Diálogo sexto, que pasó entre dos amigos ingleses y dos españoles, que se juntaron en la lonja de Londres, en el cual se tratan muchas cosas curiosas y de gusto. Son los ingleses Egidio y Guillermo, los españoles Diego y Alonso
Un poquito, pero pues vos entendéis
bien el español y yo también, no importa.
Guillermo.
Huélgome de ir, aunque no sea más
de por aprender algunas buenas frasis españolas.
Egidio.
Esas sé yo que las tienen buenas,
porque son de Toledo, donde es la prima de la
lengua española.
Guillermo.
¿Son por ventura aquellos que se
andan allí paseando?
Egidio.
Los propios, vamos allá. Dios guarde
a vuest[r]as mercedes.
Diego.
Y venga con vuest[r]as mercedes.
Egidio.
Pase adelante la conversación. ¿De
qué se trataba ahora?
Diego.
No parece sino que la entendistes,
que respondistes a ella sin daros el pie.
Alonso.
Tratábamos de las salutaciones que
se usan en Inglaterra, y de las que se usan in
España.
Guillermo.
¿Cuáles son mejores?
Alonso.
Cierto, en esto adonde quiera hay
abusos. Cuando dice el español «Dios os guarde»,
«en hora buena estéis», «Dios os dé salud», y el
inglés «buenas tardes» y otras semejantes, yo apruébola por buena salutación.
Guillermo.
Pues el mundo la reprueba y
tienen por toscos a los que la usan.
Alonso.
Y aun por eso se dice que anda el
mundo al revez, y no hay mejor señal de que ello
es bueno, de ver que el mundo lo reprueba.
Guillermo.
De las demás salutaciones ¿qué os
parece?
Alonso.
De las demás digo que, cuando el
inglés pregunta a el otro «¿cómo estáis?», dice
una gran necedad; y, cuando el español dice «bésoos
las manos?, dice una gran mentira.
Guillermo.
Menester es que deis razón de
vuestra nueva opinión.
Alonso.
Ahora decíme, por vuestra vida, ¿no
os parece necedad a el que vos veis bueno
preguntarle cómo está?
Tenéis razón, pero podría tener
algún mal secreto que no se le eche de ver.
Alonso.
Estonces ¿qué remed[i]áis vos con
preguntarle cómo está? ¿No sería mejor rogar a
Dios que le dé salud, como hace el otro?
Guillermo.
Ahora decid lo de el español.
Alonso.
El español digo que dice más
mentiras entre año en este caso, que reales da
por Dios; porque decir a el que encuentra «beso
las manos a vuestra merced», si habla de
presente, bien vemos que miente, pues no se las
besa; si de futuro, también, porque bien sabemos
que, cuando el otro quisiese dárselas, por muy
amigo que fuese, no se las querría él besar.
Guillermo.
Sí, pero parece que es una manera
de reconosimiento de superioridad a el que dice.
Alonso.
Así es, pero ese reconosimiento no
está más que en la lengua, porque el refrán
dice: * «Manos beza hombre que querría ver
cortadas».
Diego.
Yo os diré lo que subcedió al
propósito a un caballero viejo español con otro
mozo. Y fue que como el mozo por buena crianza
le dixo a el viejo: «Suplico a vuestra merced me
dé las manos, que se las quiero besar», el
viejo, confiado en su ancianía, las alargó para
que se las besase. El otro, ya arrepentido, se
las asió con las suyas y con muy buen donaire le
dixo: «Señor, yo y vuestra merced a otros dos».
Guillermo.
El mozo anduvo discreto en
hacerlo ansí y el viejo necio, porque bien
sabemos que palabras de buena crianza no
obligan.
Diego.
Ansí es verdad, que esa cerimonia de
besar la mano solo la debe el vasallo a el
señor.
Alonso.
Esa sola salvaguarda tiene nuestra [p.
51] costumbre,
que con decir «beso a vuestra merced las manos»
parece que es decir «reconosco a vuestra merced
por mi señor y yo por vuestro vasallo».
Egidio.
Y ¿qué os parece de esta costumbre
que tenemos en Inglaterra de asirnos las manos
unos otros?
Alonso.
Dos manos asidas siempre fue símbolo
de amistad, pero dar los tirones que aquí se dan
uno a otro téngolo por poca gravedad, y no sé si
diga por liviandad.
Egidio.
Antes parece que aquello es por más
confirmación de la amistad.
Alonso.
Esa confirmación ha de ser con
obras, y no con ademanes ni tirones, cuanto más
que debe haber muchos que, con la mano asida y
tirando, le deben de estar con el corazón
matándole.
Guillermo.
¿Qué dicís de la otra de besar
los hombres a las mujeres públicamente?
Alonso.
Esa costumbre tuvo su principio en
Roma, en el tiempo que ella florecía, aunque se
inventó a diferente propósito de el que ahora se
usa.
Guillermo.
¿A qué fin la inventaron?
Alonso.
Los romanos aborrecían tanto el vino
en las mujeres, que tenían ley en que condenaba
a muerte a la que lo bebía y, por que no lo
pudiesen hacer ascondidamente, tenían licencia
sus parientes de besarla, para que por el olfato
conociesen si lo había bebido.
Guillermo.
Si ahora se hubiesen de matar
todas las que lo beben, yo veo que quedáramos
sin mujeres.
Egidio.
No creo que fuera muy gran pérdida,
según nos son causa de males.
Guillermo.
Yo para mí tengo que la mayor
causa de la desolución en algunas mujeres de
Inglaterra es esta costumbre de besallas en público, porque con esto pierden [p.
52] la
vergüenza y, a el tocamiento del beso, les entra
un veneno que las inficiona.
Alonso.
Antes que se introduxese esta
costumbre en Roma, cuenta Tito Livio que
desterraron de ella a un senador, persona de
mucha cuenta, solo porque besó a su mujer
delante de una hija suya.
Guillermo.
De un estremo vinieron a dar en
otro estremo.
Egidio.
¿En España no se usa besar los
hombres a las mujeres?
Diego.
Sí, besan los maridos a sus mujeres,
y esto allá detrás de siete paredes, donde aun
la luz no los pueda ver.
Guillermo.
Es porque los españoles son demasi[a]damente celozos.
Alonso.
No, sino porque somos tan traviesos
que no hemos menester ese apetito para hacer mil
malos recaudos. ¿Qué sería si tuviésemos ese ocación?
Guillermo.
Yo creo que antes causaría hastío
y no andarían los hombres tan golosos, porque
vedamiento es causa del apetito.
Alonso.
No es fuego el de la concupisciencia
que se ahoga por echarle mucha materia; antes es
como la hidropesía, que mientras más el enfermo
bebe, más sed tiene.
Diego.
Especialmente entre los españoles,
que por ser de complexión coléricos está Venus
en su punto.
Guillermo.
Yo entiendo eso al contrario,
porque Venus consiste más en humedad que en
calor, por lo cual entiendo que más aptos son
para semejante exercicio los húmedos de
complexión que los coléricos, que son de su
naturaleza secos.
Alonso.
Sí, pero la humidad sin calor sería
como la tierra sin el sol, que no es suficiente
de [sí] misma a producir cosa alguna.
Diego.
Por eso los poetas casaron a Venus
con Vulcano, dios de el fuego.
Egidio.
Mas Vulcano ni Venus sin Ceres y [p.
53] Baco no
valen un caco.
Guillermo.
Pues yo para mí tengo que en las
tierras más frías está más reconcentrado el
calor natural, y por eso con mayor aptitud en
los que viven en las tales regiones.
Alonso.
No es ese calor reconcentrado que
está en el corazón el que es causa de este
fuego, sino el que está en la sangre y partes
exteriores.
Guillermo.
Sí, pero no me negaréis que el
calor de la sangre no procede de el de el
hígado.
Alonso.
Así es verdad, pero no obra este
efecto en su origen y fuente, sino cuando se ha
derramado por las venas. Y como la virtud
esparcida es más flaca que cuando está uñida, si
cuando lo está es acometido el calor de su
contrario el frío, y esto con fuerza y
vehemencia, vense y resfría, de suerte que no
puede obrar ni hacer su efecto.
Diego.
Así es y la esperiencia de esto se
vee en los cabrones, que es animal luxuriosísimo
y, en llevándole a tierras frías, o no puede
vivir, o pierde mucho de su potencia.
Guillermo.
Los faunos o semicapras, que los
antiguos llamaban medios dioses, cuentan los
autores y poetas que eran en estremo luxuriosos.
Egidio.
¿Es verdad que hubo o hay tales
hombres en el mundo llamados faunos?
Alonso.
En la vida de Sant Pablo, primer
ermitaño, se cuenta que, en aquel desierto donde
él hacía su penitencia, la hacía también Santo
Antonio, el cual como por revelación supiese
cómo estaba allí cerca San Pablo le fue a
vicitar y, en el camino, encontró con uno, el
cual de la cinta para arriba tenía forma
perfecta de hombre, salvo que la cabeza tenía
llena de [p. 54] cornezuelos pequeños, y
de medio para abajo era cabrón, con muy largas
vedijas y pies de lo mismo.
Egidio.
¿Hablaba alguna cosa?
Alonso.
Sí, que el sancto le habló y le
preguntó quién era y él, en un lenguaje muy
bárbaro, pero tal que el sancto le pudo
entender, le respondió que era uno de los
habitadores de aquel desierto, a quien la ciega
gentilidad adoraba por dioses, pero que eran
criaturas mortales.Y dixo más a el santo: que su
grey y gente le enviaba a él por embaxador a
rogarle a el sancto que rogase por todos a el
común Dios de todas las gentes, que bien sabían
que había baxado de el cielo y héchose hombre
por redimir a los hombres. Y con esto se fue por
aquel desierto con tanta ligereza que en muy
breve espacio le perdió de vista el sancto.
Diego.
Yo he leído también que a el
emperador Constantino Magno le traxeron de esos
desiertos otro vivo, y lo estuvo muchos días y,
después de muerto, salado le traxeron por muchas
partes de el mundo, para que todos le viesen.
Guillermo.
Volviendo a nuestra primera
plática. ¿Qué os parece de esta ciudad de
Londres?
Alonso.
A mí me parece en verano tienda y en
invierno contienda.
Guillermo.
¿Cómo se entiende eso?
Alonso.
Digo que parece en verano tienda
porque, en aquel tiempo, todos los señores,
caballeros y hidalgos se salen fuera de ella y
se van a sus aldeas a pasar el verano, quedando
en ella solos los oficiales, con sus tiendas
abiertas.
Guillermo.
¿Y por qué lo demás?
Alonso.
En invierno son los términos y, como
acuden de todo el reino a [p.
55] ella a sus
pleitos, está hecha toda contienda o pleito;
pero, ultra de esto, es una de las mejores
ciudades de el mundo, a lo que yo entiendo.
Guillermo.
¿Qué decís de toda la tierra en
general?
Alonso.
Que es fertilísima y abundante de
todas las cosas que ella produce; especial de
ganados: deben de ser los más gruesos y mejores
de el mundo.
Guillermo.
Y también de semillas es muy
fértil.
Alonso.
Ansí es verdad, pero como no puede
haber cosa perfecta en este mundo, ya que en eso
es abundante, le faltan otras cosas necesarias a
la vida humana, que ella, por la frialdad de su
sitio, no puede producir y ansí tiene nececidad
de comunicación con otros reinos.
Guillermo.
¿Qué cosas son esas que decís que
le faltan? Que yo creo que no hay cosa en el
mundo que en ella no se halle.
Alonso.
Es así verdad; pero es comunicado de
otros reinos que bien veis vos que en ella no se
cría oro ni plata, no se coge vino ni aceite,
azúcar, seda, especiería, ni frutas de las
regaladas, como son cidras, limones, limas,
naranjas, granadas, almendras y otros mil
géneros de ellas, muy necesarios para el regalo
de las gentes; y, como digo de estas pocas
cosas, pudiera decir de otras muchas que dexo.
Guillermo.
Sí, pero tenemos otras, que
sirven en lugar de esas cosas, y ansí no las
echamos menos: como cerveza por vino, manteca
por aceite y otras semejantes.
Alonso.
Con todo eso, sería imposible poder
pasar este reino sin comunicación con otro; lo
que no tiene España, que sola entre todas las
provincias de el mundo podría pasar sin
comunicación con otra, por producir dentro de sí
[p. 56] todas las cosas necesarias a
la vida humana.
Guillermo.
Pues bien os podré yo decir una
cosa que España no produce.
Alonso.
¿Cuál es?
Guillermo.
Especiería, que al fin lo traéis
de la India.
Alonso.
Tenéis razón, que esa sola le falta
a España; pero, como vos dixistes, también se
cría en ella con que se podría suplir esa falta.
Guillermo.
¿Qué es?
Alonso.
En lugar de pimienta, se cría una yerba que llamamos pimiento, cuya simiente es de
tanta fuerza y de el propio efecto que la
pimienta, que viene de Indias; en lugar de
clavos, usan muchos de los ajos y, si no fuese
por un mal olorcillo que tienen, son más
sabrosos que esotros; de azafrán gran cantidad
se coge en España; jenxibre de pocos días acá se
ha comenzado a plantar en ella y se da bien.
Guillermo.
A lo menos no me negaréis ser más
fértil tierra en general Inglaterra que España.
Alonso.
Digo que es verdad y lo concedo;
pero también os sé decir que de esa fertilidad
viene la floxedad en las carnes y mantenimientos
de ella, que son de poco nutrimiento y
sustancia; y esta es la causa de que los
ingleses nos notáis a los españoles por
miserables en el comer, porque las carnes de
España, como de tierra más estéril, son de tanto
nutrimiento que, si comiese de ellas un hombre
tanto como en Inglaterra come, sin dubda ninguna
reventaría.
Diego.
Por eso hay uno manera de decir común
en España: «Tu padre * cenó carnero asado y acostóse y murióse; pues no preguntes de qué
murió».
Alonso.
En la propia España, tenemos la isperiencia de esto: que la Andalucía, que es
tierra más fértil [p.
57] que
Estremadura, las carnes de ella no son con mucho
de tanto nutrimiento ni tan buen sabor como
estas otras.
Egidio.
También se vee eso en los ingleses
que van a España, que dicen que no pueden comer
tanta carne allá como comían acá.
Guillermo.
Decíme ahora: ¿qué os parece de
el trato de nuestra gente?
Alonso.
Generalmente hablando, toda la gente
inglesa es benina y amorosa, afable, alegre y
amigos de regocijos y fiestas, ajenos de toda
melancolía, como aquellos en quien predomina el
humor sanguino; pero, fuera de esto, he notado
en todos en general tan insatiable avaricia que
desdora todas sus virtudes.
Guillermo.
Y de las mujeres, ¿qué decís?
Alonso.
Las mujeres, generalmente hablando,
pienso que son las más hermosas de el mundo,
porque tienen todas tres gracias particulares
para serlo: que son en estremo blancas,
coloradas y rubias, y la que con estas gracias,
que son generales a todas, acierta a tener
buenas faiciones es acabada en hermosura. Pero
también os digo, con la misma generalidad, que
tienen tres faltas.
Guillermo.
¿Cuáles son, por vida vuestra?
Alonso.
No las quisiera decir, por no caer
en desgracia con ellas.
Guillermo.
Yo salgo por fiador que no cairéis.
Alonso.
* Tenéis razón, que quien nunca
subió no puede caer. Pero las tres faltas son:
pequeños ojos, grandes bocas, no buena tez en
los rostros; y de esto es la causa el aire tan
frío y sutil que corre en estas partes, que se
les curte; y por esto es buena la invinción de
las mascarillas; aunque yo entiendo que no debe
de bastar.
Guillermo.
Vos lo habéis disputado muy bien,
y yo os quedo muy aficionado servidor, y así os
suplico que el tiempo que estuviéredes en esta
tierra os sirváis de mí.
Yo os doy muchas gracias por el
ofrecimiento y quedo yo no menos a vuestro
servicio. Y, porque se va haciendo tarde, nos
vamos recogendo a las posadas, que ya es hora.