Diálogo quinto, entre tres pajes llamados el uno Juan, el otro Francisco, el otro Guzmán, en el cual se contienen las ordinarias pláticas que los pajes suelen tener unos con otros
Perdí mis dineros y gané escarmiento
para no jugar más.
Juan.
No sería pérdida la del dinero, si tú
llevases adelante ese propósito; pero yo digo que
quien hizo, hará.
Francisco.
A lo menos, mientras me durare el
escozor no jugaré más.
Juan.
Ese no te durará más que hasta llegar de
aquí a tu casa, o hasta que tengas más dineros.
Francisco.
Pues yo ¿para qué quiero el dinero?
¿Tengo de comprar casas o viñas con ello?
Juan.
Para enviar a tus parientes, o para
lucirte con ello.
Francisco.
¿Lucirme o qué? Malos años lúzgame el
puto de mi amo, pues se sirve de mí.
Juan.
Pues ¿piensas que te ha de durar tu amo
toda la vida?
Francisco.
Dure lo que durare, como cuchar de
pan, que cuando este me falte no faltará otro tan
ruin como él.
Juan.
¿Y cuando seas grande?
Francisco.
Estonces ya sabemos el paradero de
los pajes: o a la guerra, o a un monasterio, o a la
horca.
Juan.
Eso postrero yo le renuncio en ti.
Francisco.
Pues ¿pensáis vos escaparos por
hipócrita?
Juan.
Hermano, en mi linaje nunca hubo ningún
ahorcado; no quiero estrenarlo yo.
Francisco.
Estrenada os darán la soga, no os
penséis por eso.
Juan.
Piensa el ladrón que todos son de su
condición; yo, hermano, no pienso hacer obras por
donde la meresca.
Francisco.
Pues ¿no has oído decir que el pensar
no es saber? Eso sin pensar se verná antes que un[a]
calongía.
Juan.
Yo bien creo que, si yo trato mucho
contigo, que tú me procurerás pegar la tiña, porque
un [p. 40] puerco encenagado siempre
procura encenagar a otro.
Francisco.
Dices verdad; que si el ladrón anda
con el ermitaño, o el ladrón será ermitaño, o el
ermitaño ladrón. Pero ¿tú nunca juegas?
Juan.
¿Yo? No, en mi vida.
Francisco.
Pues tente bien, no caigas, porque a fee que si caes, que has de ser como los borrachos
que comienzan tarde a serlo, que por esquitarse de
lo que han dexado de beber nunca salen de cueros.
Juan.
Si Dios me guarde mi juicio, yo me
guardaré dese vicio.
Francisco.
Más fuerte era Troya y fue destruida.
Juan.
Dexemos eso agora y dime cómo te va con tu
amo.
Francisco.
A mí muy bien, porque como es mozo,
galán y enamorado, son tres cosas que sacan de harón
al más cuerdo. Y ansí todo se nos va en fiestas, una
librea hoy, otra mañana, siempre en saraos, músicas
y danzas, siempre en convites; que mal año para
Lanzarote cuando de Bretaña vino, si era tan bien
tratado como nosotros.
Juan.
Sí, pero a fee que creo que tras buen
bocado dais buen grito.
Francisco.
¿Por qué dices eso?
Juan.
Porque me parece que, si vuestro amo danza
de la manera, vosotros no habéis d'estar ociosos,
sino que habéis de zapatear, porque en casa del
músico todos los criados son danzantes.
Francisco.
Es verdad que eso acosadillos nos
trae, de día con recaudos y de noche con rondas;
pero con el buen pesebre todo se pasa y no como tú,
que estás serviendo a un pelón que te debe matar de
hambre.
Juan.
No mata porque yo nunca tuve vida después
que estoy con él.
Temo de encontrar otro peor, y no querría
por huir de la llama dar en las brasas.
Francisco.
Hazte cuchillo de melonero: probar
muchos hasta hallar uno bueno.
Juan.
Luego cobra hombre mala fama y le * dicen:
«Piedra movediza no la cobre moho», y todo el mundo
le da del cobdo.
Francisco.
No, sino dexaos secar como palo en
sarmentera.
Juan.
¿Adónde vas tú agora?
Francisco.
A buscar mi amo; y temo que no le
tengo de poder hallar.
Juan.
¿Adónde le perdiste?
Francisco.
Yo no le perdí, él se perdió muchas
días ha.
Juan.
Ansí irá un perdido a buscar otro perdido,
como un duelo busca otro duelo y una necedad a otra,
porque Pares cum paribus facillime congregantur.
Francisco.
Bendito sea Dios, que por tres
blancas de gramática que [e]studió ya no se cabe en
el cuerpo y no vee la hora que desembucharlo.
Juan.
Digo, hermano, que cada oveja con su
pareja y un semijante busca a otro.
Francisco.
Ansí tu amo, como es miserable pelón,
busca un hipócrita como tú, a quien, con decille que
es menester ayunar para ir al cielo, te tiene en
dieta perpetua y canoniza por virtud lo que es
miseria fina.
Juan.
No tienes razón, que él no es avariento;
pero, como dicen, pobreza no es vileza.
Francisco.
No, mas es maestra que enseña cómo se
ha de hacer.
Juan.
Yo sé que si mi amo tuviere la renta [p.
42] del tuyo, que
gastara más que él, lo cual él nos dice que hará muy
complidamente, si Dios le mejora d'estado.
Francisco.
De manera que ¿esas son las
esperanzas que coméis?
Juan.
Más vale que agua, como decía la vieja que
mojaba el sarmiento en el río y le chupaba.
Francisco.
Con esa comida no dubdo dexéis de
salir buenos girifaltes al cabo del año.
Juan.
Sí; pero si volamos tan alto, llevarnos ha
el viento, como hace a todos los que se sustentan de
semejante manjar.
Francisco.
Por vida de tu madre, ¿qué renta
tiene tu amo?
Juan.
Yo te lo diré: un cuento de mentiras, y
otro de necesidades, y un millón de necedades, y
todo esto se gasta cada año, de suerte que viene a
salir a rata por cantidad.
Francisco.
¿Cuántos caballos tiene?
Juan.
Dice que cinco, con cuatro que se le han
muerto.
Francisco.
¿Cuántos criados?
Juan.
Nones son, y no llegan a tres.
Francisco.
De suerte que tú solo le sirves.
Juan.
Y aun me podrían azotar por vagamundo.
Francisco.
¡Pues cómo! ¿Siendo solo no tienes
mucho en que entender?
Juan.
Sí tengo: en contar lástimas y
calamidades.
Francisco.
¿Cuánto tiempo ha que vives con él?
Juan.
Que muero con él, muchos días ha.
Francisco.
Hermano, hermano: quien se mude, Dios
le ayude.
Juan.
Sí, mas ¿adónde irá el buey que no are?
Por donde quiera veo cien leguas de mal camino.
Francisco.
Aquí viene Guzmanillo; veamos qué
nuevas trae. Ah, Guzmán: ¿qué hay de nuevo?
Guzmán.
Muchas cosas: el Turco dicen que se ha
tornado moro, que Venecia nada en agua, y que Italia
está llena de hombres, que en Fran-/cia [p.
43] hay más de
cien mil hombres de guerra, y también se dice de
secreto que el conde de Flandes ha dormido con la
reina de España.
Francisco.
¿Todo eso hay de nuevo?
Guzmán.
Ahora vinieron con este correo estas
nuevas.
Francisco.
De luengas vías luengas mentiras
suelen venir.
Guzmán.
Lo que yo os he dicho todo es tan verdad
como ser ahora de día.
Francisco.
Luego ¿grandes guerras se aparejan
este verano?
Guzmán.
Los pronósticos dicen queste verano los
que vivieren verán grandes maravillas.
Francisco.
¿Qué maravillas serán? Cuéntanoslas.
Guzmán.
Dicen que el Sol será mayor que toda la
Tierra.
Francisco.
¡Santo Dios! Y ¿eso ha de ser verdad?
Guzmán.
Y que la Luna cada noche aparece de su
manera, que las estrellas, si no fuese por el Sol,
no ternán resplandor ninguno, que los ríos corren a
la mar, que arderán muchos montes, que habrá grande
mortandad de todo género de ganados, y en todas las
ciudades habrá unos monstruos que echarán llamas por
la boca, y los hombres que no comieron lo que estos
vomitaren, morirán.
Francisco.
¡Válame Dios! Yo pienso que todo eso
es mentira.
Guzmán.
Los pronósticos dicen que el Sol y la
Luna faltarán antes que todas esas cosas falten.
Francisco.
Desa manera todos los hombres
morirán, porque ¿quién ha de comer lo que vomitaren
los monstruos?
Guzmán.
Pues ¿has tú comido un asno entero y no
comerás de aquello?
Francisco.
Si yo soy asno, vos sois mula.
Guzmán.
¡Xo, que te estriego! ¡Qué largas le
nacieron a vuestra merced!
Francisco.
Tan largas como sus narices.
Guzmán.
Va a ver a tu tía, hermano.
Francisco.
No, que ya vi a tu madre en la pel-/lejería [p. 44].
Guzmán.
Arrállame ese queso.
Francisco.
Harrallame ese asno.
Guzmán.
¿Toda la vida has de comer sin plato?
Francisco.
¿Toda la vida has de comer tú cabrón?
Guzmán.
¡Oh, Dios te bendiga la bella alimaña!
Francisco.
¡Oh, Dios te despache deste mundo
para el otro!
Guzmán.
Dícenme que es vuestra merced gran
comedor de huevos asados.
Francisco.
También me han dicho a mí que vuestra
merced come muy bien bacalao.
Guzmán.
¡Oh, si todos los asnos truxeran
albardas, qué buen oficio era el de los albarderos!
Francisco.
Si eso fuere ansí, una más tenía de
costa vuestro amo cada mes.
Guzmán.
Si del necio se hubiera de pagar
alcabala, ¿cuánto ganaran los alcabaleros con
vuestra merced?
Francisco.
En esa hacienda nadie podría tratar,
porque diz que es patrimonio de vuestra merced.
Guzmán.
Todo es de un pedazo vuestra merced.
Francisco.
Sí, pero es de aguijón para picar a
vuestra merced.
Guzmán.
Mas no creo que es sino de atún de
ijada.
Francisco.
Si de atún fuera, ya vuestra merced
hubiera arremetido a la pieza, como el asno a la
cebada.
Guzmán.
Paréceme, hermano, que aunque tú
entraste en la corte, nunca la corte entró en ti.
Francisco.
En la de los puercos concedo porque,
como es tu juridición, no se hace en ella sino lo
que tú ordenas.
Guzmán.
Por vida tuya que me digas cuántos
cursos tienes de necio.
Este es de los que aconcejaba el oso que
hiciésemos poco caso.
Francisco.
¿Cómo es ese cuento?
Juan.
Cuenta Isopo que, una vez, dos amigos [i]ban
camino a pie por un monte y salió a ellos un oso. El
uno, echando mano a su espada, se quiso defender a
sí y a su compañero, al cual dixo que hiciese lo
mismo, para que ni el uno ni el otro muriesen. El
compañero, que tenía más cuenta con su salud que con
el del otro, atrevióse antes a sus pies que a sus
manos y, no curando del compañero, dio a huir a un
árbol alto que allí vido, y se subió en él, donde
estuvo seguro del peligro. El compañero, visto que
él solo no se podía defenderse del oso, se dexó caer
en tierra, haciendo muestras de que estaba muerto.
Tenía el huelgo y no resollaba mientras el oso llegó
y le olió todo, las narices y la boca y los oídos y,
pensando que estaba muerto, se fue de allí sin
hacerle ningún daño. El que estaba en el árbol,
visto que el oso era ido, baxó dél y preguntó a su
compañero qué era aquello que el oso le había dicho
al oído; el otro respondió: «Decíame que con tan
ruines compañeros como vos nunca hiciese camino otra
vez».
Francisco.
Respondió muy discretamente; y si yo
lo supiera antes, hubiérale contado ese cuento a
estotro mierda en palillo, que piensa que sabe más
que Bártulo ni Baldo.
Juan.
Por cierto, él tuvo demasiada razón a
motejarte de necio, pues estu-/viste [p.
46] tan torpe que
no entendiste sus pronósticos y adivinanzas.
Francisco.
Pues tú ¿entiéndeslas mejor?
Juan.
Yo entiéndolas como él las dixo.
Francisco.
Pues yo bien creo que entiendo
romance y él en romance hablaba, que no en
algarabía.
Juan.
Pues ¿quieres ver cómo debaxo del sayal
hay ál y que, aunque te habló en español, es
algarabía de allende para ti?
Francisco.
Ya lo deseo ver cómo es.
Juan.
Pues lo primero que dixo, que el Turco se
ha tornado moro, eslo él de profesión y de ley, y
fuelo siempre; todos siguen la seta de Mahoma. Que
Venecia nada en agua es verdad: que está fundada en
la mar. Que Italia está llena de hombres también es
verdad: como Inglatierra lo está. También que en
Francia hay más de cien mil hombres de guerra ¿quién
no lo sabe?; que cuando el rey quiera podrá sacar
della más de docientos mil.
Francisco.
Todo eso bien lo entiendo yo, pero lo
demás, ¿cómo se puede entender que el conde de
Flandes haya dormido con la reina d[e] España y no
se anda el mundo en guerras?
Juan.
Pues, bobo, ¿no sabes tú que el conde de
Flandes y el rey d[e] España es todo una propria
persona?
Francisco.
Juro a tal que tiene razón, que no
había yo caído en ello.
Juan.
Pues lo demás que dice, que el Sol es
mayor que toda la Tierra, es muy gran verdad, según
demonstraciones astrológicas que yo, con saber poco,
te las pudiera dar a entender si hubiera lugar. Que
la Luna aparecerá cada noche de su manera eso tú lo
vees cada día: con sus crescientes y menguantes
nunca está una noche como estuvo otra. Pues que
arderán muchos montes también es verdad: que hay en
el mundo muchos [p. 47] que llaman volcanes, como el
de Sicilia, que siempre está ardiendo. Que morirá
mucho ganado ¿quién lo ignora?; que lo han de matar
los hombres para comer.
Francisco.
Todo eso entiendo bien, pero aquello
de aquellos monstruos que echarán llamas por la
boca, y que hemos de comer lo que ellos vomitaren,
no puedo y[o] pensar qué sea.
Juan.
Eso es más fácil que esotro, porque
aquellos monstruos son los hornos a do se cuece el
pan, que echan llamas y por la boca vomitan el pan
que comemos.
Francisco.
Ahora digo que tienes razón y que yo
estaba en Babia, y que puede un necio, con una
necedad forjada en su imaginación, dar en que
entender a cien sabios.
Juan.
Así le aconteció al poeta Homero que, como
con la vejez estuviese ciego y se anduviese paseando
por la orilla de la mar, y oyó hablar a ciertos
pescadores, que en aquel punto se estaban
espulgando, y como les preguntase qué pesca hacían,
ellos, entendiendo por los piojos, respondieron:
«Los que tenemos buscamos y los que no tenemos
hallamos». Pues, como el buen Homero no viese lo que
ellos hacían, y por esta causa no entendiese la
enigma, fue tanto lo que fatigó su imaginación y
entendimiento por entenderla y alcanzar el secreto
dello, que fue bastante esta pesadumbre a hacerle
morir.
Francisco.
Él lo hizo no como sabio, sino como
muy gran necio, en matarse por lo que no podía
alcanzar.
Juan.
Yo bien creo que no morirás tú dese
achaque.
Francisco.
No, hermano, que no pare ya mi madre
y yo conténtome con lo que buenamente y sin mucho [p.
48] trabajo puedo
alcanzar.
Juan.
* Pues, quien no es más de otro, no merece
más que otro; y quien no sabe, no vale; y quien ruin
es en su villa, ruin es en Sevilla; y quien adelante
no mira, atrás se halla.
Francisco.
Yo, hermano, quiero andar por do anda el buey y asentar
el pie llano, no tomar de las cosas más de aquello que me dieron, y
porque quiero del mundo gozar, quiero oír y ver y callar.