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Clásicos hispánicos > Don Quijote > Edición. Primera parte > Capítulo IIII (1 de 3)
Don Quijote de la Mancha

Capítulo IIIII
De lo que le sucedió a nuestro caballeroII cuando
salió de la venta (1 de 3)

La del alba sería1 cuando don Quijote salió de la venta tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo2. Mas viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca de las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo3, especial la de los dineros y camisas4, determinó volver a su casa y acomodarse de todo5, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo6 que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería7. Con este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia8, con tanta gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo.

No había andado mucho cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba9, salían unas voces delicadas, como de persona que se quejaba; y apenas las hubo oído, cuando dijo:

—Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa que ha menester mi favor y ayuda.

Y, volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las voces salían10, y, a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad de quince años11, que era el que las voces daba, y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina12 muchos azotes un labrador de buen talle13, y cada azote le acompañaba con una reprehensión y consejo. Porque decía:

—La lengua queda y los ojos listos14.

Y el muchacho respondía:

—No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez, y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato15.

Y viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:

—Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede16; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza17 —que también tenía una lanza arrimada a la encina adonde estaba arrendadaIII la yegua—18, que yo os haré conocer ser de cobardes lo que estáis haciendo.

El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro19, túvose por muerto, y con buenas palabras respondió:

—Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada día me falta una; y porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable20, por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima que miente21.

—¿«Miente» delanteIV de mí, ruin villano22? —dijo don Quijote—. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. PagadleV luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo luego.

El labrador bajó la cabeza23 y, sin responder palabra, desató a su criado, al cual preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y tresVI reales24, y díjole al labrador que al momento los desembolsase, si no quería morir por ello. Respondió el medroso villano que para el paso en que estaba y juramento que había hecho25 —y aún no había jurado nada—, que no eran tantos, porque se le habían de descontar y recebir en cuenta26 tres pares de zapatos que le había dado, y un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo27.

Notas:

  • (1) ‘La hora del alba’; el antecedente es la palabra hora con que acaba el capítulo anterior. C. ensaya muy diversos procedimientos para crear la cohesión entre los capítulos (véase I, 6, 76, n. 1, y II, 73, 1210, n. 1). º volver
  • (2) El gozo de DQ es tal que, hiperbólicamente, se transmite al caballo, haciéndole estallar las cinchas, ‘correas con que se sujeta la silla’. º volver
  • (3) cerca de: ‘acerca de, sobre’ (I, 31, 362, n. 27). volver
  • (4) especial: ‘especialmente’. º volver
  • (5) acomodarse: ‘hacer provisión’. volver
  • (6) recebir: ‘contratar’; es la primera alusión a la figura de Sancho PanzaSancho Panza. volver
  • (7) Sancho no cumple ninguna de las condiciones para ser escudero de un caballero andante: no es hidalgo, es pobre y excesivamente viejo para recibir enseñanzas. Sin embargo, DQ le aleccionará varias veces sobre sus obligaciones como escudero y le aconsejará en II, 42 sobre asuntos de gobierno, propios de la nobleza. º volver
  • (8) ‘lugar en que alguien, animal u hombre, se encuentra a gusto, y al que se dirige o acoge después de un esfuerzo’; en el caso del caballo, la querencia natural es la cuadra. volver
  • (9) El bosque es un lugar tópico para las aventuras novelescas. º volver
  • (10) Situación frecuente en los libros de caballerías. º volver
  • (11) ‘de alrededor de quince años’. volver
  • (12) ‘cinturón de cuero’. Esta situación novelesca es quizá reminiscencia de los libros de caballerías. º volver
  • (13) ‘de buen aspecto, bien parecido’. volver
  • (14) ‘Hablar menos y vigilar mejor’; es el consejo y la reprehensión del labrador. volver
  • (15) ‘rebaño’; los zagales se comían los corderos y echaban la culpa al lobo, o decían que se habían perdido o desgraciado. º volver
  • (16) tomaros: ‘pelearos’ (I, 32, 372). º volver
  • (17) Se solía salir armado al campo o al camino, sobre todo con lanzaArmas blancas; DQ, al ver la lanzaArmas blancas y la yegua —que llama caballo—, impaciente por celebrar su primer combate, toma a Juan Haldudo por un caballero andante. º volver
  • (18) ‘atada con las riendas’.III, º volver
  • (19) ‘agitando la punta de la lanzaArmas blancas delante de su rostro’. volver
  • (20) ‘por tacaño’. volver
  • (21) Forma de juramento usada sobre todo por las mujeres, frente a «en Dios y en mi conciencia» que utilizaban los hombres. º volver
  • (22) El mentís (‘desmentir a uno’) era una grave afrenta para el que lo recibía, y una descortesía para el testigo, sobre todo si este había tomado el partido del ofendido. º volver
  • (23) ‘cedió, obedeció humillándose’. volver
  • (24) Probablemente no es errata, sino lapsus de C. por sesenta y tres.VI, º volver
  • (25) para: ‘por’, en fórmulas de juramento; paso es el trance de muerte en que cree hallarse. Es posible que haya aquí un recuerdo de Garcilaso: «Y por el paso en que me ves, te juro» (égloga II, v. 653). º volver
  • (26) ‘asentar en la partida de gastos’; normalmente los gastos médicos y la vestimenta de trabajo eran obligación del amo. volver
  • (27) La sangría era un procedimiento curativo que consistía en hacer una incisión en la vena para sacar el exceso de sangre (es decir, el humor) considerado como la causa de la enfermedad; junto con la purga, era uno de los métodos más utilizados en la medicina oficial de la época. º volver

Notas críticas:

  • (I) 62.4 IIII edd. IV SB volver
  • (II) 62.5 caballero edd. coballero A volver
  • (III) 63.23 arrendada B+ arrimada A+ [Comp. I, 35, 421 («arrendar su caballo a un árbol»), y Fernández Gómez (1962:92); la errata de A es tan comprensible como la inmediata corrección de B. volver
  • (IV) 64.5 «Miente» delante edd. «Miente», decís delante FL [FL sigue a A. Puigblanch (en RM). volver
  • (V) 64.7 pagadle A+ pagalde B+ [En B se procede análogamente en varios otros casos. Para los posibles usos de la forma en -ld- en el original del Q., cf. Flores (1985:91-92). volver
  • (VI) 64.12 setenta y tres edd. RQ MU sesenta y tres LO RAE SB FL [RQ ve aquí una equivocación intencionada de don Quijote, «que, naturalmente, favorece al menesteroso»; pero si lo fuera se entendería mal que no llevara comentario ninguno del autor ni suscitara la protesta de Haldudo. La razón más fuerte para conservar la lectura de A está en suponer que se trata no de un error, desde luego, sino de un lapsus de C., lapsus nada insólito (muchos lo cometemos reiteradamente) y tan poco ostensible, que ninguna de las edd. más antiguas parece haberlo corregido. volver

Notas complementarias:

  • (1) 62.1—CL opina que el epígrafe, insertado después de redactarse el texto, interrumpe y oscurece el sentido, como vuelve a ocurrir en I, 6; RM, AA, VG III:21-22, RQ. Cf. Rojas [1948:193], Willis [1953], Moreno Báez [1968:12] y Moner [1989a:73-81]. ¶ Para la distribución anómala entre los capítulos I, 3-4, y I, 5-6: Moner [1993a:694-698]b. volver
  • (2) 62.2—RM considera la afición de C. por las hipérboles como muestra de un presunto andalucismo; >A. Castro [1917:397-398], VG. Sobre la hipérbole en el Q., Hatzfeld [1927/72:195 ss.]. volver
  • (3) 62.4—CT, RM, MC. volver
  • (4) 62.7—Sobre los escuderos de los caballeros andantes, RQ, VG (con cita de R. Llull). volver
  • (5) 62.9—Ly [1988a]. volver
  • (6) 63.10—PE, CL. volver
  • (7) 63.12—RM. G. Anderson [1955:X-XIII] comenta como antecedente del episodio una aventura del Clarián de Landanís, I, 63, en la que el héroe libera a un escudero al que «desnudo en camisa colgado por los brazos de un árbol» el caballero Quinastor manda azotar. Cf. Apéndices, 2.4. volver
  • (8) 63.15—Coloquio de los perros, ff. 245v-246, ed. González de Amezúa y Mayo, pp. 299-300. volver
  • (9) 63.16—tomaros: RM. Cf. también II, 17, 762; 763; 764; etc. volver
  • (10) 63.17—CL, RM. volver
  • (11) 63.18—CL, CT. volver
  • (12) 64.21—RM; cf. Correas, Vocabulario, p. 619a. Sin embargo, la fórmula pudo quedar como rústica, puesto que la emplea Sancho en II, 32, 894, y 41, 965. La segunda fórmula aparece en II, 34, 918; 45, 994; etc. volver
  • (13) 64.22—CL, RM. volver
  • (14) 64.24—RQ, AA. volver
  • (15) 64.25—RM. volver
  • (16) 64.27—Reverte Coma [1992:41-42]. volver
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