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Diálogo sexto, que pasó entre dos amigos ingleses y dos españoles, que se juntaron en la lonja de Londres, en el cual se tratan muchas cosas curiosas y de gusto. Son los ingleses Egidio y Guillermo, los españoles Diego y Alonso

[p. 48]

Egidio.
¿Qué hacéis, Guillermo?
Guillermo.
Ya lo veis, Exidio.
Egidio.
¿Cómo estáis tan ocioso?
Guillermo.
* Quia nemo me conduxit.
Egidio.
Pues yo os convido a un rato de buena converzación.
Guillermo.
¿Adónde?
Egidio.
Venidos comigo. ¿No iréis a donde yo os llevare?
Guillermo.
Si me lo decís primero, porque ir hombre sin saber adónde sería necedad.
Egidio.
Luego ¿no hacéis confianza de mí?
Guillermo.
Sí hago, mas ¿no sabéis que no todos los humores son unos, y que podrá ser lo que a vos os da gusto enfadarme a mí?
Egidio.
Sí, pero yo conozco ya vuestro humor, y me acomodo con él.
Guillermo.
Con todo eso, decidme adónde me lleváis.
Egidio.
Vamos a la lonja, adonde me están esperando dos amigos españoles muy discretos; gustaréis de su buena conversación.

[p. 49]

Guillermo.
¿Hablan inglés?
Egidio.
Un poquito, pero pues vos entendéis bien el español y yo también, no importa.
Guillermo.
Huélgome de ir, aunque no sea más de por aprender algunas buenas frasis españolas.
Egidio.
Esas sé yo que las tienen buenas, porque son de Toledo, donde es la prima de la lengua española.
Guillermo.
¿Son por ventura aquellos que se andan allí paseando?
Egidio.
Los propios, vamos allá. Dios guarde a vuest[r]as mercedes.
Diego.
Y venga con vuest[r]as mercedes.
Egidio.
Pase adelante la conversación. ¿De qué se trataba ahora?
Diego.
No parece sino que la entendistes, que respondistes a ella sin daros el pie.
Alonso.
Tratábamos de las salutaciones que se usan en Inglaterra, y de las que se usan in España.
Guillermo.
¿Cuáles son mejores?
Alonso.
Cierto, en esto adonde quiera hay abusos. Cuando dice el español «Dios os guarde», «en hora buena estéis», «Dios os dé salud», y el inglés «buenas tardes» y otras semejantes, yo apruébola por buena salutación.
Guillermo.
Pues el mundo la reprueba y tienen por toscos a los que la usan.
Alonso.
Y aun por eso se dice que anda el mundo al revez, y no hay mejor señal de que ello es bueno, de ver que el mundo lo reprueba.
Guillermo.
De las demás salutaciones ¿qué os parece?
Alonso.
De las demás digo que, cuando el inglés pregunta a el otro «¿cómo estáis?», dice una gran necedad; y, cuando el español dice «bésoos las manos?, dice una gran mentira.
Guillermo.
Menester es que deis razón de vuestra nueva opinión.
Alonso.
Ahora decíme, por vuestra vida, ¿no os parece necedad a el que vos veis bueno preguntarle cómo está?

[p. 50]

Guillermo.
Tenéis razón, pero podría tener algún mal secreto que no se le eche de ver.
Alonso.
Estonces ¿qué remed[i]áis vos con preguntarle cómo está? ¿No sería mejor rogar a Dios que le dé salud, como hace el otro?
Guillermo.
Ahora decid lo de el español.
Alonso.
El español digo que dice más mentiras entre año en este caso, que reales da por Dios; porque decir a el que encuentra «beso las manos a vuestra merced», si habla de presente, bien vemos que miente, pues no se las besa; si de futuro, también, porque bien sabemos que, cuando el otro quisiese dárselas, por muy amigo que fuese, no se las querría él besar.
Guillermo.
Sí, pero parece que es una manera de reconosimiento de superioridad a el que dice.
Alonso.
Así es, pero ese reconosimiento no está más que en la lengua, porque el refrán dice: * «Manos beza hombre que querría ver cortadas».
Diego.
Yo os diré lo que subcedió al propósito a un caballero viejo español con otro mozo. Y fue que como el mozo por buena crianza le dixo a el viejo: «Suplico a vuestra merced me dé las manos, que se las quiero besar», el viejo, confiado en su ancianía, las alargó para que se las besase. El otro, ya arrepentido, se las asió con las suyas y con muy buen donaire le dixo: «Señor, yo y vuestra merced a otros dos».
Guillermo.
El mozo anduvo discreto en hacerlo ansí y el viejo necio, porque bien sabemos que palabras de buena crianza no obligan.
Diego.
Ansí es verdad, que esa cerimonia de besar la mano solo la debe el vasallo a el señor.
Alonso.
Esa sola salvaguarda tiene nuestra [p. 51] costumbre, que con decir «beso a vuestra merced las manos» parece que es decir «reconosco a vuestra merced por mi señor y yo por vuestro vasallo».
Egidio.
Y ¿qué os parece de esta costumbre que tenemos en Inglaterra de asirnos las manos unos otros?
Alonso.
Dos manos asidas siempre fue símbolo de amistad, pero dar los tirones que aquí se dan uno a otro téngolo por poca gravedad, y no sé si diga por liviandad.
Egidio.
Antes parece que aquello es por más confirmación de la amistad.
Alonso.
Esa confirmación ha de ser con obras, y no con ademanes ni tirones, cuanto más que debe haber muchos que, con la mano asida y tirando, le deben de estar con el corazón matándole.
Guillermo.
¿Qué dicís de la otra de besar los hombres a las mujeres públicamente?
Alonso.
Esa costumbre tuvo su principio en Roma, en el tiempo que ella florecía, aunque se inventó a diferente propósito de el que ahora se usa.
Guillermo.
¿A qué fin la inventaron?
Alonso.
Los romanos aborrecían tanto el vino en las mujeres, que tenían ley en que condenaba a muerte a la que lo bebía y, por que no lo pudiesen hacer ascondidamente, tenían licencia sus parientes de besarla, para que por el olfato conociesen si lo había bebido.
Guillermo.
Si ahora se hubiesen de matar todas las que lo beben, yo veo que quedáramos sin mujeres.
Egidio.
No creo que fuera muy gran pérdida, según nos son causa de males.
Guillermo.
Yo para mí tengo que la mayor causa de la desolución en algunas mujeres de Inglaterra es esta costumbre de besallas en público, porque con esto pierden [p. 52] la vergüenza y, a el tocamiento del beso, les entra un veneno que las inficiona.
Alonso.
Antes que se introduxese esta costumbre en Roma, cuenta Tito Livio que desterraron de ella a un senador, persona de mucha cuenta, solo porque besó a su mujer delante de una hija suya.
Guillermo.
De un estremo vinieron a dar en otro estremo.
Egidio.
¿En España no se usa besar los hombres a las mujeres?
Diego.
Sí, besan los maridos a sus mujeres, y esto allá detrás de siete paredes, donde aun la luz no los pueda ver.
Guillermo.
Es porque los españoles son demasi[a]damente celozos.
Alonso.
No, sino porque somos tan traviesos que no hemos menester ese apetito para hacer mil malos recaudos. ¿Qué sería si tuviésemos ese ocación?
Guillermo.
Yo creo que antes causaría hastío y no andarían los hombres tan golosos, porque vedamiento es causa del apetito.
Alonso.
No es fuego el de la concupisciencia que se ahoga por echarle mucha materia; antes es como la hidropesía, que mientras más el enfermo bebe, más sed tiene.
Diego.
Especialmente entre los españoles, que por ser de complexión coléricos está Venus en su punto.
Guillermo.
Yo entiendo eso al contrario, porque Venus consiste más en humedad que en calor, por lo cual entiendo que más aptos son para semejante exercicio los húmedos de complexión que los coléricos, que son de su naturaleza secos.
Alonso.
Sí, pero la humidad sin calor sería como la tierra sin el sol, que no es suficiente de [sí] misma a producir cosa alguna.
Diego.
Por eso los poetas casaron a Venus con Vulcano, dios de el fuego.
Egidio.
Mas Vulcano ni Venus sin Ceres y [p. 53] Baco no valen un caco.
Guillermo.
Pues yo para mí tengo que en las tierras más frías está más reconcentrado el calor natural, y por eso con mayor aptitud en los que viven en las tales regiones.
Alonso.
No es ese calor reconcentrado que está en el corazón el que es causa de este fuego, sino el que está en la sangre y partes exteriores.
Guillermo.
Sí, pero no me negaréis que el calor de la sangre no procede de el de el hígado.
Alonso.
Así es verdad, pero no obra este efecto en su origen y fuente, sino cuando se ha derramado por las venas. Y como la virtud esparcida es más flaca que cuando está uñida, si cuando lo está es acometido el calor de su contrario el frío, y esto con fuerza y vehemencia, vense y resfría, de suerte que no puede obrar ni hacer su efecto.
Diego.
Así es y la esperiencia de esto se vee en los cabrones, que es animal luxuriosísimo y, en llevándole a tierras frías, o no puede vivir, o pierde mucho de su potencia.
Guillermo.
Los faunos o semicapras, que los antiguos llamaban medios dioses, cuentan los autores y poetas que eran en estremo luxuriosos.
Egidio.
¿Es verdad que hubo o hay tales hombres en el mundo llamados faunos?
Alonso.
En la vida de Sant Pablo, primer ermitaño, se cuenta que, en aquel desierto donde él hacía su penitencia, la hacía también Santo Antonio, el cual como por revelación supiese cómo estaba allí cerca San Pablo le fue a vicitar y, en el camino, encontró con uno, el cual de la cinta para arriba tenía forma perfecta de hombre, salvo que la cabeza tenía llena de [p. 54] cornezuelos pequeños, y de medio para abajo era cabrón, con muy largas vedijas y pies de lo mismo.
Egidio.
¿Hablaba alguna cosa?
Alonso.
Sí, que el sancto le habló y le preguntó quién era y él, en un lenguaje muy bárbaro, pero tal que el sancto le pudo entender, le respondió que era uno de los habitadores de aquel desierto, a quien la ciega gentilidad adoraba por dioses, pero que eran criaturas mortales.Y dixo más a el santo: que su grey y gente le enviaba a él por embaxador a rogarle a el sancto que rogase por todos a el común Dios de todas las gentes, que bien sabían que había baxado de el cielo y héchose hombre por redimir a los hombres. Y con esto se fue por aquel desierto con tanta ligereza que en muy breve espacio le perdió de vista el sancto.
Diego.
Yo he leído también que a el emperador Constantino Magno le traxeron de esos desiertos otro vivo, y lo estuvo muchos días y, después de muerto, salado le traxeron por muchas partes de el mundo, para que todos le viesen.
Guillermo.
Volviendo a nuestra primera plática. ¿Qué os parece de esta ciudad de Londres?
Alonso.
A mí me parece en verano tienda y en invierno contienda.
Guillermo.
¿Cómo se entiende eso?
Alonso.
Digo que parece en verano tienda porque, en aquel tiempo, todos los señores, caballeros y hidalgos se salen fuera de ella y se van a sus aldeas a pasar el verano, quedando en ella solos los oficiales, con sus tiendas abiertas.
Guillermo.
¿Y por qué lo demás?
Alonso.
En invierno son los términos y, como acuden de todo el reino a [p. 55] ella a sus pleitos, está hecha toda contienda o pleito; pero, ultra de esto, es una de las mejores ciudades de el mundo, a lo que yo entiendo.
Guillermo.
¿Qué decís de toda la tierra en general?
Alonso.
Que es fertilísima y abundante de todas las cosas que ella produce; especial de ganados: deben de ser los más gruesos y mejores de el mundo.
Guillermo.
Y también de semillas es muy fértil.
Alonso.
Ansí es verdad, pero como no puede haber cosa perfecta en este mundo, ya que en eso es abundante, le faltan otras cosas necesarias a la vida humana, que ella, por la frialdad de su sitio, no puede producir y ansí tiene nececidad de comunicación con otros reinos.
Guillermo.
¿Qué cosas son esas que decís que le faltan? Que yo creo que no hay cosa en el mundo que en ella no se halle.
Alonso.
Es así verdad; pero es comunicado de otros reinos que bien veis vos que en ella no se cría oro ni plata, no se coge vino ni aceite, azúcar, seda, especiería, ni frutas de las regaladas, como son cidras, limones, limas, naranjas, granadas, almendras y otros mil géneros de ellas, muy necesarios para el regalo de las gentes; y, como digo de estas pocas cosas, pudiera decir de otras muchas que dexo.
Guillermo.
Sí, pero tenemos otras, que sirven en lugar de esas cosas, y ansí no las echamos menos: como cerveza por vino, manteca por aceite y otras semejantes.
Alonso.
Con todo eso, sería imposible poder pasar este reino sin comunicación con otro; lo que no tiene España, que sola entre todas las provincias de el mundo podría pasar sin comunicación con otra, por producir dentro de sí [p. 56] todas las cosas necesarias a la vida humana.
Guillermo.
Pues bien os podré yo decir una cosa que España no produce.
Alonso.
¿Cuál es?
Guillermo.
Especiería, que al fin lo traéis de la India.
Alonso.
Tenéis razón, que esa sola le falta a España; pero, como vos dixistes, también se cría en ella con que se podría suplir esa falta.
Guillermo.
¿Qué es?
Alonso.
En lugar de pimienta, se cría una yerba que llamamos pimiento, cuya simiente es de tanta fuerza y de el propio efecto que la pimienta, que viene de Indias; en lugar de clavos, usan muchos de los ajos y, si no fuese por un mal olorcillo que tienen, son más sabrosos que esotros; de azafrán gran cantidad se coge en España; jenxibre de pocos días acá se ha comenzado a plantar en ella y se da bien.
Guillermo.
A lo menos no me negaréis ser más fértil tierra en general Inglaterra que España.
Alonso.
Digo que es verdad y lo concedo; pero también os sé decir que de esa fertilidad viene la floxedad en las carnes y mantenimientos de ella, que son de poco nutrimiento y sustancia; y esta es la causa de que los ingleses nos notáis a los españoles por miserables en el comer, porque las carnes de España, como de tierra más estéril, son de tanto nutrimiento que, si comiese de ellas un hombre tanto como en Inglaterra come, sin dubda ninguna reventaría.
Diego.
Por eso hay uno manera de decir común en España: «Tu padre * cenó carnero asado y acostóse y murióse; pues no preguntes de qué murió».
Alonso.
En la propia España, tenemos la isperiencia de esto: que la Andalucía, que es tierra más fértil [p. 57] que Estremadura, las carnes de ella no son con mucho de tanto nutrimiento ni tan buen sabor como estas otras.
Egidio.
También se vee eso en los ingleses que van a España, que dicen que no pueden comer tanta carne allá como comían acá.
Guillermo.
Decíme ahora: ¿qué os parece de el trato de nuestra gente?
Alonso.
Generalmente hablando, toda la gente inglesa es benina y amorosa, afable, alegre y amigos de regocijos y fiestas, ajenos de toda melancolía, como aquellos en quien predomina el humor sanguino; pero, fuera de esto, he notado en todos en general tan insatiable avaricia que desdora todas sus virtudes.
Guillermo.
Y de las mujeres, ¿qué decís?
Alonso.
Las mujeres, generalmente hablando, pienso que son las más hermosas de el mundo, porque tienen todas tres gracias particulares para serlo: que son en estremo blancas, coloradas y rubias, y la que con estas gracias, que son generales a todas, acierta a tener buenas faiciones es acabada en hermosura. Pero también os digo, con la misma generalidad, que tienen tres faltas.
Guillermo.
¿Cuáles son, por vida vuestra?
Alonso.
No las quisiera decir, por no caer en desgracia con ellas.
Guillermo.
Yo salgo por fiador que no cairéis.
Alonso.
* Tenéis razón, que quien nunca subió no puede caer. Pero las tres faltas son: pequeños ojos, grandes bocas, no buena tez en los rostros; y de esto es la causa el aire tan frío y sutil que corre en estas partes, que se les curte; y por esto es buena la invinción de las mascarillas; aunque yo entiendo que no debe de bastar.
Guillermo.
Vos lo habéis disputado muy bien, y yo os quedo muy aficionado servidor, y así os suplico que el tiempo que estuviéredes en esta tierra os sirváis de mí.

[p. 58]

Alonso.
Yo os doy muchas gracias por el ofrecimiento y quedo yo no menos a vuestro servicio. Y, porque se va haciendo tarde, nos vamos recogendo a las posadas, que ya es hora.
Guillermo.
Beso a vuest[r]as mercedes las manos.
Diego.
Yo las de vuest[r]as mercedes.
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