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Diálogo séptimo, entre un sargento y un cabo de escuadra y un soldado, en el cual se trata de las cosas pertenecientes a la milicia y de las calidades que debe tener un buen soldado, con muchos dichos graciosos y buenos cuentos

[p. 58]

Sargento.
¿Adónde camina, señor soldado?
Soldado.
¡Oh, señor sargento! Hacia la tabla, si vuestra merced no manda otra cosa.
Sargento.
¿Lleva muchos dineros que jugar?
Soldado.
Mi paga enterita, como la recebí; que no he osado gastar un real por no quitárselo a el juego.
Sargento.
Eso es de buenos cofrades: antes falte para el cuerpo que para el juego.
Soldado.
¿A qué feria puedo yo ir en que más gane, pues aventuro con cuatro ducados ganar cuatrocientos?
Sargento.
Y si el dado dice mal, allá van rocín y manzanas.
Soldado.
Señor: o rico pijado, o muerto descalabrado.
Sargento.
Esa es la cuenta de los perdidos.
Soldado.
¡Cuerpo de tal, señor! ¿Qué hijos o mujer tengo yo que mantener?
Sargento.
Sí, pero ¿no fuera mejor vestirse que jugar el dinero?
Soldado.
Yo he hecho mi cuenta y he menester camisas, jubón, sayo, calzones, medias y zapatos y sombrero, y en cuatro ducados no hay para todo; pues comprar uno nu-/evo [p. 59] y traer lo otro viejo no parece bien. Quiero jugar: quizá ganaré para comprarlo todo.
Sargento.
Y si los pierde, quedarse ha sin lo uno y lo otro.
Soldado.
Señor: preso por mil, preso por mil y quinientos, todo es estar preso. Diré estonces: «Desnudo nací y desnudo me hallo y desnudo moriré».
Sargento.
Dígame: ¿sabe cuándo entramos de guardia?
Soldado.
Esta noche le toca a la compañía.
Sargento.
¿Con qué armas sirve: con pica o arcabuz?
Soldado.
Con un mosquete de siete palmos.
Sargento.
Pues ¿cómo dice que no sacó más que cuatro ducados, tieniendo siete de paga?
Soldado.
Uno me descontaron de pólvora y cuerda los contadores, otro he dado a mi camarada para la despensa desta semana, y otro que se me quitó de los socorros.
Sargento.
Justa está la cuenta.
Soldado.
Es como la de el trillo: cada piedra en su agujero.
Sargento.
¿Cuántos son de camarada?
Soldado.
Tres, y conmigo cuatro.
Sargento.
Tantos pies tiene un gato.
Soldado.
Cinco con el rabo.
Sargento.
¿Tienen buen aloxamiento?
Soldado.
Tal sea la salud de el aposentador que nos le dio.
Sargento.
¡Cómo! ¿No es bueno?
Soldado.
Peor es que una zahúrda de lechones.
Sargento.
¿Tienen huéspeda hermosa?
Soldado.
¿Hermosa, señor sargento? Yo pienso que los diablos son serafines en su comparación.
Sargento.
¡Bueno es el encarecimiento! ¿Qué talle tiene?
Soldado.
Ella es más vieja que Metusalén, más arrugada que una pasa, más sucia que una mosca, más seca que un palo; diente y muela como por la mano; la boca, sumida como ojo de culo; los ojos, el uno tuerto y el otro que no se le sacaran con un garabato; finalmente, toda ella es un [p. 60] retrato de la invidia.
Sargento.
Esa tal será único remedio contra luxuria.
Soldado.
Pues es lo bueno que, con todas estas gracias, se afeita y repica.
Sargento.
¿Y vuestra merced no le hace el amor?
Soldado.
¿Amor? ¡Oh, que voto a tal no la acometa un tigre!
Sargento.
Ande, que para un lavadientes no será mala.
Soldado.
Más me los quiero traer sucios que no mal lavallos.
Sargento.
Mas yo creo que es como dicen: * «Quien dice mal de la yegua, ese la lleva».
Soldado.
¡Par diez!, no soy sino como la zorra, que cuando no pudo alcanzar las uvas, dijo: «Uvas de parra, ansí como así, no las había gana».
Sargento.
Aquí viene el cabo de escuadra. Veamos qué nuevas trae. ¿De dónde viene, señor cabo de escuadra?
Cabo.
De la bandera.
Sargento.
¿Queda allí el alférez?
Cabo.
No, señor; que está en casa de el capitán.
Soldado.
A el capitán y alférez dexo yo ahora en casa de el maestre de campo.
Sargento.
¿Qué nuevas hay por allá?
Cabo.
Nuevas ciertas, pocas; mentiras, infinitas.
Sargento.
¿Qué se dice ahora en el cuerpo de guardia?
Cabo.
Unos dicen que nos embarcaremos para correr la costa; otros, que quedaremos aquí de precidio; otros, que iremos a Irlanda. No hay quien lo entienda.
Sargento.
Todo eso es adivinar cada uno lo que desea o le está bien.
Cabo.
Como decía el otro capitán, los soldados son profetas de el diablo.
Sargento.
Y tenía razón, porque así como el diablo no sabe lo por venir sino que lo conjetura, así hacen ellos; y entre mil conjecturas [p. 61] que hacen, alguna han de acertar.
Cabo.
También se suena que el rey de España arma para venir contra Inglaterra.
Sargento.
Venga en hora buena si trae muchos dineros que dexarnos.
Soldado.
Yo con una cadena de oro que valga cien libras me contento.
Cabo.
Pues a fee que no las suelen vender muy baratas los españoles.
Soldado.
Y yo con una onza de plomo la pienso comprar.
Cabo.
Eso es hacer cuenta sin la huéspeda, y quizá iréis por lana y volveréis tresquilado; que a donde las dan, las toman.
Soldado.
Señor: si me mataren, tal día hizo un año también murió mi agüelo, ya está olvidado. A eso jugamos: hoy por mí, mañana por ti. No tengo hijos que dexar huérfanos, ni padre, ni madre, ni perro que me ladre: * muera Marta, y muera harta.
Cabo.
Plegue a Dios que, cuando llegue la ocación, no se calce unas calzas de Villadiego.
Sargento.
Señor: tan buenos hombres hay por los pies como por las manos.
Soldado.
Por ser mis oficiales vuestras mercedes me pueden decir eso; pero, si otro me lo dixera, matárame con él.
Cabo.
No decimos aquí que lo hará, pero podría acontecer.
Soldado.
También se podría caer el cielo, y nos cogería debaxo.
Sargento.
De manera que tanta dificultad hay en huir vuestra merced como en caerse el cielo.
Cabo.
El de la cama, dice este soldado.
Soldado.
No soy menor de edad que he menester curador. Señor cabo de escuadra: yo sabré responder por mí.
Cabo.
Siempre oí decir que una buena obra se paga con una mala.

[p. 62]

Soldado.
* ¿No sabe vuestra merced que está una higa en Roma para el que da consejo a quien no se le pide?
Sargento.
No se enoje, señor soldado, que se hará viejo antes de tiempo.
Soldado.
* No puede ya ser más negro el cuervo que sus alas.
Sargento.
Señor cabo de escuadra: vaya, dígale a el atambor que toque a recoger la guardia.
Cabo.
Yo voy. Aguárdeme aquí vuestra merced.
Soldado.
Señor sargento: déxeme ir a jugar un rato, antes que se meta la guardia.
Sargento.
¿Tanto le pesa ese dinero que tal priesa tiene por echarlo de sí?
Soldado.
Yo más querría doblallo.
Sargento.
* ¿No sabe cómo dice un refrán?: «Si quieres tener dineros, tenellos».
Soldado.
¿De qué sirve tener pocos? O Caesar, o nada.
Sargento.
Vaya con Dios, y párelo a buen punto.
Soldado.
Dios me libre de un azar.
Sargento.
* Y a mí de bellacos en cuadrilla y villanos en gavilla; de moza adivina y de vieja latina; de lodos a el caminar y de larga enfermedad; de párrafo de legista, de infra de canonista, de ecétera de escribano y de récipe de médico; de razón de diz que, pero y sino, y de sentencia de conque.
Cabo.
Ya toca la caja a recoger.
Sargento.
Vamos entre tanto a buscar a el sargento mayor, para que me dé el nombre.
Cabo.
Él estará en casa de el general.
Sargento.
Vamos allá, que todo es camino: es menester que esta noche haya muy buena guardia.
Cabo.
¿Por qué? ¿Hay alguna sospecha?
Sargento.
Hay nuevas de enemigos, y así es necesario doblar las postas, y reforzarlas, y poner dos o tres [p. 63] centinelas perdidas; y que la ronda y contrarronda visiten a menudo.
Cabo.
Pida vuestra merced a el sargento mayor que nos den leña harta, para que haya buena lumbre en el cuerpo de guardia.
Sargento.
Ansí será, y todas las armas estarán * muy a punto; que hombre apercebido, medio combatido.
Cabo.
Menester será dar a los soldados pólvora, cuerda y balas.
Sargento.
Todo se les dará, y orden a los coseletes que no les falte pieza.
Cabo.
¿Cuál es la mejor arma de las que usamos en la guerra?
Sargento.
La pica es la reina de las armas.
Cabo.
Poco valdrían las picas si no se guarnesiesen con la arcabucería, que daña a el enemigo desde afuera.
Sargento.
Menos valdría la arcabucería si, después de dada la carga, no tuviese a donde repararse de la caballería enemiga y de todos los demás que le procuraren dañar.
Cabo.
Sí, pero bien vemos que mayor daño se le hace a el enimigo con la arcabucería y mosquetería que con las picas.
Sargento.
Todo ese daño es poco en comparación de el que se recibe a el desbarate de un escuadrón o exército. El cual se siguiría luego con la caballería si las picas, que es una muralla fuerte, no se pusiesen a la defensa.
Cabo.
Por eso comparan a un escuadrón bien formado a el cuerpo humano, donde los brazos y piernas —que son los que obran— son los arcabuceros, y las picas —que están siempre firmes y es de do viene virtud a todas las partes de el escuadrón— el cuerpo y corazón.
Sargento.
Así es. Y aun si miráis la forma de un escuadrón de los ordinarios, formado con sus mangas, hallaréis en él la misma forma de el cuerpo humano.
Cabo.
¿Qué partes se requiere que tenga un buen soldado?

[p. 64 (66)]

Sargento.
Muchas. Y muchos escribieron de esa materia, pero las más necesarias y ordinarias yo las diré. El soldado, cuanto a lo primero, debe ser muy honroso, porque soldado sin honra sería de ningún provecho; pues ella es la espuela que le ha de hacer obrar lo que no bastan premios, ni ruegos, ni amenazas de sus oficiales.
Cabo.
Por eso debe el soldado traer siempre escrita en la frente aquella * coplilla que dice:

Por la honra pon la vida;
y pon las dos,
honra y vida, por tu Dios.

Sargento.
Lo segundo: debe ser el soldado valiente; no temeroso, ni cobarde.
Cabo.
* El soldado cobarde más propiamente se podría llamar espantajo, al cual, cuando los páxaros le pierden una vez el miedo, se asientan encima de él; o como el rey de las ranas.
Sargento.
¿Cómo es eso de el rey de las ranas?
Cabo.
Dicen que, en tiempo de Mari Castaña, las ranas desearon tener rey, como todas las demás naciones, y pidieron a Júpiter, que era rey de los dioces, que les diese rey; el cual, viendo su necedad, quiso burlar de ellas, y díxoles que para un día señalado les daría rey. Ellas le esperaban con grande alegría y, venido aquel día, salieron todas de sus casas muy compuestas, como convenía para recebir a su rey, y pusiéronse en la superficie de el agua, esperando. En este tiempo, Júpiter arrojó desde el cielo un gran madero, que dio con él en la laguna donde ellas estaban tan gran golpe y hizo tan gran ruido, que ellas fueron todas turbadas y asombradas y, unas por aquí y otras por allí, cada una huyó a su casa sin osar llegar a hacer a su rey el debido acatamiento, ni salir fuera en muchos días. Quedóse el madero nadando encima de el agua, y ellas con tanto te-/mor [p. 65 (67)] de ver cosa tan grande que ninguna osaba salir fuera de su casa y allí morían de hambre; hasta que, poco a poco, fue saliendo la más esforzada y, siguiéndola las demás, cada día iban perdiendo más el temor y se iban llegando cerca de su rey, viéndole a él tan manso y que no se movía ni les decía mala palabra. Al fin, tanto continuaron, y —como la mucha conversación es causa de menosprecio— se llegaron a su rey, y viendo todas lo que era, saltaron encima de él y comenzaron a cherriar y dar grandes risadas, haciendo burla de su rey y de su temor pasado. Volvieron, pues, a insistir a Júpiter que en todo caso les diese rey no tan manso, sino que fuese justiciero. Júpiter, viendo su necia porfía, les invió por rey a la cigüeña, la cual reina hasta hoy entre ellas cebándose y comiéndolas cada día en pena de su loca petición; pues pudiendo vivir libres quisieron más hacerse esclavas y más un rey cruel que manso y benigno.
Sargento.
No ha estado malo el cuento, y mejor es la moralidad.
Cabo.
Dexemos eso ahora, y prosiga vuestra merced adelante con su plática de el buen soldado.
Sargento.
Lo tercero que ha de tener: ha de ser gran sufridor de trabajos y, para esto, debe ser de recia complexión.
Cabo.
Y a el que eso no tuviere el diablo * le truxo a la guerra, como dicen de el mozo vergonzoso que el diablo le trajo a palacio.
Sargento.
Debe también ser muy obediente a sus oficiales y que haga de buena gana, y sin mostrar mal rostro, lo que le ordenaren siendo de el servicio de la reina.
Cabo.
Quítenle a la milicia la obedien-/cia [p. 66] en los soldados y volverse ha en confusión babilónica.
Sargento.
Otras muchas particularidades ha de tener el buen soldado que yo no quiero tratar ahora. Quien las quisiere ver, lea cuatro o cinco tratados que andan de ello en lengua española —uno de el capitán Martín de Eguiluz, y otro de Escalante, otro de don Fernando de Cordua y otro de don Bernardino de Mendoza— que allí lo verá bien pintado.
Cabo.
Aquí vuelve nuestro mosquetero. Muy cabizbajo viene; perdido debe de haber.
Sargento.
¡Ah, señor soldado! Una palabra.
Soldado.
Déxeme vuestra merced, señor sargento. Bástame mi mala ventura.
Sargento.
¿Qué ha sido? ¿Perdióse toda el armada?
Soldado.
¡No topara yo aquí ahora con el bellaco que este juego inventó!
Sargento.
¿Qué le quería decir?
Soldado.
Reniego del diablo si no le había de hacer más tajadas que puntos se han echado en los dados, después que él los inventó.
Sargento.
* Eso me parece echar la culpa de el asno a la albarda. ¿Quién le mandó a vuestra merced jugar?
Soldado.
El diablo que no duerme y anda tras hacerme desesperar para llevarme.
Sargento.
Pues mire: no le crea, sino, cuando venga, dígale que por ahora no puede ir, que está ocupado en servicio de Su Majestad, que se vuelva otro día y, si no quisiere, deshágale la horquilla en la cabeza.
Soldado.
Muy bueno va eso: estoy yo rabiando y estase vuestra merced burlando de mí.
Sargento.
Mire: yo le daré un buen remedio. Tome dos onzas de jarabe de paciencia y cuatro de ungüento de olvido, y bébalo todo; y con ello purgará esa malenconía y quedará luego bueno.
Soldado.
Serán dos purgas, una tras otra: des-/pués [p. 67] de purgada la bolsa, purgar el cuerpo.
Sargento.
Pues ¿nunca ha oído decir que un clavo saca otro, y una mano lava otra, y entrambas la cara?
Cabo.
Pues ¿cómo se dio tan presto fin a la triste tragedia?
Soldado.
Yo les diré a vuestras mercedes cómo fue: él me dio a parar a once, paréle cuatro reales, echome un encuentro y tirómelos.
Sargento.
Mal principio.
Soldado.
Antes suelen decir que es buen pronóstico perder la primera mano.
Cabo.
No hay regla tan general que no tenga ecepción.
Soldado.
Diome a parar luego a doce, que es mi suerte; parele ocho reales, echó un azar, dixe «repárolos», otorgome el reparo, lanzó el dado y echó otro azar.
Sargento.
Pues, pecador, ¿para qué queríades más de haber ganado con cuarenta otros cuarenta? ¿Qué mercader hay que gane a ciento por ciento?
Soldado.
Señor: yo no me contenté, sino quise arrancar los clavos de la mesa, como dicen, y dixe: «Siete y llevar»; díxome, dígole, relanza y echa su suerte y arrebuja con todo. * A mí dexóme del agalla, sin blanca; como el diablo se apareció a San Benito.
Cabo.
* Siempre lo verá, que quien todo lo quiere, todo lo pierde.
Soldado.
* Mas siempre después de ido el conejo viene el consejo.
Sargento.
* Ahora bien: quien erra y se enmienda, a Dios se encomienda.
Soldado.
La enmienda será empeñar el capotillo para volverme a esquitar, si puedo.
Sargento.
Esa no será enmienda, sino obstinación.
Soldado.
* Aquí perdí una aguja, aquí la tengo de hallar.
Sargento.
¿No veis, pecador, que se os cayó en la mar esa aguja? ¿Cómo la queréis hallar?

[p. 68]

Soldado.
Yo me tengo de ir a una hechicera que me dé una soga de ahorcado, que dicen que es buena para hacer ganar.
Cabo.
* Castígame mi madre y yo trómposelas.
Sargento.
Ahora, señor, vamos por ahora a meter la guardia, que después se tratará de eso.
Cabo.
Vaya a llamar sus camaradas.
Soldado.
Yo voy. Beso a vuestras mercedes las manos.
Cabo.
Yo también quiero ir por mis armas.
Sargento.
Yo me voy a la bandera. Allí esperaré.

FINIS.

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