Capítulo XXVIII
Que trata de la nueva
y agradable aventura que al cura y barbero
sucedió en la mesma sierra (1 de 5)
Felicísimos y venturosos fueron
los tiempos donde se echó al mundo el
audacísimo caballero don Quijote de la Mancha1,
pues por haber tenido tan honrosa determinación
como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya
perdida y casi muerta orden de la andante
caballería gozamos ahora en esta nuestra edad,
necesitada de alegres entretenimientos, no solo de la
dulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos
y episodios della, que en parte no son menos
agradables y artificiosos y verdaderos que la misma
historia2; la cual
prosiguiendo su rastrillado, torcido y aspado hilo3,
cuenta que así como el cura comenzó a
prevenirse para consolar a Cardenio, lo impidió
una voz que llegó a sus oídos4, que, con
tristes acentos, decía desta manera:
—¡Ay, Dios! ¡Si
será posible que he ya hallado lugar que pueda
servir de escondida sepultura a la carga pesada deste
cuerpo, que tan contra mi voluntad sostengo! Sí
será, si la soledad que prometen estas sierras
no me miente. ¡Ay, desdichada, y cuán
más agradable compañía harán
estos riscos y malezas a mi intención, pues me
darán lugar para que con quejas comunique mi
desgracia al cielo, que no la de ningún hombre
humano5, pues no
hay ninguno en la tierra de quien se pueda esperar
consejo en las dudas, alivio en las quejas, ni
remedio en los males!
Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y
los que con él estaban, y por parecerles, como
ello era, que allí junto las decían, se
levantaron a buscar el dueño, y no hubieron
andado veinte pasos, cuando detrás de un
peñasco vieron sentado al pie de un fresno a unI
mozo vestido como labrador, al cualII,
por tener inclinado el rostro, a causa de que se
lavaba los pies en el arroyo que por allí
corría6, no se le
pudieron ver por entonces, y ellos llegaron con tanto
silencio, que dél no fueron sentidos, ni él
estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que
eran tales, que no parecían sino dos pedazos de
blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo
se habían nacido. Suspendióles la blancura
y belleza de los pies, pareciéndoles que no
estaban hechos a pisar terrones, ni a andar tras el
arado y los bueyes, como mostraba el hábito de
su dueño; y así, viendo que no habían
sido sentidos, el cura, que iba delante, hizo
señas a los otros dos que se agazapasen o
escondiesen detrás de unos pedazos de peña
que allí había, y asíIII
lo hicieron todos, mirando con atención lo que
el mozo hacía, el cual traía puesto un
capotillo pardo de dos haldas7, muy
ceñido al cuerpo con una toalla blanca.
Traía ansimesmo unos calzones y polainas de
paño pardo8, y en la
cabeza una montera parda9.
Tenía las polainas levantadasIV
hasta la mitad de la pierna, que sin duda alguna de
blanco alabastro parecía. Acabóse de lavar
los hermosos pies, y luego, con un paño de tocar10, que
sacó debajo de la montera, se los limpió; y
al querer quitársele, alzó el rostro, y
tuvieron lugar los que mirándole estaban de ver
una hermosura incomparable, tal, que Cardenio dijo al
cura, con voz baja:
—Esta, ya que no es Luscinda, no
es persona humana, sino divina.
El mozo se quitó la montera, y, sacudiendo la
cabeza a una y a otra parte, se comenzaron a descoger
y desparcir unos cabellos que pudieranV
los del sol tenerles envidia11. Con
esto conocieron que el que parecía labrador era
mujer12, y
delicada, y aun la más hermosa que hasta
entonces los ojos de los dos habían visto, y aun
los de Cardenio si no hubieran mirado y conocido a
Luscinda: que después afirmó que sola la
belleza de Luscinda podía contender con aquella.
Los luengos y rubios cabellos no solo le cubrieron
las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo
de ellos, que si no eran los pies, ninguna otra cosa
de su cuerpo se parecía: tales y tantos eran. En
esto les sirvióVI
de peine unas manos, que si los pies en el agua
habían parecido pedazos de cristal, las manos en
los cabellos semejaban pedazos de apretada nieve13; todo lo
cual en más admiración y en más deseo
de saber quién era ponía a los tres que la
miraban.
Por esto determinaron de mostrarse; y
al movimiento que hicieron de ponerse en pie, la
hermosa moza alzó la cabeza y, apartándose
los cabellos de delante de los ojos con entrambas
manos, miró los que el ruido hacían, y
apenas los hubo visto, cuando se levantó en pie
y, sin aguardar a calzarse ni a recoger los cabellos,
asió con mucha presteza un bulto, como de ropa,
que junto a sí tenía, y quiso ponerse en
huida, llena de turbación y sobresalto; mas no
hubo dado seis pasos, cuando, no pudiendo sufrir los
delicados pies la aspereza de las piedras, dio
consigo en el suelo. Lo cual visto por los tres,
salieron a ella, y el cura fue el primero que le
dijo:
—Deteneos, señora,
quienquiera que seáis, que los que aquí
veis solo tienen intención de serviros: no hay
para qué os pongáis en tan impertinente
huida14, porque
ni vuestros pies lo podrán sufrir, ni nosotros
consentir.
A todo esto ella no respondía
palabra, atónita y confusa. Llegaron, pues, a
ella, y, asiéndola por la mano, el cura
prosiguió diciendo:
—Lo que vuestro traje, señora, nos niega,
vuestros cabellos nos descubren: señales claras
que no deben de ser de poco momento las causas que
han disfrazado vuestra belleza en hábito tan
indigno15, y
traídola a tanta soledad como es esta, en la
cual ha sido ventura el hallaros, si no para dar
remedio a vuestros males, a lo menos para darles
consejo, pues ningún mal puede fatigar tanto ni
llegar tan al estremo de serlo (mientras no acaba la
vida), que rehúya de no escuchar siquiera el
consejo que con buena intención se le da al que
lo padece. Así que, señora mía, o
señor mío, o lo que vos quisierdes ser,
perded el sobresalto que nuestra vista os ha causado
y contadnos vuestra buena o mala suerte, que en
nosotros juntos, o en cada uno, hallaréis quien
os ayude a sentir vuestras desgracias16.
Notas:
- (1) El uso del
superlativo (audacísimo) en el
epíteto antepuesto es rasgo típico del
lenguaje de los libros de caballerías. º volver
- (2) C. justifica la
intercalación de relatos porque, aunque se
apartan de la trama principal, se integran en la
historia total articulándose en un solo hilo
narrativo, como se dice en la frase siguiente.
º volver
- (3) La alegoría
sigue los pasos de la elaboración del hilo de
lino: primero se rastrilla la planta (I, 25, 284);
luego, para hilarlo, se tuerce entre la ruecaObjetos de la vida diaria
y el husoObjetos de la vida diaria
y, por último, se hace madeja en el aspa de la
devanadera. º volver
- (4) Pueden advertirse
varias semejanzas entre este inicio y el del relato de
Cardenio, así como algunos puntos coincidentes
entre aquella historia y la de Dorotea. º volver
- (5) ‘absolutamente
nadie’. º volver
- (6) El pie, y más
si desnudo, tenía en la España de la
época unas fuertes connotaciones
eróticas. º volver
- (7) ‘ruana o
poncho’, vestidura formada por dos paños
unidos en los hombros. º volver
- (8) polainas:
‘especie de mediasCaballero,
sin pie, que cubrían también la parte
superior del pie’. º volver
- (9) ‘especie de
gorraCaballero
alta de paño, con una visera
pequeña’; en ocasiones llevaba en el forro
unos bolsillos. º volver
- (10)
‘pañuelo para la cabeza’; se anudaba
y sobre ella se colocaba el sombrero, el tocado.
Aún la usan así los campesinos. º volver
- (11) descoger y
desparcir: ‘soltar y esparcir’.
º volver
- (12) La mujer vestida de
hombre es figura generalizada en el teatro y en la
novela de la época. º volver
- (13) A los
tópicos petrarquescos de la blancura y los
rubios cabellos, se une el popular de la extrema
longitud de estos y la contemplación del acto de
peinarse. º volver
- (14) ‘huida tan
fuera de ocasión’. volver
- (15) de poco
momento: ‘de poca importancia’. volver
- (16) ‘comparta
vuestras desgracias y os ayude a
soportarlas’. volver
Notas críticas:
- (I) 318.6 a
un
edd. un BR volver
- (II) 318.7 al cual edd. el
cual C volver
- (III) 318.18 y así
A+
así B+ volver
- (IV) 318.22 levantadas
edd.
om. C volver
- (V) 318.31 pudieran edd.
pudieren C volver
- (VI) 319.8 sirvió
edd. sirvieron BR volver
Notas complementarias:
- (1) 317.1—García González
[1990].
volver
- (2) 317.2—PE. Para la justificación de los
relatos intercalados, C. sigue, enriqueciéndolo,
el consejo del Pinciano, Philosophía antigua
poética, II, pp. 14-21, pero integra los
cuentos en la fábula siguiendo y experimentando
procedimientos distintos. A. Castro [1925/87:117-123],
Ford [1928], Casella [1938:13-19], Ayala [1947],
Marías [1955], Riley [1955-1956; 1962/66:187-208
y passim; 1986/90:100-109]b, Wardropper
[1957], Immerwahr [1958], Canavaggio [1958:95-104],
Neuschäfer [1963:60-69, 98-99; 1989:30, 121, 151],
Gaos [1971:I, 181-192], Dudley [1972a], Segre
[1974/76], Márquez Villanueva [1975:16-17],
Percas de Ponseti [1975:I, 182-188]b, Ascunce
Arrieta [1981], Williamson [1984/91:232-234], Eisenberg
[1987a:195], Martín Morán [1990a:62-65 y
passim], Socrate [1991], Jehenson [1992], Orozco
Díaz [1992:85-87], Cots Vicente [1992:134-135],
Montero Reguera [1993a:214-216; 1997], Sicroff
[1993:480-481], Campana [1997]. Cf. II, 3, 652; 44,
979-980, y Lecturas, I, 35, 39 y 43. Molho
[1993:58] interpreta este párrafo como un
prólogo interno que justifica la
plurinarratividad; Caplan [1993] ve en la
técnica una superación práctica de
la polémica sobre la digressio y la
amplificatio que se había desatado en el
Renacimiento; Martín Morán
[1993:406-408]b sospecha un
procedimiento de dilación del final de la obra.
¶ Para el uso de la técnica en la obra
literaria, C. Guillén [1992] y, especialmente,
Yllera [1992]b.
volver
- (3) 317.3—Caplan [1993:373] relaciona la
alegoría con Orlando furioso, II, 30:
«Ma perché varie fila a varie tele / uopo
mi son, che tutte ordire intendo, / lascio Rinaldo e
l’agitata prua / e torno a dir di Bradamante
sua». Petrarca, Canzoniere, soneto XL:
«A la tela novella ch’ora ordisco».
Cf. Terracini [1979:285-322].
volver
- (4) 317.4—CL.
volver
- (5) 317.5—RM, VG.
volver
- (6) 318.6—Sobre el motivo del pie desnudo,
Kossoff [1971]b. ¶
Casalduero [1949/75:141] ve en la escena un recuerdo
del tema de Susana y los viejos, junto al de la
Magdalena penitente. La sugestión ha sido
retomada por Moner [1989a:122] y Redondo [1990a:267].
Este último subraya el parentesco con Garcilaso,
égloga III, vv. 69-70: «Peinando sus
cabellos d’oro fino, / una ninfa del agua do
moraba», y 93-100: «El agua clara con
lascivo juego / nadando dividieron y cortaron / hasta
que’l blanco pie tocó mojado».
Márquez Villanueva [1975:54] subraya la
semejanza con un pasaje del Noveno libro del
Amadís, estudiado por López Estrada
[1973:159; 1974:328-329].
volver
- (7) 318.7—capotillo: prenda
antiquísima formada por dos paños (las
haldas o faldas) unidos en los hombros, con una
abertura para sacar la cabeza. En el siglo XVII presentaba dos variantes según tuviera unas
mangas colgantes o careciera de ellas. Más o
menos corto, nunca pasaba de las rodillas. Cf. Bernis
[en prensa].
volver
- (8) 318.8—polainas: propias de villanos,
cubrían las piernas y caían sobre el
empeine. Se hacían de cuero o de tejidos como el
paño, el sayal y la estameña. Las de
cuero se abrochaban a los lados o detrás.
Polaina fue también el nombre de un
aderezo de camisa, de lienzo fino. Cf. Bernis [en
prensa].
volver
- (9) 318.9—monteraEl Caballero del Verde Gabán:
tocado que se diferenciaba de gorras y sombreros por su
copa blanda y flexible. Presentaban algunas variantes:
los villanos usaron monteras de copa redonda con una
vuelta alrededor; otras monteras, de copa más
alta, tenían una vuelta que se ensanchaba
delante a modo de visera. Cf. Bernis [en prensa].
volver
- (10) 318.10—Redondo [1990a:265] subraya la
ambigüedad significativa del verbo
tocar.
volver
- (11) 318.11—Para el valor erótico de la
acción de soltarse el cabello y
peinárselo, Devoto [1950:121-126].
volver
- (12) 319.12—Para el motivo de la mujer vestida de
hombre, el ejemplo más antiguo acaso sea el
romance de la doncella guerrera: Bravo Villasante
[1955] y Castro Pires de Lima [1958]. Cf.
también McKendrick [1974], junto con Ruano de la
Haza y Allen [1994:318-321]. El motivo cada vez es
más frecuente en los libros de
caballerías a medida que avanza el
género: Marín Pina [1989a:81-94]. ¶
Para el caso de Dorotea disfrazada y la ambigüedad
de su belleza, Combet [1980].
volver
- (13) 319.13—Para los tópicos petrarquescos
de la belleza femenina, CZ. Cf., sin más, el
romance de la Infantina o el «Yo me levantara,
madre», a los que puede unirse el soneto
«Agora con la aurora...» de fray Luis de
León. Refiriéndose al primero, Lida de
Malkiel [1956:407] escribe: «La Infantina ocupada
en el acto mágico de peinarse».
volver