Jesús Antonio Cid
¿Quién pudo jamás tener amistad con hombres de diversas naciones, con su sola lengua maternal?
¿Quién jamás hizo buen menaje con sola una lengua ignorando las otras?
¿Quién jamás gobernó bien la república con sola su lengua?
(Francisco de Villalobos, Dictionarium Quatuor linguarum, Teutonicae, Gallicae, Latinae & Hispanicae, Louvain, 1566)
Al día siguiente de su victoria sobre la Armada de Felipe II, Inglaterra se puso a aprender español. «Consciente del poder y la riqueza de España, se dispone a conocer a su rival y a estudiar su idioma para combatirla o para comerciar con ella», porque «cum populo aurato collubet ergo loqui», y «cum populo Hispano quam cito posse loqui». Era, sí, necesario hablar con quienes detentaban las riquezas indianas; con quienes se habían impuesto en Flandes y, después de haber abatido a los franceses, amenazaban a Inglaterra. Y a los españoles había que hablarles, y cuanto antes, en su propia lengua.1
La década de 1590 abrió, en efecto, un período pródigo en la publicación de libros que facilitaron a los ingleses el aprendizaje de la lengua española. Como sucedió en otras partes de Europa, son disidentes de conciencia escapados de España o huéspedes involuntarios, en calidad de prisioneros de guerra, quienes más contribuyeron a satisfacer las primeras demandas y ejercieron como improvisados profesores de español.
Ya en 1586 habían aparecido en Oxford unas Reglas gramaticales para aprender la lengua Española y Francesa, escritas por Antonio del Corro, uno de los más célebres y atractivos protestantes españoles. En realidad, el antiguo fraile jerónimo de Sevilla se limitó a publicar a ruegos de amigos una obra que había compuesto casi treinta años antes, cuando enseñaba español al futuro rey Enrique IV de Francia en la corte calvinista de los Albret. Estas Reglas gramaticales hubieron de ser pronto reeditadas, en versión inglesa ampliada, con el título de The Spanish Grammer: with certaine Rules teaching both the Spanish and French Tongues, impresa en 1590 en Londres. Del año siguiente es la Bibliotheca Hispanica; The Spanish Grammar, del caballero Richard Percyvall, que marcó la pauta para toda la lingüística hispano-inglesa de varios siglos.
No era Percyvall un personaje vulgar. El otro gran Alonso de la Filología Hispánica trazó así su perfil vital:
Fue empleado en asuntos secretos de Estado, y, por cierto, a veces en su calidad de conocedor del español: él es quien en 1586 descifró papeles con las primeras referencias al proyecto español de la Armada, lo que le valió una buena prebenda. Fue luego nombrado Secretario de la Corte, se reconcilió con su padre [a raíz de un matrimonio no consentido por su familia, según una versión de su biografía, Percyvall salió de Inglaterra y estuvo en España durante cuatro años] y heredó grandes propiedades, que él agrandó después aún en mayor escala; tuvo un asiento en la Cámara en 1603-1604, intervino en las negociaciones diplomáticas con Irlanda y Escocia, y fue colonizador en Virginia; de él descienden los Condes de Egmont.2
Su Bibliotheca Hispanica consta de una gramática y un diccionario; la primera parte, sobre todo, ha sido valorada desde antiguo como una obra excepcional. Su «fina sensibilidad de fonético» le permitió describir acertadamente rasgos característicos de la fonología española, en forma que ha sido determinante para el estudio de los grandes cambios del sistema consonántico en lo que se ha llamado «revolución» de la pronunciación española de fines del siglo xvi. A la agudeza de sus observaciones no fue ajena la inesperada ayuda de dos hablantes nativos, cuya colaboración Percyvall supo valorar y reconocer. En la derrota de la Armada, en 1588, fueron capturados por sir Francis Drake dos oficiales, don Pedro de Valdés, capitán de la nao Nuestra Señora del Rosario y almirante de la escuadra de Andalucía, y don Vasco de Silva, segundo jefe de la armada de urcas, o buques de carga. Gracias a su amistad con Richard Drake, pariente próximo del almirante inglés, Percyvall tuvo acceso a ambos prisioneros y pudo disfrutar de su compañía y consejo para perfeccionar el diccionario («having by their helpe made it readie for the presse») y, es de suponer, también sus descripciones fonéticas y gramaticales.
Al margen de sus varios méritos, la obra de Percyvall nos interesa especialmente por haber sido el referente básico para la producción de John Minsheu, parte de la cual aquí reeditamos. Minsheu mantuvo relaciones de especial dependencia y, a lo que parece, de cordialidad con Percyvall. Sólo así se explica que Percyvall le autorizara a publicar en 1599, cuando se hallaba ya en la cumbre de su buena fortuna, una gramática y un vocabulario que son reelaboraciones de su propia obra.
Minsheu contaba con otro precedente que resultó ser esencial para su gran hallazgo: es decir, completar la gramática y el diccionario con la edición bilingüe de unas muestras amplias de textos de lengua viva dialogada. El «hallazgo» lo era sólo en términos muy relativos. Desde antes de Erasmo, el recurso a los diálogos era práctica habitual en Europa para la enseñanza de la lengua latina. Fueron, sin embargo, los Colloquia erasmianos, los que por su valor literario, ingenio, desenfado y enjundia de ideas popularizaron un modelo que, entre otros logros, alcanzó un notabilísimo éxito editorial y comercial. La extensión del uso de los diálogos en latín a la enseñanza de lenguas modernas era sólo cuestión de tiempo. Un maestro escolar de Amberes, Noël de Berlaimont, publicó antes de 1530 un Vocabulaire para aprender francés y flamenco mediante diálogos. La utilidad del libro se prueba no sólo por el largo centenar de ediciones que salieron durante un siglo y medio, sino por su capacidad para ser infinitamente variado y ampliado a otras lenguas, y admitir la agregación de nuevo material. Pronto hubo adaptaciones a cuatro, seis, siete y hasta ocho lenguas distintas, y el primitivo manual de 84 páginas llegó a engrosar hasta las 450 en las ediciones de ocho lenguas. El español fue una de las primeras en beneficiarse de la ampliación, y está presente al menos en sesenta de las setenta y cinco ediciones posteriores al modelo cuatrilingüe.3
La primera de las adaptaciones de la obra de Berlaimont que incluye versión española de los diálogos se publicó en Lovaina, en 1551, y según el editor, la traducción se debía a «deux hommes savants et en leur langue maternelle tres éloquents et bien parlants». En una nueva adaptación, de 1556, la traducción fue revisada por un Francisco Villalobos a quien con poco fundamento se ha querido a veces identificar con el célebre médico de Carlos V. Villalobos, además de mejorar la traducción, añadió un prólogo que incluye un encendido elogio del plurilingüismo. En esta nueva forma se difundió la versión española de los diálogos de Berlaimont hasta fines del siglo xvii, aunque el número de diálogos aumentó desde los tres primitivos hasta los siete que cuentan las ediciones que incluyen seis o más lenguas a partir de 1583.
En Inglaterra, el mismo año de 1591 en que salía la Bibliotheca Hispanica de Percyvall, se publicaba otra obra para la enseñanza de español en la que por primera vez en la isla se recurría a los diálogos como instrumento pedagógico. Se trata del libro de William Stepney, The Spanish Schoole-master containing seven Dialogues, according to every day in the weeke. Aunque la obra contenga también su parte gramatical y un diccionario, el propio título pone el énfasis en lo que era la mayor novedad: los diálogos. Stepney, en realidad, se limitó a adaptar las más recientes reelaboraciones del antiguo manual de Berlaimont. El texto de sus diálogos, acoplados, en efecto, y sin mayor justificación a cada día de la semana, sigue de cerca a los Colloquia, es decir, los derivados continentales multilingües de la década de 1580. Stepney altera el orden de los diálogos, cambia levemente el contexto flamenco de su modelo por otro más británico o sustituye alusiones históricas que habían quedado envejecidas por otras de mayor actualidad, y, sobre todo, amplifica sin medida y con poco acierto el texto recibido. Sólo en un caso, curiosamente el diálogo dedicado al domingo, que «nos enseña la plática más conveniente para usar cuando vamos a la iglesia», Stepney hace algo casi por completo nuevo, pero no bueno.4
No debió de ser mucha la aceptación del libro de Stepney, nunca reimpreso. Sus diálogos resultan sosos y planos, y tanto más cuanto más añade de su cosecha al modelo no confesado. Cierto que la verbalización por su simplicidad, a base de sólo dos interlocutores que dialogan muchas veces entrecortadamente, en frases muy breves, podía ser eficaz para los alumnos de español, pero, salvo en pasajes ocasionales (que coinciden con los que plagió más fielmente), ni por su mérito estilístico ni por la calidad de lengua, el texto raya a gran altura.
Notas:
(1) La formulación y las citas son de Dámaso Alonso, en un breve y pionero trabajo sobre los primeros gramáticos y lexicógrafos ingleses que se ocuparon del español, «Una distinción temprana de “B” y “D” fricativas», en Revista de Filología Española, XVIII (1931), págs. 15-23. Los versos latinos son el estribillo variable del poema laudatorio que Thomas Doyley, graduado en Oxford y autor de un proyectado Diccionario Español-Latín, dedicó a la Bibliotheca Hispanica de Richard Percyvall, a quien generosamente había cedido los materiales de su trabajo. Éstas son las estrofas del poema de «Thomas Doyleyus, medicinae doctor»:
Quas novus orbis opes, quas profert India fructus
Quas mare, quas tellus gemmas, aurique fodinas:
Has habet Hispania, Iasonis vellere dives.
Cum populo aurato collubet ergo loqui.
Expetit Hispanus Belgas evincere, regem
Gallorum per vim regno depellere, regnum
Diripere, Anglorum, quid non?, cupit esse Monarcha.
Cum rege hoc tanto collubet ergo loqui.
Cum quibus aut bellum cupimus, commercia, pacem,
Horum sermo placet: facilemque brevemque loquendi
Dat liber iste, dat Percyvallius author.
Cum populo Hispano quam cito posse loqui.
La traducción de estos versos, «ciertamente no muy inspirados», que debo a la amistad del profesor de la Universidad Complutense, don Félix Piñero, es la siguiente:
Aquellas que el Nuevo Mundo o la India riquezas producen / y cuantas piedras preciosas proceden del mar y la tierra y las minas de oro, / todas ellas las posee Hispania, rica en el vellocino de Jasón: / Con un tan áureo pueblo complace hablar.
Ansía el Hispano vencer a los belgas, y al rey de los galos / despojarle a la fuerza del reino, e incluso a los anglos desea, / ¿por qué no?, arrebatarles el reino. Su ambición es ser el Monarca: / Con tan inmenso rey complace hablar.
El habla nos gusta de aquellos con que ambicionamos / guerra, comercio o paz entablar, y este libro y su autor Percyvall / un fácil y conciso modo de conversar te ofrecen: / Con el Hispano pueblo muy pronto hablar podrás.
F. Piñero acompaña su versión de los siguientes comentarios:
Hice una primera versión muy literal y en la que ya aparece la poca fluidez de su sintaxis, y luego otra semipoética y semiacentual más cercana del espíritu del texto. Hay dos cosas que resultan raras: la coma detrás de diripere (v. 7) y, sobre todo, el facilemque brevemque que obliga a interpretar la expresión como una braquilogía un poco fuerte. Pero en el fondo todo es claro en el texto.