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Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Primera parte > Capítulo XVIII (1 de 4)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo XVIII
Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor don Quijote, con otras aventuras
dignas de ser contadas (1 de 4)

Llegó Sancho a su amo marchito y desmayado, tanto, que no podía arrear a su jumento. Cuando así le vio don Quijote, le dijo:

—Ahora acabo de creer, Sancho buenoI, que aquel castillo o venta que esII encantado sin duda, porque aquellos que tan atrozmente tomaron pasatiempo contigo ¿qué podían ser sino fantasmas y gente del otro mundo? Y confirmo esto por haber visto que cuando estaba por las bardas del corral, mirando los actos de tu triste tragedia, no me fue posible subir por ellas, ni menos pude apearme de Rocinante, porque me debían de tener encantado; que te juro por la fe de quien soy que si pudiera subir o apearme, que yo te hiciera vengado1, de manera que aquellos follonesIII y malandrines se acordaran de la burla para siempre, aunque en ello supiera contravenir a las leyes de la caballeríaIV, 2, que, como ya muchas veces te he dicho, no consienten que caballero ponga mano contra quien no lo sea, si no fuere en defensa de su propria vida y persona, en caso de urgente y gran necesidad.

—También me vengara yo si pudiera, fuera o no fuera armado caballero, pero no pude; aunque tengo para mí que aquellos que se holgaron conmigo no eran fantasmas ni hombres encantados, como vuestra merced dice, sino hombres de carne y de hueso como nosotros; y todos, según los oí nombrar cuando me volteaban, tenían sus nombres: que el uno se llamaba Pedro Martínez, y el otro Tenorio Hernández, y el ventero oí que se llamaba Juan Palomeque el Zurdo3. Así que, señor, el no poder saltar las bardas del corral ni apearse del caballo, en ál estuvo que en encantamentos4. Y lo que yo saco en limpio de todo esto es que estas aventuras que andamos buscando al cabo al caboV nos han de traer a tantas desventuras, que no sepamos cuál es nuestro pie derecho5. Y lo que sería mejor y más acertado, según mi poco entendimiento, fuera el volvernos a nuestro lugar, ahora que es tiempo de la siega y de entender en la hacienda, dejándonos de andar de ceca en meca y de zoca en colodra6, como dicen.

—¡Qué poco sabes, Sancho —respondió don Quijote—, de achaque de caballería! Calla y ten paciencia, que díaVI vendrá donde veas por vista de ojos7 cuán honrosa cosa es andar en este ejercicio. Si no, dime: ¿qué mayor contento puede haber en el mundo o qué gusto puede igualarse al de vencer una batalla y al de triunfar de su enemigo? Ninguno, sin duda alguna.

—Así debe de ser —respondió Sancho—, puesto que yo no lo sé; solo sé que, después que somos caballeros andantes8, o vuestra merced lo es (que yo no hay para qué me cuente en tan honroso número), jamás hemos vencido batalla alguna, si no fue la del vizcaíno, y aun de aquella salió vuestra merced con media oreja y media celada menos; que después acá todo ha sido palos y más palos9, puñadas y más puñadas, llevando yo de ventaja el manteamiento, y haberme sucedido por personas encantadas, de quien no puedo vengarme para saber hasta dónde llega el gusto del vencimiento del enemigo, como vuestra merced dice.

—Esa es la pena que yo tengo y la que tú debes tener, Sancho —respondió don Quijote—, pero de aquí adelante yo procuraré haber a las manos alguna espada hecha por tal maestría10, que al que la trujere consigo no le puedan hacer ningún género de encantamentos; y aun podría ser que me deparase la ventura aquella de Amadís, cuando se llamaba el Caballero de la Ardiente Espada11, que fue una de las mejores espadas que tuvo caballero en el mundo, porque, fuera que tenía la virtud dicha, cortaba como una navaja y no había armadura, por fuerte y encantada que fuese, que se le parase delante.

—Yo soy tan venturoso —dijo Sancho—, que, cuando eso fuese y vuestra merced viniese a hallar espada semejante, sólo vendría a servir y aprovechar a los armados caballeros, como el bálsamo: y a los escuderos, que se los papen duelos12.

—No temas eso, Sancho —dijo don Quijote—, que mejor lo hará el cielo contigo.

En estos coloquios iban don Quijote y su escudero, cuando vio don Quijote que por el camino que iban venía hacia ellos una grande y espesa polvareda13; y, en viéndola, se volvió a Sancho y le dijo:

—Este es el día, ¡oh Sancho!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado mi suerte; este es el día, digo, en que se ha de mostrar, tanto como en otro alguno, el valor de mi brazo, y en el que tengo de hacer obras que queden escritas en el libro de la fama por todos los venideros siglos. ¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes por allí viene marchando14.

—A esa cuenta, dos deben de ser —dijo Sancho—, porque desta parte contraria se levanta asimesmo otra semejante polvareda.

Notas:

  • (1) El caballero debía volver por la honra de sus servidores (I, 17, 182, n. 36). volver
  • (2) supiera: ‘pudiera’; saber tiene función de auxiliar como base de una perífrasis modal. volver
  • (3) Aquí, por primera vez, se da el nombre del ventero, epónimo de la venta que ejerce un papel tan importante en el desarrollo de toda la Primera parte del Q. º volver
  • (4) en ál: ‘en otra cosa’ (I, 2, 50, n. 53). volver
  • (5) ‘no sepamos qué es lo que nos conviene’. º volver
  • (6) de ceca en meca: ‘de una parte a otra, sin ningún fin’; de zoca en colodra: ‘de una cosa mala a otra peor’; zoca: ‘zapato aldeano de madera, zueco’; colodra: ‘vasijaLa cocina, vasijas y recipientes donde se recoge la leche al ordeñar’. º volver
  • (7) ‘seas testigo presencial’; la frase pertenece al lenguaje procesal. º volver
  • (8) después que: ‘desde que’ (I, 12, 130, n. 21). volver
  • (9) después acá: ‘desde entonces’. º volver
  • (10) ‘procuraré conseguir una espada fabricada con tal ciencia’; se refiere a la ciencia mágica. º volver
  • (11) Se trata de Amadís de Grecia, biznieto de Amadís de Gaula, que llevaba estampada en el pecho una espada roja (I, 1, 39). DQ parece confundirlo con Amadís de Gaula, el de la «verde espada». º volver
  • (12) ‘que los parta un rayo’, ‘que se fastidien’; papen: ‘traguen, engullan’. º volver
  • (13) La grande polvareda puede ser recuerdo de los versos «Con la grande polvareda / perdimos a don Beltrane», pertenecientes a alguna versión del romance «En los campos de Alventosa», sobre la batalla de Roncesvalles. º volver
  • (14) es cuajada: ‘está henchida’. La descripción de los imaginados ejércitos es una parodia de las que se encuentran en los libros de caballerías. º volver

Notas críticas:

  • (I) 186.12 bueno edd. el bueno C volver
  • (II) 186.13 que es RM de que es A+ es B+ [No encontramos en C. la construcción creer de que..., mientras el que pleonástico es comunísimo (y aquí contribuiría a provocar la errata). volver
  • (III) 186.20 follones edd. Tellones A volver
  • (IV) 186.22 de la caballería A+ de caballería B+ volver
  • (V) 187.5-6 al cabo al cabo edd. al cabo C volver
  • (VI) 187.12 día edd. de ay A FL volver

Notas complementarias:

  • (1) 187.3—Sobre la mala fama de los zurdos en el Siglo de Oro, Crosby [1993:II, 1226-1227]. volver
  • (2) 187.5Cf. la expresión «Ir con pie derecho» para tener suerte en un empeño (II, 72, 1209). Se juega con la frase hecha «No saber dónde se tiene la mano derecha». volver
  • (3) 187.6de ceca en meca: PE, RM; cf. Correas, Vocabulario, p. 57b. Según Covarrubias, Tesoro, ceca era el nombre que se daba a la Mezquita de Córdoba. ¶ de zoca en colodra: Oudin, s.v. «colodra». volver
  • (4) 187.7veas por vista de ojos: RM. Cf. II, 58, 1095. volver
  • (5) 187.9—RM. volver
  • (6) 187.10—CL I, 18, n. 5. McGaha [1981:746] relaciona las armas mágicas con la armadura de Eneas en el poema de Virgilio; Murillo [1981b:674] con las espadas Armas blancas mágicas o talismánicas de los héroes de la poesía épica. Alfred Rodríguez y Smeloff [1991]. volver
  • (7) 188.11—PE, CL, Murillo [1981b:674]. Ardiente era, como significa su nombre, la Tizón del Cid, heredada por Jaime I el Conquistador, quien nos dice de ella que «era molt bona e aventurosa a aquells qui la aportaven». R. Menéndez Pidal [1952/75:664]. volver
  • (8) 188.12—CT, RM. volver
  • (9) 188.13—Los versos del romance «En los campos de Alventosa» fueron glosados o utilizados como cita muchas veces en la literatura de los siglos XVI y XVII, y estaban en la memoria de todos hasta quedar como proverbiales. Una versión trunca del romance –«Por la matanza va el viejo»– fue aún más conocida. volver
  • (10) 188.14—es cuajada: RM. ¶ copiosísimo ejército: CL I, 18, n. 43, VG, RQ, Riquer [1989d:94-97]. ¶ Marasso [1947/54:60-61] ve en la presentación de los ejércitos en una polvareda un recuerdo de la Ilíada, III, 10-17. Márquez Villanueva [1973:163] quiere identificar una reminiscencia del Carlo famoso, de Luis Zapata. Salinas [1958:127-142] percibe en las palabras del caballero un procedimiento de creación poética desde el caos del polvo; la enumeración es una forma de convocatoria mágico-poética que hace DQ desde su voluntad para que se formen hombres y ejércitos a partir del polvo. Génesis, II, 7: «Formavit igitur Dominus Deus hominem de limo terrae, et inspiravit in faciem eius spiraculum vitae». Para la creación desde la palabra y desde la descripción, cf. Selig [1976-1977b]b. Egido [1991b:18-19] ve la invención de los ejércitos como una actuación creativa de la memoria de lo leído y la de la experiencia vivida sobre la imaginación. La polvareda es el motivo que permite la «pictura» mnemónica. ¶ Ly [1987:20-26] estudia el episodio como conflicto entre la literalidad y la interpretación del significante. ¶ Rico [1982:59-61] señala el comienzo del «ciclo del miedo», que irá in crescendo hasta el episodio de los batanes. La fuente de la transformación de la polvareda producida por las ovejas en ejércitos puede estar en la Epístola a Lucilio, XVII: «Non coarguimus illa quae nos in metum adducunt, nec excutimus, sed trepidamus et sic vertimus terga, quaemadmodum illi quos pulvis motus fuga pecorum exuit castris». El intermedio pudo ser Montaigne, Essais, I, 17, «De la peur»: «Mais parmy les soldats mesmes, où elle debvroit trouver moins place, combien de fois a elle changé un troupeau de brevis en esquadron de corselets? des roseaux et des cannes, en gentsdarmes et lanciers? nos amis, en nos ennemis? et la croix blanche, a la rouge?». Cf. abajo, I, 18, 194, n. 73, y Apéndices, 2.9. volver
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