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Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Primera parte > Capítulo XLIIII (1 de 3)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo XLIIII
Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta (1 de 3)

En efeto, fueron tantas las voces que don Quijote dio, que abriendo de presto las puertas de la venta salió el ventero despavorido1, a ver quién tales gritos daba, y los que estaban fuera hicieron lo mesmo. Maritornes, que ya había despertado a las mismas voces, imaginando lo que podía ser, se fue al pajar y desató, sin que nadie lo viese, el cabestro que a don Quijote sostenía, y él dio luego en el suelo, a vista del ventero y de los caminantes, que, llegándose a él, le preguntaron qué tenía, que tales voces daba. Él, sin responder palabra, se quitó el cordel de la muñeca y, levantándose en pie, subió sobre Rocinante, embrazó su adarga, enristró su lanzón y, tomando buena parte del campo2, volvió a medio galope, diciendo:

—Cualquiera que dijere que yo he sido con justo título encantado, como mi señora la princesa Micomicona me dé licencia para ello yo le desmiento, le rietoI y desafío a singular batalla3.

Admirados se quedaron los nuevosII caminantes4 de las palabras de don Quijote, pero el ventero les quitó de aquella admiración, diciéndoles que eraIII don Quijote y que no había que hacer caso dél, porque estaba fuera de juicio.

Preguntáronle al ventero si acaso había llegado a aquella venta un muchacho de hasta edad de quince años, que venía vestido como mozo de mulas, de tales y tales señas, dando las mesmas que traía el amante de doña Clara. El ventero respondió que había tanta gente en la venta, que no había echado de ver en el que preguntaban. Pero habiendo visto uno dellos el coche donde había venido el oidor, dijo:

—Aquí debe de estar sin duda, porque este es el coche que él dicen que sigue. Quédese uno de nosotros a la puerta y entren los demás a buscarle; y aun sería bien que uno de nosotros rodease toda la venta, porque no se fuese por las bardas de los corrales.

—Así se hará —respondió uno dellos.

Y entrándose los dos dentro, uno se quedó a la puerta y el otro se fue a rodear la venta: todo lo cual veíaIV el ventero, y no sabía atinar para qué se hacían aquellas diligencias, puesto que bien creyó que buscaban aquel mozoV cuyas señas le habían dado.

Ya a esta sazón aclaraba el día, y así por esto como por el ruido que don Quijote había hecho, estaban todos despiertos y se levantaban, especialmente doña Clara y Dorotea, que la una con sobresalto de tener tan cerca a su amante5 y la otra con el deseo de verle habían podido dormir bien mal aquella noche. Don Quijote, que vio que ninguno de los cuatro caminantes hacía caso dél, ni le respondían a su demanda, moría y rabiaba de despecho y saña6; y si él hallara en las ordenanzas de su caballería que lícitamente podía el caballero andante tomar y emprender otra empresa habiendo dado su palabra y fe de no ponerse en ninguna hasta acabar la que había prometido, él embistieraVI con todos y les hiciera responder mal de su grado. Pero por parecerle no convenirle ni estarleVII bien comenzar nueva empresa hasta poner a Micomicona en su reino, hubo de callar y estarse quedo, esperando a ver en qué paraban las diligencias de aquellos caminantes, uno de los cuales halló al mancebo que buscaba durmiendoVIII al lado de un mozo de mulas, bien descuidado de que nadie ni le buscase, ni menos de que leIX hallase. El hombre le trabó del brazo y le dijo:

—Por cierto, señor don Luis, que responde bien a quien vos sois el hábito que tenéis7 y que dice bien la cama en que os hallo al regalo con que vuestra madre os crió.

Limpióse el mozo los soñolientos ojos y miró de espacio al que le tenía asido8, y luego conoció que era criado de su padre, de que recibió tal sobresalto, que no acertó o no pudo hablarle palabra por un buen espacio; y el criado prosiguió diciendo:

—Aquí no hay que hacer otra cosa, señor don Luis, sino prestar paciencia y dar la vuelta a casa, si ya vuestra merced no gusta que su padre y mi señor la dé al otro mundo9, porque no se puede esperar otra cosa de la pena con que queda por vuestra ausencia.

—¿Pues cómo supo mi padre —dijo don Luis— que yo venía este camino y en este traje10?

—Un estudiante —respondió el criado— a quien distes cuenta de vuestros pensamientos fue el que lo descubrió, movido a lástima de las que vio que hacía vuestro padre al punto que os echó menos; y, así, despachó a cuatro de sus criados en vuestra busca, y todos estamos aquí a vuestro servicio, más contentos de lo que imaginar se puede, por el buen despacho con que tornaremos, llevándoos a los ojos que tanto os quieren11.

—Eso será como yo quisiere o como el cielo loX ordenare —respondió don Luis.

—¿Qué habéis de querer o qué ha de ordenar el cielo, fuera de consentir en volveros? Porque no ha de ser posible otra cosa.

Todas estas razones que entre los dos pasaban oyó el mozo de mulas junto a quien don Luis estaba y, levantándose de allí, fue a decir lo que pasaba a don Fernando y a Cardenio y a los demás, que ya vestidoXI se habían, a los cuales dijo como aquel hombre llamaba de don a aquel muchacho12 y las razones que pasaban, y como le quería volver a casa de su padre y el mozo no quería. Y con estoXII, y con lo que dél sabían de la buena voz que el cielo le había dado, vinieron todos en gran deseo de saber más particularmente quiénXIII era, y aun de ayudarle si alguna fuerza le quisiesen hacer, y, así, se fueron hacia la parte donde aún estaba hablando y porfiando con su criado.

Notas:

  • (1) de presto: ‘rápidamente’. º volver
  • (2) ‘escogiendo la mejor orientación para combatir’. volver
  • (3) le rieto: ‘le reto, le acuso de traidor’: el que retaba se obligaba a mantener la acusación en el campo; desafío... batalla: ‘le declaro como mi enemigo en combate él y yo solos’ (I, 1, 44, n. 73). º volver
  • (4) nuevos: en el doble sentido de ‘recién llegados’ y de ‘no enterados’.II volver
  • (5) sobresalto: ‘turbación, inquietud’. º volver
  • (6) ‘cólera, ira’. º volver
  • (7) ‘el traje que lleváis’, el «hábito de mozo de mulas» (I, 43, 504). º volver
  • (8) de espacio: ‘despacio, con detenimiento’. volver
  • (9) ‘se dirija al otro mundo’, es decir, ‘muera’. volver
  • (10) venía este camino: ‘seguía este camino’. volver
  • (11) los ojos se consideraban «las ventanas adonde el alma suele asomarse, dándonos indicios de sus afectos y pasiones de amor y odio. Son los mensajeros del corazón y los parleros de lo oculto de nuestros pechos» (Covarrubias, Tesoro). volver
  • (12) Sólo la clase superior a la hidalguía tenía derecho a ser tratada de don; véase I, 1, n. 60, y II, 2, 643, n. 31. volver

Notas críticas:

  • (I) 512.8 rieto edd. reto BR volver
  • (II) 512.9 nuevos edd. cuatro HZ volver
  • (III) 512.11 que era edd. quién era BR volver
  • (IV) 512.26 veía edd. vía BR volver
  • (V) 512.28 aquel mozo edd. a aquel mozo BR volver
  • (VI) 513.5 embistiera edd. embestiera BR volver
  • (VII) 513.6 ni estarle edd. om. C volver
  • (VIII) 513.10 durmiendo edd. dormiendo BR volver
  • (IX) 513.11 de que le edd. le BR volver
  • (X) 514.1 cielo lo edd. cielo C volver
  • (XI) 514.8 vestido edd. visto C volver
  • (XII) 514.10 con esto edd. con todo esto C volver
  • (XIII) 514.12 quién edd. a quién C volver

Notas complementarias:

  • (1) 511.1—de presto: CC, con ejemplos de Ercilla y Espinel. ¶ Sobre las posibles incongruencias de las primeras frases del capítulo, CL, VG. volver
  • (2) 512.3—MZ, Orejudo [1993]. volver
  • (3) 512.5—«Trouble, inquietude» (Oudin). «Llena de turbación y sobresalto» (I, 28, 319). volver
  • (4) 513.6—A. Montaner [1993:395, n. 22]. volver
  • (5) 513.7—CL. volver
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