Centro Virtual Cervantes
Literatura

Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Primera parte > Capítulo XXI (1 de 4)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo XXI
Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino1, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero (1 de 4)

En esto comenzó a llover un poco, y quisiera Sancho que se entraran en el molino de los batanes, mas habíales cobrado tal aborrecimiento don Quijote por la pesadaI burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y, así, torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían llevado el día de antes.

De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y aun élII apenas le hubo visto, cuando se volvió a Sancho y le dijo:

—Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia2, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: «Donde una puerta se cierra, otra se abre». Dígolo porque si anoche nos cerró la ventura la puerta de la que buscábamos, engañándonos con los batanes, ahora nos abre de par en par otra, para otra mejor y más cierta aventura, que si yo no acertare a entrar por ella, mía será la culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia de batanes ni a la escuridad de la noche. Digo esto porque, si no me engaño, hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino, sobre que yo hice el juramento que sabes3.

—Mire vuestra merced bien lo que dice y mejor lo que hace —dijo Sancho—, que no querría que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanarIII y aporrear el sentido.

—¡Válate el diablo por hombre4! —replicó don Quijote—. ¿Qué va de yelmo a batanes5?

—No sé nada —respondió Sancho—, mas a fe que si yo pudiera hablar tanto como solía, que quizá diera tales razones, que vuestra merced viera que se engañaba en lo que dice.

—¿Cómo me puedo engañar en lo que digo, traidor escrupuloso? —dijo don Quijote—. Dime, ¿no ves aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre un caballo rucio rodado6, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?

—Lo que yoIV veo y columbro —respondió Sancho— no es sino un hombre sobre un asno pardo, como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra.

—Pues ese es el yelmo de Mambrino —dijo don Quijote—. Apártate a una parte y déjame con él a solas: verás cuán sin hablar palabra, por ahorrar del tiempo, concluyo esta aventura y quedaV por mío el yelmo que tanto he deseado.

—Yo me tengo en cuidado el apartarme —replicó Sancho—, mas quiera Dios, torno a decir, que orégano sea y no batanes7.

—Ya os he dicho, hermano, que no me mentéis ni por pienso más eso de los batanes —dijo don Quijote—, que voto, y no digo más, que os batanee el alma8.

Calló Sancho, con temor que su amo no cumpliese el voto que le había echado, redondo como una bola.

Es, pues, el caso que el yelmo y el caballo y caballero que don Quijote veía era esto: que en aquel contorno había dos lugares, el uno tan pequeño, que ni tenía botica ni barbero, y el otro, que estaba junto a él9, sí; y, asíVI, el barbero del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo de sangrarse, y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el barbero y traía una bacía de azófar10; y quiso la suerte que al tiempo que venía comenzó a llover, y porque no se le manchase el sombrero, que debía de ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza, y, como estaba limpia, desde media legua relumbraba. Venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo, y esta fue la ocasión que a don Quijote le pareció caballo rucio rodado y caballero y yelmoVII de oro, que todas las cosas que veía con mucha facilidad las acomodaba a sus desvariadas caballerías y malandantes pensamientos. Y cuando él vio que el pobre caballero llegaba cerca, sin ponerse con él en razones11, a todo correr de Rocinante le enristró con el lanzón bajo, llevando intención de pasarleVIII de parte a parte; mas cuando a él llegaba, sin detener la furia de su carrera le dijo:

—¡Defiéndete, cautiva criatura12, o entriégame de tu voluntad lo que con tanta razón se me debe13!

El barbero, que tan sin pensarlo ni temerlo vio venir aquella fantasma sobre sí, no tuvo otro remedio para poder guardarse del golpe de la lanza sino fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado al suelo, cuando se levantó más ligero que un gamo y comenzó a correr por aquel llano, que no le alcanzara el viento. Dejóse la bacía en el suelo, con la cual se contentó don Quijote, y dijo que el pagano había andado discreto14 y que había imitado al castor, el cual, viéndose acosado de los cazadores, se taraza y harpaIX con los dientes15 aquello por lo que él por distinto natural sabe que es perseguido16. Mandó a Sancho que alzase el yelmo, el cual, tomándolaX en las manos17, dijo:

—Por Dios que la bacía es buena y que vale un real de a ocho como un maravedí18.

Notas:

  • (1) La ganancia de lo que DQ cree ser el yelmo encantado del rey moro Mambrino (I, 10, 116, n. 28) suele relacionarse con el complejo tema cervantino de la realidad y la verdad. º volver
  • (2) La idea vuelve a encontrarse en I, 39, 474 y II, 67, 1178. º volver
  • (3) Comportarse como el marqués de Mantua hasta conseguir, en batalla, una celadaArmadura del siglo XVI nueva. Se lee en I, 10, 115-116 (n. 26), y Sancho se lo recuerda a DQ en I, 19, 199 (n. 1). º volver
  • (4) ‘¡Que te lleve el diablo por mala persona!’; hombre podía tener un sentido peyorativo en el lenguaje popular. º volver
  • (5) ‘¿Qué tiene que ver el yelmo con los batanes?’. volver
  • (6) ‘de color pardo claro con manchas negras u oscuras’, ‘tordillo’; rucio era la capa normal de los burros y por eso se denominará así corrientemente la cabalgadura de Sancho, sobre todo en la Segunda parte de la obra (II, 13, 728, n. 17). volver
  • (7) Sancho rompe maliciosamente el refrán «A Dios plega que oregáno sea y no se nos vuelva alcaravea»; las dos son plantas que se emplean en medicina y en la preparación de guisos y embutidos, pero el primero es mucho más apreciado que la segunda. º volver
  • (8) El tácito «Dios» es el sujeto de batanee ‘azote’, evidentemente después de que DQ mate a Sancho: esa es la amenaza. El voto de DQ es voto a Dios, pero el autor, pusilánime, lo transcribió parcialmente (y no digo más); en seguida se dice que lo había echado, redondo como una bola, es decir, ‘completo’ (I, 45, 524). º volver
  • (9) La príncipe trae junto a sí.VI volver
  • (10) ‘bacía de latón’; la bacíaObjetos de la vida diaria de barbero tenía forma semiesférica, con un reborde en el que se abría una muesca semicircular para que entrase en ella el cuello de quien se remojaba la barba en el agua jabonosa del cuenco. Se empleaba, además, para recoger la sangre, cuando los barberos practicaban sangrías. La figura de DQ con la bacía como yelmo es una de las más frecuentes en su iconografía. º volver
  • (11) ‘sin cruzar con él ni una palabra’. volver
  • (12) ‘criatura mezquina’ (I, 8, 102, n. 57). volver
  • (13) entriégame de tu voluntad: ‘dame voluntariamente’. º volver
  • (14) pagano: ‘no cristiano’; era calificativo frecuente para los enemigos en los libros de caballerías y en la épica. º volver
  • (15) taraza y harpa: ‘corta y desgarra’. Responde a una tradición antigua que suponía la autocastración del animal para salvar la vida, cuando lo persiguen para conseguir el castoreo, sustancia aromática, muy apreciada entonces. Por esta razón, el castor se convirtió en figura de emblemas. º volver
  • (16) distinto natural: ‘instinto natural’ (I, 50, 574). º volver
  • (17) -la se refiere gramaticalmente a la bacíaObjetos de la vida diaria, no al yelmo; con el pronombre se marca la diferente visión de Sancho y el caballero. volver
  • (18) ‘tan seguro que vale un real de a ocho como que vale un maravedí’; el maravedí era la moneda corriente de cuenta. volver

Notas críticas:

  • (I) 222.26 pesada edd. pasada C volver
  • (II) 223.3 aun él edd. om. C volver
  • (III) 223.17 abatanar A+ batanar B+ volver
  • (IV) 223.27 yo edd. om. C volver
  • (V) 224.1 queda edd. que da C volver
  • (VI) 224.13 junto a él, sí, y así C SB junto a sí, y así A B BR junto sí, y así MU FL [La enmienda de MU es excelente (otras sugieren un bosque que allí junto estaba, I, 10, 113, y una aldea que allí junto estaba, I, 52, 585), pero preferimos seguir un texto antiguo y particularmente autorizado. volver
  • (VII) 224.21 yelmo edd. el yelmo C volver
  • (VIII) 224.25-26 pasarle edd. pasarse C volver
  • (IX) 225.10 harpa SB FL harta A B corta BR C volver
  • (X) 225.12-13 tomándola edd. tomándole C volver

Notas complementarias:

  • (1) 222.1—PE. Cf. Lecturas. volver
  • (2) 223.2—RM señala el parecido con lo expuesto en el prólogo de Mal Lara a su Filosofía vulgar, que, a su vez, sigue paso a paso los Adagia de Erasmo. Cf. también A. Castro [1925/87:190-195], Joly [1984], Vega Rodríguez [1990:316 y passim]. Para los refranes, Montero Reguera [1997]. volver
  • (3) 223.3—Murillo [1981b] señala el carácter caballeresco de la búsqueda de la espada, el bálsamo y el yelmo mágicos, y la plantea como elemento estructurador del relato. En esta intuición se apoyan Alfred Rodríguez y Smeloff [1991]. volver
  • (4) 223.4—Alonso Hernández [1976]. volver
  • (5) 224.7—CL. «Y no querría que orégano fuese» (II, 36, 932). volver
  • (6) 224.8—RM, RQ. volver
  • (7) 224.10—Redondo [1980:55-56]. Cf. también Cavanillas Ávila [1958: 16-18]. volver
  • (8) 225.13—RM. volver
  • (9) 225.14—«Su padre no se la quiere entregar al rey pagano, si no deja primero la ley de su falso profeta» (I, 18, 189). volver
  • (10) 225.15—taraza y harpa: Oudin. ¶ Sobre el motivo del castor, BW, CL, RM. La fuente inmediata de C. parece ser el Orlando furioso, XXVII, 57: «E dicea ch’imitato avea il castore, / il qual si strappa i genitali sui / vedendosi alle spalle il cacciatore, / che sa che non ricerca altro da lui». Cf. Alciato, Emblemas, núm. 152. volver
  • (11) 225.16—RM. volver
Volver a la página anterior Subir al principio de la página Ir a la página siguiente
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es