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Diálogo quinto, entre tres pajes llamados el uno Juan, el otro Francisco, el otro Guzmán, en el cual se contienen las ordinarias pláticas que los pajes suelen tener unos con otros

[p. 38]

Juan.
¿De dónde vienes, Francisco?
Francisco.
De la corte, Juan.
Juan.
¿Qué hay por allá de nuevo?
Francisco.
El rollo se está a donde solía; el rey ha mandado que quien tuviere que comer, que coma, y el otro que ayune.
Juan.
¿Viste a la reina?
Francisco.
A la de diamantes, con que hice el postrer flux.
Juan.
Luego ¿jugado has?
Francisco.
Yo no: mis dineros jugaron al trocado y trocáronme por otro dueño.
Juan.
¿Ganaste o perdiste?

[p. 39]

Francisco.
Gané y perdí.
Juan.
¿Cómo pudo ser?
Francisco.
Perdí mis dineros y gané escarmiento para no jugar más.
Juan.
No sería pérdida la del dinero, si tú llevases adelante ese propósito; pero yo digo que quien hizo, hará.
Francisco.
A lo menos, mientras me durare el escozor no jugaré más.
Juan.
Ese no te durará más que hasta llegar de aquí a tu casa, o hasta que tengas más dineros.
Francisco.
Pues yo ¿para qué quiero el dinero? ¿Tengo de comprar casas o viñas con ello?
Juan.
Para enviar a tus parientes, o para lucirte con ello.
Francisco.
¿Lucirme o qué? Malos años lúzgame el puto de mi amo, pues se sirve de mí.
Juan.
Pues ¿piensas que te ha de durar tu amo toda la vida?
Francisco.
Dure lo que durare, como cuchar de pan, que cuando este me falte no faltará otro tan ruin como él.
Juan.
¿Y cuando seas grande?
Francisco.
Estonces ya sabemos el paradero de los pajes: o a la guerra, o a un monasterio, o a la horca.
Juan.
Eso postrero yo le renuncio en ti.
Francisco.
Pues ¿pensáis vos escaparos por hipócrita?
Juan.
Hermano, en mi linaje nunca hubo ningún ahorcado; no quiero estrenarlo yo.
Francisco.
Estrenada os darán la soga, no os penséis por eso.
Juan.
Piensa el ladrón que todos son de su condición; yo, hermano, no pienso hacer obras por donde la meresca.
Francisco.
Pues ¿no has oído decir que el pensar no es saber? Eso sin pensar se verná antes que un[a] calongía.
Juan.
Yo bien creo que, si yo trato mucho contigo, que tú me procurerás pegar la tiña, porque un [p. 40] puerco encenagado siempre procura encenagar a otro.
Francisco.
Dices verdad; que si el ladrón anda con el ermitaño, o el ladrón será ermitaño, o el ermitaño ladrón. Pero ¿tú nunca juegas?
Juan.
¿Yo? No, en mi vida.
Francisco.
Pues tente bien, no caigas, porque a fee que si caes, que has de ser como los borrachos que comienzan tarde a serlo, que por esquitarse de lo que han dexado de beber nunca salen de cueros.
Juan.
Si Dios me guarde mi juicio, yo me guardaré dese vicio.
Francisco.
Más fuerte era Troya y fue destruida.
Juan.
Dexemos eso agora y dime cómo te va con tu amo.
Francisco.
A mí muy bien, porque como es mozo, galán y enamorado, son tres cosas que sacan de harón al más cuerdo. Y ansí todo se nos va en fiestas, una librea hoy, otra mañana, siempre en saraos, músicas y danzas, siempre en convites; que mal año para Lanzarote cuando de Bretaña vino, si era tan bien tratado como nosotros.
Juan.
Sí, pero a fee que creo que tras buen bocado dais buen grito.
Francisco.
¿Por qué dices eso?
Juan.
Porque me parece que, si vuestro amo danza de la manera, vosotros no habéis d'estar ociosos, sino que habéis de zapatear, porque en casa del músico todos los criados son danzantes.
Francisco.
Es verdad que eso acosadillos nos trae, de día con recaudos y de noche con rondas; pero con el buen pesebre todo se pasa y no como tú, que estás serviendo a un pelón que te debe matar de hambre.
Juan.
No mata porque yo nunca tuve vida después que estoy con él.
Francisco.
¿No tiene buen ordinario?

[p. 41]

Juan.
La laceria es ordinaria en casa.
Francisco.
¿Qué os da a comer?
Juan.
Esperanzas y folías.
Francisco.
¿Con eso estás tan gordo?
Juan.
De los tobillos sí estoy.
Francisco.
Dalle cantonada.
Juan.
Temo de encontrar otro peor, y no querría por huir de la llama dar en las brasas.
Francisco.
Hazte cuchillo de melonero: probar muchos hasta hallar uno bueno.
Juan.
Luego cobra hombre mala fama y le * dicen: «Piedra movediza no la cobre moho», y todo el mundo le da del cobdo.
Francisco.
No, sino dexaos secar como palo en sarmentera.
Juan.
¿Adónde vas tú agora?
Francisco.
A buscar mi amo; y temo que no le tengo de poder hallar.
Juan.
¿Adónde le perdiste?
Francisco.
Yo no le perdí, él se perdió muchas días ha.
Juan.
Ansí irá un perdido a buscar otro perdido, como un duelo busca otro duelo y una necedad a otra, porque Pares cum paribus facillime congregantur.
Francisco.
Bendito sea Dios, que por tres blancas de gramática que [e]studió ya no se cabe en el cuerpo y no vee la hora que desembucharlo.
Juan.
Digo, hermano, que cada oveja con su pareja y un semijante busca a otro.
Francisco.
Ansí tu amo, como es miserable pelón, busca un hipócrita como tú, a quien, con decille que es menester ayunar para ir al cielo, te tiene en dieta perpetua y canoniza por virtud lo que es miseria fina.
Juan.
No tienes razón, que él no es avariento; pero, como dicen, pobreza no es vileza.
Francisco.
No, mas es maestra que enseña cómo se ha de hacer.
Juan.
Yo sé que si mi amo tuviere la renta [p. 42] del tuyo, que gastara más que él, lo cual él nos dice que hará muy complidamente, si Dios le mejora d'estado.
Francisco.
De manera que ¿esas son las esperanzas que coméis?
Juan.
Más vale que agua, como decía la vieja que mojaba el sarmiento en el río y le chupaba.
Francisco.
Con esa comida no dubdo dexéis de salir buenos girifaltes al cabo del año.
Juan.
Sí; pero si volamos tan alto, llevarnos ha el viento, como hace a todos los que se sustentan de semejante manjar.
Francisco.
Por vida de tu madre, ¿qué renta tiene tu amo?
Juan.
Yo te lo diré: un cuento de mentiras, y otro de necesidades, y un millón de necedades, y todo esto se gasta cada año, de suerte que viene a salir a rata por cantidad.
Francisco.
¿Cuántos caballos tiene?
Juan.
Dice que cinco, con cuatro que se le han muerto.
Francisco.
¿Cuántos criados?
Juan.
Nones son, y no llegan a tres.
Francisco.
De suerte que tú solo le sirves.
Juan.
Y aun me podrían azotar por vagamundo.
Francisco.
¡Pues cómo! ¿Siendo solo no tienes mucho en que entender?
Juan.
Sí tengo: en contar lástimas y calamidades.
Francisco.
¿Cuánto tiempo ha que vives con él?
Juan.
Que muero con él, muchos días ha.
Francisco.
Hermano, hermano: quien se mude, Dios le ayude.
Juan.
Sí, mas ¿adónde irá el buey que no are? Por donde quiera veo cien leguas de mal camino.
Francisco.
Aquí viene Guzmanillo; veamos qué nuevas trae. Ah, Guzmán: ¿qué hay de nuevo?
Guzmán.
Muchas cosas: el Turco dicen que se ha tornado moro, que Venecia nada en agua, y que Italia está llena de hombres, que en Fran-/cia [p. 43] hay más de cien mil hombres de guerra, y también se dice de secreto que el conde de Flandes ha dormido con la reina de España.
Francisco.
¿Todo eso hay de nuevo?
Guzmán.
Ahora vinieron con este correo estas nuevas.
Francisco.
De luengas vías luengas mentiras suelen venir.
Guzmán.
Lo que yo os he dicho todo es tan verdad como ser ahora de día.
Francisco.
Luego ¿grandes guerras se aparejan este verano?
Guzmán.
Los pronósticos dicen queste verano los que vivieren verán grandes maravillas.
Francisco.
¿Qué maravillas serán? Cuéntanoslas.
Guzmán.
Dicen que el Sol será mayor que toda la Tierra.
Francisco.
¡Santo Dios! Y ¿eso ha de ser verdad?
Guzmán.
Y que la Luna cada noche aparece de su manera, que las estrellas, si no fuese por el Sol, no ternán resplandor ninguno, que los ríos corren a la mar, que arderán muchos montes, que habrá grande mortandad de todo género de ganados, y en todas las ciudades habrá unos monstruos que echarán llamas por la boca, y los hombres que no comieron lo que estos vomitaren, morirán.
Francisco.
¡Válame Dios! Yo pienso que todo eso es mentira.
Guzmán.
Los pronósticos dicen que el Sol y la Luna faltarán antes que todas esas cosas falten.
Francisco.
Desa manera todos los hombres morirán, porque ¿quién ha de comer lo que vomitaren los monstruos?
Guzmán.
Pues ¿has tú comido un asno entero y no comerás de aquello?
Francisco.
Si yo soy asno, vos sois mula.
Guzmán.
¡Xo, que te estriego! ¡Qué largas le nacieron a vuestra merced!
Francisco.
Tan largas como sus narices.
Guzmán.
Va a ver a tu tía, hermano.
Francisco.
No, que ya vi a tu madre en la pel-/lejería [p. 44].
Guzmán.
Arrállame ese queso.
Francisco.
Harrallame ese asno.
Guzmán.
¿Toda la vida has de comer sin plato?
Francisco.
¿Toda la vida has de comer tú cabrón?
Guzmán.
¡Oh, Dios te bendiga la bella alimaña!
Francisco.
¡Oh, Dios te despache deste mundo para el otro!
Guzmán.
Dícenme que es vuestra merced gran comedor de huevos asados.
Francisco.
También me han dicho a mí que vuestra merced come muy bien bacalao.
Guzmán.
¡Oh, si todos los asnos truxeran albardas, qué buen oficio era el de los albarderos!
Francisco.
Si eso fuere ansí, una más tenía de costa vuestro amo cada mes.
Guzmán.
Si del necio se hubiera de pagar alcabala, ¿cuánto ganaran los alcabaleros con vuestra merced?
Francisco.
En esa hacienda nadie podría tratar, porque diz que es patrimonio de vuestra merced.
Guzmán.
Todo es de un pedazo vuestra merced.
Francisco.
Sí, pero es de aguijón para picar a vuestra merced.
Guzmán.
Mas no creo que es sino de atún de ijada.
Francisco.
Si de atún fuera, ya vuestra merced hubiera arremetido a la pieza, como el asno a la cebada.
Guzmán.
Paréceme, hermano, que aunque tú entraste en la corte, nunca la corte entró en ti.
Francisco.
En la de los puercos concedo porque, como es tu juridición, no se hace en ella sino lo que tú ordenas.
Guzmán.
Por vida tuya que me digas cuántos cursos tienes de necio.
Francisco.
Los mismos que vos de majadero.
Guzmán.
Yo pienso que eras ya doctor en insensato.
Francisco.
Y vos estáis graduado por caballeriza.
Guzmán.
Adiós, hermano, y roe bien esos granzones.

[p. 45]

Francisco.
Y rumiad vos como buen cabrón esotros.
Juan.
¡Par diez!, bueno te ha parado el amigo.
Francisco.
Amigo será él de una taza de vino.
Juan.
Este es de los que aconcejaba el oso que hiciésemos poco caso.
Francisco.
¿Cómo es ese cuento?
Juan.
Cuenta Isopo que, una vez, dos amigos [i]ban camino a pie por un monte y salió a ellos un oso. El uno, echando mano a su espada, se quiso defender a sí y a su compañero, al cual dixo que hiciese lo mismo, para que ni el uno ni el otro muriesen. El compañero, que tenía más cuenta con su salud que con el del otro, atrevióse antes a sus pies que a sus manos y, no curando del compañero, dio a huir a un árbol alto que allí vido, y se subió en él, donde estuvo seguro del peligro. El compañero, visto que él solo no se podía defenderse del oso, se dexó caer en tierra, haciendo muestras de que estaba muerto. Tenía el huelgo y no resollaba mientras el oso llegó y le olió todo, las narices y la boca y los oídos y, pensando que estaba muerto, se fue de allí sin hacerle ningún daño. El que estaba en el árbol, visto que el oso era ido, baxó dél y preguntó a su compañero qué era aquello que el oso le había dicho al oído; el otro respondió: «Decíame que con tan ruines compañeros como vos nunca hiciese camino otra vez».
Francisco.
Respondió muy discretamente; y si yo lo supiera antes, hubiérale contado ese cuento a estotro mierda en palillo, que piensa que sabe más que Bártulo ni Baldo.
Juan.
Por cierto, él tuvo demasiada razón a motejarte de necio, pues estu-/viste [p. 46] tan torpe que no entendiste sus pronósticos y adivinanzas.
Francisco.
Pues tú ¿entiéndeslas mejor?
Juan.
Yo entiéndolas como él las dixo.
Francisco.
Pues yo bien creo que entiendo romance y él en romance hablaba, que no en algarabía.
Juan.
Pues ¿quieres ver cómo debaxo del sayal hay ál y que, aunque te habló en español, es algarabía de allende para ti?
Francisco.
Ya lo deseo ver cómo es.
Juan.
Pues lo primero que dixo, que el Turco se ha tornado moro, eslo él de profesión y de ley, y fuelo siempre; todos siguen la seta de Mahoma. Que Venecia nada en agua es verdad: que está fundada en la mar. Que Italia está llena de hombres también es verdad: como Inglatierra lo está. También que en Francia hay más de cien mil hombres de guerra ¿quién no lo sabe?; que cuando el rey quiera podrá sacar della más de docientos mil.
Francisco.
Todo eso bien lo entiendo yo, pero lo demás, ¿cómo se puede entender que el conde de Flandes haya dormido con la reina d[e] España y no se anda el mundo en guerras?
Juan.
Pues, bobo, ¿no sabes tú que el conde de Flandes y el rey d[e] España es todo una propria persona?
Francisco.
Juro a tal que tiene razón, que no había yo caído en ello.
Juan.
Pues lo demás que dice, que el Sol es mayor que toda la Tierra, es muy gran verdad, según demonstraciones astrológicas que yo, con saber poco, te las pudiera dar a entender si hubiera lugar. Que la Luna aparecerá cada noche de su manera eso tú lo vees cada día: con sus crescientes y menguantes nunca está una noche como estuvo otra. Pues que arderán muchos montes también es verdad: que hay en el mundo muchos [p. 47] que llaman volcanes, como el de Sicilia, que siempre está ardiendo. Que morirá mucho ganado ¿quién lo ignora?; que lo han de matar los hombres para comer.
Francisco.
Todo eso entiendo bien, pero aquello de aquellos monstruos que echarán llamas por la boca, y que hemos de comer lo que ellos vomitaren, no puedo y[o] pensar qué sea.
Juan.
Eso es más fácil que esotro, porque aquellos monstruos son los hornos a do se cuece el pan, que echan llamas y por la boca vomitan el pan que comemos.
Francisco.
Ahora digo que tienes razón y que yo estaba en Babia, y que puede un necio, con una necedad forjada en su imaginación, dar en que entender a cien sabios.
Juan.
Así le aconteció al poeta Homero que, como con la vejez estuviese ciego y se anduviese paseando por la orilla de la mar, y oyó hablar a ciertos pescadores, que en aquel punto se estaban espulgando, y como les preguntase qué pesca hacían, ellos, entendiendo por los piojos, respondieron: «Los que tenemos buscamos y los que no tenemos hallamos». Pues, como el buen Homero no viese lo que ellos hacían, y por esta causa no entendiese la enigma, fue tanto lo que fatigó su imaginación y entendimiento por entenderla y alcanzar el secreto dello, que fue bastante esta pesadumbre a hacerle morir.
Francisco.
Él lo hizo no como sabio, sino como muy gran necio, en matarse por lo que no podía alcanzar.
Juan.
Yo bien creo que no morirás tú dese achaque.
Francisco.
No, hermano, que no pare ya mi madre y yo conténtome con lo que buenamente y sin mucho [p. 48] trabajo puedo alcanzar.
Juan.
* Pues, quien no es más de otro, no merece más que otro; y quien no sabe, no vale; y quien ruin es en su villa, ruin es en Sevilla; y quien adelante no mira, atrás se halla.
Francisco.
Yo, hermano, quiero andar por do anda el buey y asentar el pie llano, no tomar de las cosas más de aquello que me dieron, y porque quiero del mundo gozar, quiero oír y ver y callar.
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