Los Diálogos de Minsheu tuvieron una nueva edición inglesa en 1623, simple reimpresión de la primera.30 También en Inglaterra, ya en el siglo xviii la obra vuelve a aparecer como complemento a un diccionario y una gramática de nuevo cuño. El editor fue un prolífico hispanófilo, el capitán John Stevens, de origen irlandés, católico y jacobita, a quien se deben, además de varias traducciones de Quevedo, el padre Mariana y crónicas de Indias, una versión revisada del Quijote de Shelton y la primera compilación inglesa de obras picarescas españolas, que publicó con el título de The Spanish Libertines en 1707.31 Al final de su New Spanish and English Dictionary (Londres, 1706) Stevens incluye los «Spanish Dialogues that have been publishd», pero esta vez «put into proper English», lo que indica que la antigua traducción de Minsheu no le parecía ya satisfactoria. También el texto español sufrió cambios, con algunas abreviaciones menores, y se prescinde del quinto diálogo, el que se produce entre los tres pajes, curiosamente uno de los más atractivos para el lector actual. El último avatar editorial de la obra en tierras inglesas lo protagonizó un emigrado de España por las mismas razones que hicieron huir siglos antes a Cipriano de Valera y Antonio del Corro. En 1718 y 1719 aparecieron dos ediciones de unos Diálogos ingleses y españoles junto con proverbios y explicaciones gramaticales, debidas a don Félix Antonio de Alvarado, quien resume así su currículum en las portadas: «Natural de la ciudad de Sevilla, en España, mas tiempo ha naturalizado en este Reyno; Presbítero de la Iglesia Anglicana, y Capellán de los Honorables Señores Ingleses Mercaderes que comercian en España». En 1719 añade otro título: «Intérprete de la Liturgia inglesa en Español, o Castellano». Alvarado no recurrió a los textos de Minsheu o Stevens, sino a las ediciones hispano-francesas de Francisco Sobrino, de quien después nos ocuparemos. El resultado es que los primitivos siete diálogos, muy alterados, aumentan hasta quince, sumando los siete añadidos por Sobrino y otro de su propia cosecha, que titula: «Entre dos protestantes, el uno llamado Miguel y el otro Raphael, en que muestran sus razones porque ellos no quieren ser Papistas».32
Mayor fortuna aún que en Inglaterra alcanzó la difusión de los Diálogos de Minsheu en el continente, sobre todo en Francia y los Países Bajos. El tercer diálogo, el del convite, se incluyó en varias ediciones de la Grammaire espagnole, de César Oudin, a partir de 1606, y el mismo Oudin publicó poco después una edición completa bilingüe en la que por primera vez se dotó a la obra de un título en español: Diálogos muy apazibles, escritos en Lengua Española y traduzidos en Francés (París, 1608). La versión de Oudin, varias veces reimpresa (1611, 1622, 1650, 1663, 1665, 1675), añadió a partir de 1622 un octavo, y no muy afortunado, diálogo en el que Poligloto y Philoxeno disertan sobre un viaje a España con comentarios más bien triviales e insulsos. En cuanto a los textos heredados de Minsheu, Oudin se permitió pocas libertades y salvo alguna ligera modernización sus transcripciones del original español son fieles.33 Antoine Oudin, hermano de César, sí creyó conveniente purgar el texto en «plusieurs endroits» de «certaines saletez, qui ne pouvoient estre bien seantes que dans la bouche de personnes de tres basse condition», en las ediciones de 1650 y 1665. Según Foulché-Delbosc, este incipiente proceso de «bowdlerización» no fue muy intenso, y los «plusieurs endroits» no son más de seis o siete. A eso y la supresión de dos cuentecillos en los últimos diálogos, además de atribuir abusivamente a su hermano la autoría de toda la obra, se limitó la labor del joven Oudin. De César Oudin procede la adaptación hispano-italiana de Lorenzo Franciosini, impresa en Venecia en 1626, y reimpresa en Roma (1638), Ginebra (1648, 1686, 1687) y Venecia (1734).
Las versiones bilingües hispano-francesas de los Oudin encontraron pronto un competidor en Juan de Luna, que en 1619 publicó su propia edición de los Diálogos de Minsheu, añadiendo otros cinco de su propia autoría, muy distintos por su tono de los que reimprime, pero también muy animados y excelentes en su género. Luna al establecerse como maestro de lengua española en París creyó necesario marcar diferencias con su más ilustre y asentado predecesor. La Grammaire espagnole de César Oudin era la obra de referencia desde 1597 y su autor detentaba el cargo de «Secretaire interprete du Roy». Juan de Luna además de enfatizar su superior cualificación en tanto hablante nativo de la lengua que enseñaba, descalificó en términos absolutos a Oudin, mencionándolo por su nombre como paradigma de los «muchos ignorantes que han compuesto algunos librillos con título de Gramática».34 En cuanto a su edición de los Diálogos de Minsheu, ya vimos que Luna declaraba en 1619 haberlos publicado «corregidos y emendados», debido a lo muy «corrompidos» que se hallaban los textos en la edición de Londres (pues «he hallado más de quinientas faltas notables»), hasta el extremo de que el propio autor original no los habría reconocido «y pensara ser su autor algún vizcaíno». Es claro que circulando la edición francesa de César Oudin desde 1608, Luna la señalaba también como inservible, por afectarle las mismas corrupciones que a la original inglesa.
Luna empieza por distanciarse de la versión de Oudin desde el propio título español que da a la obra. Los Diálogos muy apacibles se convierten en Diálogos familiares... muy útiles y provechosos para los que quieren aprender la lengua Castellana. Por otra parte, introdujo, en efecto, abundantes modificaciones. Foulché-Delbosc negaba que el presunto rifacimento de Luna hubiera ido más allá de una simple «toilette» tipográfica y, a veces, ortográfica, por lo que Juan de Luna, aunque castellano, exageraría como andaluz: en la edición londinense no existen los quinientos errores que dice haber hallado Luna, y los que hay son simples erratas de imprenta, por lo que en realidad Luna se habría limitado a hacer una simple reimpresión.35 Un cotejo detenido, sin embargo, muestra que aunque Luna exageró los errores previos, y encareció excesivamente su propia intervención, sí realizó una labor editorial notable y profunda, lo que no quiere decir acertada.
Luna aplica una pauta de forma coherente y sistemática que consiste en abreviar el texto purgándolo de lo que le parece innecesario o expletivo. Por otra parte, moderniza el léxico y la sintaxis de acuerdo con criterios que más que con subsanar «faltas notables» tienen que ver con preferencias lingüísticas y estilísticas individuales, o «castellanistas», frente a lo que tiene todo el aspecto de ser un modelo de lengua meridional, andaluz. Sólo en muy escasa medida corrige erratas, o sencillamente construcciones anómalas pero posibles en el español del siglo xvi.
Como ejemplo del primer tipo de modificaciones, Luna elimina en al menos doscientos casos las fórmulas introductorias del diálogo en que un interlocutor se dirige o apela al otro. Estas marcas dialogales, como «Señor», «Vuestra merced», los nombres de los personajes, etc., para Luna no añaden nada al sentido del texto y prescinde de ellas:
Lo mismo sucede con otras palabras introductorias de la elocución propias de la lengua coloquial: «pues», «ahora», «bien», «sí», «sí, pero», «pero», «por cierto», «ansí», etc., que Luna suprime en multitud de casos:
Se suprimen con frecuencia pronombres personales, en formas plena o enclítica:
En las enumeraciones se eliminan conjunciones, tendiendo siempre al asíndeton, o se evita la repetición del verbo:
Ni las repeticiones de términos ni los dobletes léxicos o enumeración de términos equivalentes complacen tampoco a Luna:
En fin, no se desaprovecha ocasión de abreviar siempre que la expresión tendía en Minsheu a explayarse mínimamente:
Podrían añadirse muchos otros ejemplos en donde se evidencia que Luna modifica el original de Minsheu para abreviar y reducir la sintaxis a una verbalización más llana y simple, pero la muestra es suficiente. Es posible que con esa poda los diálogos pudieran cumplir mejor su función para la enseñanza de la lengua. En otro terreno, el resultado es que, sin duda, se gana en concisión; pero se pierde, y mucho, en el carácter coloquial y la naturalidad espontánea de unos textos que antes de nada pretendían ser diálogos, recreación fictiva de conversaciones vivas. Los elementos redundantes y expletivos, propios del lenguaje oral, que a Luna le molestan, contribuían decisivamente a la ilusión de hallarnos asistiendo a la transcripción de unos auténticos diálogos en donde hablan personajes vivos, y no gramáticos.
El afán de acortar puede a veces jugarle una mala pasada a Luna, y al lector. Así, en el cuentecillo del diálogo quinto sobre los dos caminantes sorprendidos por el oso, el compañero cobarde desampara al otro, que se finge muerto. Minsheu imprimía:
El oso llegó y le olió todo, las narices y la boca y los oídos y, pensando que estaba muerto, se fue de allí sin hacerle ningún daño.
Luna abrevia:
El oso llegó y le olió todo y, pensando que estaba muerto, se fue sin hacerle ningún daño.
Pero al suprimir el olisqueo que recorre narices, boca y oídos, pierde todo su sentido, y su gracia, el desenlace del cuento, basado en la respuesta a la pregunta del cobarde, intrigado por saber qué le había dicho el oso al oído a su compañero.
Otro tipo de modificaciones que practica Juan de Luna tiene como finalidad modernizar la lengua de los Diálogos de Minsheu, que consideraba envejecida en su fonética, léxico o sintaxis; o bien manifiesta simplemente unos distintos y más rígidos criterios sobre la «corrección» idiomática. Esos criterios no siempre coincidirían con los actuales, y las sustituciones de Luna no implican en modo alguno que el texto de Minsheu sea incorrecto siempre que Luna introduce cambios. Luna se atiene a una idea generalizada en la época según la cual el castellano hablado en Toledo, su propia ciudad natal, ostentaba una particular excelencia frente a otras modalidades del español (y nótese que también el autor de los Diálogos de Minsheu reconocía a Toledo «la prima de la lengua española»). Luna se consideraba, en consecuencia, legitimado para modificar todo lo que disonase de su ideal lingüístico. Un maestro de lenguas en el siglo xvii tenía necesariamente que partir de una norma única, y ello se traduce en simplificaciones, o en exclusiones de posibles normas alternativas, que hoy no podrían ver con buenos ojos el dialectólogo o el historiador de la lengua.
Luna, claro está, corrige los abundantes casos de confusiones de sibilantes («ceceos»: ganzos, ocación, celozos, preçidio, neçeçidad, aconcejaba, iglezia, manza, beza [por «besa»], guizado, viçitar, camuezas, dioces, converçaçión, Zalamanca; o «seseos»: sincha, reconosimiento, reconosco, guarnesiessen, vense [por «vence»], meresca, obedesco, dies y seis, torresnos, basa [por «baza»], etc.), que denotarían claramente un origen andaluz del autor, si pudiera darse al dato todo su valor.
Tampoco acepta vacilaciones en el timbre de las vocales átonas, y opta por las soluciones modernas: frente a las formas invidia, invidioso, inviar, disierto, semijante, serviendo, mormurar, etc., ampliamente utilizadas todavía muy avanzado el siglo xvii, Luna imprime envidia, envidioso, enviar, desierto, etc. Opta también por las formas modernas ahora, así, entonces, cuchara, vio, vendrán, etc., frente a los arcaicos agora, ansí, estonces, cuchar, vido, vernán, etc., de Minsheu. En algún caso, sin embargo, la solución de Luna no coincide con la norma posteriomente aceptada, como cuando corrige los cerceganillo y cebratana de Minsheu por zarzaganillo y zarabatana.
En las sustituciones léxicas no es siempre evidente que la sustitución del arcaísmo sea la única razón, aunque sea el criterio dominante:
Luna altera muchas veces el régimen preposicional de los verbos, sin que por ello pueda decirse que las formas sustituidas de Minsheu respondan a usos inaceptables en el español de su época o, incluso, actual:
Lo mismo sucede en otros usos preposicionales, de los artículos y adverbiales:
O en alteraciones de los tiempos verbales, donde lo habitual es que tan aceptable nos parezca la opción de Minsheu como la de Luna:
En contadas ocasiones, sin embargo, Luna sí corrige erratas o pasajes de concordancia cuando menos anómala:
En el caso de expresiones proverbiales, Luna a veces muestra conocer variantes a las que da preferencia sobre el texto de Minsheu:
La lógica sustitución de pasajes que hacían referencia explícita al contexto inglés en la primera edición se produce en algunos casos:
Frente a todos los cambios vistos, que tienen siempre alguna posible justificación como corrección o adaptación lingüística, abundan los que parecen producto de una simple voluntad de variatio:
Y un largo etcétera. En suma, no existían en el texto de Minsheu las «más de quinientas faltas notables» que fuera preciso enmendar, pero Juan de Luna sí hizo más de quinientos cambios, sin que por ello podamos preferir su versión a la original.36
Aparentemente, la versión de Luna fue reimpresa sólo una vez en fecha antigua (París, 1621), y otra combinada con el texto de Oudin (Bruselas, 1625), pero su difusión hubo de ser mayor si se tiene en cuenta que la edición primera de 1619 debe desglosarse en, al menos, otras dos tiradas más.37 Ya en tiempos modernos la obra de Luna fue objeto de una cuidada reimpresión, casi paleográfica, por parte del entusiasta paremiólogo y cervantista José María Sbarbi.38
La última utilización de los Pleasant and Delightfull Dialogues como libro de texto para la enseñanza del español la protagoniza, ya en el siglo xviii, Francisco Sobrino, publicista de amplia difusión y pocos escrúpulos editoriales. Sobrino ejercía como «Maestro de la lengua Española en la Corte de Bruselas», y después de haber impreso una Gramática (Bruselas, 1697) y un Diccionario español-francés (Bruselas, 1705), «Qui ont été aprouvez par le prompt debit qui en été fait», declara que «plusieurs personnes mont prié de travailler à un Dialogue, afin davoir les trois Livres necessaires pour bien aprendre la langue Espagnole». Dado que, según Sobrino, los libros que existían de diálogos en español y francés no eran satisfactorios, decidió «componer» uno nuevo, que imprimió en 1708 y que alcanzó siete ediciones en el siglo xviii, todas de Bruselas excepto la última (Avignon, 1778). Los Dialogues nouveaux Espagnols, expliquez en François de Sobrino no son enteramente nuevos, puesto que siete de los catorce diálogos son adaptación de los de Minsheu, y otro (el décimo) reproduce con alteraciones el de César Oudin. Respecto a los que toma de Minsheu, Sobrino no se los apropia sólo por ocultar su procedencia, sino por la libérrima forma en que los refunde y altera, añadiendo pasajes extensos, suprimiendo otros, y reformulando a fondo toda la fraseología.39 Sobrino, por otra parte acostumbra interrumpir el diálogo para incluir aclaraciones léxicas o gramaticales, que da a veces en la forma de paradigmas de frase. Véase un ejemplo de su diálogo noveno (el séptimo de Minsheu):
CABO: Esso es hazer la cuenta sin la huéspeda. Y quiçá irá usted por lana y bolverá tresquilado, porque a donde las dan, las toman.
Ir por lana, y bolver tresquilado. Aller querir de la laine, & revenir tondu. Les François disent le chien de brusquette alla au bois pour manger le loup, & le loup le mangea.CABO: Plegue a Dios que quando llegue la ocasión, no coja las de Villadiego.
Coger las de Villadiego, senfuir, gagner aux piés, montrer les talons.
Cogió las de Villadiego, il sest enfui, il a gagné aux piés, il a montré les talons.
Cogerá las de Villadiego, il senfuira, il gagnera aux piés, il montrera les talons.SOLDADO: No soy menor de edad, para aver menester de curador. Señor Cabo de esquadra, yo sabré bolver por mí.
Bolver por sí, Se défendre.
Buelva usted por sí, Défendés-vous.
Bolver por alguno, Défendre quelquun.
Nadie bolverá por ella, Personne ne la défendra.
Nadie bolverá por él, Personne ne le défendra.
Yo bolveré por usted, Je vous défendrai.
Buelva usted por mí, Défendés-moi, prenés mon fait.
Sus amigos bolverán por él, Ses amis le défendront, ses amis prendront son fait & cause.
El método no deja de tener interés, por más que destruya la posibilidad de una lectura trabada y coherente de los diálogos.
En cuanto a los seis diálogos «propios» de Sobrino, si es que se le pueden atribuir los que no tienen precedente conocido, varios de ellos son más bien simples «lecciones de cosas»: un español y un flamenco exponen por turno la variedad y nomenclatura de los juegos de naipes y el sistema monetario de sus respectivos países (diálogo cuarto); Colón y Drake describen el nuevo mundo con especial atención a los virreinatos de Perú y México (diálogo duodécimo); los filósofos Daniel y Gabriel enumeran las estrellas, constelaciones, meteoros, etc. (diálogo décimocuarto). El diálogo decimotercero entre Arrio y Mahoma es poco más que un pretexto para ensartar insultos antiislámicos a propósito de los turcos. De mayor interés es el que mantienen Hernán Cortés y Moctezuma (diálogo onceno), al menos por la posibilidad que se da al americano, en términos de cierta igualdad, de cuestionar la presunta superioridad del conquistador europeo. Como piedra de toque para aquilatar el abismo que separa los diálogos de Minsheu de los de Sobrino es ilustrativo el sexto del maestro de lenguas de Bruselas. El diálogo de Sobrino, «Sobre un pleito entre un mozo de mulas y una ventera», quiere ser continuación del cuarto de Minsheu, especialmente bien logrado e ingenioso, «Entre dos amigos llamados el uno Mora, el otro Aguilar y un mozo de mulas y una ventera». Se supone que después de que los dos viajeros y el mozo Pedro, muy justamente rotulado de «Urdemalas», han abandonado una venta en la que hemos asistido a una desaforada lid verbal de pullas entre el mozo y la ventera, deben regresar a ella por haber olvidado en la caballeriza las alforjas donde guardan el dinero. La ventera niega haber encontrado las alforjas, y le ponen pleito hasta que aparezcan. Entran en escena un alcalde, un procurador, abogados, un alguacil, jueces, y la acción se dilata varios días, con transcripción de autos, requerimientos y sentencia. En otras manos, la historieta podría haber servido de tema a un buen entremés; en las de Sobrino, y a pesar de que los caracteres básicos le venían ya dados, el resultado es un centón de tópicos, repetitivo y sin gracia, en el que se desvanece la propia idea de lo que es un diálogo.
Para concluir, a lo largo de casi dos siglos la obrita que sacó a luz John Minsheu en 1599 reveló su notable virtualidad, y versatilidad, para adaptarse a contextos muy diversos. Los Pleasant and Delightfull Dialogues in Spanish and English fueron la mediación decisiva para que se imprimiesen obras muy distintas a la original, pero que mantenían la misma finalidad: convertir en una actividad agradable la enseñanza y el aprendizaje del español como lengua extranjera en Europa.
Notas:
(34) En el mismo texto:
[...] La inorancia de los unos y de los otros les sirve de escusa, entre quienes se puede contar un Cesar Oudin [la cursiva es de Luna] Francés, que haviendo hecho una Gramática larguíssima y prolixa, en lo más necesario ha pasado sobre peine poniendo ocho, o diez verbos irregulares (a la ventura, sin saber si lo eran o no) con tanta confusión y obscuridad que los que en ella se engolfan se sumen en un abismo y se meten en un laberinto.
(Juan de Luna, Arte breve y conpendiossa para aprender a leer, escrevir, pronunciar y hablar la Lengua Española [Londres: Iuan Guillermo, 1623], «Advertencia necessaria à los lectores», s. p.).
El Arte breve de Luna se había publicado antes en París, 1616, si no antes, y reeditado sin que el autor se permitiera en las ediciones francesas esa andanada contra su predecesor. Sobre la complicada historia editorial del Arte breve, y otros aspectos de la obra de Luna como gramático, cf. H. Simon y J.-M. Pelorson, «Une mise au point sur l’Arte breve... de Juan de Luna», en Bulletin Hispanique, LXXI (1969), págs. 218-230; J.-M. Pelorson, «Un document inédit sur Juan de Luna (14 juin 1616)», en BHi, LXXI (1969), págs. 577-578; S. Collet Sedola, «Juan de Luna et la première édition de l’Arte breve», en BHi, LXXIX (1977), págs. 147-154; A. Berthelot, «A vueltas con Juan de Luna (y César Oudin)», en BHi, LXXXVI (1984), núms. 3-4; Judith S. Merrill, «Juan de Luna: Renaissance Pedagogue par excellence», en Language Quarterly, XXI (1982), núms. 1-2, págs. 51-52; E. C. Hills, «Una Gramática del Siglo de Oro [Juan de Luna, 1623]», en Hispania, I (1918), págs. 98-99; J. M. Lope Blanch, «Las gramáticas de Juan de Luna y de Jerónimo de Texeda», en Nueva Revista de Filología Hispánica, XXVI (1977), págs. 96-98.