Prólogo (1 de 2)
Desocupado lector1: sin
juramento me podrás creer que quisiera que este
libro, como hijo del entendimiento2, fuera el
más hermoso, el más gallardo y más
discreto que pudiera imaginarse3. Pero no
he podido yo contravenir al ordenI
de naturaleza, que en ella cada cosa engendra su
semejante4. Y,
así, ¿qué podíaII
engendrar el estéril y mal cultivado ingenio
mío, sino la historia de un hijo seco,
avellanado5,
antojadizo y lleno de pensamientos varios6 y nunca
imaginados de otro alguno7, bien como
quien se engendró en una cárcel8, donde
toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste
ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar
apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de
los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud
del espíritu son grande parte para que las musas
más estériles se muestren fecundas9 y
ofrezcan partos al mundo que le colmen de maravilla y
de contento10.
Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia
alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en
los ojos para que no vea sus faltasIII, 11,
antes las juzga por discreciones y lindezas y las
cuenta a sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo,
que, aunque parezco padre, soy padrastro de don
Quijote12, no
quiero irme con la corriente del uso, ni suplicarte
casi con las lágrimas en los ojos, como otros
hacen, lector carísimo, que perdones o disimules
las faltas que en este mi hijo vieres, que niIV
eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu
cuerpo y tu libre albedrío como el más
pintado13, y
estás en tu casa, donde eres señor della,
como el rey de sus alcabalas14, y sabes
lo que comúnmente se dice, que «debajo de
mi manto, al rey matoV, 15»,
todo lo cual te esentaVI
y hace libre de todo respecto y obligación16, y,
asíVII,
puedes decir de la historia todo aquello que te
pareciere, sin temor que te calunien por el mal17
ni te premien por el bien que dijeres della.
Solo quisiera dártela monda y desnuda, sin el
ornato de prólogo, ni de la inumerabilidad y
catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas
y elogios que al principio de los libros suelen
ponerse18. Porque
te sé decir que, aunque me costó algún
trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer
esta prefación que vas leyendo19. Muchas
veces tomé la pluma para escribilleVIII, 20,
y muchas la dejé, por no saber lo que
escribiríaIX;
y estando una suspenso, con el papel delante, la
pluma en la oreja, el codo en el bufete21 y la
mano en la mejilla, pensando lo que diríaX,
entró a deshora un amigo mío, gracioso y
bien entendido22, el
cual, viéndome tan imaginativo, me preguntó
la causa, y, no encubriéndosela yo, le dije que
pensaba en el prólogo que había de hacer a
la historia de don Quijote, y que me tenía de
suerte que ni quería hacerle, ni menos sacar a
luz las hazañasXI
de tan noble caballero23.
—Porque ¿cómo
queréis vos24 queXII
no me tenga confuso el qué dirá el antiguo
legislador que llaman vulgo25 cuando
vea que, al cabo de tantos años como ha que
duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con
todos mis años a cuestas26, con una
leyenda seca como un esparto27, ajena
de invención, menguada de estilo, pobre de
concetos28 y falta
de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en
las márgenes y sin anotaciones en el fin del
libro, como veo que están otros libros, aunque
sean fabulosos y profanos29, tan
llenos de sentencias de Aristóteles, de
Platón y de toda la caterva de filósofos,
que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por
hombres leídos, eruditos y elocuentes30? Pues
¿qué, cuando citan la Divina Escritura? No
dirán sino que son unos santos Tomases y otros
doctores de la Iglesia, guardando en esto un decoro
tan ingenioso31, que en
un renglón han pintado un enamorado
destraído32 y en
otro hacen un sermoncico cristiano, que es un
contento y un regalo oílleXIII
o leelle33. De todo
esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo qué
acotar en el margen34, ni
qué anotar en el fin, ni menos sé qué
autores sigo en él, para ponerlos al principio,
como hacen todos, por las letras del abecé,
comenzando en Aristóteles y acabandoXIV
en Xenofonte y en Zoílo o Zeuxis, aunque fue
maldiciente el uno y pintor el otro35.
También ha de carecer mi libro de sonetos al
principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean
duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas
celebérrimos36; aunque
si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos37, yo
sé que me los darían, y tales, que no les
igualasen los de aquellos que tienen más nombre
en nuestra España. En fin, señor y amigo
mío —proseguí—, yo determino
que el señor don Quijote se quede sepultado en
sus archivos en la Mancha38, hasta
que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas
como le faltan, porque yo me hallo incapaz de
remediarlas, por mi insuficiencia y pocas letras39, y
porque naturalmente40 soy
poltrón y perezoso de andarme buscando autores
que digan lo que yo me sé decir sin ellos. De
aquí nace la suspensión y elevamiento41, amigo,
enXV
que me hallastes, bastante causa para ponerme en ella
la que de mí habéis oído42.
Oyendo lo cual mi amigo, dándose
una palmada en la frente y disparando en una carga de
risaXVI, 43,
me dijo:
—Por Dios, hermano, que agora me acabo de
desengañar de un engaño en que he estado
todo el mucho tiempo que ha que os conozco, en el
cual siempre os he tenido por discreto y prudente en
todas vuestras aciones. Pero agora veo que
estáis tan lejos de serlo como lo está el
cielo de la tierra. ¿Cómo que es posible
que cosas de tan poco momento44 y tan
fáciles de remediar puedan tener fuerzas de
suspender y absortar un ingenio tan maduro como el
vuestro45, y tan
hecho a romper y atropellar por otras dificultades
mayores? A la fe, esto no nace de falta de habilidad,
sino de sobra de pereza y penuria de discurso.
¿Queréis ver si es verdad lo que digo? Pues
estadme atento y veréis cómo en un abrir y
cerrar de ojos confundo todas vuestras dificultades y
remedio todas las faltas que decís que os
suspenden y acobardan para dejar de sacar a la luz
del mundo la historia de vuestro famoso don Quijote46, luz y
espejo de toda la caballería andante.
—Decid —le repliqué
yo, oyendo lo que me decía—, ¿de
qué modo pensáis llenar el vacío de mi
temor47 y
reducir a claridad el caos de mi confusión?
Notas:
- (1) Con desocupado,
C. probablemente calca el otiosus (lector)
de la tradición clásica (así en
Quintiliano, Institutiones, IV, II, 45). ° volver
- (2) La presentación
metafórica del libro como hijo del autor
está presente ya en Ovidio; C. modifica la idea
con la inmediata mención del ingenio,
término aquí en relación con la
inventio de la retórica clásica.
° volver
- (3)
discreto: ‘sensato, inteligente y
agudo’ (y no en el sentido hoy más corriente
de ‘reservado, circunspecto’);
discreto y discreción son palabras
clave para describir un modelo de comportamiento muy
apreciado en los siglos XVI y XVII. Véase II, 19,
787, n. 42. ° volver
- (4) «Como dice
Aristóteles en los Físicos, y lo
trae Lucrecio, poeta antiguo, todo animal engendra su
semejante» (Mal Lara, Filosofía
vulgar). ° volver
- (5) ‘falto de
lozanía’. volver
- (6) ‘discordes e
inestables’, y no con la coherencia y constancia
propias del sabio. ° volver
- (7)
‘insólitos, extravagantes’, en sentido
peyorativo. ° volver
- (8) No se sabe a
cuál de las prisiones que sufrió C. (Castro
del Río, 1592, y Sevilla, 1597, ¿1602?) se
refiere con esta frase, que se ha interpretado
también en términos simbólicos, como
«mera metáfora» (N.D. de Benjumea) de
la vida o el alma del autor. En el prólogo a las
Novelas ejemplares, C. distingue entre el acto de
concebir y el de escribir. ° volver
- (9) son gran parte:
‘dan ocasión bastante, son notable
ayuda’. ° volver
- (10) El contexto reelabora
un motivo horaciano («Scriptorum chorus omnis amat
nemus et fugit urbem, / rite cliens Bacchi somno
gaudentis et umbra; / tu me inter strepitus... vis
canere?», etc.; Epístolas, II, II, 77
ss.), quizá recordando y cambiando de sentido un
lugar de Quintiliano. ° volver
- (11) Una
ponderación análoga, y no menos
tópica, de los efectos del amor paterno aparece en
la Moria de Erasmo. ° volver
- (12) Pues la historia de
DQ se finge real y narrada en los «anales de la
Mancha», por Cide Hamete Benengeli o por otros
autores. ° volver
- (13) ‘el mejor, el
que puede servir de ejemplo’. ° volver
- (14) ‘tributos
indirectos sobre el gasto’, es decir, sobre los
bienes muebles o inmuebles vendidos o permutados, cuyo
cobro se arrendaba a particulares; existía la
frase hecha «Salirse con algo, como el rey con sus
alcabalas» (‘porfiar para conseguir
algo’). Véase II, 32, 900. ° volver
- (15) Refrán usado
para expresar que cada uno es libre, en su fuero interno,
de pensar y juzgar como quiera. ° volver
- (16) ‘te exime y
libera de cualquier respeto y de toda
obligación’. ° volver
- (17) ‘te exijan
responsabilidades por el mal’; caluniar o
caloñar era término jurídico
(II, 2, 645, n. 45). ° volver
- (18) Lo acostumbrado en la
época era anteponer al cuerpo de la obra una serie
de poemas elogiosos. Según se desprende de una
carta de Lope de Vega, C. anduvo por Valladolid pidiendo
que se los escribieran, sin hallar nadie «tan necio
que alabe a DQ». ° volver
- (19)
prefación:
‘prólogo’. volver
- (20) Entiéndase,
‘el prólogo’. En la Primera parte del
Q. son frecuentes las formas en que la -r
del infinitivo se asimila al pronombre enclítico
(escribirle > escribille), y en ciertos
casos quizá sirvan para caracterizar a los
personajes; pero no es posible determinar cuándo
tal asimilación responde al criterio del autor y
cuándo al de los cajistas. ° volver
- (21) ‘mesa
portátil o bandejilla con patas que sirve de
escritorio’. volver
- (22) a deshora:
‘inesperadamente’. La introducción del
amigo va a permitir a C. exponer sus ideas con
técnica dramática: el amigo se convierte en
narrador secundario y portavoz de la ruptura con respecto
a lo establecido. ° volver
- (23) Querrá decir:
‘ni menos sacar a luz así, sin haber hecho
el prólogo, las hazañas de tan noble
caballero’.XI, volver
- (24) C. pasa aquí
del estilo indirecto al directo sin aviso. ° volver
- (25) En los
prólogos de la época son frecuentes las
alusiones al «vulgo con sus leyes» (Lope de
Vega, Arte nuevo, v. 149). ° volver
- (26) C., que tiene ahora
cerca de sesenta años, no ha publicado
ningún libro desde La Galatea, en 1585.
° volver
- (27) leyenda:
‘libro escrito para ser leído,
lectura’ (y en seguida leyentes:
‘lectores’); véase I, 3, 60, n. 48.
° volver
- (28) Las proclamaciones de
modestia habituales en los prólogos se concretan
aquí en la alusión, según la
retórica clásica, a dos de las tres etapas
esenciales en la elaboración del discurso:
inventio y elocutio (a la que pertenecen el
estilo y los concetos: ‘conceptos,
pensamientos e imágenes profundos, agudos y
elegantes’). ° volver
- (29) ‘mentirosos,
ficticios, y no religiosos’; pero profano
puede interpretarse también como categoría
estética, ‘ignorante, vulgar’, como en
Horacio, Odas, III, 1, 1. volver
- (30) caterva:
‘multitud de personas, sin orden’. Desde
Avellaneda, se ha visto en estas palabras –como en
bastantes otros pasajes del Prólogo– un
ataque a Lope de Vega, que acababa de publicar El
peregrino en su patria (1604) con no pocos alardes de
erudición y doctrina; pero análogas
exhibiciones se hallan en muchos escritores de la
época. ° volver
- (31) decoro:
‘adecuación entre el tema que se trata en la
obra artística y el estilo o registro elegido para
tratarlo’ (véase I, 6, 82, n. 41);
ingenio vale aquí por ‘sutileza,
capacidad de ver o crear conceptos’. La
frase, evidentemente, es irónica. ° volver
- (32)
‘desencaminado’, en sentido moral (I, 2, 49,
n. 45). Para la mezcla de lo humano con lo divino,
véase abajo, 17, n. 87. volver
- (33) La lectura
pública seguía siendo uno de los modos
fundamentales para la difusión de la literatura;
véase abajo, I, 32, 369, n. 16 y II, 66, 1167, n.
1. º volver
- (34) En los libros
antiguos, a menudo se imprimían al margen
referencias al autor y obra citados, sumarios de ciertos
párrafos, en su caso comentarios del traductor,
etc. volver
- (35) Zoilo (C.
pronunciaba Zoílo), que se atrevió a
escribir contra Homero buscando su propia fama,
quedó como antonomasia de crítico cerril y
detractor; Zeuxis, pintor griego. La
Arcadia (1598, 1599, 1602, 1603...) de Lope de Vega
lleva una larga Exposición de los nombres
poéticos e históricos, dispuesta en
orden alfabético y extraída de difundidos
repertorios renacentistas; cosa similar ocurre en el
Isidro (1599, 1602, 1603...) y en El peregrino
en su patria. ° volver
- (36) Era costumbre
anteponer a los libros poesías laudatorias de
personajes ilustres. C. parece aludir en particular a
Lope de Vega, quien abusó de tal práctica
en La Arcadia (1598), el Isidro (1599),
La hermosura de Angélica (1602) y El
peregrino en su patria (1604). ° volver
- (37) oficial (junto
a su sentido más amplio: ‘del oficio’)
es nombre de categoría artesana, entre las de
aprendiz y maestro; al referirse a oficio
mecánico, se opone por una parte a las
categorías nobiliarias antes nombradas, por otra a
los poetas celebérrimos, es decir,
maestros, citados en la frase anterior. El
comentario de C. ha dado pie a conjeturar que en los
preliminares del Q. colaboraron otros escritores
amigos. ° volver
- (38) Acaso juega con un
motivo de origen ciceroniano: ‘sepultado en el
olvido’. ° volver
- (39) Eran tradicionales
las protestas de modestia por este estilo. ° volver
- (40) ‘por
naturaleza’. volver
- (41) ‘duda y
embebecimiento’. volver
- (42) ‘para ponerme
en tal suspensión la causa que...’. volver
- (43) ‘estallando en
una risotada’ (carga: ‘disparo de
muchas armas de fuego a un tiempo’; la palmada
en la frente es gesto que se hace al darse cuenta de
pronto de alguna cosa). ° volver
- (44) ‘de tan poca
importancia’. ° volver
- (45) absortar un
ingenio: ‘retener el curso del
pensamiento’ (absortar es formación
sobre el participio de absorber). ° volver
- (46) famoso porque
se finge que está tratándose de un
personaje real, cuyo renombre antecede al libro que
aquí se prologa y en el que, en teoría, se
compilan materiales de varia procedencia. ° volver
- (47) Evoca jocosamente el
horror vacui de la filosofía
aristotélica. ° volver
Notas críticas:
- (I) 9.5 al orden A+
la orden B+ [En el Q., orden
es ocasionalmente masculino (I, 41, 478; VG), pero
contravenir y sus derivados, salvo en un caso (II,
20, 792), se construyen siempre con a.
Cabría, pues, corregir en a la orden. volver
- (II) 9.6 podía
B+
FL podrá A SB [El siguiente
engendró exige podía, y la
errata es trivial (I, 16, 169.12; 27, 327.7, etc.). volver
- (III) 10.1 faltas edd. faltas y
simplezas BR volver
- (IV) 10.7 que ni BR y ni A+
B y pues ni C [Es uno de los casos
más claros de confusión de q. e
y; cf. sólo abajo 427.23
Véase la nota crítica XII ubicada en el capítulo 36
y II, 40, 955.3; 41, 965.21. volver
- (V) 10.10 mato edd. malo
BR volver
- (VI) 10.11 esenta edd. exime
BR volver
- (VII) 10.12 y así edd. así C [La
corrección de C (y también 10.7IV)
hace pensar que no se trata de la construcción
comentada en II, 19, 789, n. 57. volver
- (VIII) 10.20 escribille edd.
escribilla BR C [A debe de
sobrentender ‘prólogo’, usado un poco
antes, en vez de prefación. volver
- (IX) 10.21 lo que
escribiría
edd. qué
escribir BR volver
- (X) 11.2 diría edd. escribiría BR volver
- (XI) 11.6-7 sacar a luz las
hazañas edd. [L. Ruiz
Contreras (en Solidaridad Nacional, Barcelona, 16
de marzo de 1944) y RQ proponen sacar a luz sin
él... También cabría conjeturar
sacar a luz así las...
El texto debe de estar maltrecho, en efecto, pero no cabe
corregirlo meramente ad sensum, y nos faltan
razones ecdóticas en que apoyarnos. volver
- (XII) 11.8 vos que
edd. vos
–le dije– que BR volver
- (XIII) 12.4 oílle A+ oírle B+ volver
- (XIV) 12.8 acabando
edd.
acabado A volver
- (XV) 13.5 elevamiento, amigo,
en A+ elevamiento en
B+ volver
- (XVI) 13.8 carga de risa
A+ larga risa B+ volver
Notas complementarias:
- (1) 9.1—«En los ratos ociosos y
desocupados» (II, 40, 954); no cabe descartar
que el epíteto se use también con el
valor de ‘libre (de prejuicios)’: Endress
[1978], McSpadden [1979], Porqueras Mayo [1981b:77-78],
Sciascia [1984], Parr [1988:46] y Lecturas.
volver
- (2) 9.2—SB,
Curtius [1948/55:196-198], Porqueras Mayo [1968:13-14],
Endress [1978], Weimann [1983:459-496].
volver
- (3) 9.3—CZ,
VG I:146, Bates [1945], A.A. Parker
[1949:apéndice], Blanco-González [1962],
Rodríguez Velasco [1993], Egido [1997:69-77].
¶ Aunque es un ideal que pasa del siglo XVI al
XVII, en este cambia el sentido, como muy bien ilustra
El discreto de Gracián y estudia Morreale
[1968:49-51 y passim]. Cf. II, 19, 787, n. 42
Véase la nota complementaria 787.42 ubicada en el capítulo 19.
volver
- (4) 9.4—cada cosa engendra su semejante:
A. Castro [1925/87:168], Rosenblat [1950], Garrote
Pérez [1979]. Otro tanto, pero aun de modo
más cercano a C., escribe J. de la Huerta, en
Marasso [1947/54:230-231]: «Engendrar cada uno su
semejante». Cascardi [1986] lee la frase como un
síntoma de variación del concepto de la
mímesis renacentista y base de la
composición mixta del Q. Avalle-Arce
[1976:16] ve en DQ una contravención del orden
natural, un «error de opción
vital».
volver
- (5) 9.6—Es
idea de la tradición estoica: Rico [1976].
volver
- (6) 9.7—La
frase suele tomarse como una declaración de
originalidad (así en VG y A. Castro
1957/67:266), donde el topos de la modestia se
completaría con una alusión a la novedad
y variedad de la materia, en relación con el
horaciano «Carmina non prius / audita Musarum
sacerdos / virginibus puerisque canto»
(Odas, III, I, 2-4) y con doctrinas como las
expuestas por el Pinciano, Philosophía
antigua poética, II, p. 15.
volver
- (7) 9.8—Sobre las prisiones de C., Stagg [1955]
se decide por Castro del Río y rebate
lúcidamente la interpretación
metafórica (propuesta por Díaz de
Benjumea 1861:34, y puesta al día por A. Castro
1957/67:262-301) subrayando la ilación con la
frase siguiente («El sosiego...»):
«Un ambiente agradable, tranquilo y
pacífico –al contrario del ruido y las
molestias de una prisión– es lo que
conduce a la creación artística»;
RM IX:33-56, Rodríguez Marín [1947:71-72]
y Orozco Díaz [1992:113-128]b defienden que
se trata de la Cárcel Real de Sevilla, donde C.
sufrió prisión (hoy conocemos una carta
escrita por C. desde allá: Montero Reguera
1992a:90; 1994a:205-206); cf. también RQ y
MUb y Lecturas. Sorprende que casi
nunca se haya tomado en cuenta el cautiverio en Argel:
Romero Lozano [1963]. ¶ «Pero disculpan los
hierros de su primera parte, en esta materia, el
haberse escrito entre los de una cárcel; y
así no pudo dejar de salir tiznada de ellos, ni
salir menos que quejosa, murmuradora, impaciente y
colérica, cual lo están los
encarcelados» (Avellaneda, I, p. 13). «Mi
ingenio las engendró, y las parió mi
pluma, y van creciendo en los brazos de la
estampa» (Novelas ejemplares,
Prólogo al lector). Cf. abajo I, 9, 106, n.
13.
volver
- (8) 9.9—RM.
volver
- (9) 9.10—Para el espacio propicio a la
inspiración, Quintiliano, Institutio, X,
III, 24: «Quare silvarum amoenitas et
praeterlabentia flumina et inspirantes ramis arborum
aurae volucrumque cantus et ipsa late circumspiciendi
libertas ad se trahunt, ut mihi remittere potius
voluptas ista videatur cogitationem quam
intendere», etc.; cf. Marasso [1947/54:219-221].
Ya Petrarca (De vita solitaria, I, 4)
había contrapuesto las opiniones de Horacio y
Quintiliano. ¶ Gaylord [1990] relaciona estos
espacios teóricos con los de I, 47 y 48; para
esta y otras descripciones del paisaje, Garau Amengual
[1991].
volver
- (10) 10.11—Vilanova [1965/89:65-66]. No hay
prueba, sin embargo, de que C. conociese el Encomium
Moriae de Erasmo: Bataillon [1978:327-346]. C. no
hace más que continuar la metáfora del
libro como hijo, iniciada más arriba.
volver
- (11) 10.12—Para C. como padrastro de DQ,
cf. «Nuestro Señor don Quijote», en
Unamuno [1896/1944]. Cf. también Haley [1965],
Avalle-Arce y Riley [1973:48]b, El Saffar
[1975:54-68; 1989:60], Endress [1978], Gilman
[1989/93:92-97, 128-134], Maestro [1995] y
Lecturas, I, 9. Vilanova [1965/89:66-67] ve
aquí la reminiscencia de una célebre
frase de Plinio, VII, 1 (cuando dice ser la
«Naturaleza, no madre, sino madrastra»),
llegada concretamente a C. a través de la
Moria erasmiana.
volver
- (12) 10.13—RM.
volver
- (13) 10.14—La alcabala fue un impuesto
propio de la Corona de Castilla establecido por Alfonso
XI del que sólo estuvo exento el clero; no se
suprimió hasta 1845: cf. I, 45, 529, n. 64.
¶ CL II, 32, n. 41 explica el origen
histórico de la frase, situándola en el
gobierno de Isabel la Católica. RM VI:58n. Cf.
también García de Valdeavellano
[1968/73:597, 608], Lunenfeld [1987:75-79]. ¶
Ligada al refrán que viene a
continuación, la alusión a la frase hecha
puede tener un sentido irónico, si se piensa en
el aumento de tributos que Felipe II hizo votar en las
Cortes de Madrid de 1588, y en la declaración de
deudas de Felipe III en las de 1602. Recuérdese
que C. fue alcabalero en Andalucía y
acabó en la cárcel.
volver
- (14) 10.15—RM. Williamson [1981; 1984/91:124,
131] equipara rey a «lector» y
piensa que el refrán sirve para anunciar un
doble nivel de interpretación.
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- (15) 10.16—RM.
volver
- (16) 10.17—RM.
volver
- (17) 10.18—RM. Sobre la carta de Lope del 14 de
agosto de 1604 y su ataque a C., ha de tenerse en
cuenta el estudio de N. Marín
[1988/94:317-358].
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- (18) 10.20—CZ, Lázaro Mora [1978-1980],
Flores [1985:90-91].
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- (19) 11.22—a deshora: cf. I, 20, 208; II,
34, 917; 52, 1054; etc. ¶ Para la aparición
del amigo, Eisenberg [1987a:100], C. Guillén
[1988:212-233], Moner [1989a:48-49], Porqueras Mayo
[1991:89-90]. ¶ El apelativo gracioso,
además de su sentido normal, servía para
denominar en la comedia al personaje que
Fernández Montesinos llama «figura de
donaire» [1951/67:21-80]. ¶ Bubnova
[1990:571-575] relaciona este retrato de C. con el del
autor en La lozana andaluza.
volver
- (20) 11.24—Rosenblat [1971:332-337], MU. Para el
paso del estilo indirecto al directo, cf.
también I, 20, 212, n. 32; II, 18, 776, n.
35.
volver
- (21) 11.25—Green [1957a], Rosenblat [1971:62-64];
Sánchez Escribano y Porqueras Mayo
[1972:364-387]. Cf. Guzmán de Alfarache,
I, «Al vulgo», p. 91 y n.
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- (22) 11.26—Era conocida, sin embargo, la fama de
C. como romancista, y alguna de sus Novelas hubo
de correr en manuscrito; poco sabemos de las
representaciones de su teatro. Cf. Canavaggio
[1977a].
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- (23) 11.27—Oudin, Herrero García
[1983:366], Orozco Díaz [1992:151-171]. VG opina
que es vocablo de doble acepción:
‘lectura’ y ‘fábula’.
Cf. también I, 24, 268; 48, 551; 50, 569; 571, y
II, 74, 1217.
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- (24) 11.28—concetos: Collard [1967:23-39],
M. Blanco [1992], Arellano y Schwartz [1998].
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- (25) 11.30—El texto se puede relacionar con la
conversación entre el cura y el canónigo
en I, 47 y 48, pero también con el primo pedante
y pseudoerudito de II, 22: Riley [1962/66:128-129].
¶ Sobre las relaciones de C. y Lope, en general, y
asimismo en la perspectiva de los preliminares del
Q., García Soriano [1944], Entrambasaguas
[1946/67:108-141], Tomov [1967:620-621], Zimic [1976],
Eisenberg [1984b], Riquer [1988:120, 125-137], I,
«Al libro...», p. 21, y
Lecturas.
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- (26) 12.31—Riley [1962/66:216-222].
Márquez Villanueva [1991a]b supone
aquí una alusión al Guzmán de
Alfarache; Williamson [1984/91:185, 199, y
passim], Micó [1994]b.
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- (27) 12.33—Frenk [1984]; Edad de Oro, VII
(1987); A. Montaner [1989].
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- (28) 12.35—Para Zoilo, Rodríguez
Marín [1935b:186-188] y Herrero García
[1983:484-485]. ¶ Para los «librotes de
lugares comunes» manejados por el Fénix,
cf. Lope de Vega, La Dorotea, V, 3, 2.ª ed.
Morby, pp. 403-407 y nn., y Egido [1988b]; más
en general, Infantes [1988], López Poza [1990],
y abajo, 16, n. 68 y 17, n. 80.
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- (29) 12.36—CL, RM, MU. Cf. Lecturas, y
abajo, 14, n. 48.
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- (30) 12.37—oficiales amigos: RM; cf. II,
49, 1027, n. 35. ¶ Sobre posibles colaboradores de
C., cf. abajo, I, «Urganda...», p. 23, vv.
37-40, y R. Rossi [1990]. ¶ Molière imita a
C. en varios momentos del prefacio a Las preciosas
ridículas; por ejemplo:
«J’aurais parlé aussi à mes
amis, qui pour la recommandation de ma pièce, ne
m’auraient pas refusé ou des vers
français ou de vers latins. J’en ai
même qui m’auraient loué en grec, et
l’on ignore pas qu’une louange en grec est
d’une merveilleuse efficace à la
tête d’un livre».
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- (31) 12.38—Lazarillo, Pról., p. 3,
y n. 3. ¶ Los archivos de la Mancha vuelven a mencionarse en I, 8, 104, y
52, 591.
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- (32) 13.39—«C. se queja, no sin arte, de
sus pocas letras, lugar un tanto ciceroniano, que hoy
se usa por convicción o modestia y en aquel
cuidadoso tiempo por elegancia, como lo enseña
Castiglione en el Cortesano: “hubo algunos
excelentes oradores antiguos que artificiosamente se
esforzaban a dar a entender que no tenían
letras”» (Marasso 1947/54:48).
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- (33) 13.43—Para la función de la risa en
C., Russell [1969/78], Close [1982] y Trueblood
[1984]b.
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- (34) 13.44—RM.
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- (35) 13.45—Oudin.
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- (36) 13.46—Otras explicaciones, inadmisibles, en
VG.
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- (37) 13.47—En otro sentido, discurre sobre la
expresión Gaylord [1990:361-362].
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