsose don Quijote delante y dijo:

—¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es este, qué lleváis en él y qué banderas son aquestas?

A lo que respondió el carretero:

—El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el general de Orán envía a la corte15, presentados a Su Majestad; las banderas son del rey nuestro Señor, en señal que aquíVI va cosa suya.

—¿Y son grandes los leones? —preguntó don Quijote.

—Tan grandes —respondió el hombre que iba a la puerta del carro—, que no han pasado mayores, ni tan grandes, de África a España jamás; y yo soy el leonero y he pasado otros, pero como estos, ninguno. Son hembra y macho: el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás, y ahora van hambrientos porque no han comido hoy; y, así, vuesa merced se desvíe, que es menester llegar presto donde les demos de comer.

Notas:

  • (1) Aparte el tópico del enfrentamiento del caballero con el león, se ha apuntado como germen inmediato de la aventura una anécdota histórica. º volver
  • (2) requesones: ‘especie de queso fresco, sin salar, no prensado’; el suero se escurre por sí mismo a través de un molde de mimbre o tela. Se ha pensado que el queso es aquí símbolo de la locura. º volver
  • (3) necesitar: ‘obligar a actuar’. º volver
  • (4) Las banderas protegían el cargamento; atacarlo era delito, y grave, contra el Rey. º volver
  • (5) Es refrán que vale ‘el hombre preparado tiene medio trabajo hecho’. º volver
  • (6) en qué figuras: ‘bajo qué formas’. volver
  • (7) ‘está a punto de sucederme, de acometer’; perífrasis verbal incoativa. º volver
  • (8) ‘le producía frío’, pero también ‘le quitaba los ánimos, el valor’. º volver
  • (9) gachas: ‘sopas de harina de cereal cocida en agua, leche o caldo’. volver
  • (10) ‘¡Buen atrevido habéis hallado!’, construcción que sirve para ironizar sobre el último término. º volver
  • (11) ‘han quedado burlados’ (vago: ‘vacío’). º volver
  • (12) ‘comprobando que la espada estaba en su lugar y salía bien de la vaina’, como preparándose para la lucha. º volver
  • (13) ‘que suceda lo que quiera’. volver
  • (14) tomarme: ‘luchar, pelearme’ (I, 4, 63). volver
  • (15) Orán era plaza fuerte española en la costa de Argelia. º volver

Notas críticas:

  • (I) 760.2 De donde edd. Donde RAE2 [Aunque se entienda ‘sobre dónde, en qué circunstancia...’, el arranque del epígrafe suena suspecto (también por el pasado de declaró, que RAE2 corrige en declara, en armonía con los demás capítulos de corte análogo) y podría entenderse como residuo de una vacilación del autor, que primero habría escrito De y luego, sin cancelarlo, Donde; y nótese que en la Tabla también II, 37 comienza «De donde se prosigue...» (1227.30). volver
  • (II) 760.12 que o yo V que yo edd. [Cf. 696.6 Véase la nota crítica II ubicada en el capítulo 09. volver
  • (III) 761.16 disimulación edd. disimulción A volver
  • (IV) 762.1 viniere edd. veniere A FL [Frente a la persistencia de viniere, ven- se descubre como errata o uso del cajista tanto aquí como en II, 42, 972.6. volver
  • (V) 762.3 en el edd. con el V volver
  • (VI) 762.11 que aquí V SB q[ue] | que aquí A MA d[e] que aquí FL [En el Q. concurren señal que (I, 30, 351; 35, 420...) y de que (I, 37, 440; 40, 464...); pero ahora, en el cambio de línea (cf. por ejemplo 607.8 y 698.7), la errata probablemente se explica mejor con la primera construcción que suponiendo una asimilación de un de a que aquí o con la ingeniosa conjetura de FL si, como parece, postula que la abreviatura de que se había redistribuido en el cajetín correspondiente a la abreviatura de de). volver

Notas complementarias:

  • (1) 760.1—CL II, 17, n. 6; RQ. El motivo en los libros de caballerías, incluido el Q., lo estudia Garci-Gómez [1972]; otro rastreo por los libros de caballerías españoles ofrece Layna Ranz [1987-1988]. Cf. Apéndices, 2, 12.2. Asensio y Toledo [1902:362-363] es el que cita la anécdota histórica, procedente del Epítome de la vida y hechos del invicto Emperador Carlos V, de Juan Antonio de Vera Figueroa y Zúñiga. ¶ Percas de Ponseti [1975:II, 323-332; 1988:34-44, 52-53] reseña la aventura y el posible sentido simbólico del león. Cf. también Monas [1959:172-173], Fredén [1964:33-48], Brady [1975] y Murillo [1988:155-158]. ¶ Marasso [1947/54:222-223] refiere la traducción de Plinio por Huerta. Place [1966:138] compara el comportamiento de Amadís y DQ en parecida circunstancia. Márquez Villanueva [1975:179-185]b revisa las interpretaciones de la aventura y sus posibles fuentes, incluso el modelo vivo del león; >Labarre [1992:117] le reprocha no haber visto la parodia del Cid y de la figura y romance de don Manuel de León, puesto como ejemplo por el canónigo en I, 49, 563 y, en este mismo capítulo, más adelante, parangón de DQ para Cide Hamete, como quiere Eisenberg [1984c/91:77]. Interesantísima es la relectura creadora que efectúa Mann [1935]. ¶ Obviamente, DQ utilizará los leones para demostrar a don Diego Miranda su valor y los avatares de su oficio, tal como ocurre en el Palmerín de Olivia, el Primaleón, el Belianís de Grecia o en el mismo Amadís; por no citar el Yvain, de Chrétien de Troyes; cf. abajo, 768, n. 46. volver
  • (2) 760.2—Márquez Villanueva [1975:186-188b; 1980/95:33], con abundantes ejemplos desde la leyenda de Tristán e Iseo. ¶ Redondo [1980:45-48]b justifica desde aquí el posible apellido Quesada de DQ. ¶ RM advierte el descuido de C., que había dejado a Sancho pidiendo leche, y aquí le vemos comprando requesones. volver
  • (3) 760.3—CL, RM; Rodríguez Marín [1935a:223]. volver
  • (4) 760.4—A. Castro [1966:149, 158] acerca el comportamiento de DQ al de la liberación de los galeotes, «gente de Su Majestad». ¶ Si se acerca a la posible fuente concomitante de la historia bíblica de Daniel, las banderas pueden ser una transposición de los sellos con que el Rey cierra personalmente la cueva de los leones (Daniel, VI, 17-18, y cf. 14-32). volver
  • (5) 760.5—BW, RM, VG. Cf. Mal Lara, Filosofía vulgar, IV, p. 173; Correas, Vocabulario, p. 169a; Horozco, Teatro, núm. 1304. volver
  • (6) 761.7—RM, VG. volver
  • (7) 761.8—Riley [1986/90:182] indica que este episodio no sólo es superfluo y anticlimático, sino que al abrirse con la caída de los requesones en la cabeza de DQ, se convierte en una mera farsa. volver
  • (8) 761.10—RM, VG. «¡Hallado os le habéis el encajador!» (II, 30, 875). «¡Yo la he mirado con esos ojos! Sí, sí; hallado se había el enamorado, tierno es el mozo... ¡Cierto que es Celia muy linda para decirle amores!» (Lope de Vega, La Dorotea, pp. 234-235). Cf. también II, 50, 1044. volver
  • (9) 761.11—CL, RM, CC. volver
  • (10) 761.12—CL, Murillo [1981b:676]. «Y luego incontinente / caló el chapeo, requirió la espada, / miró al soslayo, fuese, y no hubo nada» (Poesías sueltas, p. 74). volver
  • (11) 762.15—MZ. volver
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