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Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Segunda parte > Capítulo XVII (3 de 4)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo XVII
De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote con la felicemente acabada aventura de los leones (3 de 4)

En el espacio que tardó el leonero en abrir la jaula primera estuvo considerando don Quijote si sería bien hacer la batalla antes a pie que a caballo, y, en fin, se determinó de hacerla a pie31, temiendo que Rocinante se espantaría con la vista de los leones. Por esto saltó del caballo, arrojó la lanza y embrazó el escudo; y desenvainando la espada, paso anteXVII paso32, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante del carro encomendándose a Dios de todo corazón y luego a su señora DulcineaXVIII.

Y es de saber que llegando a este paso el autor de esta verdadera historia exclama y dice: «¡Oh fuerte y sobre todo encarecimiento animoso don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes del mundo, segundo y nuevo don Manuel de León33, que fue gloria y honra de los españoles caballeros! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué razones la haré creíble a los siglos venideros, o qué alabanzas habrá que no te convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre todos los hipérboles34? Tú a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con sola una espada, y no de las del perrillo cortadoras35, con un escudo no de muy luciente y limpio acero, estás aguardando y atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las africanas selvas. Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí en su punto, por faltarme palabras con que encarecerlos».

Aquí cesó la referida exclamación del autor36, y pasó adelante, anudando el hilo de la historia, diciendo que visto el leonero ya puesto en postura a don Quijote37, y que no podía dejar de soltar al león macho, so pena de caer en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par la primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo fue revolverse en la jaula donde venía echado y tender la garra y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos de lengua que sacó fuera se despolvoreó los ojos y se lavó el rostro. Hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Solo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos.

Hasta aquí llegó el estremo de su jamás vista locura. Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula38. Viendo lo cual don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera.

—Eso no haré yo —respondió el leonero—, porque si yo le instigo, el primero a quien hará pedazos será a mí mismo. Vuesa merced, señor caballero, se contente con lo hecho, que es todo lo que puede decirse en género de valentía, y no quiera tentar segunda fortuna. El león tiene abierta la puerta: en su mano está salir o no salir; pero pues no ha salido hasta ahora, no saldrá en todo el día. La grandeza del corazón de vuesa merced ya está bien declarada; ningún bravo peleante, según a mí se me alcanza, está obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si el contrario no acude, en él se queda la infamia y el esperante gana la corona del vencimiento.

—Así es verdad —respondió don Quijote—. Cierra, amigo, la puerta, y dame por testimonio en la mejor forma que pudieres lo que aquí me has visto hacer39, conviene a saber: como tú abriste al león, yo le esperé, él no salió, volvíle a esperar, volvió a no salir y volvióse a acostarXIX. No debo más, y encantos afuera40, y Dios ayude a la razón y a la verdad y a la verdadera caballería, y cierra41, como he dicho, en tanto que hago señas a los huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta hazaña.

Hízolo así el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones42, comenzó a llamar a los que no dejaban de huir ni de volver la cabeza a cada paso, todos en tropa y antecogidos del hidalgo43; pero alcanzando Sancho a ver la señal del blanco paño, dijo:

—Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos llama.

Detuviéronse todos y conocieronXX que el que hacía las señas era don Quijote; y perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron acercando hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote que los llamaba. Finalmente, volvieron al carro, y en llegando dijo don Quijote al carretero:

—Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y tú, Sancho, dale dos escudos de oro, para él y para el leonero, en recompensa de lo que por mí se han detenido.

—Esos daré yo de muy buena gana —respondió Sancho—, pero ¿qué se han hecho los leones? ¿Son muertos o vivos?

Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas44, contó el fin de la contienda, exagerando como él mejor pudo y supo el valor de don Quijote, de cuya vista el león acobardado no quiso ni osó salir de la jaula, puesto que había tenido un buen espacio abierta la puerta de la jaula; y que por haber él dicho a aquel caballero que era tentar a Dios irritar al león para que por fuerza saliese, como él quería que se irritase, mal de su grado y contra toda su voluntad había permitido que la puerta se cerrase.

—¿Qué te parece desto, Sancho? —dijo don Quijote—. ¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible45.

Dio los escudos Sancho, unció el carretero, besó las manos el leonero a don Quijote por la merced recebida y prometióle de contar aquella valerosa hazaña al mismo rey, cuando en la corte se viese.

—Pues si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, diréisle que el Caballero de los Leones46, que de aquí adelante quiero que en este se trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de la Triste Figura; y en esto sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían o cuando les venía a cuento.

Notas:

  • (31) Como señal de gran valor, con antecedentes en los libros de caballerías. º volver
  • (32) ‘poquito a poco, lentamente’. º volver
  • (33) Personaje histórico del tiempo de los Reyes Católicos que entró en una jaula de leones para recoger el guante de una dama (Lope teatralizó el hecho en El guante de doña Blanca). Véase también I, 49, 563, n. 31. º volver
  • (34) ‘la mayor de las exageraciones’; forma de superlativo hebraico. En tiempos de C., hipérbole era masculino. º volver
  • (35) EspadasArmas blancas de hoja corta y ancha, fabricadas por el armero de Toledo y Zaragoza Julián del Rey. Como marca llevaban acuñado en su canal un perro pequeño, que recordaba la condición de moro converso (perro) del armero. º volver
  • (36) exclamación: término propio de la retórica; aplicado al discurso, ‘la parte de la argumentación en la que el orador busca la expresión del pathos’. º volver
  • (37) ‘colocado en guardia para combatir’; visto: ‘habiendo visto’. º volver
  • (38) remanso: ‘calma, sorna’; la actitud del león es contraria –y por tanto paródica– de la que marca la tradición épica, en la que se humilla ante el adalid. º volver
  • (39) Es decir, mediante una declaración jurada, a falta de un documento notarial. º volver
  • (40) ‘he cumplido con mi obligación hasta el límite y quedan vencidos los encantamientos’. º volver
  • (41) La frase puede ser ambigua, pues cierra tanto significa ‘ataca la verdadera caballería’, como en «¡Cierra, España!» (II, 4, 660, n. 35), como ‘cierra la puerta de la jaula’. volver
  • (42) Como en un torneo, el caballero sujeta a su lanzaArmas blancas la insignia del vencido; el lienzo, con el que se ha limpiado el rostro, marca al enemigo verdadero: la angustia. º volver
  • (43) antecogidos: ‘seguidos’, ‘empujados hacia delante’ (véase I, 19, 207, n. 53). º volver
  • (44) ‘detalladamente y haciendo suspensiones largas’, para aumentar el interés de los oyentes. º volver
  • (45) C. pone en boca de DQ el tópico de la virtus contra la fortuna. º volver
  • (46) Hay varios caballeros literarios que toman este nombre, entre ellos Amadís. El cambio de nombre, común también en los libros de caballerías, supone un cambio de carácter de la peripecia. º volver

Notas críticas:

  • (XVII) 765.18 paso ante edd. pasó ante A volver
  • (XVIII) 765.20 Dulcinea edd. Dulcinea del Toboso V volver
  • (XIX) 767.10 a acostar LO FL acostar edd. [Lo ordinario en el Q. es volverse a; la omisión de la preposición no pasa de un lapsus o de una costumbre gráfica que no tiene por qué mantenerse en un texto modernizado. volver
  • (XX) 767.22 conocieron edd. concieron A volver

Notas complementarias:

  • (24) 765.31—«Il combattere a piè dimostra la vertù del cavalliero, e la bestia seco non partecipa de la vittoria» (Longiano, apud BW). CL trae un centón de referencias; por ejemplo, cuando el rey Perión, «tomando sus armas, descendió del caballo, que adelante espantado ir no quería» , y embistiendo al león, lo mató con su espada (Amadís de Gaula, «Comienza la obra» ). volver
  • (25) 765.32—RM. volver
  • (26) 765.33—BW, PE, CL, CT, RM. volver
  • (27) 765.34—Para el apóstrofe inserto por el narrador, cf. A. Alonso [1948a/65:187-189]; Marasso [1947/54:115] señala el antecedente del Tu, invicte virgiliano (Eneida, VIII, 293). De la hipérbole se ocupa RM. volver
  • (28) 765.35—BW, PE, CL, RM; Rodríguez Marín [1905:395-396]. Leguina y Vidal [1912:393] recuerda que, por serlo Julián del Rey, también se llamaban espadas del morillo. «Atravesábale un tahalí por espalda y pechos, a do colgaba una espada ancha y corta, a modo de las del perrillo» (Rinconete y Cortadillo, f. 73v). volver
  • (29) 766.36—Lausberg [1968:§ 809]. volver
  • (30) 766.37—CL, RM. volver
  • (31) 766.38—CL, Riley [1986/90:195], A. Montaner [1993:595-600]b. volver
  • (32) 767.39—CL recuerda que cuando Gandalín, escudero de Amadís, contó la victoria de su señor sobre el Endriago, quiso que el maestro Elisabad le tomase juramento sobre los Evangelios de lo que contaba, «porque ellos lo creyesen» (Amadís de Gaula, III, 73); RM. ¶ Es posible un recuerdo del duelo fallido entre el emperador Carlos y Francisco I, tal como lo cuenta Mexía, Historia, pp. 508-525. volver
  • (33) 767.40—RM, MZ. volver
  • (34) 767.42—«Mi marido es alto y rubio, / alto y rubio aragonés, / en la punta de la lanza / lleva un pañuelo bordés» (Las señas del esposo, en Cossío 1947:59). La versión de pliego suelto antiguo decía: «Cabe el fierro de la lanza / trae un pendón portugués / que ganó en unas justas / a un valiente francés» (Romancero, p. 288). ¶ En el velo puede haber un recuerdo paródico del paño de la Verónica, si se atiende al pensamiento de la muerte que ronda todo el capítulo: recuérdese que DQ había confundido el suero de los requesones con sudor de angustia o agonía, y el recado que da a Sancho para Dulcinea. volver
  • (35) 767.43—CL, MZ, MU. volver
  • (36) 768.44—«Gran gusto recebían los duques del disgusto que mostraba tomar el buen religioso de la dilación y pausas con que Sancho contaba su cuento» (II, 31, 887). «Comílo a pausas... dando lugar unos bocados a otros, que bajasen al estómago por su orden» (Guzmán de Alfarache, I, I, 3, p. 152). Cf. Moner [1989a:279-285]. volver
  • (37) 768.45—Cf. simplemente Paparelli [1970]. volver
  • (38) 768.46—BW, PE, CL, RQ; Mancing [1973:222]. Los citados aparecen en Amadís de Gaula, Belianís y Morgante maggiore, de Pulci. RQ recuerda a Yvain en Li chevaliers au lion, de Chrétien de Troyes. Eisenberg [1972] señala un homónimo en el capítulo 41 del Philesbián de Candaria. Cf. Lecturas.¶ Entre la historia y la leyenda se podría citar a Ricardo Corazón de León, con los tres leones de su escudo. Beroud [1981], Weiger [1988a:109-110, 120]. ¶ Para el uso de los diferentes nombres en la Segunda parte, Romero Muñoz [1990:110-111]. volver
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