Centro Virtual Cervantes
Literatura

Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Segunda parte > Capítulo XI (1 de 2)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo XI
De la estraña aventura que le sucedió al valeroso
don Quijote con el carro o carreta de «Las Cortes
de la Muerte» (1 de 2)

Pensativo además iba don Quijote por su camino adelante1, considerando la mala burla que le habían hecho los encantadores volviendo a su señora Dulcinea en la mala figura de la aldeana, y no imaginaba qué remedio tendría para volverla a su ser primero; y estos pensamientos le llevaban tan fuera de sí, que sin sentirlo soltó las riendas a Rocinante, el cual, sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se detenía a pacer la verde yerbaI de que aquellos campos abundaban2. De su embelesamiento le volvió Sancho Panza3, diciéndole:

—Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias4: vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante, y avive y despierte5, y muestre aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes. ¿Qué diablos es esto? ¿Qué descaecimiento es este6? ¿Estamos aquí o en Francia7? Mas que se lleve Satanás a cuantas Dulcineas hay en el mundo, pues vale más la salud de un solo caballero andante que todos los encantos y transformaciones de la tierra.

—Calla, Sancho —respondió don Quijote con voz no muy desmayada—. Calla, digo, y no digas blasfemias contra aquella encantada señora, que de su desgracia y desventura yo solo tengo la culpa: de la invidia que me tienen los malos ha nacido su mala andanza.

—Así lo digo yo —respondió Sancho—: quien la vido y la vee ahora, ¿cuál es el corazón que no llora8?

—Eso puedes tú decir bien, Sancho —replicó don Quijote—, pues la viste en la entereza cabal de su hermosura9, que el encanto no se estendió a turbarte la vista ni a encubrirte su belleza: contra mí solo y contra mis ojos se endereza la fuerza de su veneno. Mas, con todo esto, he caído10, Sancho, en una cosa, y es que me pintaste mal su hermosura: porque, si mal no me acuerdo, dijiste que tenía los ojos de perlas, y los ojos que parecen de perlas antes son de besugo que de dama; y, a lo que yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos que les sirven de cejas11; y esas perlas quítalas de los ojos y pásalas a los dientes, que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por los dientes12.

—Todo puede ser —respondió Sancho—, porque también me turbó a mí su hermosura como a vuesa merced su fealdad13. Pero encomendémoslo todo a Dios, que Él es el sabidor de las cosas que han de suceder en este valle de lágrimas14, en este mal mundo que tenemos, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería. De una cosa me pesa, señor mío, más que de otras, que es pensar qué medio se ha de tener cuando vuesa merced venza a algún gigante o otro caballero y le mande que se vaya a presentar ante la hermosura de la señora Dulcinea: ¿adónde la ha de hallar este pobre gigante o este pobre y mísero caballero vencido? Paréceme que los veo andar por el Toboso hechos unos bausanes15, buscando a mi señora Dulcinea, y aunque la encuentren en mitad de la calle no la conocerán más que a mi padre.

—Quizá, Sancho —respondió don Quijote—, no se estenderá el encantamento a quitar el conocimiento de Dulcinea a los vencidos y presentados gigantes y caballeros; y en uno o dos de los primeros que yo venza y le envíe haremos la experiencia si la ven o no, mandándoles que vuelvan a darme relación de lo que acerca desto les hubiere sucedido.

—Digo, señor —replicó Sancho—, que me ha parecido bien lo que vuesa merced ha dicho, y que con ese artificio vendremos en conocimiento de lo que deseamos, y si es que ella a solo vuesa merced se encubre, la desgracia más será de vuesa merced que suya; pero como la señora Dulcinea tenga salud y contento, nosotros por acá nos avendremos y lo pasaremos lo mejor que pudiéremos, buscando nuestras aventuras y dejando al tiempo que haga de las suyas, que él es el mejor médico destas y de otras mayores enfermedades16.

Responder quería don Quijote a Sancho Panza, pero estorbóselo una carreta que salió al través del camino cargada de los más diversos y estraños personajes y figuras que pudieronII imaginarse. El que guiaba las mulas y servía de carretero era un feo demonio. Venía la carreta descubierta al cielo abierto, sin toldo ni zarzo17. La primera figura que se ofreció a los ojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano18; junto a ella venía un ángel con unas grandes y pintadas alas19; al un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con su arco, carcaj y saetas20. Venía también un caballero armado de punta en blanco21, excepto que no traía morrión ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de diversas colores. Con estas venían otras personas de diferentes trajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso, en alguna manera alborotó a don Quijote y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego se alegró don Quijote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosa aventura, y con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometer cualquier peligro, se puso delante de la carreta y con voz alta y amenazadora dijo:

—Carretero, cochero o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quién eres, a dó vas y quién es la gente que llevas en tu carricocheIII, que más parece la barca de Carón que carreta de las que se usan22.

A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:

—Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo23. Hemos hecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus24, el auto de Las Cortes de la Muerte25, y hémosle de hacer esta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece; y por estar tan cerca y escusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos vestidos con los mesmos vestidos que representamos26. Aquel mancebo va de Muerte; el otro, de Ángel; aquella mujer, que es la del autor27, va de Reina; el otro, de Soldado; aquel, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy una de las principales figuras del auto, porque hago en esta compañía los primeros papeles. Si otra cosa vuestra merced desea saber de nosotros, pregúntemelo, que yo le sabré responder con toda puntualidad, que, como soy demonio, todo se me alcanza.

Notas:

  • (1) además: ‘en demasía’; con las mismas palabras comienza II, 3. º volver
  • (2) Que DQ suelte las riendas sin sentirlo indica la falta de voluntad o determinación para buscar el camino de la aventura; por el contrario, Rocinante siente la libertad de pacer a sus anchas. Véase I, 2, 46, n. 17. º volver
  • (3) embelesamiento: ‘ensimismamiento’. º volver
  • (4) Reminiscencia tópica de algunos conocidos versículos de los Proverbios bíblicos (XVII, 22; XXV, 20). º volver
  • (5) Recuerdo del segundo verso de las Coplas de Jorge Manrique («avive el seso y despierte»), aunque C. evita intencionadamente la alusión al seso. º volver
  • (6) descaecimiento: ‘debilidad’, ‘abatimiento’ (véase II, 1, 631). volver
  • (7) ‘¿Estamos aquí o en el país absolutamente opuesto?’. º volver
  • (8) Refrán que quizá proceda de un cantar. º volver
  • (9) entereza: ‘integridad’. volver
  • (10) ‘he reparado’. volver
  • (11) Los ojos verdes se consideraban signo de muy subida belleza y reflejo de ascendiente aristocrático. º volver
  • (12) te trocaste: ‘te equivocaste’. º volver
  • (13) también: ‘tanto’, ‘así’. º volver
  • (14) ‘en el mundo’, como dice a renglón seguido; la imagen procede de la Salve y se ha convertido en un tópico. º volver
  • (15) ‘peleles, espantapájaros’ y, por extensión, ‘bobalicones’. º volver
  • (16) El valor curativo del tiempo es una idea corriente, reflejada incluso en el refranero. º volver
  • (17) carreta: ‘galera, plataforma montada sobre cuatro ruedas, con una pértiga central de dirección, tirada por bueyes o acémilas’; en unos ojales que tiene en los costados se le pueden adosar unas estacas, unos paneles de madera, un zarzo (‘cañizo de mimbres o cañas’) o un armazón que sostenga un toldo. A los cómicos de la legua les servía de transporte y de escenario portátil. Que no lleve toldo ni zarzo implica que se puede representar el auto inmediatamente, sin necesidad de prepararlo. º volver
  • (18) ‘sin la calavera con que habitualmente se representaba’. º volver
  • (19) pintadas: ‘multicolores’. volver
  • (20) carcaj: ‘aljaba, caja abierta para flechas, que se cuelga del hombro con una correa’. º volver
  • (21) ‘preparado para entrar en combate, con todas sus armas dispuestas’ (II, 64, 1157). º volver
  • (22) Carón o Caronte era el barquero que, en la mitología clásica, pasaba las almas de los muertos de una orilla a otra de la laguna Estigia. º volver
  • (23) De nombre Andrés, fue empresario de compañía y actor teatral que representaba en el último tercio del siglo XVI; recitantes: ‘actores’. º volver
  • (24) La fiesta que se celebra ocho días después de la del Corpus Christi, es decir, el jueves de la tercera semana después de la Pascua de Pentecostés; en esa fecha, las compañías que habían actuado en las procesiones de las capitales organizaban en los pueblos representaciones de autos sacramentales. Teniendo, sin embargo, en cuenta lo narrado hasta aquí, parece bastante improbable que el encuentro tuviera lugar en la octava del Corpus (véase I, 2, 45, n. 6). º volver
  • (25) Probablemente de Lope de Vega, aunque no hay seguridad sobre cuál sea tal auto. º volver
  • (26) ‘con que representamos’. º volver
  • (27) ‘empresario y director de la compañía’. º volver

Notas críticas:

  • (I) 711.11 yerua edd. yerna A volver
  • (II) 713.9 pudieron edd. pudieran HZ FL volver
  • (III) 713.28-714. 1 carricoche edd. carrricoche A [Sólo VG señala la errata. volver

Notas complementarias:

  • (1) 711.1—RM, MZ, VG. ¶ Williamson [1984/91:225-226] apunta que a partir de este momento, DQ, melancólico y decaído, es consciente de que nada valdrán sus empresas si no devuelve a Dulcinea su belleza original; también afirma que este propósito va a desplazar a los demás, proporcionándole incluso cierta inmunidad ante las burlas e ironías de esta Segunda parte. volver
  • (2) 711.2—CL aporta ejemplos del Lisuarte de Grecia, LIII, y del Espejo de príncipes y caballeros, I, 11, 4. Togeby [1957/77:61-65]. volver
  • (3) 711.3—VG, Casalduero [1949/75:253-254]. volver
  • (4) 711.4—Eisenberg [1987a:166-167]; cf. Libro de buen amor, 44 (cf. Joset 1974:25-26 y n.) y II, 29, 874, n. 33. También se podría apreciar algún eco de la Ética a Nicómaco, I, 8, donde el Estagirita explica que la felicidad es una actividad acorde con la virtud. volver
  • (5) 711.5—CL. volver
  • (6) 711.7—CL, MZ. MU interpreta ‘¿dónde estamos?’; sin embargo: «Franceses, antípodas de España» (Gracián, Criticón, II, p. 99, en un ladillo). Quizá aquí haya una referencia a la pusilanimidad atribuida a los franceses, pues el propio Gracián, más adelante (Criticón, II, p. 144 y n. 139), juega con galos, gallos y gallinas. Cf. también II, 40, 951, n. 14. volver
  • (7) 711.8—«Quien me vido algún tiempo / y me ve agora, / ¿cuál es el corazón que no llora?» (Correas, Vocabulario, p. 423). SB, RM, MU; Cejador y Frauca [1921:I, núm. 474]. volver
  • (8) 712.11—BW, CL, RM, Arco y Garay [1951a:239-240]. Los ojos de Dulcinea se corresponden con los de Melibea: «Los ojos verdes, rasgados; las pestañas luengas; las cejas delgadas y alzadas...; los dientes, menudos y blancos» (La Celestina, ed. López Morales, pp. 32-33 y n. 38)b. Sobre el tópico de los ojos verdes, añádanse a la bibliografía allí aducida, Heinermann [1947], Pellegrini [1951:20-23], Glaser [1959]b, Sletsjöe [1962], González Ollé [1972]b y Stegagno Picchio [1979b]b. volver
  • (9) 712.12—CL. RM recoge un verso de Francesco Berni: «Occhi di perle vaghi, luci torte», del que lo tomó Baltasar del Alcázar: «Ojos de perlas, blandos y benignos» (<VG). Lo cierto es que entre Sancho y DQ parodian los tópicos de origen petrarquista hasta los últimos extremos. Cf. Rabin [1994]. volver
  • (10) 712.13—FO. volver
  • (11) 712.14—Con ella acaba La Celestina, antes citada: «¿Por qué me dejaste triste y solo in hac lacrimarum valle?». ¶ Lerner [1990a:828] observa en las palabras de Sancho la influencia de la predicación contemporánea; cf. Ricard [1964:264-278]. volver
  • (12) 712.15—BW, CL; cf. Covarrubias, Tesoro. volver
  • (13) 713.16—A este propósito cf. Correas, Vocabulario, p. 111a; Horozco, Teatro, núms. 1040, 1043; pero ya en Cicerón, Tusculanas, III, 58: «medetur dies»; y en Séneca, Agamenón, 130: «Quod ratio non quit, sæpe sanavit mora». volver
  • (14) 713.17—CL, RM, FO, MU, El Saffar [1984:93-96], Syverson-Stork [1986:54-66], Hutchinson [1992:128]. Cf. Rojas, Viaje entretenido, ed. Joset, I, p. 155. volver
  • (15) 713.18—RM. volver
  • (16) 713.20—MZ; cf. Covarrubias, Tesoro. volver
  • (17) 713.21—BW, CL, RM, MZ; González de Amezúa y Mayo [1912:384]. Cf. Covarrubias, Tesoro. volver
  • (18) 714.22—CL, MZ, MU, Terpening [1985]. ¶ Sobre la vinculación de la barca de Carón con las danzas de la Muerte y el carro que aparece aquí, Caro Baroja [1978:291-324, esp. 297-305]. La presencia de la barca cargada de personajes diversos puede tomar en cuenta el Triunfo de Locura de López de Yanguas, con el grabado que la preside, o los Autos das barcas de Gil Vicente, bien en su estado original –en la Compilação o en algún pliego suelto–, bien en la refundición castellana que editó, al menos, Juan de Junta. ¶ Sobre la transformación de la barca en carreta pueden verse los cuadros El paso de la laguna Estigia, de Patinir, o El carro de heno de El Bosco. ¶ Para la cuádruple invocación con que DQ se dirige al conductor, Agostini de del Río [1975:707]. ¶ Sobre la interpretación quijotesca del carro como apariencia y principio de desengaño, Neuschäfer [1963:89-93, 99] y Lecturas. ¶ Riley [1986/90:136, 188-189] insiste en el sentimiento de duda que embarga a DQ en esta tercera salida (>Martín Morán 1992b). volver
  • (19) 714.23—BW, PE, CL, RM, MU; Schevill y Bonilla [1922-1925:II, 239]. ¶ C. cita a Andrés el Malo en el Coloquio de los perros (f. 270v); también habla de él Rojas, Viaje entretenido, ed. Joset, I, pp. 29-30, 116 y 298b. Cf. Rennert [1907], González de Amezúa y Mayo [1912:672] y Lecturas. ¶ Sobre el encuentro con los actores, cf. Arco y Garay [1951b] y Jauralde Pou [1983:39, 45]. Para la interpretación simbólica, cf. Lecturas. ¶ Partiendo de este pasaje, Van Doren [1962] estudia la figura de DQ como actor, en tanto que inventa continuamente la comedia de su vida. volver
  • (20) 714.24—CL, RM, MU. ¶ Sobre la representación de los autos, Arco y Garay [1951a:184], Shergold [1967:52-58], Salazar Rincón [1986:176-178], y Ruano de la Haza y Allen [1994]b; más específicamente, Salomon [1960]. ¶ Según el «Plan cronológico» de Ríos [1780/82:I, CCXLV], la fecha del encuentro con los comediantes es el 6 de octubre. volver
  • (21) 714.25—CL señala que pudo ser una obra no publicada del propio C., que utiliza un procedimiento semejante al que le había servido para hablar del Rinconete (I, 47, 542). Menéndez Pelayo, Estudios, I, pp. 135-137, lo identifica con un auto de Lope de Vega; a su zaga, CT, RM, JA, MU, AA. SB encuentra antecedentes en el Amadís de Gaula, I, 12. Sin embargo, por las indicaciones del vestuario del manuscrito de Lope, que reproduce con bastante fidelidad C., bien puede atribuirse al Fénix. ¶ Rennert [1909/63:313], apoyándose en datos de Sánchez Arjona [1887], prefiere identificarlo con el Auto de las cortes de la Muerte de Miguel de Carvajal y Luis Hurtado de Toledo. ¶ Para una discusión de las teorías, cf. Lecturas. ¶ Sobre la pervivencia de la representación y la relación del episodio con la aparición de la Muerte en II, 35, cf. Green [1963-1966/69:IV, 141-144], que estudia también la obra de Carvajal y Hurtado de Toledo. ¶ El auto supone una actualización de las antiguas danzas de la Muerte de la baja Edad Media y la escenificación del encuentro entre el Hombre, la Locura y la Muerte, que le juzgan paródicamente; el reo, el hombre, sólo se salvará si abjura de su loca vida. volver
  • (22) 714.26—PE, CL, FO, MZ. volver
  • (23) 714.27—CL, RQ; Díez Borque [1978:44-61], Ruano de la Haza y Allen [1994]. volver
Volver a la página anterior Subir al principio de la página Ir a la página siguiente
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es