Centro Virtual Cervantes
Literatura

Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Primera parte > Capítulo XIX (1 de 3)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo XIX
De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos famosos (1 de 3)

—Paréceme, señor mío, que todas estas desventuras que estos días nos han sucedido sin duda alguna han sido pena del pecado cometido por vuestra merced contra la orden de su caballería, no habiendo cumplido el juramento que hizo de no comer pan a manteles ni con la reina folgar1, con todo aquello que a esto se sigue y vuestra merced juró de cumplir hasta quitar aquel almete de MalandrinoI, 2, o como se llama el moro, que no me acuerdo bien.

—Tienes mucha razón, Sancho —dijo don Quijote—, mas, para decirte verdad, ello se me había pasado de la memoria3, y también puedes tener por cierto que por la culpa de no habérmelo tú acordado en tiempo te sucedió aquello de la manta; pero yo haré la enmienda, que modos hay de composición en la orden de la caballería para todo4.

—Pues ¿juré yo algo, por dicha? —respondió Sancho.

—No importa que no hayas jurado —dijo don Quijote—: basta que yo entiendo que de participantes no estás muy seguro5, y, por sí o por no, no será malo proveernos de remedio.

—Pues si ello es así —dijo Sancho—, mire vuestra merced no se le torne a olvidar esto como lo del juramento: quizá les volverá la gana a las fantasmas de solazarse otra vez conmigo, y aun con vuestra merced, si le ven tan pertinaz6.

En estas y otras pláticas les tomó la noche en mitad del camino, sin tener ni descubrir donde aquella noche se recogiesen; y lo que no había de bueno en ello era que perecían de hambre, que con la falta de las alforjas les faltó toda la despensa y matalotaje7. Y para acabar de confirmar esta desgracia les sucedió una aventura que, sin artificio alguno, verdaderamente lo parecía. Y fue que la noche cerró con alguna escuridad, pero, con todo esto, caminaban, creyendo Sancho que, pues aquel camino era real8, a una o dos leguas, de buena razón hallaría en él alguna venta9.

Yendo, pues, desta manera, la noche escura, el escudero hambriento y el amo con gana de comer, vieron que por el mesmo camino que iban venían hacia ellos gran multitud de lumbres, que no parecían sino estrellas que se movían10. Pasmóse Sancho en viéndolas, y don Quijote no las tuvo todas consigo: tiró el uno del cabestro a su asno, y el otro de las riendas a su rocino, y estuvieron quedos, mirando atentamente lo que podía ser aquello, y vieron que las lumbres se iban acercando a ellos, y mientras más se llegaban, mayores parecían. A cuya vista Sancho comenzó a temblar como un azogado11, y los cabellos de la cabeza se le erizaron a don Quijote, el cual, animándose un poco, dijo:

—Esta, sin duda, Sancho, debe de ser grandísima y peligrosísima aventura, donde será necesario que yo muestre todo mi valor y esfuerzo.

—¡Desdichado de mí! —respondió Sancho—; si acaso esta aventura fuese de fantasmas, como me lo va pareciendo, ¿adónde habrá costillas que la sufran?

—Por más fantasmas que sean —dijo don Quijote—, no consentiré yo que te toquenII en el pelo de la ropa; que si la otra vez se burlaron contigo, fue porque no pude yo saltar las paredes del corral, pero ahora estamos en campo raso, donde podré yo como quisiere esgremir mi espada.

—Y si le encantan y entomecen como la otra vez lo hicieronIII, 12 —dijo Sancho—, ¿qué aprovechará estar en campo abierto o no?

—Con todo eso —replicó don Quijote—, te ruego, Sancho, que tengas buen ánimo, que la experiencia te dará a entender el que yo tengo.

—Sí tendré, si a DiosIV place —respondió Sancho.

Y, apartándose los dos a un lado del camino, tornaron a mirar atentamente lo que aquello de aquellas lumbres que caminaban podía ser, y de allí a muy poco descubrieron muchos encamisados13, cuya temerosa visión de todo punto remató el ánimo de Sancho Panza, el cual comenzó a dar diente con diente, como quien tiene frío de cuartana14; y creció más el batir y dentellear cuando distintamente vieron lo que era, porque descubrieron hasta veinte encamisados, todos a caballo, con sus hachas encendidas en las manos, detrás de los cuales venía una litera cubierta de luto15, a la cual seguían otros seis de a caballo, enlutados hasta los pies de las mulas16, que bien vieron que no eran caballos en el sosiego con que caminaban. Iban los encamisados murmurando entre sí con una voz baja y compasiva. Esta estraña visión, a tales horas y en tal despoblado, bien bastaba para poner miedo en el corazón de Sancho y aun en el de su amo; y así fuera en cuanto a donV Quijote17, que ya Sancho había dado al través con todo su esfuerzo18. Lo contrario le avino a su amo, al cual en aquel punto se le representó en su imaginación al vivo que aquella era una de las aventuras de sus libros19.

Notas:

  • (1) El juramento, con los mismos versos del romance del Marqués de Mantua, en I, 10, 115, n. 26. º volver
  • (2) ‘yelmo de Mambrino’ (I, 10, 116, n. 28); Malandrino, cruce de Mambrino con malandrín. º volver
  • (3) ‘se me había olvidado’. volver
  • (4) ‘maneras de arreglar eclesiásticamente el perjurio que había cometido y que lo convertía en reo de excomunión’. º volver
  • (5) Los participantes son los que tienen trato con excomulgados, a sabiendas de que lo están, e incurren por ese motivo en la excomunión. º volver
  • (6) En el sentido estricto de ‘reo de la Inquisición que persiste en su error o en la herejía de que es acusado’. volver
  • (7) ‘provisión de comida que se embarca para una travesía’. º volver
  • (8) ‘era el camino principal, el que va de un pueblo a otro’. º volver
  • (9) de buena razón: ‘razonablemente’. º volver
  • (10) Se describe aquí algo que semeja la aparición de la llamada hueste antigua, estantigua o santa compaña. º volver
  • (11) Frase proverbial; se refiere al temblor que padecen los que sufren envenenamiento por sales o vapores de azogue ‘mercurio’. º volver
  • (12) entomecen: ‘paralizan, entumecen’. º volver
  • (13) Los soldados, en los ataques nocturnos, se colocaban las camisas encima de las corazas para verse en la oscuridad y diferenciarse de los enemigos. Aquí, las camisas, como se explicará luego, no eran sino sobrepellices ‘vestiduras blancas cortas que se coloca el clérigo sobre la sotana’. º volver
  • (14) ‘escalofríos que se producen en las enfermedades que cursan con fiebres periódicas’; la enfermedad es aquí, probablemente, el paludismo (I, 43, 501, n. 7). volver
  • (15) litera: ‘vehículo sin ruedas, que se podía llevar tanto a mano como colgado de dos mulas con un aparejo especial’; se empleaba para sustituir el coche cuando no se iba a seguir el camino real, y podía llevar un juego de ruedas adaptable para cuando lo permitiese el camino; cubierta de luto: ‘cubierta con paños negros’. º volver
  • (16) El luto largo, incluidas las monturas, era uso en las ceremonias funerales cuando así lo requería la cualidad del muerto. º volver
  • (17) ‘y ojalá hubiera sido así...’, o bien ‘y así podía ocurrir con DQ’. º volver
  • (18) había dado al través: ‘había naufragado, dado al traste’; es lenguaje marinero. º volver
  • (19) Se ha señalado que el modelo literario de este capítulo está en el Palmerín de Ingalaterra, I, 76. º volver

Notas críticas:

  • (I) 199.11 de Malandrino edd. a Malandrino FL volver
  • (II) 200.25 toquen VA LO RAE HZ FL toque edd. [Según SB «hay que sobrentender ninguna de ellas»; pero luego se sigue en plural, burlaron, y la errata es clara: toquen en... volver
  • (III) 200.29 lo hicieron edd. le hicieron BR volver
  • (IV) 201.1 si a Dios edd. a Dios BR volver
  • (V) 201.16 a don edd. don BR volver

Notas complementarias:

  • (1) 199.1—CL y todos los comentaristas dicen que no se ha narrado que DQ haya roto el juramento: no había comido pan a manteles –solo con los cabreros–, pero sí se le había pasado por la cabeza la intención de folgar, si no con la reina, sí con la hija del ventero, o con Maritornes, pecado de pensamiento. Pero cf. la referencia de CT a la traducción de Watts (1888). volver
  • (2) 199.2—AA. volver
  • (3) 199.4—La Iglesia concedía, incluso ad cautelam, unas bulas llamadas de composición (RM). volver
  • (4) 199.5—CT, AA. Cf. Tirso de Molina, Por el sotano y el torno, p. 178n. volver
  • (5) 200.7—O’Scanlan [1831]. volver
  • (6) 200.8—RM. volver
  • (7) 200.9—RM. volver
  • (8) 200.10—DCECH, s.v. «estantigua»; Lisón [1971:292-301]. ¶ CL indica que Fernández de Navarrete [1819:79] conjetura que la aventura se apoya en la traslación del cuerpo de San Juan de la Cruz desde Úbeda a Segovia en 1593; CT, RM IX:226-230, VG I:372, Astrana Marín [1948-1958:V, 70-72], Cary-Elwes y Sarmiento [1955], Montero Padilla [1966:54-55], Gerhard [1982:58-62], A. Sánchez [1990a:15-21; 1992b:180-182], Orozco Díaz [1992:352-354]. ¶ Marasso [1947/54:69-72] señala dos fuentes clásicas: la traducción de Hernández de Velasco de la Eneida, XI –la entrega del cadáver de Palante a Evandro por orden de Eneas– y la conducción del cuerpo de Turmo para entregarlo a su padre Dauno, en la continuación de la Eneida de Veggio, puesta en castellano por el mismo traductor. Se podría aducir también el romance «Por un valle de tristura», que se puede leer en la Silva de Barcelona, en la Flor de enamorados, o en la Rosa de amores de Timoneda. volver
  • (9) 200.11—CT, Cavanillas Ávila [1958:26-27]. Cf. Pedacio Dioscórides Anazarbeo, p. 541. volver
  • (10) 200.12—DCECH, s.v. «tumor». volver
  • (11) 201.13—BW, RM. volver
  • (12) 201.15—G. Menéndez Pidal [1951:84-85, con ilustración; 1992]. volver
  • (13) 201.16—RM. volver
  • (14) 201.17—RM, MZ. volver
  • (15) 201.18—O’Scanlan [1831]. volver
  • (16) 201.19—CL, MU, VG, RQ intr. al cap. En el Palmerín de Ingalaterra se narra cómo Florián del Desierto, su hermano Palmerín y Pompides se encontraron en su camino a unos hombres enlutados y llorosos que llevaban a hombros unas andas cubiertas por un paño negro que cubría el cadáver de Fortibrán el Esforzado. Cuando Florián se entera de que ha sido asesinado a traición, se ofrece a vengarlo. volver
Volver a la página anterior Subir al principio de la página Ir a la página siguiente
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es