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Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Primera parte > Capítulo XVII (1 de 3)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo XVII
Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que por su mal pensó que era castillo (1 de 3)

Había ya vuelto en este tiempo de su parasismo don Quijote1, y con el mesmo tono de voz con que el día antes había llamado a su escudero2, cuando estaba tendido en el val de las estacas3, le comenzó a llamar, diciendo:

—Sancho amigo, ¿duermes? ¿Duermes, amigo Sancho?

—¡Qué tengo de dormir, pesia a mí4 —respondió Sancho, lleno de pesadumbre y de despecho—5, que no parece sino que todos los diablos han andado conmigoI esta noche!

—Puédeslo creer ansí, sin duda —respondió don Quijote—, porque o yo sé poco o este castillo es encantado. Porque has de saber... Mas esto que ahora quiero decirte hasme de jurar que lo tendrás secreto hasta después de mi muerte.

—Sí juro —respondió Sancho.

—Dígolo —replicó don Quijote— porque soy enemigo de que se quite la honra a nadie.

—Digo que sí juro —tornó a decir Sancho— que lo callaré hasta después de los días de vuestra merced6, y plega a Dios que lo pueda descubrir mañana7.

—¿Tan malas obras te hago, Sancho —respondió don Quijote—, que me querrías ver muerto con tanta brevedad?

—No es por eso —respondió Sancho—, sino porque soy enemigo de guardar mucho las cosas, y no querría que se me pudriesen de guardadas.

—Sea por lo que fuere —dijo don Quijote—, que más fío de tu amor y de tu cortesía; y, así, has de saber que esta noche me ha sucedido una de las más estrañas aventuras que yo sabré encarecer, y, por contártela en breve, sabrás que poco ha que a mí vino la hija del señor deste castillo, que es la más apuesta y fermosa doncella que en gran parte de la tierra se puede hallar. ¿Qué te podría decir del adorno de su persona8? ¿Qué de su gallardo entendimiento? ¿Qué de otras cosas ocultas, que, por guardar la fe que debo a mi señora Dulcinea del Toboso, dejaré pasar intactas y en silencio9? Solo te quiero decir que, envidioso el cielo de tanto bien como la ventura me había puesto en las manos, o quizá, y esto es lo más cierto, que, como tengo dicho, es encantado este castillo, al tiempo que yo estaba con ella en dulcísimos y amorosísimos coloquios, sin que yo la viese ni supiese por dónde venía vino una mano pegada a algún brazo de algún descomunal gigante10 y asentóme una puñada en las quijadas, tal, que las tengo todas bañadas en sangre; y después me molió de tal suerte, que estoy peor que ayer cuando los arrierosII, que por demasías de Rocinante nos hicieron el agravio que sabes. Por donde conjeturo que el tesoro de la fermosura desta doncella le debe de guardar algún encantado moro11, y no debe de ser para mí.

—Ni para mí tampoco —respondió Sancho—, porque más de cuatrocientos moros me han aporreado a míIII, de manera que el molimiento de las estacas fue tortas y pan pintado12. Pero dígame, señor, cómo llama a esta buena y rara aventura, habiendo quedado della cual quedamos. Aun vuestra merced, menos mal, pues tuvo en sus manos aquella incomparable fermosura que ha dicho; pero yo ¿qué tuve sino los mayores porrazos que pienso recebir en toda mi vida? ¡Desdichado de mí y de la madre que me parió, que ni soy caballero andante ni lo pienso ser jamás, y de todas las malandanzas me cabe la mayor parte!

—Luego ¿también estás tú aporreado? —respondió don Quijote.

—¿No le he dicho que sí, pesiaIV a mi linaje? —dijo Sancho.

—No tengas pena, amigo —dijo don Quijote—, que yo haré agora el bálsamo precioso, con que sanaremos en un abrir y cerrar de ojos.

Acabó en esto de encender el candil el cuadrillero y entró a ver el que pensaba que era muerto; y así como le vio entrar Sancho, viéndole venir en camisa y con su paño de cabeza y candil en la mano, y con una muy mala cara13, preguntó a su amo:

—Señor, ¿si será este, a dicha14, el moro encantado, que nos vuelve a castigar, si se dejó algo en el tintero15?

—No puede ser el moro —respondió don Quijote—, porque los encantados no se dejan ver de nadie.

—Si no se dejan ver, déjanse sentir —dijo Sancho—; si no, díganlo mis espaldas.

—También lo podrían decir las mías —respondió don Quijote—, pero no es bastante indicio ese para creer que este que se vee sea el encantado moro.

Llegó el cuadrillero y, como los halló hablando en tan sosegada conversación, quedó suspenso. Bien es verdad que aún don Quijote se estaba boca arriba sin poderse menear, de puro molido y emplastado. Llegóse a él el cuadrillero y díjole:

—Pues ¿cómo va, buen hombre?

—Hablara yo más bien criado16 —respondió don Quijote—, si fuera que vos17. ¿Úsase en esta tierra hablar desa suerte a los caballeros andantes, majadero?

Notas:

  • (1) parasismo: ‘paroxismo, síncope, pérdida de conocimiento producida por una enfermedad’. º volver
  • (2) con el mesmo tono de voz: «el mesmo tono afeminado y doliente» (I, 15, 161). volver
  • (3) val: ‘valle’; la frase evoca un célebre romance: «Por el val de las estacas / el buen Cid pasado había», cuando «va buscando al moro Audalla»; el Audalla del romance anuncia al encantado moro de que en seguida se hablará. º volver
  • (4) ‘pese a mí’, ‘condenado sea’ (I, 17, 178, y 25, 287). º volver
  • (5) ‘de enojo y de rabia’. volver
  • (6) ‘hasta el fin de sus días’, ‘hasta después de que muera vuestra merced’. volver
  • (7) plega a Dios: ‘plazca a Dios’, ‘Dios quiera’. º volver
  • (8) ‘de su belleza’, ‘de su galanura’. volver
  • (9) ‘no hablaré de ellas’. º volver
  • (10) La construcción, que resalta la mano, está ligada a una retórica clásica de carácter cómico. º volver
  • (11) En el folclore español, los tesoros escondidos suelen estar guardados por moros encantados o duendes vestidos a la morisca, y destinarse a ser entregados a los que cumplan determinadas condiciones. º volver
  • (12) Frase hecha que se usa para indicar que algún mal es pequeño comparado con otro (II, 2, 644; 68, 1183). º volver
  • (13) Como la camisa parece un albornoz y el paño de cabeza (‘pañuelo que se ponía en la cabeza para dormir’) recuerda el que solían llevar los moriscos del campo, Sancho confunde al cuadrillero con un encantado moro. º volver
  • (14) ‘por casualidad’ (I, 2, 53, n. 79); la frase adquiere un sentido jocoso cuando se la reinterpreta literalmente. volver
  • (15) ‘por si se olvidó de algo’. volver
  • (16) Tratar a alguien de buen hombre se tenía por ofensivo; más bien criado: ‘con mejor educación’. º volver
  • (17) ‘si estuviera en vuestro lugar’. º volver

Notas críticas:

  • (I) 177.12 conmigo edd. comigo A SB [Pero cf. RM. volver
  • (II) 178.15 arrieros B+ gallegos A+ volver
  • (III) 178.20 a mí A+ om. B+ volver
  • (IV) 178.30 pesia A+ pese B+ volver

Notas complementarias:

  • (1) 177.1—parasismo: CC, con otros ejemplos. ¶ «Luscinda no había vuelto de su parasismo hasta otro día» (I, 28, 330). Cf. II, 60, 1123, n. 39. volver
  • (2) 177.3val de las estacas: CT, RM. Cf. el texto del romance en la Silva de Zaragoza (Silva segunda) y en la Rosa española de Timoneda. volver
  • (3) 177.4—CT, RM. volver
  • (4) 177.7—CT. volver
  • (5) 178.9—También en I, 13, 142 DQ omite, en el retrato de Dulcinea, las partes que a la vista humana encubrió la honestidad; intactas, sin embargo, no es sinónimo de en silencio. volver
  • (6) 178.10—Nepote, Cicero, p. 14: «Cum Lentulum, generum suum, exiguae staturae hominem, vidisset longo gladio accinctum, “Quis, inquit, generum meum ad gladium alligavit?”». Quevedo, Poesía varia, p. 345: «Érase un hombre a una nariz pegado». ¶ La frase de C. pasa a Larra y a Mesonero (Fernández Montesinos 1965:72); el esquema y los elementos, en el retrato de Salinas por Aleixandre [1968:1186]. volver
  • (7) 178.11—Sobre el encantado moro, Chevalier [1981:889-890] y Williamson [1984/91:149]; cf., por ejemplo, Contos populares, pp. 333-348 y passim. Recrea el tema Cunqueiro [1964]. volver
  • (8) 178.12—CT, RM. volver
  • (9) 179.13—Cf. Caro Baroja [1957], donde se reproducen los grabados de Weiditz. volver
  • (10) 179.16—buen hombre: cf. I, «Gandalín...», p. 28, v. 12. ¶ bien criado: Cf. I, 19, 202; II, 33, 904; 51, 1048, etc. RM. volver
  • (11) 179.17—RM. volver
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