No es, ciertamente, la autoría de Antonio del Corro la única posibilidad. Gustav Ungerer, excelente conocedor de las relaciones histórico-culturales entre españoles e ingleses en la época isabelina, avanzó ya en 1956 la hipótesis de que el autor del original español de los Pleasant and Delightfull Dialogues era, «probably», un Alonso de Baeza que residía en Inglaterra cuando se imprimió la obra,21 y la hipótesis de Ungerer es aceptada por los estudiosos españoles que en fecha moderna se han ocupado de los Diálogos.22 La probabilidad se basaría en la dedicatoria a sir Edward Hoby que Minsheu antepone a la edición. Hoby era un cortesano culto e influyente que se interesó por la lengua española después de participar en el exitoso ataque a Cádiz dirigido por el conde de Essex en 1596.23 Hoby tradujo, siguiendo la boga del acentuado interés de los ingleses de la década de 1590 por la tratadística militar española, el por entonces recientemente publicado libro de don Bernardino de Mendoza, Theorica y practica de guerra (Madrid, 1595; y Amberes, 1596). Mendoza, antiguo soldado de la escuela del duque de Alba en Flandes, había sido embajador de Felipe II en Londres desde 1578 a 1584, y se le consideró siempre el alma de todas las conspiraciones de los ingleses católicos contra Isabel I, que finalmente lo declaró persona non grata y le hizo abandonar el país en el plazo de dos horas. El libro del antiguo enemigo suscitó especial interés; Hoby se apresuró a emprender la versión inglesa, al mismo tiempo que comenzaba «a estudiar la Lengua Castellana», y en 1597 se imprimía la Theorique and Practise of Warre, «out of Castillian». Hoby confiesa que para la traducción recurrió, como antes Percyvall, a la ayuda de prisioneros de guerra españoles a quienes menciona por su nombre:
Siendo ayudado con la diligencia y discrecion de Don Payo Patino, Arcediano de Cádiz, hombre muy honrrado, que posaua comigo en la Capitana, y después en la compañía de Alonso de Baeça, Tesorero de los Almojarifazgos del Rey, el qual he tenido en mi casa para este efecto: Ambos de los Rehenes del Cativerio Español.24
Ahora bien, si Hoby ejerció como mecenas y costeó dos años después la edición de los Diálogos de Minsheu, la conclusión de Ungerer es que el propio Alonso de Baeza habría sido el autor de los Diálogos, traducidos después al inglés por Minsheu.
La hipótesis es muy endeble, a mi entender, y la probabilidad mínima o inexistente. Ungerer malinterpreta unos párrafos de la dedicatoria de Minsheu a Hoby, que serían el único apoyo real a su hipótesis:
Dios sabe si yo quisiera dedicarle toda la obra entera y no partida en parte, pues, cuando no hubiera las razones dichas para hacerlo, bastaba el agradecimiento y benevolencia que vuestra merced mostró al que primero emprendió lo que he yo ampliado y hecho más copioso. Pero helo dexado de hacer por dos razones a mi juicio: la una es la obligación precisa que tengo a las personas a quien va derigida, no solo de obediencia y amistad, sino también de ayuda, favor y socorro que me han dado para poder llegarla a su fin; y la otra razón es haberse comenzado, proseguido y acabado en su nombre y para que se aprovechen della en su ministerio.
Infiere de aquí Ungerer que la persona a quien Hoby había mostrado «agradecimiento y benevolencia» es quien le auxilió en la traducción del tratado de Mendoza, es decir Alonso de Baeza, y que el mismo Baeza es el que «primero emprendió lo que yo he ampliado y hecho más copioso». En realidad, Minsheu se está excusando por no dedicar a Hoby la obra entera, es decir el Diccionario, la Gramática y los Diálogos; Hoby merecería esa dedicatoria en solitario, aunque sólo fuera por la ayuda que prestó al que inició la labor de Minsheu, que no es otro que Percyvall, de quien ya vimos que Minsheu se declaraba continuador a todos los efectos, y de quien también Hoby se consideraba deudor.25 Pero Minsheu tenía compromisos de gratitud con otras personas que le ayudaron a elaborar e imprimir sus obras, y a ellas (y no a Hoby, según interpreta Ungerer) se refiere la última parte del párrafo de la dedicatoria.26
Súmese que Alonso de Baeza, a juzgar por lo poco que de él sabemos, sería un harto improbable candidato. Baeza fue cautivado en el ataque del conde de Essex a Cádiz en julio de 1596, es decir el mismo sobre el que ironizó Cervantes en un soneto célebre («Vimos en julio otra semana santa»), y no en el desastre de la Invencible, en 1588, como erróneamente se ha sostenido en trabajos recientes.27 Quiere decirse que hubiera sido muy escaso el margen de Baeza para adaptarse mínimamente a la realidad inglesa, incluyendo la visión de un buen conocedor de Inglaterra y una óptica amable hacia los ingleses, tal y como se transparenta en los Diálogos. Entre agosto de 1596 y fines de 1598, fecha en que hemos de dar ya por preparados los Diálogos para la imprenta, y habiendo estado ocupado hasta marzo de 1597 en colaborar con Hoby en la traducción del tratado militar de Mendoza, parece difícil que Baeza hubiera dispuesto de mucho ocio para redactar diálogos.
El hecho de que en el séptimo diálogo, dedicado a la vida militar, de Minsheu se mencione entre otros tratados bélicos el de Mendoza (cf., supra, nota núm. 20) es alegado, naturalmente, por Ungerer en favor de su hipótesis, como lo es el que un cuñado de Hoby, sir George Carey, donase a la Bodleian Library en 1600 un volumen que encuadernaba juntos cuatro tratados militares en español: el Tratado de Re Militari de Salazar (1590), el Discurso sobre la forma de reducir la Disciplina militar a mejor y antiguo estado de Sancho de Londoño (1589), el Espejo y Deceplina militar, de Francisco de Valdés (1589) y los Diálogos del Arte Militar de Bernardino de Escalante (1595). Ya vimos que la obra de Escalante y, probablemente, la de Salazar son citadas expresamente en el diálogo séptimo del libro de Minsheu, pero sabemos también que la ciencia militar española estuvo especialmente en boga en la Inglaterra de los años 1580 y 1590, y que su conocimiento era generalizado en una clase dirigente obsesionada con España desde el matrimonio de Felipe II con María Tudor y la posterior ruptura de hostilidades. Como simple ejemplo valga el que menciona el propio Ungerer: el discípulo y traductor de las Reglas Gramaticales de Antonio del Corro, John Thorius, anunció en 1589 la traducción de los tratados de Londoño y Valdés, y llegó a publicar el año siguiente la de Valdés.28
Pero volvamos a Alonso de Baeza. La experiencia inglesa de los rehenes de Cádiz en Londres fue, por otra parte, terrible y nada propicia para adquirir cualquier tipo de conocimiento de Inglaterra y los ingleses. Al no recibir el rescate de los 120.000 ducados que se le había prometido, Essex encerró a los rehenes en la Torre de Londres, donde permanecieron en condiciones infrahumanas, con algún simulacro de ahorcamiento público incluido, hasta 1603.29 Alonso de Baeza pudo librarse del triste destino de sus compañeros, y fue huésped de Hoby gracias a las dotes que como auxiliar de traductor vio en él el noble inglés, sin dejar por ello de ser un rehén cautivo. Pero poco tiene que ver el haber sido colaborador forzoso en la traducción al inglés de un tratado de técnica militar con la posibilidad de ser el autor de una obra original española, repleta de literatura, en el mejor sentido de la palabra, y en una prosa tan animada y vivaz como la que manifiesta quien escribió los Diálogos muy apacibles. Nada se opondría, en principio, a que un tesorero de los almojarifazgos reales se doblase en un buen escritor. Nada abona, sin embargo, que Alonso de Baeza pueda haber sido el desconocido autor a quien debemos esta pequeña perla de las letras hispánicas.
Notas: