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Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Primera parte > Capítulo XXXVI (1 de 3)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo XXXVI
Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta le sucedieronI, 1 (1 de 3)

Estando en esto, el ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo:

—Esta que viene es una hermosa tropa de huéspedes; si ellos paran aquí, gaudeamus tenemos2.

—¿Qué gente es? —dijo Cardenio.

—Cuatro hombres —respondió el ventero— vienenII a caballo, a la jineta, con lanzas y adargas3, y todos con antifaces negros; y junto con ellos viene una mujer vestida de blanco, en un sillón4, ansimesmo cubierto el rostro, y otros dos mozos de a pie.

—¿Vienen muy cerca? —preguntó el cura.

—Tan cerca —respondió el ventero—, que ya llegan.

Oyendo esto Dorotea, se cubrió el rostro y Cardenio se entró en el aposento de don Quijote; y casi no habían tenido lugar para esto, cuando entraron en la venta todos los que el ventero había dicho, y apeándose los cuatro de a caballo, que de muy gentil talle y disposición eran, fueron a apear a la mujer que en el sillón venía, y tomándola uno dellos en sus brazos, la sentó en una silla que estaba a la entrada del aposento donde Cardenio se había escondido. En todo este tiempo, ni ella ni ellos seIII habían quitado los antifaces, ni hablado palabra alguna: solo que al sentarse la mujer en la silla dio un profundo suspiro y dejó caer los brazos, como persona enferma y desmayada. Los mozos de a pie llevaron los caballos a la caballeriza.

Viendo esto el cura, deseoso de saber qué gente era aquella que con tal traje y tal silencio estaba, se fue donde estaban los mozos y a uno dellos le preguntó lo que ya deseabaIV; el cual le respondió:

—Pardiez, señor, yo no sabré deciros qué gente sea esta: solo sé que muestra ser muy principal, especialmente aquel que llegó a tomar en sus brazos a aquella señora que habéis visto; y esto dígolo porque todos los demás le tienen respeto y no se hace otra cosa más de la queV él ordena y manda.

—Y la señora ¿quién es? —preguntó el cura.

—Tampoco sabré decir eso —respondió el mozo—, porque en todo el camino no la he visto el rostro; suspirar sí la he oído muchas veces, y dar unos gemidos, que parece que con cada uno dellos quiere dar el alma5. Y no es de maravillar que no sepamos más de lo que habemos dicho, porque mi compañero y yo no ha más de dos días que los acompañamos; porque, habiéndolos encontrado en el camino, nos rogaron y persuadieron que viniésemos con ellos hasta el Andalucía, ofreciéndose a pagárnoslo muy bien.

—Y ¿habéis oído nombrar a alguno dellos? —preguntó el cura.

—No, por cierto —respondió el mozo—, porque todos caminan con tanto silencio, que es maravilla, porque no se oye entre ellos otra cosa que los suspiros y sollozos de la pobre señora, que nos mueven a lástima, y sin duda tenemos creído que ella va forzada donde quiera que va; y, según se puede colegir por su hábito, ella es monja o va a serlo, que es lo más cierto, y quizá porque no le debe de nacer de voluntad el monjío, va triste, como parece.

—Todo podría ser —dijo el cura.

Y, dejándolos, se volvió adonde estaba Dorotea, la cual, como había oído suspirar a la embozada6, movida de natural compasión, se llegó a ella y le dijo:

—¿Qué mal sentís, señora mía? Mirad si es alguno de quien las mujeres suelen tener uso y experiencia de curarle7, que de mi parte os ofrezco una buena voluntad de serviros.

A todo esto callaba la lastimada señora, y aunque Dorotea tornó con mayores ofrecimientos, todavía se estaba en su silencio, hasta que llegó el caballero embozado que dijoVI el mozo que los demás obedecían y dijo a Dorotea:

—No os canséis, señora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene por costumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procuréis que os responda8, si no queréis oír alguna mentira de su boca.

—Jamás la dije —dijo a esta sazón la que hasta allí había estado callando—, antes por ser tan verdadera9 y tan sin trazas mentirosas me veo ahora en tanta desventura; y desto vos mesmo quiero que seáis el testigo, pues mi pura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso.

Oyó estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estaba tan junto de quien las decía, que sola la puerta del aposento de don Quijote estaba en medio; y así como las oyó, dando una gran voz dijo:

—¡VálgameVII Dios! ¿Qué es esto que oigo? ¿Qué voz es esta que ha llegado a mis oídos?

Volvió la cabeza a estos gritos aquella señora, toda sobresaltada, y no viendo quién las dabaVIII, se levantó en pie y fuese a entrar en el aposento; lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla mover un paso. A ella, con la turbación y desasosiego, se le cayó el tafetán con que traía cubierto el rostro, y descubrió una hermosura incomparable y un rostro milagroso, aunque descolorido y asombrado10, porque con los ojos andaba rodeando todos los lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto ahínco, que parecía persona fuera de juicio; cuyas señales11, sin saber por qué las hacía, pusieron gran lástima en Dorotea y en cuantos la miraban. Teníala el caballero fuertemente asida por las espaldas12, y, por estar tan ocupado en tenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo que se le caía, como en efeto se le cayó del todo; y alzando los ojos Dorotea, que abrazada con la señora estaba, vio que el que abrazada ansimesmo la tenía era su esposo don Fernando, y apenas le hubo conocido, cuando, arrojando de lo íntimo de sus entrañas un luengo y tristísimo «¡ay!», se dejó caer de espaldas desmayada; y a no hallarse allí junto el barbero, que la recogió en los brazos, ella diera consigo en el suelo.

Notas:

  • (1) La batalla aquí mencionada se narró en el capítulo anterior. La venta, lugar de anagnórisis y cambio de peripecia de los personajes, se ha emparentado con el palacio de Felicia, en La Diana de Montemayor.I, º volver
  • (2) ‘fiesta tenemos’. º volver
  • (3) a la jineta: ‘con estribos cortos y las piernas recogidas’, para andar rápidamente, de camino, y no para pelear (II, 10, 710, n. 81). En el camino se llevaban, para defenderse de posibles asaltantes, la lanzaArmas blancas y la adargaDon Quijote con el arnés en su primera salida, propias del modo de montar a lajineta. º volver
  • (4) ‘clase de silla Arreos de montura y útiles de viaje de montar alta para las mujeres, con respaldo y brazos de madera tapizada’; se colocaba sujeto a unos bastes especiales, de manera que los pies reposaban en una tabla, sobre el lomo del animal de montura. º volver
  • (5) ‘se pone en trance de morir’. volver
  • (6) ‘la que tenía el rostro cubierto’. volver
  • (7) Se alude al mal propio de su sexo. º volver
  • (8) ‘ni intentéis que os responda’. volver
  • (9) ‘sincera’. volver
  • (10) ‘aterrorizado’. volver
  • (11) ‘gestos significativos, sintomáticos’. volver
  • (12) ‘los hombros’. volver

Notas críticas:

  • (I) 424.2 Que trata de la brava [...] venta le sucedieron edd. (le om. A en la Tabla) Que trata otros raros sucesos que en la venta sucedieron BR RAE (de otros RAE) [Como ocurre con los epígrafes de I, 10 y 15, no es concebible que el del presente capítulo (ni, con toda probabilidad, el del que sigue: cf. 434.2 Véase la nota crítica I ubicada en el capítulo 37) lo escribiera C. inmediatamente antes de empezar a redactar las páginas que de hecho vienen a continuación: un error de esa índole sólo puede responder a la intercalación de títulos en un texto que no los llevaba, a una nueva distribución de ese texto en capítulos o bien a un desplazamiento de alguna o algunas secciones a otra parte del original (cf. I, 10, 112.8-9, n. 1; I, 15, 160.3 Véase la nota crítica II ubicada en el capítulo 15, I, 35, 415, n. 1.). En cuanto al le omitido en la Tabla, nótese que A alterna sucedieron y sucedió con y sin reflexivo. volver
  • (II) 424.9 vienen edd. que vienen BR volver
  • (III) 424.22 ellos se A edd. ellos sé A’ [FL señala que primero se había impreso fe, corregido luego, en prensa, en y se. No documentamos tal proceso en nuestros ejemplares, y nos preguntamos si cuando menos la aparente fe no responderá a una transparencia de una n del vuelto. volver
  • (IV) 424.28 ya deseaba edd. saber deseaba BR volver
  • (V) 425.5 la que edd. lo que BR volver
  • (VI) 425.33 que dijo edd. a quien dijo BR volver
  • (VII) 426.9 Válgame edd. Válame BR volver
  • (VIII) 426.12 las daba edd. los daba RM FL [Cf. arriba: «dando una gran voz... ¿Qué es esto que oigo? ¿Qué voz es esta...?». volver

Notas complementarias:

  • (1) 424.1—Sobre la venta de Palomeque y el palacio de Felicia, Avalle-Arce [1959/74:89-91; 1975:44-46] y Stagg [1982:158-160]; cf. Lecturas, y I, 16, 167, n. 1 Véase la nota complementaria 167.1 ubicada en el capítulo 16. ¶ Para el cambio de actitud de los personajes entre ellos, Amezcua [1991]. Cf. también MU I:456. volver
  • (2) 424.2—BW, CT, RM. Con Gaudeamus omnes in Domino diem festum celebrantes sub honore... comienza el introito de las misas de días de fiesta popular, entre otras, la de la Virgen de agosto, la del Carmen, Santa Águeda, etc. La identificación con este sentido llega al refrán: «Al comer, gaudeamus; al pagar, ad te suspiramus» (Correas, Vocabulario, p. 43b). volver
  • (3) 424.3—CL, RM, marqués de la Torrecilla [1921], E. Asensio [1950], Fallows [1995], Redondo [1995:515-517]. Cf. también I, 2, 50, n. 58 Véase la nota complementaria 50.58 ubicada en el capítulo 02. En el mercado había libros como el de Pedro de Aguilar, Tractado de la caballería a la jineta (Hernando Díaz, Sevilla, 1572), Juan Arias Dávila Puertocarrero, Discurso para estar a la jineta con gracia y hermosura (Pedro Madrigal, Madrid, 1599), Pedro Fernández de Andrada, Libro de la jineta de España (Alonso de la Barrera, Sevilla, 1599). volver
  • (4) 424.4—RM IV:233. volver
  • (5) 425.7—La posibilidad del ejercicio de la medicina por las mujeres fue muy discutida. Cf. De Maio [1988:44-45 y n. 16], que transcribe, del registro de Cancillería del rey Ladislao, la frase «ad mulieres curandas viri aptiores». volver
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