Desde fecha antigua se ha dado por sentado que el autor de los Pleasant and Delightfull Dialogues era un español. Es más, algún erudito creyó necesario convertir a John Minsheu en «don Juan Minsheu», declarándolo español es de suponer que sólo sobre la base de que el autor de los diálogos tenía forzosamente que serlo. Además de erróneo, era innecesario hispanizar a Minsheu hasta ese extremo, una vez que se le descarta como autor del original español de los Diálogos. El propio Minsheu, que en los preliminares y dedicatorias de las otras obras, la Gramática y el Diccionario, enfatiza hasta la saciedad el esfuerzo que le costaron, imaginando juicios de detractores que se apresura a contrarrestar, y reivindica explícitamente su autoría en la considerable parte que le tocaba, pasa como sobre ascuas sobre tal cuestión al llegar la hora de imprimir los Diálogos. En la dedicatoria a sir Edward Hoby, y a cuenta de la anécdota de Apeles y el villano, Minsheu no pasa de lugares comunes para defender «esta mi obra» en términos generales; la ausencia de declaraciones explícitas a los Diálogos vale tanto como una confesión, y creo evidente que aquí sí es plenamente válida la imagen del Minsheu que «copia sin citar, más que a dos manos a cien pies».
Juan de Luna, otro español exiliado, por protestante, que ejerció como escritor y maestro de lengua española en Francia e Inglaterra, reimprimió en 1619 los diálogos acompañados de traducción francesa, y declara categóricamente que se trata de «unos diálogos hechos en Londres por un castellano».10 Luna escribía todavía en vida de Minsheu, y parece claro que tenía razones para saber lo que decía. Es transparente también su punzada contra el «aprovechador» inglés, a quien, además de despojarle de toda pretensión de autoría de los diálogos, responsabiliza de los errores que afean el texto: las faltas son tantas y tales que «si la buena fras[e] dellos no mostrase ser español el que los hizo, los hubiera desconocido y pensara ser su autor algún vizcaíno; mas esto no puede ser, porque el lenguaje y los muchos y buenos refranes muestran de quién son, y que si hay faltas se les han pegado de los que han querido ser maestros, antes de ser buenos discípulos, y corregir lo que no podían entender».11 En fin, es suficiente leer una vez los diálogos para tener el total convencimiento de que sólo pudieron salir de la pluma de alguien que dominaba como nativo su lengua, y que ese dominio del uso idiomático y literario del español es el correlato de una larga inmersión en la realidad histórica y social española del siglo xvi que estaba vedada al foráneo adulto. Los Joseph Conrad del siglo xx son la sola golondrina que no hace verano.
Descartado Minsheu, es lógico que al lector actual le asalte la curiosidad sobre quién pudo ser el autor que escribió en Inglaterra esta pequeña obra maestra de las letras españolas. Posiblemente no lo sepamos nunca, y tampoco la anonimia es cuestión fundamental que impida en modo alguno el disfrute de la obra. La búsqueda de nombres propios propuestos como autores de obras voluntaria o casualmente anónimas ha sido casi siempre un ejercicio estéril, subproducto de la peor historia literaria. Aun así, hoy nos sigue intrigando quién escribió el Lazarillo de Tormes, el Quijote de «Avellaneda», La estrella de Sevilla, o el Estebanillo González, y se supone que el editor o estudioso que se aproxima a estos libros de autoría disputada debe pronunciarse en alguna forma sobre quién pudo ser o quién no pudo ser el escondido escritor. Puestos a reincidir en este mal hábito, formularé con todas las cautelas de rigor una «modest proposal», que no es más que una simple prehipótesis.
Vaya por delante que el círculo de donde pudo salir el autor de los Pleasant and Delightfull Dialogues no es muy amplio. Son muy pocos los que reúnen las especiales condiciones que obligadamente han de concurrir en quien pueda proponerse como plausible autor de la obra: un español, de espíritu libre y crítico, con residencia de varios años en Inglaterra, buen conocedor de la tradición humanística de los coloquios como instrumento pedagógico, y con práctica en la enseñanza de la lengua española a ingleses. Cierto que desde Luis Vives en adelante existió en Inglaterra un pequeño racimo de españoles inquietos que cumplen varias o algunas de esas condiciones. Pero sólo hay uno, al que podamos poner nombre, que las cumpla todas, y que por su cronología vital se ajuste a las fechas posibles de composición de los Diálogos: Antonio del Corro. En Inglaterra residieron otros célebres compañeros de fuga del monasterio sevillano de frailes jerónimos: Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera. Valera, en especial, vivió entre Cambridge y Londres, como predicador y «Schoolmaster», prácticamente toda su vida posterior al exilio, desde 1559 a c. 1606. En imprentas de Londres publicó toda su obra, desde los Dos tratados (1588) a sus traducciones del Nuevo Testamento (1596), de las Instituciones de Calvino (1596), y del Católico reformado de W. Perkins (1599), o el Catecismo calvinista (1596) y el Aviso contra los jubileos romanos (1600). Casiodoro de Reina también tuvo una decisiva experiencia inglesa, entre 1559 y 1564, y parece que regresó por algún tiempo en 1579, pero, en cualquier caso, desde Amberes o Fráncfort mantuvo relación con sus correligionarios españoles de Inglaterra hasta su muerte, en 1594. Reina fundó en 1560, una congregación para los españoles reformados de Londres, lo que indica que su número no era tan exiguo,12 pero ni de Valera ni de Reina, ni de ningún otro, sabemos que hubieran tenido actividad como maestros de lenguas o se hubieran ocupado de gramática española.
Como ya indicábamos al principio, a Antonio del Corro se deben las Reglas gramaticales para aprender la lengua Española y Francesa, impresas en Oxford en 1586,13 obra que inaugura la serie de gramáticas españolas publicadas en Inglaterra. En traducción inglesa se publica en 1590 en Londres, donde entonces vivía y murió Corro, una nueva edición, la Spanish Grammer, debida a John Thorie, que había coincidido con Corro en la Christ Church de Oxford en 1586. La indudable amistad de Corro con Thorie, luego traductor de varios libros españoles, es responsable de esta edición adicionada, en la que la autoría y lengua original quedan explícitas en la portada: «Made in Spanish by M. Anthonie de Corro».
De Antonio del Corro, en tanto heterodoxo y destacado protestante español, se han ocupado ampliamente los estudiosos del luteranismo y calvinismo en España, desde los clásicos Wiffen, Boehmer, Usoz y Menéndez Pelayo, hasta los más recientes: P. Hauben, A. Gordon Kinder, J. C. Nieto, etc.14 Baste recordar aquí que Corro profesó en un convento de monjes jerónimos, que resultó ser el más activo foco del protestantismo español; a sus treinta años huyó de Sevilla, en 1557, para no regresar nunca más a España. Tras visitar a Calvino en Ginebra, inició una larga y conflictiva carrera como predicador de las Iglesias reformadas en Francia y Flandes. Los calvinistas ortodoxos lo consideraron sospechoso de ser seguidor de las doctrinas vitandas de Servet, y Corro se refugió en Inglaterra, donde, además de colegial y docente en Oxford, terminó finalmente como miembro de la confesión anglicana. Fue prolífico autor de obras teológicas publicadas en latín y francés, y también de una célebre carta a Felipe II en la que defendía la pura y simple libertad de conciencia. En suma, un esprit fort, acusado de ambicioso por sus correligionarios, que no dejó indiferente a nadie, incapaz de vivir sin controversia, a la par que irenista convencido, y que no estaba dispuesto a renunciar a leer los libros prohibidos por unos u otros ni a ceder en nada que afectara a su libre examen individual.
En cuanto lingüista, Corro es un gramático y maestro de lenguas circunstancial. Ya se ha indicado que su primera obra fue compuesta a raíz de su breve etapa como profesor de español de Enrique de Borbón, hacia 1559-1560, al mismo tiempo que él aprendía francés, y que sólo varios años después recicló sus notas personales en la forma de las Reglas gramaticales de 1586.
Si creemos plausible postular a Antonio del Corro como autor de los Diálogos que corren a nombre de Minsheu, ya quedan apuntados algunos indicios, que ahora recapitulo y amplío. Corro murió en Londres en marzo de 1591, es decir, ocho años antes de que Minsheu publicase los Pleasant and Delightfull Dialogues. Sin embargo, ya se ha visto que al anglicano español no le quemaban los inéditos; si no se preocupó de publicar sus Reglas hasta hacerlo veinticinco años después a ruegos de amigos, nada impide pensar que hubiera escrito, precisamente a raíz de la edición de esa antigua obra, otras obras destinadas a la enseñanza del español que hubieran permanecido sin publicarse. Es más, en la dedicatoria de su libro Corro declara haber escrito una obra de esa índole, y precisamente unos diálogos que no vieron la luz:
Quise juntar con estos preceptos gramaticales, ciertos diálogos, en que los lectores visoños exercitassen la lición Española; mas la negligentia de los obreros, impidió mi deseño.
Recuérdese que las Reglas fueron el primer libro español original impreso en Inglaterra, y que la edición surgió del reto tipográfico del impresor Joseph Barnes de Oxford:
Un nuevo imprimidor deliberó tentar si sus obreros sabrían imprimir algo en lengua Castellana, y para con menor peligro hazer la prueva me saccaron sus amigos de las manos ciertas reglas de lengua Española y Francesa, que casi treynta años passados recogí, quando yo aprendía a hablar Francés, y enseñaba el lenguage Español al Rey Don Henrique de Navarra.
Ignoramos la razón de las negligencias de los operarios de Barnes, o las dificultades que encontraron para imprimir los diálogos de Corro. Éste, en cualquier caso, no se resignó a que el libro saliese sin muestras de «lección española» de textos dialogados, e imprimió al final la nueva edición de una obra valorada hoy como dechado de lo más insigne de la prosa española del siglo xvi: el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, o de Lactancio y el Arcediano, de Alfonso de Valdés. Esa edición, quinta aparición española del diálogo de Alfonso de Valdés y única antigua en que la obra se imprime suelta, contiene alteraciones de importancia que fueron valoradas muy positivamente por Usoz, quien se basó en el texto preparado por Corro para su reimpresión.15 Las alteraciones van en la línea de convertir la obra en un texto por entero protestante. Menéndez Pelayo, que desconocía la intervención de Corro como editor, detectó acertadamente que éste tenía que ser «algún calvinista español refugiado», y que las variantes que se introducen «extreman la heterodoxia y aun dan al Diálogo cierto sabor hugonote». Tampoco los editores y estudiosos modernos del Diálogo de las cosas acaecidas en Roma advierten el papel de Antonio del Corro como responsable de la edición de 1586. La dificultad para identificar a Corro como editor reside en que el Diálogo se imprimió con portada y paginación aparte, y que en algunos ejemplares aparece París como el lugar donde se realizó la impresión. Sin embargo, no hay dudas de que el libro fue impreso en Oxford «por los mismos obreros que las Reglas».16
Al margen de que el diálogo de Valdés, por su carácter netamente antipapal y antirromano, fuera una obra grata para Corro, igual que para otros protestantes italianos e ingleses que tradujeron la obra, no deja de ser un indicio su elección como complemento de una gramática. La afición al género dialógico como instrumento didáctico en la enseñanza de lenguas es una seña de identidad, que vincula a Corro con una cultura específica de la Europa del Norte, erasmista o protestante, muy ajena a la tradición pedagógica del Humanismo italiano.17 Corro utilizó también el diálogo en alguna de sus obras teológicas latinas. De resultas de unas predicaciones en Londres sobre la Epístola de San Pablo a los Romanos, publicó en 1574 un Dialogus theologicus, con San Pablo y un romano que le visita en la prisión como interlocutores. Pero Corro había ya compuesto, en 1569 y en su propia lengua, un Diálogo español sobre esta misma epístola. Es, pues, evidente la antigua y perdurable afición al género dialógico del autor de las Reglas gramaticales. Los «ciertos diálogos, en que los lectores visoños exercitassen la lición Española», escritos por Corro y que los tipógrafos oxonienses no fueron capaces de imprimir,18 pueden ser muy bien los que el avispado Minsheu, probado y ávido adaptador de textos ajenos, publicó en 1599. Es muy cierto que el muy distinto carácter del resto de la obra de Antonio del Corro no parece abonar la hipótesis. Pero al igual que en el otro Valdés, el del Diálogo de la lengua, no tiene por qué haber colusión de intereses ni de doctrinas cuando de la teología se pasa a la gramática. Se trata aquí de registros muy diferentes, pero que no resultaban incompatibles para hombres de la versatilidad que supieron mostrar Juan de Valdés y Antonio del Corro. En la escasa obra «literaria» escrita en español por Corro que hoy conocemos es, en cualquier caso, manifiesto su buen estilo y buen gusto lingüístico. En la célebre carta escrita desde Aquitania a su amigo Casiodoro de Reina en 1563 hallamos expresiones idiomáticas fácilmente emparentables con las de los Diálogos de 1599: «Pero pues Dios lo ha querido así, que yo no pueda andar más de priessa que al passo de buey (como dizen) y aun atado al yugo con coyundas y lazos...»; «Porque, cierto, ya estoy fastidiado de Hebraísmos y Helenismos, y los luengos Commentarios no me dan gusto ni sabor alguno».19 Lo mismo sucede en la sabrosa dedicatoria a Horacio Palavicino que encabeza las Reglas gramaticales.
La lengua española y su enseñanza fueron para Corro, además de un modus vivendi, la más que probable querencia de un trasterrado, y, también como Valdés, Corro supo separar su doctrinarismo religioso de las aficiones filológicas. Nada hay en las Reglas de Corro que delate de forma expresa al activista protestante, ni siquiera al aludir en la dedicatoria a sus peripecias de perseguido. Por lo mismo no deberá sorprender en los Pleasant and Delightfull Dialogues si en efecto son obra de Antonio del Corro, la ausencia de marcas explícitas de heterodoxia religiosa, como sería igualmente inútil buscarlas en el Diálogo de la lengua de Valdés. Pero insistamos: la «modest proposal» de autoría de los Dialogues aquí apuntada no tiene más trascendencia que la de satisfacer idealmente nuestra curiosidad sobre la persona a quien debemos esta obra, y el medio humano en que se insertaba. Fue, sin duda, alguien muy próximo a Antonio del Corro; quizás el propio Corro, aunque haya más de una dificultad para asegurarlo.20
Hasta aquí la simple propuesta de prehipótesis. Convertirla en hipótesis, o descartarla, habrá de quedar para otra ocasión, o para mejor y más autorizado introductor. En cualquier caso, creo que la lectura de estos Diálogos puede beneficiarse en algo, o en mucho, si al trasluz de estas conversaciones familiares vislumbramos la sombra de un español de espíritu libre. Alguien que, como Antonio del Corro, acabó abominando tanto de los guardianes de la ortodoxia de Calvino como de los inquisidores españoles, para proclamar algo tan simple, y tan difícil, como la tolerancia y concordia universal. Al dedicar sus Reglas al patricio genovés Horacio Palavicino, otro «peregrino» o desterrado por su disidencia religiosa, Corro hace una apología de la condición del desterrado, pues ve en ella la ocasión de hacerse ciudadano del mundo, siempre que el destierro sirva para ampliar el horizonte mental, y siempre que vaya acompañado del «don de lenguas»:
Vuestra Merced se acuerde en esta su peregrinación de los provechos dulcíssimos que se deven y aun suelen sacar de semejantes ocasiones: uno de los quales es el conocer a todo este orbe habitable por su ciudad, y a los moradores de él por sus vezinos y amigos. Apocado sería el ingenio que se arrinconasse y de tal suerte se arraigasse a un césped de tierra, que, viéndose fuera de aquel barrio donde nació, todo el resto del orbe le pareciesse tierra estraña e inhabitable.
Quánto más generoso ánimo mostró aquel gran philósopho Sócrates que, preguntado de qué tierra era, respondió seer ciudadano del mundi universo, pareciéndole que la República de Atenas (aunque muy ampla y celebrada) no era digna de tener atado a un rincón de casa ánimo tan sublime y menospeciador de las cosas terrenas. De lo dicho se sigue el otro punto (que parece en nuestros tiempos algo más difícil), y es el travar y conservar tal amistad con las otras naciones que en nuestra conversación mostremos tenerlos a todos por vecinos de una misma ciudad, que es el orbe habitable, por súbditos de un mismo Monarca, que es Dios, y por hermanos de una misma herencia (para que somos criados, que es la felicidad eterna). Para semejantes deseños y desseos de paz, unidad y concordia con el género humano, sirve mucho el don de lenguas.
Notas: